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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 4 de julio de 2015

Laos desde Wat Phou (extracto "Río Madre")

Otro foco de atención a mi ruta era la vital visita de Wat Phou, un templo jemer de desarrollo y dilatada importancia en el paso de los siglos, cerca del cual resiste a duras penas el paso del tiempo otro de esos enigmas de estas olvidadas civilizaciones en la región, la ciudad de Shrestapura. Así, alquilé una moto para recorrer los cerca de 50 kilómetros que separan Pakse del templo. Estos iban solapándose mientras todo el manto que conformaba el terreno se volvía más adusto y yermo a cada segundo, ondulándose aquí y allá en agostadas colinas desnudas que lucían en tonos entre siena y ámbar su desvergüenza resaltada en la ausencia de una vegetación que parecía haber sido fagocitada por algún ente incomprensible y que, a su vez, contrastaban con el verdor infinito de bosques sobre montañas que salpicaban el horizonte.

Wat Phou es un lugar que hunde sus raíces en la controversia, en este caso no de su fecha de creación, en la que todos coinciden en situarla alrededor del siglo V, sino de sus creadores, con dudas razonables entre los que le dan un origen Chenla y los que confían en situarlo en la periferia del reino Champa. Sea como fuere, hoy en día uno se adentra en una sucesión de rocas, por momentos arrinconadas en montoneras informes y lúgubres, al pie del legendario monte Lingaparvata.

Se respira a batalla en este enclave de pequeños santuarios inconexos. Todo se transforma en un decorado extraño en el que ya nada es ni siquiera lo que pudo parecer. Se perdió la gloria, se deslomaron los mampuestos, se resquebrajaron los caminos de piedra pulida por las pisadas que ahora son más un reto al equilibrio que otra cosa. La imaginación vuela y recorre todo el enclave ya que, no en vano, las más recientes investigaciones han certificado que Wat Phou no era sino el núcleo central de todo lo que el tiempo ha convertido en un entorno arqueológico disperso a lo largo y ancho de la llanura de Champasak. A estas alturas ya se tiene claro que, hacia finales del siglo XII, toda la extensión al pie del monte Lingaparvata (ahora Phu Kao) era un complejo entramado de campos de labranza, caminos, asentamientos, ciudades como Shrestapura o Lingapura y templos satélites, todos ellos alineados con el mencionado Wat Phou.

Y rememorar, soñando, cómo era la vida aquí es sin duda el mejor pasatiempo que oferta el lugar mientras la vista se posa primero en los barays, reservorios de agua, lucidez Khmer y parte principal del sistema de irrigación que parió el milagro de Angkor unos centenares de kilómetros al suroeste. Después los ojos se fijan en el santuario principal, acribillado de restos blanquecinos engendrados por la humedad y el calor sobre la roca, en el que sobresale, iluminado en la media penumbra por un halo que se cuela de luz natural, un Buda de rostro misterioso ofrendado con un radiante hábito gualda y unas varillas de incienso aún en ascuas con un finísimo hilo de humo. Y finalmente la vista busca acomodo en lo que debió ser la librería en que monjes novicios guardaban celosamente los escritos, ya reducidos a polvo, del canon budista, el Tripitaka, cincelado en idioma sánscrito sobre almidonadas hojas de palma.

Herrumbroso y tan místico como evocador no deja de suponer un aullido para el viajero quien, inevitablemente, tiende a compararlo con los bellamente restaurados templos Khmer de la cercana Isan. Porque Wat Phou parece que, como Laos, como prácticamente todo en este país, está pendiente de que alguien se apiade de él y le frote el rostro con un paño de ilusión envuelto en dólares que le devuelva parte de su añeja virtud.

Pierdo un par de horas, narcotizado por entre el soporífero calor y la vaga bruma de incienso que se filtra por todas las grietas del ajado complejo, admirando los dinteles que me retornan a la senda de la épica hindú: Indra sobre Airavata, el elefante de tres cabezas, Garuda, guardianes dvarapalas, dioses llamados devadas… un breve simposio reducido a piedra de la mítica religión hindú en este complejo conglomerado budista e hinduista que supone la historia de Wat Phou como adelanto del país que ya se aventuraba con insistencia en mi conciencia y tejería mi futuro caminar: Camboya.  

Monto de nuevo en la motocicleta y relevo el templo por la visión de unas gentes aquí hundidas en el lodo hasta las rodillas, en un puro abrazo con el campo, allá enredadas en trueques o, en lontananza, alebradas sobre sus redes perdidas en la angostura a tramos de un Mekong que, omnipresente, sigue por momentos paralelo a mi camino y, cuando no, se funde a lo lejos con el mar celeste que representa el cielo. Se perdió Wat Phou a mis espaldas mientras, en ocasiones, se sigue cerniendo como un nubarrón sobre mi cabeza la duda de si no será mejor dejarlo así, sin restaurar, olvidado, perdido, reducto de cristal poderoso y mágico hasta en sus amontonados restos de cascotes. Incluso en este punto, de regreso en casa y hundido en la melancolía de lo que ya se me ha ido, sigo sin tenerlo claro.

En Pakse, agobiado por una multitud de turistas que convertían en mi retina la ciudad en un ente aún más feo e indeseable, salí un par de noches a la periferia, a tomar tragos. La primera aterricé, sin saber apenas cómo, en una especie de karaoke donde hice amistad con las mujeres que pueblan ese tipo de lugares. Mujeres de conciencia difusa a ojos occidentales pero con tesón y pundonor por bandera. Tanta amistad hice que me dieron las cuatro de la mañana bailando música Lao en un festival hermoso donde los haya con ellas. Yo no tenía ni idea de hacia dónde íbamos, sencillamente acomodé mi trasero en la parte posterior de una moto cuando cerraron el negocio a eso de la una y arrancamos. Era un gigante escenario, perdido en un descampado, donde preciosas mujeres ataviadas con trajes típicos Lao bailaban al son del khaen (una especie de órgano fabricado con tubos de bambú sobre los que se monta un añadido de madera en la parte central y que se toca soplando sobre este último elemento para conseguir un sonido, en mi opinión, cuando menos peculiar), la percusión, el bajo y las guitarras. La multitud, ebria y sobria a partes iguales, se arremolinaba descalza para dar rienda suelta a risas, bromas y movimientos rítmicos de brazos y piernas propios de estas danzas. Era como una imagen sacada de un sueño donde el reflejo de las lentejuelas de los exuberantes vestidos bajo los focos chisporroteaba al ritmo y cadencia de los sensuales movimientos femeninos. Cuando acababan un tema empezaba una especie de teatrillo en el que los bailarines ocasionales aprovechábamos para beber cerveza o whisky barato mientras buscábamos acomodo tirándonos sobre una estepa árida y anaranjada, requemada por el castigo diurno de un sol de justicia. Era increíble ver semejante sucesión de seres alegres y despreocupados bailando sin apenas un mínimo pensamiento hacia el mañana. Olvidando sus carencias económicas en el baldío terreno que hacía de alfombra. Felices, con esa felicidad que no admite comparación. “Si tenemos dinero, comemos, si no, esperamos a tenerlo” me decía una vez Phom. El mejor resumen a una gente que vive en una riqueza que nosotros jamás podremos ni siquiera intuir. Y así todo el rato, hasta que los párpados y el cuerpo fatigado dijeron basta. El actor principal me dedicó una canción de despedida, honrado por el hecho de ver como un farang se mezclaba en su fiesta, en sus costumbres, y yo, ruborizado, notaba como era el foco no deseado de atención de una concurrencia que depositaba sus ojos en este pobre extranjero sin entender muy bien qué demonios podía pintar yo allí. Pero jamás olvidaré que siempre que mis ojos cruzaban los suyos, los de todos, había una amplia sonrisa de regalo y una breve reverencia condescendiente al estilo que solo estas buenas gentes pueden dar para que uno, indefectiblemente, se sienta a su vera como el hijo recién regresado al hogar.

Otra noche me decidí a perderme en una de las discos de la ciudad (igual debería decir la única). Iba feliz en el tuk-tuk, lo imaginaba un sitio animado, pleno de gente y diversión, pero al llegar imaginé que solo un funeral repleto de plañideras de llanto fingido podría tener más ambiente que aquello. La penumbra que envolvía prácticamente todo no lo era suficiente para que no pudiera darme cuenta de que allí no había ni Dios. Apure mi cerveza de dos sorbos y salí, apesadumbrado, mientras añoraba la pasada noche, las chicas, el escenario… la pureza festiva Lao. Pero la suerte debió girar una ruleta que salió cara ya que, poco antes del desvío a la pensión a la que me arrimaba andando, una chica me agarró del brazo. Asustado, di un respingo mientras cerraba el puño para defenderme. Pero ella me sonrió, señaló una mesa medio infectada de mosquitos al calor de un farol de pocos watios en la que brillaban botellas de beerlao y me hizo un gesto para que la siguiera. Ella y sus amigas celebraban el cumpleaños de una de ellas… o de uno de ellos, porque eran todas khatoeys o lady-boys. Me pusieron una cerveza delante y empezaron, felices y emocionadas ante mi presencia, a atosigarme a preguntas. Yo, abrumado, a duras penas llegaba a contestar a la mitad de ellas. Al cabo de un rato el asunto se tranquilizó, la mayoría se centraron en banales conversaciones entre ellas y solo una se quedó conmigo dándome coba. No podía dejar de sentirme triste ante la pura realidad que reflejaba esta escena, no había amigos ni amigas, solo lady-boys que han de conjurarse y mezclarse entre ellas para no sentirse arrinconadas y olvidadas por el resto de la sociedad. La noche fue avanzando mientras caían pausadamente botellas de beerlao y la charla giraba hacía realidades propias de estas personas y sus terribles circunstancias. En un momento dado se me acercó otra chica, absolutamente preciosa, que me hablaba de sus sueños resumidos en un concepto: dinero. Dinero para viajar, dinero para una casa nueva, dinero para sus padres… solo quería, ansiaba poseer mucho dinero, conocer a un extranjero, alguien joven como yo, que cuidara de su familia. Pero mi alma, en realidad cincelada con una escala de valores occidental, nada más que podía mirarla cariacontecido, derrotado por el eufemismo que supone para su cultura palabras como cuidar de, amor o pasión que en realidad no son sino huecas palabras que disfrazan el vil metal. Todo, absolutamente todo en esta cultura gira en torno al dinero, en un deseo desbocado de billetes de toda clase y condición, en una espiral que se alimenta a sí misma y que, como muchos occidentales escaldados lloran ahora y por siempre, jamás encuentra su límite. Me piraba agradecido, dando tumbos también, a dormir cuando giré la cabeza solo para comprobar cómo la sonrisa amarga de un futuro que no pasaba ni por mi estación ni por mi cartera se reflejaba en el rostro de esta joven que, pese a las apariencias, no dejaba de ser un niño convertido en una mujer de deslumbrante belleza.

Después de esas dos noches y sus consiguientes resacas llegué a la conclusión de que esto, más que Laos, iba a ser rebautizado por mi espíritu como Líos si no era capaz de borrarme de las juergas nocturnas. Sin duda, me había llegado de nuevo la hora de partir, de buscar un poco de cultura y sociedad Khmer, de volver a atravesar Isan como un rayo camino de una joya que palpitaba con mucha intensidad en mi interior. Buscaba, próxima estación, el templo de Khao Phra Viharn (Preah Vihear en idioma Khmer).

En Pakse, esa última noche, la víspera de entrar en la senda Khmer vía Ubon, recuerdo que charlaba con un viajero británico de Dios y la vida, de nuestras anécdotas e impresiones de un país que ambos nos aprestábamos a abandonar con un nudo de tristeza en digestión puesto que ya éramos delirantes prisioneros de la pereza Lao que nos había gobernado como dogma de fe. Mientras caían las Beerlao, ninguno de los dos parecíamos con ganas de dar tregua en forma de recogimiento en sueños, así que llegamos a un punto en que charlábamos sobre el sentido de las camisetas ubicuas que mayoritariamente se ven por toda la zona de influencia turística con el nombre del mismo país impreso (en realidad esas y también las de Beerlao), y me hizo mucha gracia una descripción que hizo de una de estas típicas camisetas en la que se lee “Lao P.D.R.” lo cual, con un mínimo nivel de inglés o habiendo viajado por un país comunista sin ir más lejos se traduce en “People`s Democratic Republic”. Pues no. En ese caso no. Y todo porque la traducción real, según él, es “Please Don`t Rush” o, en nuestro idioma, por favor no te des prisa. Así de simple y conciso. El caso es que este viajero había encontrado la traducción exacta del acrónimo. Sencillamente el mejor resumen que él podía hacerse del país era una opinión que yo compartía y que, además, jamás se puede olvidar porque siempre lo leerás en el pecho de centenares de turistas. Ahora, previo a mi partida a Camboya, solo puedo desearte que le hagas justicia al sentido de la expresión y que, Inshallah, tengas la misma fortuna e intensidad de emociones que las que tuve yo conviviendo con adorables seres humanos en el, sin duda, más relajado país del sudeste asiático. Va a ser muy difícil encontrar en la biografía de la conciencia, cuando uno ya haya fallecido, una experiencia tan placentera y ensoñadora como la que proporciona Laos y su gente, créeme… Chokdi (suerte).  

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