LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 28 de agosto de 2015

Segundo vídeo de Brasil

Subido el segundo y último vídeo del viaje por Brasil en mayo de 2015. Terminamos de recorrer el área de Chapada Diamantina visitando su icono más reconocible, el morro do Pai Inacio, para posteriormente bajar hasta los pueblos coloniales de Minas Gerais. Ouro Preto, Mariana, Tiradentes y Sao Joao do Rei fueron nuestras escalas allí. Rematamos el apartado de naturaleza regresando al maravilloso entorno de Iguazú, para muchos el mayor espectáculo natural del cono sur americano, y finalizamos la ruta revisitando la bulliciosa ciudad de Río de Janeiro, una ciudad que afronta el reto de organizar unos Juegos Olímpicos con más dudas que certezas. 

Tiempo desde ya para Centroamérica, a partir del 10 de septiembre, y para Asia a partir del día 2 de noviembre con mucha probabilidad. Todas las personas con las que me cruce y cuya historia tenga ánimos de contar, todos los sueños que llegue o no a cumplir, todos los fantasmas que me surjan y me susurren qué y cómo contar sus avatares,... A medida que las fuerzas me permitan seguir escribiendo, en definitiva, volverán a desfilar por este blog todas esas razones que determinan que un viaje se viva y vea por fuera pero se comprenda y nutra desde dentro. Desde ese 10 de septiembre hasta Navidad seguro que por el camino hay muchísimo que contar.

 

martes, 25 de agosto de 2015

Intro Khon Kaen

Se levantó y se fue. ¿Esta noche? Me encojo de hombros. Y solitario allí, envuelto por los claroscuros de las primeras luces que se filtraban tenues y cremosas a través de las cortinas de mil pliegues, me miré un segundo las pálidas palmas de las manos, hundí mi rostro en ellas y decidí, como viajero solitario hastiado y sin rumbo, escribir un poco para hablar de este Khon Kaen de mil facetas y una sola mujer en la que poder cincelar mis demonios de madrugada. ¿Qué opción quedaba? 

Se llamaba Wie, y era puro veneno. Era de Nan, y me gustaba porque me recordaba a Fae, la anciana que compartió su tailandés conmigo. Le hablé de ella, del templo Phumin, de la calidez y amabilidad de los de su ciudad; pero ella solo quería mi plata, y yo su cuerpo. Era un acuerdo cerrado desde que entré en el garito donde trabajaba, incluso antes de mirarnos a los ojos por primera vez. No fue una noche, fueron dos, y pudieran haber sido muchas más si mi ánimo y la profundidad de los bolsillos hubieran sido infinitos. Adoré ambas noches, más la segunda. Siempre volver a tropezar en la misma piedra aporta un brote de experiencia, de conocimiento mutuo, y eso es algo que saben tanto viajeros como amantes ocasionales. Como trazar la extremaunción en una frente de cadáver o un mapa en el cerebro en el que cruces luminosas nos indican qué centímetro cuadrado de la piel nos hace gemir más. Eso la primera noche se aprende, se traza con brocha fina sobre espuma de mar con olor a deseo; es en la segunda cuando se disfruta a cada décima de segundo. La primera noche se hunde en la desconfianza, en un si es no es, en un solo quería su cuerpo, perderme en él, que el sexo fuera lo de menos. No me creyó. Pero la segunda noche, después de comprobar la certeza de mi comportamiento, todo siguió un orden más lógico, más relajado y por ello intenso. 

Para lo físico la segunda noche, para lo metafísico la primera. ¿Con cuál quedarse? En realidad Tailandia abarca tanto que la elección es una necedad. Mejor las dos. Solo depende de la motivación a la hora de decidir cómo conocer el país y su sociedad. Para mí, condensado en trazos transversales de ánimo, aquélla era la hora de Wie porque las arcadas de historia quemada ya me empezaban a dejar regusto a angustia y desesperación. De haber podido elegir presumía dianas de recompensa más ancha en otros lares, indudable, era solo que uno nunca llega a aprender cómo el momento de protagonismo que en ciertos momentos reclama el cuerpo libidinoso nunca llega con acuse de recibo, y Khon Kaen, daño colateral con resonancias de mujer parida en Nan, hizo el resto. 

Tras tan abrupta despedida flota en lo etéreo que un idiota de mi calibre solo puede añorar volver al lugar del crimen, pensión de nombre Chonlada, para comprobar que la secuencia de película que es este país avanza a ritmo demasiado acelerado, desacompasado con los latidos de un corazón furioso en y por la distancia. Añorar volver para entender que allí nadie conoció jamás a una chica llamada Wie. Añorar volver para desatarse de unas cadenas que, el día más inoportuno y en la latitud más insospechada, volverán a brotar como fósforo a raspar en el deseo carnal para aferrarse a otra mujer de nombre aún no imaginable. 

                                                                                        Estados físico y anímico bajo cero, en una pensión ardiente de Khon Kaen. Diciembre de 2012

domingo, 23 de agosto de 2015

Ruta por Centroamérica

Os dejo un esbozo de lo que será la ruta centroamericana que comienza el día diez de septiembre y durará siete semanas. El mapa es a grandes rasgos ya que, en profundidad, confío en visitar lo siguiente: 

GUATEMALA: Antigua (no me hizo gracia su masificación y carácter comercial en 2010 pero regreso por un tema de ONG), Semuc Champey, Flores (aquí la idea es pasar bastantes días porque pretendo visitar ruinas mayas como Uaxactún o El Zotz) y Quiriguá. 

HONDURAS: Copán Ruinas, Santa Rosa de Copán y Gracias-Lempira. 

EL SALVADOR: La Palma, Suchitoto, Santa Ana y Ruta de las Flores. 

NICARAGUA: Granada los dos primeros días, León y, quién sabe, puede que Somoto-Estelí, puede que laguna de Apoyo, puede que dedique unos días a informarme de las muchas ONGs que trabajan allí, puede que... todavía no lo tengo claro y tiraré a donde me pida el cuerpo en función del cansancio que lleve acumulado. 

Pese a que soy consciente de que la naturaleza tendrá su apartado en forma de volcanes, pretendo que sea un tiempo de visita a centros coloniales, de bucear en ruinas mayas y, esencialmente, de enfocar la ruta en la escritura, en ir avanzando en el próximo libro que tras este viaje y el siguiente por Japón-Corea-China ya espero tener muy desarrollado. Por otra parte deseo informarme sobre proyectos de diversas ONGs ya que tengo en mente colaborar, a mi manera y por largas temporadas, con alguna de ellas. No sé si aquí encontraré algo que me atraiga, lo que sí tengo claro es que de poder elegir preferiría encontrar un/a programa/acción social atractivo/a en India o sudeste asiático. Me he dado de margen hasta junio de 2016 para definir este asunto de cooperación así que, poco a poco, a ver qué va surgiendo. Desde luego no olvido que mi prioridad ahora más que nunca es mi familia, también debo confesar que tras la marcha de mi madre y compañera de rutas no afronto los viajes con la misma ilusión, pero deseo y quiero creer que no me va a quedar tiempo para aburrirme lo más mínimo en los próximos meses o años, sea cual sea el destino, sea cual sea mi forma de viajar. Seguir construyendo, en definitiva, ese viajero de honestidad y conciencia social que aspiro a poder llegar a ser.



miércoles, 19 de agosto de 2015

Bagan: apuntes perdidos de lo que ya no existe

Bagan, en ocasiones, asemeja a leer un libro viejo... o sin leerlo, bastando solo con tenerlo entre las manos. Allí es la polvorienta estepa cuajada de templos milenarios, aquí es un mar de letras tenues sobre manchones de color azufre que lucen intensidades de más o menos, en grados de antigüedad. Allí santuarios que revelan historias de gobernantes divinos, de nombres condenados a la incomprensión, de un Dios de múltiples rasgos pero el mismo rostro, de pinturas murales que, de puro desconchado, azotan la imaginación en su sucesión infinita. Aquí, en tu memoria, es el polvo, las formas caprichosas cinceladas por el tiempo y la humedad, el crujir del arrastrar las páginas, y el olor, sobro todo el olor a centurias. ¿Quién no ha soñado olisqueando páginas?, ¿cuál es la diferencia entre leer un libro y leer su historia?, ¿cuál encierra más magia?... Igual que Bagan, la misma dualidad, ¿embriaga su razón de ser o acaso su deslome arrastrado por mil vicisitudes? Pero en ambos casos, aunque parecidos, los templos de Bagan, las manchas gualdas de los libros incunables, son todos distintos, únicos y por ello estimables. Así, Bagan es como ese libro viejo que, en todo caso, nunca dejará de oler a fe. 

Si es o no una guesthouse donde me alojo es lo de menos. Si es o no acogedor o cálido tampoco importa demasiado. Recordar si tiene nombre evoca una sonrisa, en Nyaung U o en Nuevo Bagan. Porque es un tramo más allá lo que genera la empatía, la necesidad de volar. Pasear por Schweguyi, por Thatbinyu, por Dhamayangyi… o mejor por otros centenares que incluso los lugareños se encogen de hombros, luciendo inocente sonrisa, si tratas de averiguar su nombre o su creador. Bagan se parte el pecho en la historia birmana. Sus creadores, los actores relegados al olvido, por otros lares reventaban vidas y, de regreso en Bagan, construían de modo efervescente en una pura necesidad de limpiar su historial, de limpiar su karma, de hacer del Samsara, el ciclo de reencarnaciones budista, un acto de honor. Los templos se asoman a borbotones, como la sangre que brota de un certero tajo a la yugular. Más acá, más allá, todo adquiere formas que ni la imaginación más creativa puede llegar a concebir. Y todo el mar se agosta bajo un sol que resquebraja el terreno, yermo, estéril. Igual que el libro, ¿qué más da qué cuenta?, es solo su observación, el saltar de la mirada de una cuarteada cuartilla a otra… eso es lo que atrapa. Hipnótico, desde la cima de cualquier templo, oteando un grupo tras otro, como si pasaras páginas. 

Con el sol que muere es pura ingravidez y melancolía. El viajero, ése al que uno puede aspirar, sueña con encontrar un lugar sin ritmo, sin prisas ni vaivenes. Todos los ingredientes que llamen a observar el interior y escribir decenas de líneas en su pura contemplación, sin un más allá de ruta que difumine y enerve el momento. Eso también es Bagan. Eso también emana de la cima de cualquier templo enlazado con el ocaso solar. Aquí puedes tirar horas sabiéndote perdido, sin ruidos ni distracciones, en un cuadro al que incluso los lugareños suman con su proverbial quietud porque la gente de Bagan, por encima de todo, sabe observar sin interrumpir. Así, cuando las horas pasan y ya solo queda penumbra, dos ojos curiosos, pero siempre mudos, velarán por llevarte de regreso a esa pensión anónima o, al menos y unas vez montes en tu bicicleta, señalarán la ruta correcta. El largo rato que queda detrás nunca muere. Se queda por siempre anclado a la torre que osó darte sombra por momentos. La prosa, lo que lees, igual que su recuerdo, siempre alumbrarán una luz a los crean en el mensaje susurrado para emprender un camino que muera en Bagan, en aquel o cualquier otro templo de los miles que lo hacen uno de los lugares más poderosos de Asia.


miércoles, 12 de agosto de 2015

Va de festivales, Ho Chi Minh y un templo especial (extracto "Río Madre")

Respiraba de vuelta tras unos fugaces trámites fronterizos en la orilla del Río Madre, en Nakhon Phanom. La urbe, ciudad de montañas como refleja su nombre en sánscrito, es en realidad poco más que cuatro aplanadas calles flanqueadas por un tan clásico como enano mercado fronterizo y que basa su más o menos aceptación viajera en su relativa cercanía al sagrado That Phanom y sus esplendidas vistas sobre la margen oriental del Mekong, en Laos, donde el paisaje kárstico de montañas que asemejan grumos de mantequilla es francamente bello. En realidad, al cabo de unas horas, pensaba que se me haría tremendamente difícil imaginar un lugar mejor en todo el viejo reino de Siam para abandonarse en un necesario letargo viajero durante varios días. Pero yo estaba allí por un festival, por pretender conocer un poco más esa Tailandia de verdad, para profundizar en uno de esos espectáculos perdidos y olvidados para la mayoría de viajeros ocasionales pero que supone una explosión de color y un acercamiento de raíz a la cultura Thai. Un festival que, en su vertiente Lao, guarda algunas semejanzas con Loy Krathong que se celebraba en plenitud esa misma noche y que me permite dar un repaso aún más completo a los ritos religiosas budistas en esta parte del mundo. Me refiero al celebrado hacía un mes Lai Rua Fai, aunque es justo, antes de centrarme en su descripción y significado, que destaque que este festival tiene lugar en uno de los momentos clave en la cultura religiosa budista que, no en vano, impregna de significado el día a día tanto de la gente Thai como de la gente Lao. Hablo de Boun Ok Phansa o fin de la cuaresma budista. 

En la cultura budista Hinayana (o Theravada) de estos países es conocido como los monjes, ante la cercanía de la estación monzónica lluviosa, se recluyen en sus monasterios durante el tiempo que dure ésta, aproximadamente tres meses. El Boun Ok Phansa comienza cuando acaba dicho retiro con la ceremonia del Paravana, un rito exclusivo para monjes y que asemeja más a una confesión que a otra cosa. El decimoquinto día del undécimo mes del calendario lunar, al amanecer, todos los monjes de los monasterios se reúnen en el sim, la capilla principal del templo. Dentro, cada uno de los monjes solicita a sus compañeros que le recriminen las faltas que pudiera haber cometido dentro de las 227 normas que rigen la Sangha (el monacato budista) durante el periodo de cuaresma y solicita, asimismo, perdón por ello. Este acto se reproduce durante tres veces y, en cada una de ellas, el monje ha de escuchar con atención y humildad las observaciones que otros hagan sobre él prometiendo, a su vez, corregirlas para el futuro. 

La comunidad laica participa en este rito acudiendo a los templos para rezar, aceptar y asumir los cinco preceptos básicos de la religión budista (no matar, no robar, no cometer adulterio, no mentir y no beber alcohol), comprometerse a participar del Takbat o ofrendas diarias a los monjes, escuchar la lectura de las sagradas escrituras por alguno de los abades más venerados en el complejo y ejecutar abluciones como respeto y ofrenda a los fallecidos. Por la noche, tanto la comunidad monástica como la laica participan en unión en una procesión con velas en la que rodean tres veces el sim del templo y es, esta misma noche, el momento en que se iluminan bellamente todos los edificios del templo con velas hecho que es compartido por la comunidad laica que, asimismo, coloca velas alrededor de sus casas para dotarlas de un aura especial. Es entonces cuando tiene lugar el festival Lai Rua Fai. 

Hablaba con Phom, en Nong Khai, de este mismo festival ya que se reproduce por todo Laos y, consecuentemente, por algunas localidades del Isan adjunto al Mekong aunque, como digo, pueda parecer un poco desconocido para el viajero de ruta clásica por Tailandia. De hecho en Nong Khai también es muy colorido y famoso, aunque no tanto como el de Nakhon Phanom. Era una delicia escuchar a Phom hablando sobre este festival, ver sus gigantes ojos envueltos en chispitas por la hermosura del mismo. Me enseñaba fotos, con manos temblorosas que a duras penas sostenían su móvil, y se le atropellaban las palabras en su boca por las ansias de descubrirme esta fiesta especial. Allí, en Nong Khai, como en la mayor parte de los sitios, la fiesta dura dos noches: la primera, la propia de la noche del Boun Ok Phansa, y también la siguiente. Es una amalgama de gente en la ribera si bien no es menos cierto que sería más multitudinaria si no coincidiera con el Bun Fai Phaya Nark para el que muchos se desplazan a la cercana localidad de Phon Phisai. El barco, porque en Nong Khai solo luce un barco a diferencia de lo que sucede en las localidades Lao o en Nakhon Phanom, envuelto en luces, surca el Rio Madre con quietud ya que, de hecho, Lai Rua Fai significa “barcas de luz que flotan río abajo”. En Laos la celebración es similar, está absolutamente generalizada en el país, y si bien en Vientiane atrae a miles de Lao y extranjeros por la belleza de las barcas iluminadas, es en Luang Prabang donde más intensamente se vive por lo que resulta aún más espectacular. Aquí, en Luang Prabang, las familias suelen fabricar objetos similares a los krathongs y los dejan flotar en un rito clavado al clásico Loy Krathong de Tailandia. También suelen colocar flores, incienso y velas en esos cuencos que suelen ser, asimismo, de tronco de banano. Incluso el propósito de desprenderse de la negatividad entendida como enfermedades o mala suerte y, por otra parte, presentar respetos a los muertos, a Buda y a las divinidades que puedan habitar en el río se calca al festival de Loy Krathong. Pero también presenta varias singularidades como, por ejemplo, la presencia de dos tipos de barcos con luces: el normal Hua Fai que es botado al cauce del río y otro conocido como Hua Fai Khowk que es guardado en el recinto monástico. Ambos están hechos de bambú y papeles de colores y pueden llegar a medir decenas de metros. En Luang Prabang, de hecho, cada templo y cada barriada de las que conforman la ciudad crea su propio Hua Fai para pasearlos en conjunción a través de la calle Sisavanbong hasta llegar al mítico Wat Xieng Thong. Una vez allí, son todos expuestos y un jurado selecciona los más destacados. Después, uno a uno, los barcos son descendidos a través de la escalinata que une el templo con el Mekong y allí son posados sobre el agua con suavidad, acompañados por miles de krathongs individuales, generando un sobrecogedor espectáculo de luz y color, un mar de luces sobre el Río Madre. 

Pero es aquí, en Nakhon Phanom, donde este festival tiene una bien ganada fama a nivel nacional por lo magnífico de sus barcos y su ornamentación. Los lugareños se tendían, amistosos, a comentarme detalles del mismo y a duras penas nos entendíamos entre mi escaso Thai y su lenguaje mezclado y revirado hacia el Lao. Me revelaban datos acerca de los orígenes del mismo, el hecho de que aquí solo dura una noche, hablaban orgullosos de la multitud de turistas que se dejan caer por aquí con la excusa del festival, de la artesanal confección de los barcos en base a bambú y latas rellenas de combustible que son unidas y sumadas para conformar los hermosos y luminosos barcos, de las figuras de Nagas, castillos, personas, etc. que resaltan sobre la forma esquelética de las naves, de la pugna entre los distintos barrios de la ciudad por conseguir que su bote sea el más hermoso,.... Yo, encandilado, les escuchaba mientras apuraba unas cervezas y, al mismo tiempo, ojeaba fugazmente el río para ver como éste se llenaba de familias con distintos krathongs que dejaban caer sobre un agua que se los llevaba raudo hasta conseguir fundirlos con la espesura del horizonte mientras decenas de khom loys y fuegos artificiales surcaban la luminosa noche de luna llena. 

De noche tomaba unos tragos en la zona aledaña a la torre del reloj, un regalo de la comunidad vietnamita a la Thai, donde disfrutaba de su más que comedido ambiente nocturno compuesto por apenas media docena de bares. De día solía pasear por el malecón de Nakhon Phanom a la deriva, descuidado, sin rumbo fijo, solo por el placer de percibir la brisa cálida sobre mi rostro mientras escudriñaba la ribera del recién abandonado Laos. Observaba con interés desmedido la mezcla racial de que hace gala este lugar: chinos, laosianos, thais y, curiosamente, un buen puñado de vietnamitas que pareciera hubieran hallado aquí una segunda patria alejada del gran dragón. Todo converge en una sucesión de ritos y costumbres atávicas de distinta procedencia, todo suena a mezcla aquí, desde las ropas a los gestos de viandantes, camareros y comerciantes por igual. Cada uno asomaba un deje de identidad que hacía de estos paseos algo arrebatador. Aquí, sin extranjeros occidentales cirenaicos, todavía se percibe esa sensación de sorpresa que mana del fondo de la cuenca de los ojos de muchos habitantes al percibir tu presencia. Y, movido por el deseo de profundizar un poco más en la razón de dicha comunidad vietnamita en la ciudad, un día me acerqué a visitar la que fue casa de Ho Chi Minh quien vivió en esta localidad durante un par de años mientras preparaba su ofensiva anti-colonialista que desembocaría con su figura al frente del Vietminh. 

Así supe de sus vicisitudes, de su media vida en el éxodo cuando, proscrito, abandonó su añorado país para peregrinar por varias regiones entre las cuales residía esta zona tailandesa. Aquí habitó en Ban Na Chok, una barriada anexa a Nakhon Phanom y conformada por una población eminentemente de origen vietnamita en la que le resultó muy sencillo encontrar acomodo. Al llegar topo con una preciosa casa de madera y apenas un par de referencias en inglés, en forma de recortes de periódicos amplificados y plastificados, de lo que fue el día a día de Ho Chi Minh en su periplo Thai. No hay más información que yo pueda entender. Pero no me importa ni lo más mínimo porque todo el vergel que rodea la casa hace que por sí solo ya hubiera merecido la pena venirse aquí: flores de mimosa, gigantes hibiscos que lucen sus rosas de China del tamaño de dos puños en un universo multicolor, calas que puntean en blanco todo el entorno y, lo mejor, unas espectaculares flores de jengibre en las que los pétalos rojizos de sus bulbos parecieran pugnar entre ellos por ostentar el título de belleza más arrebatadora. Flores estas últimas conocidas aquí como daalaa y consideradas entre las más preciadas del rico mundo botánico Thai. Genial, en una palabra. 

Esta gente Viet de la región, conocida tradicionalmente como “Yuan” por los Thais, halló tradicionalmente un gran acomodo en esta zona agreste de la provincia de Nakhon Phanom por su facilidad de inmersión a la cultura que les acogía. Emigrantes de guerras intestinas, en su mayoría son divididos en “Yuan Old” (aquellos que ingresaron en Tailandia antes de 1945) y “Yuan New” (emigrantes posteriores a 1945). La casa del tío Ho sin ir más lejos es un sencillo ejemplo de vivienda Thai, bañada en humildad tal y como era la preferencia de vida del insigne inquilino, en la que apenas destaca un escritorio y un par de camastros desvencijados, todo ello rodeado de fotos en las que se observa a un joven Ho Chi Minh en poses varias. Ho, quien falleció en 1969 sin llegar a ver su sueño de un Vietnam unificado, vivió por un periodo de dos años, de 1928 a 1929, en Tailandia. En principio se cree que envió a un grupo de 5 camaradas a chequear esta zona, por aquel entonces rural y olvidada, para que prepararan su llegada. Uno de ellos fue, de hecho, el padre del actual propietario de la vivienda ya que aquí se casó con una emigrante Viet y fruto del matrimonio nació este hijo actual titular de la hacienda. Ho Chi Minh llegó en 1928 y, tal y como era su ascético estilo de vida, se dedicó a cultivar hortalizas y árboles frutales, un par de los cuales aún hoy pueden ser vistos en los alrededores de su casa. Ésta era la fachada porque, en la sombra, Ho se dedicaba a perfeccionar su conocimiento de tácticas de guerra al abrigo de su profunda convicción comunista con el cada vez más creciente deseo de conseguir la expulsión del colonialista francés de suelo Viet. Cuando partió dirección China antes de ingresar de nuevo en Vietnam su casa quedó relegada a un olvido que duró decenas de años. La gente del lugar, por respeto al tío Ho, dejó tal cual estaba la casa de éste y, en un contexto de frías relaciones entre un Vietnam comunista y un Thai capitalista, la casa finalmente sucumbió ante un enemigo que no entiende de disquisiciones políticas: las termitas. Cuando, muchos años después, los gobiernos Thai y Viet restablecieron las negociaciones y acuerdos, se decidió como medida excepcional para recuperar la memoria del padre de la patria Viet la reconstrucción de la casa que éste ocupó en Ban Na Chok y ése es, exactamente, el ejemplo que se nos muestra hoy. 

Empleé un par de horas paseando por un jardín que me tenía hechizado, envuelto entre flores de las que no podía ni quería despegar mi mirada, respirando un olor a teca revenida, que impregnaba todos los huecos de la diminuta casa, cada vez que entraba en ella y observando por doquier evocadoras fotos de un Ho Chi Minh sonriente y hosco por momentos. Rememoraba de esta feliz forma la figura clave, la más emblemática en lo que iba a ser mi paso de futuro por el dragón vietnamita, murmurando en voz baja que algo intenso debió quedar en el alma de este personaje de su paso por Tailandia al igual que me iba a suceder a mí con el jardín de su casa. Y me fui, haciendo memoria, convencido de que sí, de que algo quedó prendado en él de la tierra Thai que le acogió, aunque solo sea el hecho de que, sin ir más lejos, la casa que se puede admirar actualmente cercana a su mausoleo en Hanoi y en la que pasó sus últimos años es de un purísimo estilo Thai, similar a ésa que entonces dejaba a mi espalda recorriendo un tramo de polvo cobrizo flanqueado de bananos y gigantes cocoteros. 

En otro momento volví a visitar That Phanom. Es otro de esos reductos de paz inmanente en esta tierra. Luce un espléndido That de estilo Lao bellamente encalado sobre el cual adornan decenas de kilos de puro oro que representan el árbol de la vida. Es especial llegar a su recinto y observar como el That sobresale entre un breve mar de tecas, palmeras y cocoteros. Una vez dentro, justo debajo, uno abre la boca como un tonto mientras alza progresivamente la vista hasta llegar el momento en que el poderoso reflejo del permanente sol sobre el oro te obliga a humillar de nuevo la mirada. En ese momento ya sabes que te ha atrapado sin remisión. Decenas de fieles oran en sepulcral silencio, otros admiran una piedra tosca y erguida, algo similar al símbolo fálico de Shiva, conocido aquí como Lak Muang (en realidad es una marca de un lugar de interés geomántico o místico) y otros pocos adquieren unos pajaritos encarcelados en cajas toscas de fino bambú para, posteriormente, rezar y regalarles a estos su libertad. Todo funciona en armonía, bajo la sombra imantada de un lugar aún, afortunadamente aún, muy lejos del mundanal ruido y los grupos de turistas. La procesión constante de monjes, Thais y Laos por igual, no para de fotografiarse y alabar en voz baja este hermoso elemento que recoge, aquí más intensamente que en ningún otro lugar, el infinito fervor religioso a ambos márgenes del Mekong. 

De origen incierto por lo profundo de su raíz histórica hay quienes otorgan su creación a Setthathirat o algún otro rey regente Lao entre los siglos XV o XVI. Pero el acervo popular, siempre deseoso de una fantasía que los reyes de carne y hueso no pueden ofertar, funda su convicción en la presencia del mismo Buda histórico, quien habría hecho un viaje por todo el sudeste asiático para expandir su mensaje y, llegando a este concreto enclave, en la cima de una pequeña colina llamada Phu Kamphra, habría ordenado a un discípulo la creación de un templo en el que honrar y venerar su propio esternón una vez él hubiera fallecido. Obviamente de este viaje de Buda no hay ningún registro o dato histórico que lo sustente por lo que, una vez más, uno ha de dudar de si la leyenda parió el lugar o, acaso y tal y como suele ser, fue al revés. El hecho indiscutible, la potente magnitud que emana, se debe a que actualmente está considerado uno de los pilares básicos de la religión budista tanto en Laos como en Tailandia, país en el que es venerado como uno de los 4 lugares más sagrados por los fieles junto con otros 3 enclaves en Chiang Mai, Nakhon Si Thammarat y cerca de Lopburi. 

-Hermoso, ¿verdad?-. Me susurra un monje emocionado del efecto turbador que causa un lugar tan simbólico para él en mi ánimo. Asiento mirándole con firmeza sus vivarachos ojillos marrones y prosigue su deambular circular alrededor de la estupa mientras acaricia con cariño, al igual que otros novicios, la jaula con el pajarito que porta entre las manos. Sigo sus pasos, con vista fija en el suelo, medito, hago cábalas, calculo mi presupuesto, mis posibilidades de futuro, observo otros pajaritos liberados, portando raudos las plegarias hacia un cielo de un azul abrumador, pienso que con seguridad mis pensamientos son más banales y vacíos que los de la gente de túnica azafrán… divago. Y acabo perdiendo la noción de un tiempo que parece haber sucumbido ante la estampa sagrada del, probablemente, lugar más evocador de todo Isan. Ni siquiera el rumor, el olor tenue casi apagado del cercano gran río, consiguen despertarme de mi momento de intimidad. 

Me refugio luego en un puesto callejero mientras degusto con íntima conmoción una escasa ración de Som Tam, la ensalada picante de papaya que junto con el arroz glutinoso (Khao Niaw) son parte protagonista indiscutible de la cocina Isan. Observo ahora el templo desde la distancia y, sin poder evitarlo, regreso a meses atrás, regreso a Pa, a la ribera del Rio Madre en Viantiane, regreso a la vez que Pa me enseñó a disfrutar de esta delicia, a captar la indescriptible explosión que provoca en las papilas gustativas, a soportar con humildad su chile envenenado mezclándolo con diminutos pedazos de tomate o pepino. Así, por el estómago, también aprendí a enamorarme de esta tierra y sus gentes. Una profunda sensación de entre agotamiento físico y abatimiento moral se cernió sobre mí al acabarlo. Era hora de volver a Nakhon Phanom en un breve tramo que apenas demoró una hora. Allí tomé un descanso, recompuse el equipaje y partí a primera hora del día siguiente. La ruta, pese a mi corazón arañado y mi espíritu fatigado, no podía esperar.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Apuntes desde Sisophon (extracto "Río Madre")

Justo a un mes de comenzar las nuevas andaduras, me veo esta tarde, atribulado sin razón aparente no sé si por recordar el pasado o acaso por resoñar otro futuro en nueva poblacion jemer perdida, buscando la fe en el hecho de que ya queda muy poquito para partir, en el hecho de que la distancia temporal convierte Sisophon en algo realmente hermoso...  

A última hora de la tarde alquilé un taxi con unos jemeres para acercarme a Sisophon (Svay para los jemeres), a apenas un par de horas de Siem Reap. Desde allí, el día posterior, sesenta kilómetros transformados en dos horas con mi culo agazapado en un vetusto Toyota darían con mis huesos ante el deslumbrante santuario de Banteay Chmar. Tan irreprochable como demencial la carretera que lleva a él. Había madrugado de manera natural, sin alarmas ni necesidades, y me tocó vivir el espectáculo que supone ver como el disco rojo solar afila el horizonte para teñir de un rojo púrpura toda esta polvorienta localidad hasta entonces sumida en la más profunda oscuridad. Pude ver como un cielo punteado de miles de estrellas, porque en el cielo de Svay éstas se cuentan por miles, sucumbía ante el poderoso fulgor del astro. Embelesado, presa del silencio, veía desde la ventana con cortina descorrida el espectáculo ante mí, y solo pensaba lo afortunado que era por poder encontrar aún centenares de amaneceres con la mente clavada en un nuevo vestigio Khmer que alimentará mi sed de próximos horizontes. Se recuerdan muchas cosas a la vuelta, demasiadas, pero las inmortales, las que rasgan la memoria como una cuchilla a la tela de raso son estos amaneceres, hostigadores por el sofoco que van a provocar, repletos de ilusión y deseo de descubrir. Luego el destino dicta sentencia, mejor o peor, imborrable o detestable, pero ya nadie te puede robar de las vísceras esa sensación que te abrumó aquella primera hora en que el sol despuntaba dando luz y encendiendo la vida en Sisophon. Ese dilatado instante, simplemente, queda impreso para la eternidad. Y recordaba, echando ya la mochila al hombro para partir, la de veces que pillé a mi madre en la misma posición. Encogida sobre la cama, semi erguida, oteando muda a un sol que despertaba en el horizonte mientras yo me giraba sobre un costado para volver a cerrar los ojos al tiempo que la sugería en un susurro que durmiera otro rato más. Siempre en vano, cuando volvía a abrir los ojos, horas después, ella seguía allí con la mirada clavada en el horizonte y la mente cavilando solo Dios sabe qué. Ahora, viajando solo, ya sabía que en muchos aspectos me había convertido en ella y me había hecho a sus rituales. 

Banteay Chmar regala mucho al viajero aguerrido que se arrima a él. Lo inmediato se reduce a descanso y una cerveza fría después de una carretera que es una sucesión infinita de baches de todas las características: redondeados, alargados o formando vértices imposibles en los que uno siente, más bien padece, lo mismo que si se viera encerrado en una coctelera y agitado con tesón. Y así por espacio de dos horas. Después el templo, como recompensando su aislamiento y soledad, se abre como una flor solo para tus ojos. Difícilmente hallarás a otro turista por allí. De hecho la cabina del ticket estaba cerrada a cal y canto, pero cuando ya me relamía con los cinco pavos que me iba ahorrar apareció renqueando un joven de generosa sonrisa.

-Son cinco dólares, por favor-. Me larga en su chabacano inglés. Le alargo la pasta y pregunta por mi país a lo que respondo que España, o eso al menos pone en mi pasaporte, al tiempo que recojo los cambios del billete de diez que posé en la ventanilla apolillada, abierta ex profeso para honrarme. Nos miramos una decena de segundos en silencio hasta que luce la bombilla en mi cerebro trastabillado por el infernal tramo. Sin ticket, ni anotaciones en el registro de entrada… no hay visitante. “Cinco dólares que se ha ganado por la cara el fenómeno este. Igual esto no es tan distinto de mi país como creía” pienso apesadumbrado mientras me piro porque ni mi cuerpo ni mi cerebro están para batallas. Al fin y a la postre, qué más da un ticket de más o de menos.

Me hundo por los recodos de Banteay Chmar, un templo construido cuando el budismo ya había desbancado al hinduismo como religión predominante, buscando, entre torres, dinteles espléndidos y millones de rocas amontonadas, los bajorrelieves que hacen tan especial este lugar. Husmeo y rebusco, admiro planos perfectos, me pierdo entre las diversas veredas porque aquí todavía no hay senda para que transiten turistas, tal es la cantidad de los mismos que se aproximan a su magia que ni hay necesidad de crear un camino. Calculo sus bestiales dimensiones oteando a lo lejos los restos de una muralla de laterita tras haber escalado otra montaña de bloques de arenisca, me detengo un segundo ante figuras de devadas aún intactas, inéditas al roce de las palmas de las manos y, finalmente, voy a salir de uno de los múltiples claustros por un montículo que se cierra sobre una puerta pétrea. Miro a la izquierda, justo lo que buscaba, la preciosa y absolutamente única en arte Khmer imagen de Avalokitesvara (Buda de la compasión en la corriente Mahayana budista) con sus decenas de brazos. Miro a la derecha, exactamente la misma imagen replicada pero con menos apéndices. Las dos únicas que quedan de las ocho originales que hasta hace tan poco como 12 años se mostraban sobre la pared de este exclusivo templo. ¿Qué pasó?, pues sencillamente fueron robadas, expoliadas al abrigo y anonimato que generan su remota localización y la escasez de efectivos para salvaguardarlas del gobierno Khmer. Afortunadamente el camión que trasladaba su preciado botín fue interceptado en la frontera tailandesa y los bloques con las insustituibles imágenes reposan hoy día en el museo nacional de Phnom Penh esperando un milagro en forma de inyección económica que las permita ser devueltas algún día al lugar, la galería oeste de Banteay Chmar, de donde nunca debieron ser removidas. Sirva este dato para comprender la fragilidad de este entorno arqueológico y la necesidad de cooperación internacional para proteger su gloria ganada en centurias, o eso pensaba estupefacto mientras buscaba mi equilibrio aupado sobre otra montonera que se yergue enfrente de dichas figuras solo flanqueadas por una ceiba plateada.

Retomo lo de centurias porque Banteay Chmar es otra más de las geniales obras construidas a lo largo del siglo XII por un rey como existieron pocos en el linaje real Khmer. Hablo de Jayavarman VII, un gobernante fiero y luchador tal y como indica su nombre (Jayavarman significa guerrero victorioso) pero con frágil espíritu de artesano corriendo por sus venas. Nadie hay comparable a él en las distintas dinastías que gobernaron Angkor ni prácticamente, a nivel mundial, en imperios ya extintos en lo referente a inquietud cultural y vocación creadora. Acaso solo alguien como Ramses II, en el periodo nuevo del antiquísimo imperio egipcio podría compararse. Ta Prohm, Preah Khan o el inconfundible Bayon en el recinto de Angkor Thom son algunas de las obras firmadas y facturadas bajo el reinado de este singular personaje dentro de su inagotable rosario creativo.

De hecho el citado Bayon no queda, estilísticamente hablando, muy lejos de este templo. Por un lado es posible encontrar aquí o en el coetáneo y tan cercano como minúsculo y coqueto Ta Prohm (no confundir con el homónimo en Angkor) alguno de los enigmáticos rostros de Avalokitesvara, siempre sonrientes de modo místico, que flanquean las torres del recinto Bayon por centenas. Y, por otro lado, resalta que no son solo los relieves de Avalokitesvara lo increíble del entorno, todo el resto de las paredes de este complejo reflejan, como una película en secuencia corrida que pareciera cobrar vida por momentos, escenas bélicas en las que Jayavarman VII batalla y ejecuta a los Cham. Son relatos vivos, huelen a sangre y desolación, fragmentan la imaginación entre parajes unos de guerra descarnada, otros de soldados atravesados por lanzas y, los últimos y más aterradores, de soldados cayendo al mitad lago, mitad río Tonlé Sap (siempre presente el Mekong y sus hijos en mi ruta aún en el poso de la historia), y siendo cruelmente devorados por cocodrilos. No a la postre fue en estos páramos donde se libró una batalla crucial vencida por los Khmer contra los vecinos del actual Vietnam que resumiría la supremacía de éstos en ése que pasó a convertirse en el mayor imperio que se prolongó jamás por todo el actual sudeste de Asia. 

Abandono el recinto en la firme convicción de que, pese a la lentitud y por momentos pausa por motivos económicos de lo que es la reconstrucción del lugar, éste va ser uno de los iconos de cualquier turista por Camboya en años venideros. Por potencial, calidad y dimensiones creo que, si obviamos Koh Ker, no hay nada comparable fuera del recinto de Angkor. Aunque, de nuevo atrincherado en un taxi que se llena con otros siete adultos, un bebe y un maletero a reventar amarrado con cinta al abollado guardabarros, no dejo de pensar, al ritmo de los botes, que ayudaría enormemente si alguien se decidiera a allanar y asfaltar la única carretera a Svay. “Y esto no es nada” dice alegremente el conductor mientras gira la cabeza para charlar conmigo, “deberías venir en época monzónica. Con las lluvias esta carretera sí que se pone difícil. Ahora es un placer viajar por ella, el polvo es una bendición comparado con el lodo” y sonríe amistosamente justo en el momento en que, distraído por la conversación, se le escapa un terraplén de dimensiones casi métricas en el que el capó se hunde poniéndonos a todos patas arriba en un vetusto Toyota Camry que vuelca, como a cámara lenta, sobre un costado. Una vez volteado de nuevo a posición horizontal, con la fortuna de solo un retrovisor en mil añicos, la ruta vuelve a proseguir con el conductor, ceñudo, fijando la vista en la carretera a través de la rajada luna, yo frotándome otros dos chichones nuevos en la colección y el resto de la concurrencia con gesto serio, enfadados conmigo por haber distraído de su quehacer al despistado conductor. Y así seguimos machacando la suspensión hasta llegar a Svay.