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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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viernes, 24 de julio de 2015

La ciudad del sándalo (extracto "Río Madre")

NOTA PREVIA: En este capítulo también se aprecia por qué a muchos el libro “Río Madre” les parece un rollo que habla de cosas que a casi nadie importan. Y no les falta razón. Viviendo a lomos de unos bancos ladrones; de unos políticos cómplices que les tapan y justifican porque así se cubren el riñón; de unos impuestos que a casi nadie permiten respirar; de unos jefes que, visto el libre albedrío y barra libre, han decidido que sus asalariados sean los nuevos Kunta Kinte; de una televisión que o publicita basura subvencionada o te recuerda subrepticiamente lo estúpido que eres por visionarla pero siempre, siempre, te alecciona sobre lo insignificante que quieren que seas y ríete de “1984”… Entonces, ¿a quién coño le interesa qué suceda en Laos?, ¿quién tiene tiempo para los laosianos y su historia cuando echan lo de los chefs o tipos en pelotas que mañana serán la comidilla de café o barra de bar? Ésa ha debido ser la gracia de mi destino. Y entonces, con una media sonrisa condescendiente, asiento empático cuando comentan lo áspero de “Río Madre”, y agradezco al cielo lo felices que llegamos a ser en Vientiane… por ejemplo.  

Una coctelera de huesos y articulaciones doloridos. No hay otro calificativo para definir la ruta nocturna de 10 horas que me trasladó de Phonsavan a Vientiane. Llegué a primera hora a la capital, maldiciendo mis magulladuras y golpes ganados entre la estructura metálica de los asientos del desvencijado bus y los numerosos baches y curvas del camino. Busqué rápidamente en la reluciente nueva estación de buses un garito para llenar el estómago con un poco de arroz caliente y frotarme los golpes. La camarera sonreía disimuladamente mientras yo esperaba mi ración y palpaba con gesto de notable dolor mis codos, rodillas, trasero… Casi me dolían hasta las pestañas de unos ojos que se cerraban furtivamente buscando las horas de sueño que la ruta me había privado.

Volvía a pisar Vientiane, la añorada Viang Chan, la ciudad del sándalo en su origen sánscrito. Y no había pasado ni un año desde que la había pisado por última vez. Los orígenes de la actual capital laosiana se funden en el Phra Lak Phra Lam (la épica hindú conocida como Ramayana, Ramakien en Tailandia o Reamker en Camboya) pero, leyendas al margen, está más que extendido y afirmado que en realidad sus orígenes se remontan a un antiguo asentamiento Khmer cuyo templo principal se situaba en el actual Wat Phra That Luang. No fue hasta 1563 cuando Setthathirat trasladó la capital del reino Lang Xang de Luang Prabang a Vientiane. Para dotar a la nueva capital de un aura de respeto y fe se llevó con él la venerada imagen del Buda Esmeralda, actualmente en Bangkok, y dejó en Xieng Dong Xieng Thong el otro paladín de la soberanía Lao, el Buda Phra Bang que desde ese momento pasó a dar nombre a la localidad, tal y como ya sabemos, Luang Prabang.

Desde la caída del Reino de Lang Xang fueron varias las invasiones y saqueos siameses que sumieron a la urbe en periodos de decadencia que, curiosamente con la llegada del colonialismo francés, dejaron paso a otra época de florecimiento con la reparación de una ciudad que ya se encontraba prácticamente abandonada. Y no solo la restauraron con bellas avenidas y edificios coloniales sino que devolvieron un lustre ya olvidado a los que iban a ser mi tres principales puntos de interés: el ahora museo Wat Sisaket, el museo de Haw Phra Kaew, antigua morada del Buda Esmeralda y, sobretodo, el símbolo nacional Wat Phra That Luang que en esas fechas debía vivir el famoso festival de Bun That Luang.

Recordaba que habían supuesto casi un disparo en la sien los días que había pasado hacía unos meses con Pa por allí. En 2008 me pareció una ciudad luminosa, amigable y barata, con un halo más de pueblo que de capital. Recorría las avenidas sin destino conocido, solo por el placer de pasear saltando de una sombra de Frangipani a otra. Pero en 2010 las sensaciones se habían esfumado, la zona del Namphu, mi hogaño reducto de calma y paz se había convertido en una amalgama de falangs en busca de priva fácil que consumían amplias zonas del cercano paseo fluvial del Mekong. Algo ubicuo, una especie de Khao San de Bangkok trasladado como por arte de magia a este pequeño reducto que podría haber pasado por la Provenza francesa. Los precios se habían disparado, la gente Lao parecía distante y huidiza. El refugio y la ilusión de Pa por conocer un lugar nuevo y mítico en sus orígenes Lao de Isan fue lo único que me llenó de pasión y alegría en una ciudad que probablemente hubiera abandonado a la mínima de no haber sido por ella. ¿Qué me esperaba ahora? Miraba al horizonte, con rostro contrariado y un notable tic nervioso en la pierna derecha fruto de mi ansiedad, hasta que decidí volver a la zona de Mixai, volver a empezar, poner mi cuenta revoluciones emocional a cero y chequear qué le reservaba Vientiane a mi creciente incertidumbre.

Asomé al Mekong con esa cadencia proverbial que resuena en alma habitada tal que si fuera un foco de calor en crudo invierno. Y no había nada. Los turistas, mochileros en su gran parte, se habían esfumado en gran medida. Solo una leve reminiscencia de ese Vientiane del que hablaba Theroux en su genial “El gran bazar del ferrocarril” y de aire irreverente, tan poligámico como politóxico y soez flotaba en el aire, pero no era algo que no hubiera percibido en mis anteriores visitas. Los Lao que pueblan las calles de esta pequeña amalgama te observan con indisimulada indiferencia, sabedores de su derrota de antemano si pretenden ofrecerte un transporte o un poco de diversión en esos lugares a los que el céfiro que desprenden tus poros, largamente batallados en el sudeste asiático, ya han renunciado incluso antes de que tu conciencia lo perciba. Caminaba sin rumbo, ajeno como comento al entorno, con un lugar en mente, una pensión que deseaba no hubiera tirado al alza su ganadora relación calidad-precio.

Me alojé cansado y deseoso de horas de sueño, tiré la maleta a un lado y antes de que dejara de rodar ya me había derrumbado boca abajo en una mullida cama mientras resoplaba mi último aliento antes de cerrar los ojos por unas horas. Fuera, lo último que recuerdo era el ruido de las aspas del ventilador de techo a veces amortiguado con el tronar de los Songthaew que se difuminaban entre algún esporádico ruido de pitos y voces. Irremediablemente soñé con esa tela de araña que me enamoró, tejida entre otros por Theroux, en la que se mezclaban seres de diversa e indolente condición revestidas de penurias propias de la época de guerra, de sinsentido, de soledad que les tocó sufrir.

Bajo un montón de horas después al vestíbulo aunque solo sea para disipar las dudas crecientes de aquellos que empezaban a pensar que había un cadáver en mi habitación. Bien pensado, tras observar con detenimiento el aspecto lúgubre y frío del interior de la pensión incluso yo pensaría que algún fiambre se esconde debajo de la cama de mi habitación contigua, sin ir más lejos. Pero sale por unos 10 dólares, que en una capital del sudeste asiático, aunque rezume a villa de poca monta como Vientiane, siempre es un triunfo y un estímulo irrechazable para mi quebradizo presupuesto.

El joven, somnoliento como es norma, se despereza y responde a mi llamada con la calma propia de un cirineo en procesión en Semana Santa sevillana.

-Hay un festival aquí, en That Luang-. Le pregunto mientras chequeo mis pertenencias: dinero, pasaporte, tarjetas,… El joven me mira con inusitada sorpresa y se sonríe mientras piensa con seguridad “estúpido farang”. - En realidad el festival comienza en unos días, pero puedes acercarte a la feria previa al mismo. Ya está montada. Es en el mismo recinto del That Luang-. “Seré imbécil” pienso. Creía que el festival Bun That Luang, el más colorido y famoso del país tenía lugar justo esas fechas, pero tampoco lo chequeé, sabía que era en fechas previas al Loy Krathong y, sencillamente, me confié. “Quizás mañana me acerque” resumo mentalmente mientras esbozo una sonrisa taciturna. Regresé a la cueva después de llenar un poco la tripa con una sensación de tristeza y cabreo conmigo mismo, era hora de garabatear un rato y recuperar fuerzas para un presumiblemente agotador día después.

Abandoné al día siguiente la pensión sin destino fijo, a lo que saliera, pero el punto fuerte de esta ciudad reside, al igual que sucede en Luang Prabang, en que si te descuidas te sales de la misma. Así pues al cabo de unos minutos de batalla, al rebufo de la multitud de caobas que pueblan la calle Setthathirat y contra el sol creciente, me di de bruces con el archiconocido Wat Sisaket. Y lo mejor, como por arte de magia se dibujaba ante mí el sim del adyacente Haw Phra Kaew. Sin saber cómo ni por qué me hallaba frente a algunos de los principales motivos de mi visita en la capital Lao. Y tenía tiempo de navegar unas decenas de minutos por sus interiores, por sus historias.

Wat Sisaket es un templo recogido, reconvertido a museo, como encajonado en unas paredes que pereciera imposible pudieran albergar tal sucesión de hornacinas tachonadas de diminutas figuras de Buda. Decenas, centenares y millares de ellas. Su historia es relativamente reciente pues data de la época de Chou Anou, último rey de Viang Chan, quien lo construyó entre 1819 y 1824. Posteriormente, entre 1827 y 1828, la ciudad sufrió el acoso thai, fue literalmente borrada del mapa pero, aún y todo, este templo no sucumbió y fue, de hecho, el único en superar el bestial envite siamés. Se abandonó a su suerte, intacto, cesó su magia y su pléyade de deidades ganaron un silencio demoledor del que todavía hoy, con su quieta delicadeza, no se han recuperado. Es un dato este de marcada importancia ya que la obra arquitectónica que se presenta es, sin discusión, la única que uno puede encontrar en esta bella ciudad que aún conserva su plano y estructuras originales (como el kuti) centurias después. Uno entra, se posterga ante el sublime y decrépito dintel de madera del sim principal y le embarga la sensación de acongojo, de sentirse borrado de cualquier anonimato. Observado por centenares de Budas que parecen ejercer un influjo de desasosiego sobre cualquiera que ose mirarles directamente a los ojos. El conjunto es bestial, abrumador más por esta especial circunstancia que por su belleza intrínseca. Hay otro aspecto que destaca en este lugar y no es otro sino los preciosos murales, corruptos y puros a partes iguales sobre un estuco que se desintegra, que alumbran al viajero una vez dentro de la capilla. Esconden más de lo que enseñan pero, si se presta atención, uno puede rescatar de entre ellos las bellas historias del Balasankhya Jataka y la aún más maravillosa de Kalaket y su caballo mágico.

Cuando uno sale solo puede respirar profundo, sacudirse la sensación de inquietud y, como un tonto, sonreírse por la sensación de haber sido presa de un templo, un lugar fuera de lo común. Rememora figuras, Budas de diversa condición: hermosos, grises, demacrados, exuberantes, hilarantes, grotescos… figuras que son todas la misma, figuras que fueron generadas por la heterodoxia de una nación y su manera de entender su religión. Figuras que, designios del destino, perviven afortunadamente en nuestros días como recordatorio de algo que se debe aprender y jamás olvidar.

Haw Phra Kaw es un sitio que, por exclusividad y atemporalidad, define por sí solo la historia de esta ciudad. Construido por el insigne Setthathirat en 1565, antigua morada del Buda Phra Kaew antes mencionado y del que conserva el nombre, es actualmente un diminuto museo que ofrece una sucesión de hermosas figuras de Buda. El sim es ejemplo magnífico de arquitectura religiosa Lao. Abruma su visión con sus ocres columnas sobre las que se sustenta un tejado, de color parduzco y a dos aguas, que cae delicadamente sobre los laterales y todo ello enclaustrado en un hermoso jardín en el que sobresalen buganvillas, pensamientos y frangipanis por decenas. Altero mi ritmo vagando por su diminuto salón, enfrascado en mis pensamientos, atónito ante la falta de un breve letrero que alumbre los datos históricos de las figuras que observo. Pero, no en vano, esto no deja de ser Laos, un país de recursos muy limitados para el que conceptos como “brillante museo” aún dista años luz. Suspiro, me reflejo en el bronce de los a ratos delicados y hermosos, a ratos difusos y deteriorados Budas que brotan por los aledaños del museo, medito sobre la profundidad que ya alcanzan las ojeras de la fatiga en un demacrado rostro que a duras penas reconozco y salgo a buscar mi último hito en la ciudad, el famoso That Luang.

Avenida Lang Xang. De sur a norte una avenida de varios carriles por el que transitan a ritmo cada vez más raudo decenas de coches, motos, bicis… paseo por la avenida, brotada a partes iguales de ministerios públicos y frangipanis que alzan sus escuálidos brazos desnudos en su mayor parte hacia un cielo del que esperan el milagro de un agua que no se producirá hasta dentro de unos meses. Muestran sus miserias con humildad, adornados de unas escasas flores orgullosas que se niegan a caer y ser pisoteadas. Llego a Patuxai, un deforme intento colonialista francés de construir aquí algo similar a su Arco del Triunfo parisino. Asemeja un ogro que, aparte de horroroso, se haya echado a perder con un pésimo envejecimiento. De dimensiones absurdas, de simetría nula, gordo por abajo, estrecho por arriba. Apenas unas decenas de turistas se arremolinan a sus pies y tiran unas fotos de rigor. Les imagino, al pasar a su lado, tan decepcionados como se resumía mi estado al ver semejante adefesio. Y es entonces, un trecho más allá, cuando la figura dorada del That Luang se dibuja sobre el fondo celeste.

That Luang es el icono del país y, a modo de Angkor Wat en la enseña Khmer, también este templo acompaña la bandera del país Lao en ocasiones. Fue el mismo Setthathirat tan mencionado quien dotó al templo de la forma actual. Al aproximarse, uno parece verse sumido en una ilusión propia de otro planeta porque That Luang asemeja a un conglomerado de That (estupas Lao) pero perfectamente proporcionadas y hermosas. El pálido tono dorado le otorga un poso de historia bien ganado y sufrido. Uno podría emplear horas y horas con la sola observación de semejante belleza. Son sentimientos semejantes, aunque un poco más atenuados, a los que invaden al viajero en la percepción de la mágica estupa Schwedagon en Yangon. Ensimismado, próximo a sus pies, apenas me fijo en la amalgama de puestos de comida, mercados de ropa y escenarios de música que ya aventuran un más que cercano Boun That Luang, festival definitivo en el acervo religioso Lao. Ahora en soledad, franqueada la puerta, me siento en el verde que arropa a la estupa central y, cegado por el resplandor del sol sobre su pintura púrpura, rememoro, acompañado por la música que surge de los puestos festivos, la razón de ser de dicho festival.

Boun That Luang o festival de la estupa sagrada es un festival que se demora por espacio de tres días en este simbólico templo. La estupa, de por sí, es el elemento simbólico budista por antonomasia y es una estructura que se divide en 3 partes: la base, el cuerpo y el remate en conjunción con el cosmos tal y como lo entiende esta religión. Generalmente la cultura popular conlleva un elemento más prosaico como es el relativo a que su construcción se ejecuta para guardar partes del cuerpo del Buda Sakyamuni y, de hecho, aquí en esta sagrada estupa de Vientiane, se cree que están guardados un pelo y un hueso de aquél. El festival, de fechas flexibles como tuve el infortunio de comprobar y que reúne a gentes de Laos pero también de Tailandia, Camboya o Vietnam, suele comenzar el primer día con una procesión de castillos de cera en el cercano Wat Simuong en el que se rinden respetos tanto al pilar fundacional de la ciudad como a Nya Mae Simuong. Nya Mae Simuong era una mujer en cinta que, se cree, llevada por los espíritus se arrojó al lugar donde se iba a colocar el pilar fundacional de la ciudad por lo que fue terriblemente aplastada por éste. Cree el acervo popular que lo hizo en un acto de fe y compasión por lo que se la considera deidad protectora de la ciudad y la gente la honra con sentida devoción. La procesión consiste en acercar multitud de castillos de cera (en realidad ofrendas hechas con un tronco de banano sobre el que se colocan multitud de flores confeccionadas en cera, de ahí el nombre) a la estupa del That Luang, recorrer su perímetro tres veces mientras se ora y, finalmente, depositar las ofrendas o castillos de cera al pie del mismo That. Este primer día suele finalizar con un colorido espectáculo de fuegos artificiales.

En un segundo día una aún más numerosa y multitudinaria procesión repite el proceso y deposita las ofrendas a través de la puerta este del complejo. Finalmente, el tercer y último día, a eso de las cinco de la mañana, una multitud de fieles se reúne para el Takbat o acto de ofrenda de alimentos a los monjes y posteriormente las familias se reúnen para degustar platos típicos como Khao Poun (fideos de arroz en sopa) o Tom Kai (sopa de pollo) en los puestos aledaños que se montan alrededor del templo para la ocasión. Por la noche, como colofón al festival y es éste acaso el aspecto más famoso del mismo, monjes y devotos ejecutan una procesión con velas alrededor de la gran estupa y una espectacular colección de fuegos artificiales cierra el festival hasta la siguiente edición.  

De regreso a la zona de Mixai me veo con los pies, las chanclas ennegrecidas del polvo del camino. Engullido de nuevo por una masa bestial de turistas quinceañeros para los que Vientiane es solo un episodio exótico más en su constante búsqueda de la felicidad ahogada en alcohol. Podría salir a tomar un trago, vacilar un poco… pero su sola presencia, demasiado constante y abrumadora para mi espíritu en los últimos días, ya hace que suspire por adelantar mi marcha hacia nuevos horizontes en los que el contacto con la realidad Lao se hará más estrecho. Me ducho, rehago el hatillo antes de envolverme en unas sábanas ardientes y mi alma ya vuela en la ruta a la que mañana acompañará mi cuerpo dirección a Thakhek. Sin embargo, como un idiota, sueño con Pa… y, al despertar bañado en cálido sudor, sé que mi ruta acaso debe volver a Nong Khai, donde ella habita. Thakhek puede esperar. 

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