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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 20 de julio de 2015

De deltas desenfocados y madres que se van (extracto "Río Madre")

Un paseo por el delta del Mekong que se transformó más en indiferencia y brujo recuerdo que apetencia. Lo digo porque, una vez en Vinh Long, alquilé una barquichuela para dar una vuelta por su delta. Todo respiraba mi mal fario traducido en la añoranza de los maravillosos backwaters de Kerala. Porque aquí es parecido, pero en feo y nauseabundo por un pestilente olor que embadurna todo. Y no deseaba tener ese recuerdo del Río Madre, así que pedí al patrón, uno con cigarro perenne, cejas canas y visera oscura calada como a rosca, que pusiera proa a donde no habite casi nadie, donde el agua fuera líquido con limo y no restos de petróleo y donde la vega respire a humanidad vietnamita y no a decorados de cartón. El tipo, pasta de por medio, no dudo ni un ápice: rumbo a lo profundo.

Allí, con un sol que se acostaba, convertido en absoluta bola de fuego, se filtraban los rayos finales del astro como tenebrosos brazos a través de la espesura para postergarse sobre el lecho arrancándole de ese modo brillantes zafiros dorados por doquier. Un baile, un crepitar de destellos, un lujo solo para mis ojos y los de una pareja de niños sobre una chalupa descubierta que también observaban, embelesados, la escena mientras desatendían las indicaciones de un padre que pretendía enseñarles cómo lanzar las redes de pesca y que, a su vez, habría visto miles de atardeceres como aquél. Así quería recordar al Mekong, arrastrando miles de jacintos de agua entre destellos, de ese modo lo guardaría en mi corazón, congelado bajo un candado de siete llaves hasta mi regreso. Porque como el agua que desemboca y que muere, se evapora y vuelve a caer en lluvia o nieves tibetanas para regresar a su cauce, yo también retornaré. Como he hecho y haré siempre. Y todo porque sentía que me había llegado la hora del adiós. La hora de separar mi camino del de la que se había convertido mi sombra y razón de esta aventura. Lo veía multiplicarse, en lontananza, en pequeños regueros que se abrían como diminutas arterias en un mundo esmeralda de helechos, bananos y cocoteros. Pronto habría de desangrarse, de morir en el mar del sur de China. Pero su viaje, como el mío, ya había regado las vegas de pescado, de nutrientes para la tierra,… todo para las gentes que lo poblaban en barcas, en arrozales acodados en su tramo menguante. Todo a cambio de nada, solo los ruegos y ofrendas en algunos de los templos más cercanos o incluso como aquél otro, hundido en su lecho a su paso por Nong Khai. Él llegaba a su fin con el trabajo hecho, la simiente derramada en su camino. Y yo me sentía, en cierto modo, como ese río. Con un escrito a punto del remate que pretendía llamar a quien lo lea a recorrer sus recodos y conocer a sus gentes.

Dicen que el turista lo es porque viaja deseando conocer sitios reseñados, pero el viajero, el que curte su armadura de saberes, ése solo viaja para conocer a gentes que ni tan siquiera se llega a imaginar en origen. Y en ese viaje mutuo se nos habían juntado a la vera gentes inolvidables, gentes que siempre vivirán alebradas al río, a éstas páginas. Su curso pronto moriría y mi viaje, como él, pronto se apagaría. Lo recordaba tal y como las emociones de mi ruta, como las personas que nutrieron mi curso y que quedan desgranadas en muchas decenas de páginas: tenue, pausado en Luang Prabang, vigoroso y turbulento entre Nong Khai y Vientiane, a ratos festivo y a ratos melancólico entre Nakhon Phanom y Pakse, vigorizante en forma de afluentes por Tbeng Meanchey y Komphong Thom, depresivo en Phnom Penh y, como adiós, mientras mi figura se postra y palpa cariñosamente su superficie en agradecimiento por su hálito que no me permitió cejar en el empeño, engrandecido y poderoso surcando su delta de nueve dragones, tal y como es conocido en este su tramo final vietnamita: el río Cuu Long, el río de los nueve dragones. Me puede la emoción, el peso de tantas personas, tantas historias turbulentas como la marea que me devuelve, con ojos llorosos y espíritu satisfecho pero quebrado, al embarcadero de Vinh Long.  

La ciudad fue solo un trampolín para decir adiós al río. Vinh Long no pasa de estéril, con toneladas de turistas de todo a cien que llegan, surcan las aguas subidos a monstruos gigantes de hojalata, visitan un mercado al que me quería llevar el patrón (“no, gracias, tira hacia donde la barca más grande albergue a tres personas”) y vuelven a montar en su bus camino de cualquiera sabe dónde. Pero algo tiene muy bueno, especialmente después de salir de la congestionada Long Xuyen, tres horas hacia el norte: todo el griterío se reduce a la calle del embarcadero y su poderoso mercado. Hacia los costados reinaba la calma y era enriquecedor el poder sacar una silla a la acera, frente a la pensión, para tomar un trago a la fresca mientras esporádicos vietnamitas gastaban el asfalto en motos o bicicletas limitadas, por algún extraño designio, a veinte kilómetros por hora. Allí pasaba horas muertas que sin embargo salían muy vivas por la pasión por el diálogo de buena parte de sus vecinos. Y después me recogía, con calma, al gélido torrente de una habitación cuyo termostato del aire acondicionado debía llevar un lustro estropeado y era imposible de regular. No sé, cuando lo recuerdo, si acabé prendado de Vinh Long o no, solo tengo claro que, después de Long Xuyen, algo como aquello, con reminiscencia a pueblo mediano, era un golpe de fortuna para este viajero molido por la ruta. Y por ello seguro que no me importaría volver a escudriñar la levemente pegajosa noche, apoltronado en otra silla de plástico mientras la gente ordena su vida a ras de acera, porque si por algo destaca este país es por la pasión de sus habitantes por hacer la vida en la calle, con pijama y todo, sin pudor alguno. Eso, a ojos vista, es toda una garantía de entretenimiento y una certeza de que, cuando menos lo esperes, algo impactante va a suceder. Y, si acaso no por eso, sí que regresaré para volver a compartir otro delicioso café en compañía de los dueños de la pensión donde me alojaba, mi otra costumbre nocturna en la ciudad. Tal que así recuerdo que fue Vinh Long para mí.

Una mañana allí, nada más que arrancó la alborada, me dirigí a un templo cercano, más por la añoranza que me carcomía tras muchos días sin impregnarme del abrumador olor a incienso y el poso de calma que por el marcado interés que pudiera tener el sitio. Alquilé una bici y me centré en pedalear los escasos tres kilómetros que distan desde Vinh Long hasta esta pagoda conocida como Van Than Mieu. Una vez allí no había mucho de interés, pero lo poco que se levantaba aparecía encerrado entre una maraña de frangipanis y magnolias cuyas flores desprendidas salpicaban todo los recodos del lugar. Eran no más de 2 santuarios adornados con dragones, un estanque famélico y otro par de pabellones que aparecían desperdigados por todo el recinto enclaustrado que marcaba el perímetro. Allí, en la calma del lugar, entendí que, por mucho que me empeñe, Vietnam jamás va a ser un destino para visitar templos o lugares de culto, y no entendía sí, con seguridad, no tendría mucho que ver en ello su ostentación comunista. Probablemente así sea, aunque lo mismo sucede en el norte, en China, y aquel país, sin embargo, alberga complejos religiosos que empequeñecen el alma.

Después de un par de días de asueto y relax me dejé caer a plomo en un mullido asiento de furgoneta para compartir con otros vietnamitas, cargados hasta arriba de bolsas con víveres (entre otros unos patos que parpaban sin cesar y unas apetitosas, por jugosas y rojas como la pasión, sandías en rodajas) los apenas sesenta kilómetros que nos separaban de Tra Vinh, donde esperaba rascar un poco de sentimiento budista embutido entre la comunidad jemer que habita la zona y que, desde luego, es algo que no se respira en Vinh Long. Pero no llegamos muy lejos, de facto ni salimos de la estación: el cacharro no tenía frenos. El conductor se desgañitaba llamando por teléfono, pidiendo auxilio imagino… pero nada. Total que al final toda la tropa tuvimos que cambiarnos a un bus desvencijado y abollado que pasaba y era, encima, como el camarote de los hermanos Marx. Quiero decir que allí sumamos al zoo otra plétora de ciudadanos de viene y va al mercado, pollitos que no dejaban de piar y hasta un perro azabache que me miraba con las orejas caídas y una expresión de pena que rasgaba el alma. Pero, como siempre, todo lo susceptible de empeorar lo acaba haciendo y, por ello, allí topé con un recaudador de la pasta (en el sudeste asiático generalmente hay uno que conduce y otro que recauda) que iba de espabilado. El susodicho se me acercó con la intención de que pagara un billete más porque mi maleta abultaba demasiado, así que monté en cólera, le convencí a medias diciendo que mi ticket de varios miles de dongs era por la maleta y mi espacio y le obligué a callarse. La realidad es que era mentira porque había tenido el cuidado de esconder la maleta al sacar el ticket porque ya me olía que me podían hacer una jugada así. El caso es que el tío, pese a mi rapapolvo, no cejaba (vietnamita puro él) y me pidió un billete que pasó a comprobar mientras yo me veía con una patada en el culo y apeándome en marcha por haberme pasado de listo. Pero no, el tío chequeo la cantidad de treinta mil dongs, me miró mientras yo, acojonado, esperaba sus gritos y humilló la mirada, hizo un ademán de conforme y se volvió a la parte delantera del bus. “La puta que la parió a la de la oficina de tickets” pensaba, porque mi cabreo había alternado de protagonista, ahora mis iras iban dirigidas hacia la tipeja de la oficina de tickets que, pese a todo, me la había enchufado. Y en eso estaba, en el cabreo monumental, cuando un patito, escapado de una de las decenas de cestas en que los llevan mal recogidos con bridas, se puso a retozar, para alborozo y risas generales, sobre mi maleta. “Lo que me faltaba, que ahora el jodido pato se cague en mi maleta” pensaba yo macilento. Al llegar a Tra Vinh, me apeo y el tipo de la recaudación me tira la maleta mientras yo me acuerdo de su madre, momento preciso en que el tipo arrea una patada al pobre patito que se le había colocado a huevo ya que seguía por allí dando vueltas y que viene a caer, dolorido, gimoteando y medio cojo a mi lado. Vuelta a dedicarle recuerdos a la madre que lo echó. Me quedo mirando el pobre animal desamparado mientras éste, que a su vez me observa imagino que compungido, se me arrima sin parar de parpar y gemir su desdicha. “A ver dónde encontramos un buen acomodo para ambos, socio. A ver si encontramos alguien que nos quiera un poco” le digo en voz baja y, tras cogerlo suavemente y acunarlo un poco, lo acabo dejando una centena de metros carretera arriba, en la poza de una casa en la que otros dos congéneres suyos parecen aceptarle con disimulada indiferencia. Y así se escribe otra de las historias de a pelo en los buses de Vietnam, que pueden agradar más o menos, pero desde luego no aburren nunca.

Tra Vinh, una localidad de intensa mezcla racial gracias a la mencionada y poderosa en número población jemer, era el lugar en el que me habría de refugiar los próximos días. Era paradójico cómo había pasado por alto bellos ejemplos de arquitectura budista más o menos contemporánea en Camboya, absorto como estaba en la histórica razón de ser jemer y, por el contrario, éstos se habían convertido aquí en mi razón principal de visita. Porque tenía claro que estos ejemplos no serían de mayor interés que los propios de Camboya, pero el hecho de estar ubicados en la antigua Kampuchea Krom ya les daba un sutil toque de interés, aunque solo fuera por ver cómo se conservaban en un ambiente, aparentemente hostil, reflejado en el sentimiento comunista (y por ello básicamente ateo) que gobierna Vietnam.

Bajo esta perspectiva me encaminé primero a las dos pagodas jemer del centro de la ciudad, andando por romper la costumbre ya que este pueblo, revestido de ciudad, no deja de ser un plano cuadriculado de dimensiones minúsculas. La pagoda Ong Met fue una sorpresa mayúscula, no solo por su santuario principal tremendamente fotogénico, sino por la calma y la sensación de enterrarme entre su comunidad monástica. Caminaba entre túnicas, de olor especial, colgadas al sol mientras mis pies trataban de no pisar unas telas en las que aparecían esparcidos diversos tipos de hierbas y flores puestas a secar y que, de seguro, eran las que impregnaban los ropajes de ese olor tan particular. Los monjes, mientras tanto, alzaban el rostro y se me dirigían con una leve sonrisa a la que yo correspondía con un “suasday” (hola en jemer) y que hacía que su rostro se iluminara aún más y se pusieran a cuchichear entre ellos. No tarde en alcanzar la pagoda, china en este caso, de Ong para encontrarme sumido en la más absoluta soledad. Allí no había nadie y solo podía imaginar el fantasmal rastro humano por unas varillas de incienso que aún emanaban su característico olor. Dos formas de entender la religión, imagino, una, la china, que entiende la ofrenda como algo circunstancial en la vida y la otra, la jemer, que entiende más la vida como algo circunstancial en el credo religioso. Echaba en falta, allí perdido en la pagoda Ong, la plenitud de emociones que envuelven al viajero visitando alguna puja (ofrenda) en los templos hinduistas del sur de la India. Porque, como me decía una vez un viajero británico, lo especial de los lugares religiosos no lo determina su arquitectura o riqueza escultórica, ni tan siquiera su histórica importancia, es el fervor religioso, el chispazo pasional transmitido y contagiado de la multitud de tus semejantes, el que realmente te pone los pelos de punta y se convierte en algo adictivo que no se llega a olvidar jamás. Y yo solo asentía, dándole la razón, plenamente convencido.

Aún con tiempo me encaminé a la pagoda Chua An, otro foco de religión budista theravada en las cercanías de Tra Vinh y que, más que por sí mismo, me atraía por la presencia colindante de un museo de cultura de la minoría jemer. El templo estaba hermoso por decadente, tanto que unos operarios se afanaban en montar un andamiaje para, con seguridad, devolverle el esplendor que el tiempo le había robado. Por el contrario, el museo lucía en un vanguardista edificio de hormigón, casi una visión etérea comparada con el recinto monástico. Por dentro era una sucesión de salas, hasta cuatro: la primera con fotos de los múltiples templos jemeres que salpican la provincia seguidos de hastiales junto a una diminuta colección de Budas sacados, a buen seguro, de los mismos, la segunda era de ropajes, aperos de labranza y artilugios incomprensibles a mi mente y que, además, seguirían así en mi memoria porque ni existía una triste indicación en inglés que pudiera encender un poco de luz sobre su origen o razón de ser, la tercera mostraba el aspecto folclórico de la minoría jemer y allí se sumaban artilugios musicales junto a máscaras ceremoniales. Pero la cuarta y última era la mejor siendo la viva imagen del concepto de sociedad comunista. Se trataba un muestrario inconcluso de fotos de personajes recibiendo parabienes, medallas y demás sobre uno lustrosos trajes militares. “Ya decía yo que aquí faltaba la maquinaria de propaganda tan característica a estos regímenes” pensaba dejándome caer de foto en foto mientras sentía una tenaza apretando fuerte mi estómago, consecuencia obvia de verme rodeado de tanta referencia propia de batallas y burocracia. Apesadumbrado, decidí que, con el sol bajando a un ritmo tan veloz como el respiro que empezaban a dar sus rayos, era hora de volver a Tra Vinh, cenar algo y disfrutar de la localidad.

Y es que era un auténtico deleite amanecer en Tra Vinh. A un lado tenía rambutanes, mangostanes, durián… toda clase de fruta por cuatro pelas en el mercado local, a otro tenía cerveza y tabaco barato en un puestillo en el que siempre aparecía la adolescente hija de los dueños que, por lo visto, se encariñó de mí y un poco más allá tenía el mejor Pho (la clásica sopa de fideos vietnamita que ellos engullen a todas horas) de todo Vietnam. Y todo esto después de roncar a pierna suelta en un refulgente hotel de nuevo cuño cuya habitación me salía, robada, por media docena de euros la noche. Solo vi en esos días a una pareja de viajeros, veinteañeros perdidos con sus inevitables mochilas de dimensiones insospechadas, que suspiraban por encontrar un bus a una especie de eco-resort en un pueblo perdido. Con sencillez les dije que esto estaba muy lejos de buses y rutas de punto a punto, que la ruta más o menos turística, como cerca, solo hacía escala en Vinh Long y que, en consecuencia, les convendría alquilar unos moto-taxis, disfrutar de la campiña hermosa que se abre en esta región y cubrir de ese modo los apenas treinta kilómetros que les separaban de su destino. No sé si siguieron mi mensaje o no, allí les dejé negociando con dos moteros que se relamían de su buena dicha transformada en unas decenas de miles de dongs como caídos del cielo.

Si digo que tres días me supieron a bien poco en Tra Vinh, con estos datos y alejado como estaba de la muchedumbre turística, es solo la pura verdad porque jamás olvidaré la sensación de ahogo y abatimiento cuando subí, por enésima vez, al bus que habría de llevarme a la distante en cuatro horas Ciudad Ho Chi Minh dejando detrás, de nuevo, un poderoso imán en el que resaltaban las caras de personas recién descubiertas, por nunca olvidadas. Lo último que puedo evocar es que, mientras enfilaba las escaleras de acceso al bus, surgió la imagen de un joven ciego, acompañado de otro que juraría era hermano por el parecido físico, que intentaba insistentemente venderme lotería de a treinta céntimos de euro el billete mientras yo no podía despegar mi mirada de la pupila de sus ojos, completamente cubierta como de una fina gasa blanquecina, mientras pensaba, acaso egoístamente, acaso insolentemente, que tal y como están las cosas dentro de poco serán ellos los que viajen por nuestro país y nosotros seremos quienes, lágrima en rostro, acabaremos vendiéndoles lotería a ellos. Eso es algo de lo que cada vez estoy más convencido viendo su espíritu de sacrificio, su natural y maravillosa manera de buscarse la vida mientras nuestro devenir de espíritu perezoso, a la sombra de un capitalismo voraz, nos avocará, si Dios o Buda no lo remedian, a sucumbir estrepitosamente a no tardar mucho. Todo oscila en este mundo, nada deja de girar, de subir y bajar… es solo cuestión de tiempo. Y en ese pensamiento me abandoné a los sueños.  

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