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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 9 de julio de 2015

En el centro de Vietnam (extracto "Río Madre")

Cerca de Hoi An asoma la vieja gloria de Champa. La abigarrada capital religiosa que, cómo no, compartió parte de su destino con la certeza de haber sido acorralada por signos de defunción en oleadas de bombardeos yanquis. Allí cayó el famoso grupo B1, gloria y estandarte pretérito de un bocado que fue para el imperio del águila arropada en barras y estrellas. My Son, pese a todo, encierra un aroma de puridad para el que faltan las definiciones. Es como el serrallo musulmán que se abre violento a un asombrado viajero que está de paso. Es un pacto profundo con todo lo que nos ata a muchos viajeros con el sudeste asiático. Por encima incluso de la magia suspendida pese al paso de los siglos de Angkor. Su virtud, la de My Son y no otra que es lo que pretendo reflejar ahora, no se refleja en su fastuosidad de a simple vista. My Son, junto a Funan, juega el papel de pobre en esta gran obra de reinos olvidados en lo que a estructuras se refiere. Su gloria se retrató en ladrillos de adobe anaranjado, sucumbido al napalm de una guerra con yanquis de por medio. Pereció y abrazó su destino sin alzar la voz, sumido en la humildad. Y ahora solo palidece y se marchita ante el incesante rumor de turistas de pase y pose que viven su desencanto una vez que han conocido la gloria Khmer del vecino camboyano. Inútil cosa la comparativa para un viaje a través del tiempo en Indochina.

Por lo visto muchos viajeros preferimos la realidad así, desnuda y sin artificios. Sencillamente. Afronté mi ruta a My Son procurando rescatar del olvido muchos de los momentos humedecidos de una visita que fue en un lluvioso y ventoso día de hacía ya más de 3 años. Mi madre sufría los rigores del clima embutida en un pantalón de chándal y blusa de organdí que se adhería a su piel a la mínima humedad y para el que la chaquetilla de clara franela suponía una indefensa ayuda. No tuvo buen día, empezaba a dar síntomas de una galopante cardiopatía que degeneraría en su paso por quirófano. Se paraba cada dos por tres y pretendía coger un resuello que se le iba a cada paso. Cuando le preguntaba por si estaba bien, se paraba y miraba al cielo en una profunda inspiración acompañada de un rumoroso gemido, siempre respondía con cariño que la dejara a su ritmo, que no me preocupara por ella, que yo viera el sitio, que escuchara al guía o la leyera si era de papel, que aprendiera. Empezó a vomitar el desayuno y cerré la función, volvimos a donde esperaba la mini van. Le comenté que tampoco merecía mucho la pena el sitio, todo derruido y añejo. Pero ella era mi madre, sabía que mentía y volteaba nerviosamente una sortija de turquesa en el dedo anular desesperada y cabizbaja por su incapacidad física que ahogaba mi gemido hueco de cultura Cham.

Nunca hubo una palabra sucia o un desdén, ni una pregunta sobre cómo de empedrada sería la ruta. Solo confianza. Abandonados en una anodina estación perdida de India a altas horas de madrugada, en una decrépita pensión china hundidos de cansancio a las 5 de la mañana mientras suplicamos una cama en recepción, en una chalupa mecida a merced del monzón húmedo más violento transformado en marejada terminal a kilómetros de Tailandia en la costa de Andamán, tragando sal, peleando por no volcar sabiendo yo que ella no sabía nadar y, como muchos Thais, tenía un miedo atroz al mar o durmiendo unas horas en un banco fuera de la terminal de bajo costo en Kuala Lumpur mientras esperamos la hora de facturar para viajar a Surakarta. En la vida protestó y el temible y definitivo para el viajero “nunca más” jamás brotó de sus labios. Yo marcaba la ruta, ella iba detrás, con fe inquebrantable, sin peros. Imagino que así también se forja un viajero, observando el quehacer y carencia de ladrido del perro más viejo. Si uno desfallecía, estaba la otra marcando el paso, regalando la sonrisa y el ánimo. Y viceversa. A día de hoy sigo sin saber si estaba yo más feliz de llevarla conmigo por tierras lejanas y rincones decrépitos o era ella la realmente dichosa por haber parido a alguien capaz de arrastrarla en un torbellino de raíces orientales en rutas inimaginables a sus setenta y pico. Y ya nunca lo sabré.

Todo aquello atravesó por mi mente mientras conducía un scooter que me trasladaba sacando un ruido infernal debido al agujereado tubo de escape. Llegué a My Son como si traspasara otro punto de mi vía láctea indochina, al menos eso resudaba después de aparcar el cacharro que había alquilado. Daba la sensación de que había recorrido tres galaxias, vibrado con 2 supernovas y esquivado un agujero negro en el increíble trayecto de apenas 50 kilómetros. O eso denunciaban mis tan machacados como entumecidos tímpanos y mis temblorosos brazos que daban la sensación de jamás poder desprenderse del traqueteo del camino.

Un guardia somnoliento e inmóvil, tanto como los vestigios de laterita de las sendas Cham, me franqueó el paso tras pagar un par de decenas de miles de Dongs y empecé a caminar, aún en volandas por el delicioso y potente café vietnamita (incluso mejor que el de Laos, ¿a qué coño esperan para exportarlo?) bajo un cielo que prometía agua a no tardar mucho, algo que no había cambiado tres años después. Creía, antes de llegar al primer conjunto arqueológico, que todavía sería capaz de rememorar la figura de mi madre, su camisa mojada, bajo esa tosca cubierta de metal, especie de refugio sustentado en 4 irregulares muros, junto a uno de los cuales ella trataba de esconder sus violentas arcadas años atrás. Pero éste había desaparecido dando lugar a un coqueto conjunto de mesas macizas y sillas de bambú en una especie de bar arropado en un edificio de concretos pilares hormigonados y un reluciente tejado de pizarra gris.

Paseaba por My Son, emocionado por un lado, melancólico por otro. Se tejía una red de caminos casi fagocitados por la hierba mientras a mi vista se descubrían a cada recodo, con un proverbial punto de suspense sostenido, edificios toscos que ya parecían permanecer erguidos solo por el desdén de un tiempo que acaso jugaba con ellos como el gato con el ratón moribundo.

El grupo A muestra, receloso, dioses de formas absurdas, pulidos por el tiempo, deformados y rotos en extremo por la sinrazón bélica humana. Dioses anaranjados en diminutas hornacinas que aún resplandecen en su esencia. Seres celestiales de mirada cálida y acogedora, son ojos fundidos con el paso del tiempo. Un inmanente recuerdo del vástago que navega dentro de cada uno, echado a la llovizna que humedece y escarba casi hasta la matriz en el rompecabezas que es la vida o la muerte, generando copelas de reencarnaciones constantes… porvenir de ese aliento que todos los seres vivos debemos llevar dentro. Dioses múltiples que representan la fe en la feroz tormenta sobre un mar en ebullición, como enquistados en la cresta de la espuma de una ola batiente que al romper genera un halo de luz en espíritus atormentados y confundidos… Dioses hinduistas que dejan sin aliento y que, mezclados con la quietud y el silencio del entorno, generan un inevitable repaso por la historia del lugar.

Este imperio Cham (o Champa), de nombre dado por sus pobladores Cham que eran en realidad un pueblo etno-lingüístico Malayo-Polinesio, abarcó buena parte de la zona centro y sur del actual Vietnam de los siglos VII al XIX. Obviamente a partir del siglo X, momento de apogeo, su decline y área de extensión se redujo drásticamente debido a la presión constante del pueblo Viet que es, leyendas aparte, un grupo emigrado del actual sur de China y norte vietnamita y que, a su vez, buscaba nuevas tierras meridionales para habitar por la presión que recibía de la etnia mayoritaria en China, la Han.

Toda esta gente Cham, al igual que sucedía en Funan y Angkor en sus orígenes, era un pueblo de marcada orientación hinduista, influenciada por la religión propia del subcontinente indio (tal y como se aprecia en My Son) gracias a las estrechas relaciones comerciales que se dieron entre ambos pueblos. Hoy en día, curiosamente, la escasa población descendiente de esta gente Cham, que mantiene aún vivo su idioma original, profesa una marcada religión musulmana a diferencia de lo que pudiera presumirse por su raíz histórica o la posterior influencia vietnamita donde predomina la mezcla de Confucionismo, Taoismo y Budismo llamada Tam Giao (camino a la inmortalidad o triple religión).

Básicamente este imperio consistía en la unión de dos clanes (“Dua” y “Cau”), de ritos y costumbres distintas con, incluso, enfrentamientos ocasionales que siempre eran resueltos con uniones matrimoniales inter-clanes, los cuales poblaban los cinco principados (una vez más un concepto similar a los ya vistos m(e)uangs que reaparece) que conformaban el imperio: Amaravati, Vijaya, Kauthara, Panduranga y, finalmente el que más nos interesa por aglutinar como capital religiosa a My Son y como principal puerto comercial a Faifo (Hoi An), el principado de Indrapura cuya capital estaba próxima al actual Dong Duong. Y no solo nos interesa porque sus restos pueblen ahora estas páginas, sino porque este principado gobernó todo el imperio en su época de máximo esplendor hasta que, a comienzos del siglo XI, fue abandonado por la presión Viet para recaer el ámbito de poder Champa en el principado sureño de Vijaya (los restos de su capital se creen localizados en el sitio arqueológico de Cha Ban) y, de ahí en adelante, ya fue todo un sucumbir progresivo de regiones con el paso de las centurias ante el avance de la gente Viet hasta su definitiva extinción como imperio, por anexión total al actual Vietnam, en el primer tercio del mencionado siglo XIX.

Así, con estos datos básicos, nos encontramos con que el principado de Indrapura fue el núcleo de poder en la época de esplendor Cham y ello se debió, en puridad, a su control total en la región sobre el comercio de especias y sedas entre China, India, las islas indonesias y el imperio Abbassid con capital en Bagdad, es decir, prácticamente toda Asia. El omnipresente aspecto religioso, ante el poder obtenido, no tardó en aparecer en la rica región y cristalizó profusamente en los restos de los santuarios que se mostraban ante mí en ese momento en que, mientras escribía estas líneas, la lluvia, hasta ese momento esporádica, comenzó a arreciar y a humedecer pingando de tonos oscuros muchos de los erosionados relieves de ladrillo atemporal. Me refugio en un santuario medio derruido escoltado por un lingam granítico, extasiado por el olor a selva mojada y con el gorgoteo incesante del agua que se filtra y cae por las grietas de una gopura desmoronada. Sigo, acurrucado, escribiendo…

Comienzos del siglo V. De aquí datan los restos más antiguos encontrados en la zona, principalmente un pequeño santuario erigido en honor a Shiva y una estela en la que se hace referencia a lo sagrado del lugar y a conceptos básicos hinduistas como el samsara (ciclo de reencarnaciones) y karma (los actos en esta vida serán consecuencia para tu próxima reencarnación). Segunda mitad del siglo VII. El hall original ha ardido y es solo un poso en la historia pero el regente de la época decide restaurarlo y con él otros templos empiezan a brotar en el valle de My Son, de entre ellos destacan en cantidad y calidad de los consagrados a Shiva aunque el culto a Vishnú también tiene su peso. Precisamente de esta época data la estela a la que hacía referencia en el apartado de Funan y que emparentaba ambos reinos bajo la leyenda de Kaundiya. Pese a todo ello, todavía Indrapura era un principado en ciernes y no fue hasta el siglo X y XI cuando los reyes de una ya poderosa Indrapura edificaron buena parte de los vestigios notables que hicieron de la región con seguridad el mayor lugar de culto y grupo de estructuras religiosas en todo el imperio Cham. Después llegó el horror. Llegó la guerra de Vietnam y con ella los bombarderos B52 yanquis que arrasaron durante Agosto de 1969 gran parte de una zona que, anteriormente, había tratado de ser cuidadosamente restaurada por los colonialistas franceses. Gran parte de las estructuras cayeron y, pese a los esfuerzos contemporáneos, la imagen que detona ante los ojos del viajero nada más pisar las ruinas, generando un profundo abatimiento, evoca todo lo duro que debió de ser la contienda bélica y el peso de la metralla sobre los santuarios, a todas luces injustificable e incomprensible.

Llegó el declive de My Son en pleno siglo XX pero ya antes la magia de la gente que lo alumbró había sucumbido, sumada a un poderoso e implacable estado Viet que ya se vaticinaba. Porque, para rematar todo el aspecto histórico de la región, es bueno dejar un par de pinceladas de quiénes eran esa gentes Viet que avanzaron implacables hasta absorber a toda la antaño poderosa y extinta gloria Champa.

La gente Viet (Nguoi Viet o Nguoi Kinh) es básicamente, y como ya comentaba, una etnia que ocupaba en origen partes del sur de China y del actual norte de Vietnam. Es este origen, acompasado con grandes periodos de dominación china Han, lo que ha cincelado su espíritu, cultura y religión hasta límites muy definidos ya que, si bien controlan y forman un estado en todo el litoral este de la península de Indochina y por ello están considerados como parte de ella, la realidad indica que podrían ser perfectamente un primo-hermano, lejano en todo caso, del pueblo Han controlador de la mayor parte del territorio de la China actual. No en vano recientes estudios genéticos demuestran que poseen un claro origen chino salpicado de rasgos de pueblos Thai-Indonesios. Y es probablemente este estrecho lazo con el gigante asiático el que, con seguridad, se tradujo en una presión que obligó a esta misma gente Viet a conquistar territorios hacia el sur, integrar al imperio Champa y acabar anexionando incluso las fértiles tierras del delta del Mekong, de raíz histórica, cultural y étnica más próxima a la gente Jemer, para dar forma al actual Vietnam que no lo olvidemos, parece seguir siendo un deseo irrealizable de posesión por parte de China que hasta en el recién acabado siglo XX (Enero de 1979) intentó vanamente su conquista, rechazada por la proverbial raza, ímpetu y sentido nacionalista de la gente Viet.

Acompañado entonces de un fino sirimiri finalicé la visita a My Son, orgulloso de haber podido disfrutarlo en casi soledad gracias al madrugón que me había pegado y, con los deberes hechos, la batería de la cámara de video agotada y un buen montón de apuntes para pasar a negro sobre blanco, me encaminé de vuelta a Hoi An para enlazar con el bus que debería trasladarme a Danang donde me esperaba el mayor acento en cultura Champa. Porque que si los restos arquitectónicos fueron demolidos por la barbarie, no así sucedió con sus colecciones de escultura, consideradas entre las mejor trabajadas y más hermosas del mundo, que aguardaban mi visita en el renombrado museo de escultura Cham situado en la vieja Tourane francesa.

Danang (antigua Tourane) es un abigarrado panorama donde nada parece merecer la pena por sí solo pero, sin embargo y en conjunto, su todo atrae tu atención a cada esquina. Recorrer sus calles vuelve a ser una puerta abierta al Vietnam más sincrético y por ello poético y bello. Y eso, fácil de percibir en un entorno rural, no es propio de una urbe de varias centenas de miles de personas. Ni en Vietnam ni en casi ningún lugar del mundo. Cuando vagas por Danang pareciera que el dolor de atravesar miles de kilómetros de una imaginaria tundra que ha quedado tras de uno ha sido solo un pasajero pellizco. Esperaba encontrar un reducto de turistas de tour operador y seres grises que se afanan en sus labores, ajenos e indiferentes hacia los occidentales, resollando un odio que debía seguir bullendo en su memoria y que brotó de la época en que los franceses llamaban Tourane a este importante puerto comercial anclado en el estuario del río Han. Nada más lejos de la realidad en este enclave.

Una ciudad como aquel jarabe para la tos infantil: de primeras, ante los sentidos, sabe a rayos, un trago áspero de amarga mistela pero, una vez que raspa y pasa, un sitio que es capaz de otorgar un gran beneficio desde un primer momento al viajero que sepa rebuscar sus escondidos rincones.

-¿Transporte?-. Me gritan por los cuatro puntos cardinales decenas de motoristas en esa bestia de transporte que es la estación de buses de Danang a la que me asomo en corto trayecto desde Hoi An. Arrastro mi maleta, ajeno, y salgo a enfrentarme con la sucesión de callejas por las que divago antes de entender lo vano de mi búsqueda del conocido museo de cultura Cham de la ciudad. Se avecina la oscuridad y no hay más remedio que dejar de hacer el canelo caminando en círculos y buscar un poco de ayuda hasta un hostal acogedor. Mañana será otro día.

Una vez en el museo de escultura Cham, a primerísima hora, me reencuentro con tiempo de sobra porque se ha atrasado mi vuelo y, al cambio, un par de euros menos en los bolsillos. Franquear la puerta de este maravilloso ejemplo de lo que técnicamente debe ser un museo cercano a la perfección es un viaje evocador a ese latente y cercano recuerdo de My Son pero también un repaso al arte que envolvía a otro puñado de enclaves Cham. Percibir la mágica maestría talladora que tenían por don estas gentes es algo capaz de conmover el alma: garudas de piedra arenisca, yonys y lingams de un tenue anaranjado, un muestrario animal que, arrimando un poco la vista, casi cobra vida por la precisión y pasión por el detalle que representan. Un milímetro de roca, un millón de sentimientos, un momento de fervor religioso detenido en la memoria de la raza humana. Y una pléyade de sincretismo hindú reflejado en esa amalgama imposible de dioses que parece cosa de brujería pueda haber salido de la imaginación terrenal. Son reflejos de la trinidad hindú en sus múltiples manifestaciones. Son bestias perfectas, capaces de generar miedo, respeto o devoción en función de las manos, las yemas revestidas de fuego en llama de los dedos artesanales que con el roce y el desbroce crearon semejante milagro. Aquí nada parece rudimentario o fruto del azar, todo tiene su razón de ser, su espacio, su encadenamiento lógico con lo que le rodea haciendo del paseo por las salas y galerías de este lugar un viaje a otro tiempo, a otra dimensión. Y eso es exactamente lo que debe ser un museo.

A la salida debo despertar de mi sueño, resituarme y chequear el reloj: tengo un vuelo a Hanoi. Pero percibo un poco de libertad orientando el hocico hacia la brisa y decido navegar otro poco por la vieja Tourane. Sin fotos o video ni necesidades de escritura de por medio. Solo por el puro placer de callejear, de sentirme libre ahora que se aproxima rápido el finiquito de este intenso viaje. Y pienso, con convicción, que ya ningún regreso será igual, que ya sé por dónde se armaron tantas y tantas maravillas humanas, cómo se gestaron y parieron y, aunque sea exclusivamente por eso, debo sentirme dichoso. Al rato, la hermosa chica de facturación de Vietnam Airlines, elegante y de estilizadas curvas cual boceto de Gaudí en su Ao Dai (traje típico casi exclusivo de mujer en Vietnam en el que sobresale la ceñida blusa abierta por los costados y con mucha caída) de seda alba y azulada, mira sorprendida la boba sonrisa de un viajero que factura para Hanoi y, de modo inevitable, sonríe empáticamente.  

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