LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 27 de julio de 2015

Nuevas rutas y primer vídeo de Brasil

Subido el primer vídeo del viaje de mayo por Brasil. Recorre los estados de Maranhao (Sao Luís, Alcántara y parque nacional de Lençois Maranhenses) y parte de Bahia (Salvador y parque nacional de Chapada Diamantina). El segundo vídeo lo tengo a medias, pero en agosto lo termino seguro porque deseo salir para Centroamérica sin deberes pendientes más allá de los vídeos de Bulgaria y Ecuador que todavía tengo en el debe. 

Entrando en esto, y con el anhelo de hacer seis meses currando y seis viajando o de relax, tengo ya perfiladas las rutas para estos meses, desde el 5 de Septiembre hasta Navidad, con forma de dos itinerarios de 50 días de duración cada uno. 

El primero me llevará a Centroamérica regresando a Guatemala para recorrer su parte oriental, bajaré a Honduras y El Salvador y, de postre, remataré con un par de semanas en Nicaragua. Las fechas definitivas ya están puestas en el histórico de viajes, aquí a la izquierda.

El segundo aún no tiene fechas finales de comienzo y final. Imagino que, más o menos, irá desde el 4 de Noviembre hasta Navidad, pero lo que sí es ya seguro es que pospongo Corea y el regreso a Japón para 2016 y, por contra, meto dos semanas entre Java oriental y Bali más otras dos en Tailandia (Isan) por un asunto personal que me ha surgido y quiero arreglar allí. China en diciembre, localizaciones específicas de las colindantes provincias de Hunan, Guizhou y Guanxi más concretamente, será la culminación de este segundo viaje.
 

viernes, 24 de julio de 2015

La ciudad del sándalo (extracto "Río Madre")

NOTA PREVIA: En este capítulo también se aprecia por qué a muchos el libro “Río Madre” les parece un rollo que habla de cosas que a casi nadie importan. Y no les falta razón. Viviendo a lomos de unos bancos ladrones; de unos políticos cómplices que les tapan y justifican porque así se cubren el riñón; de unos impuestos que a casi nadie permiten respirar; de unos jefes que, visto el libre albedrío y barra libre, han decidido que sus asalariados sean los nuevos Kunta Kinte; de una televisión que o publicita basura subvencionada o te recuerda subrepticiamente lo estúpido que eres por visionarla pero siempre, siempre, te alecciona sobre lo insignificante que quieren que seas y ríete de “1984”… Entonces, ¿a quién coño le interesa qué suceda en Laos?, ¿quién tiene tiempo para los laosianos y su historia cuando echan lo de los chefs o tipos en pelotas que mañana serán la comidilla de café o barra de bar? Ésa ha debido ser la gracia de mi destino. Y entonces, con una media sonrisa condescendiente, asiento empático cuando comentan lo áspero de “Río Madre”, y agradezco al cielo lo felices que llegamos a ser en Vientiane… por ejemplo.  

Una coctelera de huesos y articulaciones doloridos. No hay otro calificativo para definir la ruta nocturna de 10 horas que me trasladó de Phonsavan a Vientiane. Llegué a primera hora a la capital, maldiciendo mis magulladuras y golpes ganados entre la estructura metálica de los asientos del desvencijado bus y los numerosos baches y curvas del camino. Busqué rápidamente en la reluciente nueva estación de buses un garito para llenar el estómago con un poco de arroz caliente y frotarme los golpes. La camarera sonreía disimuladamente mientras yo esperaba mi ración y palpaba con gesto de notable dolor mis codos, rodillas, trasero… Casi me dolían hasta las pestañas de unos ojos que se cerraban furtivamente buscando las horas de sueño que la ruta me había privado.

Volvía a pisar Vientiane, la añorada Viang Chan, la ciudad del sándalo en su origen sánscrito. Y no había pasado ni un año desde que la había pisado por última vez. Los orígenes de la actual capital laosiana se funden en el Phra Lak Phra Lam (la épica hindú conocida como Ramayana, Ramakien en Tailandia o Reamker en Camboya) pero, leyendas al margen, está más que extendido y afirmado que en realidad sus orígenes se remontan a un antiguo asentamiento Khmer cuyo templo principal se situaba en el actual Wat Phra That Luang. No fue hasta 1563 cuando Setthathirat trasladó la capital del reino Lang Xang de Luang Prabang a Vientiane. Para dotar a la nueva capital de un aura de respeto y fe se llevó con él la venerada imagen del Buda Esmeralda, actualmente en Bangkok, y dejó en Xieng Dong Xieng Thong el otro paladín de la soberanía Lao, el Buda Phra Bang que desde ese momento pasó a dar nombre a la localidad, tal y como ya sabemos, Luang Prabang.

Desde la caída del Reino de Lang Xang fueron varias las invasiones y saqueos siameses que sumieron a la urbe en periodos de decadencia que, curiosamente con la llegada del colonialismo francés, dejaron paso a otra época de florecimiento con la reparación de una ciudad que ya se encontraba prácticamente abandonada. Y no solo la restauraron con bellas avenidas y edificios coloniales sino que devolvieron un lustre ya olvidado a los que iban a ser mi tres principales puntos de interés: el ahora museo Wat Sisaket, el museo de Haw Phra Kaew, antigua morada del Buda Esmeralda y, sobretodo, el símbolo nacional Wat Phra That Luang que en esas fechas debía vivir el famoso festival de Bun That Luang.

Recordaba que habían supuesto casi un disparo en la sien los días que había pasado hacía unos meses con Pa por allí. En 2008 me pareció una ciudad luminosa, amigable y barata, con un halo más de pueblo que de capital. Recorría las avenidas sin destino conocido, solo por el placer de pasear saltando de una sombra de Frangipani a otra. Pero en 2010 las sensaciones se habían esfumado, la zona del Namphu, mi hogaño reducto de calma y paz se había convertido en una amalgama de falangs en busca de priva fácil que consumían amplias zonas del cercano paseo fluvial del Mekong. Algo ubicuo, una especie de Khao San de Bangkok trasladado como por arte de magia a este pequeño reducto que podría haber pasado por la Provenza francesa. Los precios se habían disparado, la gente Lao parecía distante y huidiza. El refugio y la ilusión de Pa por conocer un lugar nuevo y mítico en sus orígenes Lao de Isan fue lo único que me llenó de pasión y alegría en una ciudad que probablemente hubiera abandonado a la mínima de no haber sido por ella. ¿Qué me esperaba ahora? Miraba al horizonte, con rostro contrariado y un notable tic nervioso en la pierna derecha fruto de mi ansiedad, hasta que decidí volver a la zona de Mixai, volver a empezar, poner mi cuenta revoluciones emocional a cero y chequear qué le reservaba Vientiane a mi creciente incertidumbre.

Asomé al Mekong con esa cadencia proverbial que resuena en alma habitada tal que si fuera un foco de calor en crudo invierno. Y no había nada. Los turistas, mochileros en su gran parte, se habían esfumado en gran medida. Solo una leve reminiscencia de ese Vientiane del que hablaba Theroux en su genial “El gran bazar del ferrocarril” y de aire irreverente, tan poligámico como politóxico y soez flotaba en el aire, pero no era algo que no hubiera percibido en mis anteriores visitas. Los Lao que pueblan las calles de esta pequeña amalgama te observan con indisimulada indiferencia, sabedores de su derrota de antemano si pretenden ofrecerte un transporte o un poco de diversión en esos lugares a los que el céfiro que desprenden tus poros, largamente batallados en el sudeste asiático, ya han renunciado incluso antes de que tu conciencia lo perciba. Caminaba sin rumbo, ajeno como comento al entorno, con un lugar en mente, una pensión que deseaba no hubiera tirado al alza su ganadora relación calidad-precio.

Me alojé cansado y deseoso de horas de sueño, tiré la maleta a un lado y antes de que dejara de rodar ya me había derrumbado boca abajo en una mullida cama mientras resoplaba mi último aliento antes de cerrar los ojos por unas horas. Fuera, lo último que recuerdo era el ruido de las aspas del ventilador de techo a veces amortiguado con el tronar de los Songthaew que se difuminaban entre algún esporádico ruido de pitos y voces. Irremediablemente soñé con esa tela de araña que me enamoró, tejida entre otros por Theroux, en la que se mezclaban seres de diversa e indolente condición revestidas de penurias propias de la época de guerra, de sinsentido, de soledad que les tocó sufrir.

Bajo un montón de horas después al vestíbulo aunque solo sea para disipar las dudas crecientes de aquellos que empezaban a pensar que había un cadáver en mi habitación. Bien pensado, tras observar con detenimiento el aspecto lúgubre y frío del interior de la pensión incluso yo pensaría que algún fiambre se esconde debajo de la cama de mi habitación contigua, sin ir más lejos. Pero sale por unos 10 dólares, que en una capital del sudeste asiático, aunque rezume a villa de poca monta como Vientiane, siempre es un triunfo y un estímulo irrechazable para mi quebradizo presupuesto.

El joven, somnoliento como es norma, se despereza y responde a mi llamada con la calma propia de un cirineo en procesión en Semana Santa sevillana.

-Hay un festival aquí, en That Luang-. Le pregunto mientras chequeo mis pertenencias: dinero, pasaporte, tarjetas,… El joven me mira con inusitada sorpresa y se sonríe mientras piensa con seguridad “estúpido farang”. - En realidad el festival comienza en unos días, pero puedes acercarte a la feria previa al mismo. Ya está montada. Es en el mismo recinto del That Luang-. “Seré imbécil” pienso. Creía que el festival Bun That Luang, el más colorido y famoso del país tenía lugar justo esas fechas, pero tampoco lo chequeé, sabía que era en fechas previas al Loy Krathong y, sencillamente, me confié. “Quizás mañana me acerque” resumo mentalmente mientras esbozo una sonrisa taciturna. Regresé a la cueva después de llenar un poco la tripa con una sensación de tristeza y cabreo conmigo mismo, era hora de garabatear un rato y recuperar fuerzas para un presumiblemente agotador día después.

Abandoné al día siguiente la pensión sin destino fijo, a lo que saliera, pero el punto fuerte de esta ciudad reside, al igual que sucede en Luang Prabang, en que si te descuidas te sales de la misma. Así pues al cabo de unos minutos de batalla, al rebufo de la multitud de caobas que pueblan la calle Setthathirat y contra el sol creciente, me di de bruces con el archiconocido Wat Sisaket. Y lo mejor, como por arte de magia se dibujaba ante mí el sim del adyacente Haw Phra Kaew. Sin saber cómo ni por qué me hallaba frente a algunos de los principales motivos de mi visita en la capital Lao. Y tenía tiempo de navegar unas decenas de minutos por sus interiores, por sus historias.

Wat Sisaket es un templo recogido, reconvertido a museo, como encajonado en unas paredes que pereciera imposible pudieran albergar tal sucesión de hornacinas tachonadas de diminutas figuras de Buda. Decenas, centenares y millares de ellas. Su historia es relativamente reciente pues data de la época de Chou Anou, último rey de Viang Chan, quien lo construyó entre 1819 y 1824. Posteriormente, entre 1827 y 1828, la ciudad sufrió el acoso thai, fue literalmente borrada del mapa pero, aún y todo, este templo no sucumbió y fue, de hecho, el único en superar el bestial envite siamés. Se abandonó a su suerte, intacto, cesó su magia y su pléyade de deidades ganaron un silencio demoledor del que todavía hoy, con su quieta delicadeza, no se han recuperado. Es un dato este de marcada importancia ya que la obra arquitectónica que se presenta es, sin discusión, la única que uno puede encontrar en esta bella ciudad que aún conserva su plano y estructuras originales (como el kuti) centurias después. Uno entra, se posterga ante el sublime y decrépito dintel de madera del sim principal y le embarga la sensación de acongojo, de sentirse borrado de cualquier anonimato. Observado por centenares de Budas que parecen ejercer un influjo de desasosiego sobre cualquiera que ose mirarles directamente a los ojos. El conjunto es bestial, abrumador más por esta especial circunstancia que por su belleza intrínseca. Hay otro aspecto que destaca en este lugar y no es otro sino los preciosos murales, corruptos y puros a partes iguales sobre un estuco que se desintegra, que alumbran al viajero una vez dentro de la capilla. Esconden más de lo que enseñan pero, si se presta atención, uno puede rescatar de entre ellos las bellas historias del Balasankhya Jataka y la aún más maravillosa de Kalaket y su caballo mágico.

Cuando uno sale solo puede respirar profundo, sacudirse la sensación de inquietud y, como un tonto, sonreírse por la sensación de haber sido presa de un templo, un lugar fuera de lo común. Rememora figuras, Budas de diversa condición: hermosos, grises, demacrados, exuberantes, hilarantes, grotescos… figuras que son todas la misma, figuras que fueron generadas por la heterodoxia de una nación y su manera de entender su religión. Figuras que, designios del destino, perviven afortunadamente en nuestros días como recordatorio de algo que se debe aprender y jamás olvidar.

Haw Phra Kaw es un sitio que, por exclusividad y atemporalidad, define por sí solo la historia de esta ciudad. Construido por el insigne Setthathirat en 1565, antigua morada del Buda Phra Kaew antes mencionado y del que conserva el nombre, es actualmente un diminuto museo que ofrece una sucesión de hermosas figuras de Buda. El sim es ejemplo magnífico de arquitectura religiosa Lao. Abruma su visión con sus ocres columnas sobre las que se sustenta un tejado, de color parduzco y a dos aguas, que cae delicadamente sobre los laterales y todo ello enclaustrado en un hermoso jardín en el que sobresalen buganvillas, pensamientos y frangipanis por decenas. Altero mi ritmo vagando por su diminuto salón, enfrascado en mis pensamientos, atónito ante la falta de un breve letrero que alumbre los datos históricos de las figuras que observo. Pero, no en vano, esto no deja de ser Laos, un país de recursos muy limitados para el que conceptos como “brillante museo” aún dista años luz. Suspiro, me reflejo en el bronce de los a ratos delicados y hermosos, a ratos difusos y deteriorados Budas que brotan por los aledaños del museo, medito sobre la profundidad que ya alcanzan las ojeras de la fatiga en un demacrado rostro que a duras penas reconozco y salgo a buscar mi último hito en la ciudad, el famoso That Luang.

Avenida Lang Xang. De sur a norte una avenida de varios carriles por el que transitan a ritmo cada vez más raudo decenas de coches, motos, bicis… paseo por la avenida, brotada a partes iguales de ministerios públicos y frangipanis que alzan sus escuálidos brazos desnudos en su mayor parte hacia un cielo del que esperan el milagro de un agua que no se producirá hasta dentro de unos meses. Muestran sus miserias con humildad, adornados de unas escasas flores orgullosas que se niegan a caer y ser pisoteadas. Llego a Patuxai, un deforme intento colonialista francés de construir aquí algo similar a su Arco del Triunfo parisino. Asemeja un ogro que, aparte de horroroso, se haya echado a perder con un pésimo envejecimiento. De dimensiones absurdas, de simetría nula, gordo por abajo, estrecho por arriba. Apenas unas decenas de turistas se arremolinan a sus pies y tiran unas fotos de rigor. Les imagino, al pasar a su lado, tan decepcionados como se resumía mi estado al ver semejante adefesio. Y es entonces, un trecho más allá, cuando la figura dorada del That Luang se dibuja sobre el fondo celeste.

That Luang es el icono del país y, a modo de Angkor Wat en la enseña Khmer, también este templo acompaña la bandera del país Lao en ocasiones. Fue el mismo Setthathirat tan mencionado quien dotó al templo de la forma actual. Al aproximarse, uno parece verse sumido en una ilusión propia de otro planeta porque That Luang asemeja a un conglomerado de That (estupas Lao) pero perfectamente proporcionadas y hermosas. El pálido tono dorado le otorga un poso de historia bien ganado y sufrido. Uno podría emplear horas y horas con la sola observación de semejante belleza. Son sentimientos semejantes, aunque un poco más atenuados, a los que invaden al viajero en la percepción de la mágica estupa Schwedagon en Yangon. Ensimismado, próximo a sus pies, apenas me fijo en la amalgama de puestos de comida, mercados de ropa y escenarios de música que ya aventuran un más que cercano Boun That Luang, festival definitivo en el acervo religioso Lao. Ahora en soledad, franqueada la puerta, me siento en el verde que arropa a la estupa central y, cegado por el resplandor del sol sobre su pintura púrpura, rememoro, acompañado por la música que surge de los puestos festivos, la razón de ser de dicho festival.

Boun That Luang o festival de la estupa sagrada es un festival que se demora por espacio de tres días en este simbólico templo. La estupa, de por sí, es el elemento simbólico budista por antonomasia y es una estructura que se divide en 3 partes: la base, el cuerpo y el remate en conjunción con el cosmos tal y como lo entiende esta religión. Generalmente la cultura popular conlleva un elemento más prosaico como es el relativo a que su construcción se ejecuta para guardar partes del cuerpo del Buda Sakyamuni y, de hecho, aquí en esta sagrada estupa de Vientiane, se cree que están guardados un pelo y un hueso de aquél. El festival, de fechas flexibles como tuve el infortunio de comprobar y que reúne a gentes de Laos pero también de Tailandia, Camboya o Vietnam, suele comenzar el primer día con una procesión de castillos de cera en el cercano Wat Simuong en el que se rinden respetos tanto al pilar fundacional de la ciudad como a Nya Mae Simuong. Nya Mae Simuong era una mujer en cinta que, se cree, llevada por los espíritus se arrojó al lugar donde se iba a colocar el pilar fundacional de la ciudad por lo que fue terriblemente aplastada por éste. Cree el acervo popular que lo hizo en un acto de fe y compasión por lo que se la considera deidad protectora de la ciudad y la gente la honra con sentida devoción. La procesión consiste en acercar multitud de castillos de cera (en realidad ofrendas hechas con un tronco de banano sobre el que se colocan multitud de flores confeccionadas en cera, de ahí el nombre) a la estupa del That Luang, recorrer su perímetro tres veces mientras se ora y, finalmente, depositar las ofrendas o castillos de cera al pie del mismo That. Este primer día suele finalizar con un colorido espectáculo de fuegos artificiales.

En un segundo día una aún más numerosa y multitudinaria procesión repite el proceso y deposita las ofrendas a través de la puerta este del complejo. Finalmente, el tercer y último día, a eso de las cinco de la mañana, una multitud de fieles se reúne para el Takbat o acto de ofrenda de alimentos a los monjes y posteriormente las familias se reúnen para degustar platos típicos como Khao Poun (fideos de arroz en sopa) o Tom Kai (sopa de pollo) en los puestos aledaños que se montan alrededor del templo para la ocasión. Por la noche, como colofón al festival y es éste acaso el aspecto más famoso del mismo, monjes y devotos ejecutan una procesión con velas alrededor de la gran estupa y una espectacular colección de fuegos artificiales cierra el festival hasta la siguiente edición.  

De regreso a la zona de Mixai me veo con los pies, las chanclas ennegrecidas del polvo del camino. Engullido de nuevo por una masa bestial de turistas quinceañeros para los que Vientiane es solo un episodio exótico más en su constante búsqueda de la felicidad ahogada en alcohol. Podría salir a tomar un trago, vacilar un poco… pero su sola presencia, demasiado constante y abrumadora para mi espíritu en los últimos días, ya hace que suspire por adelantar mi marcha hacia nuevos horizontes en los que el contacto con la realidad Lao se hará más estrecho. Me ducho, rehago el hatillo antes de envolverme en unas sábanas ardientes y mi alma ya vuela en la ruta a la que mañana acompañará mi cuerpo dirección a Thakhek. Sin embargo, como un idiota, sueño con Pa… y, al despertar bañado en cálido sudor, sé que mi ruta acaso debe volver a Nong Khai, donde ella habita. Thakhek puede esperar. 

lunes, 20 de julio de 2015

De deltas desenfocados y madres que se van (extracto "Río Madre")

Un paseo por el delta del Mekong que se transformó más en indiferencia y brujo recuerdo que apetencia. Lo digo porque, una vez en Vinh Long, alquilé una barquichuela para dar una vuelta por su delta. Todo respiraba mi mal fario traducido en la añoranza de los maravillosos backwaters de Kerala. Porque aquí es parecido, pero en feo y nauseabundo por un pestilente olor que embadurna todo. Y no deseaba tener ese recuerdo del Río Madre, así que pedí al patrón, uno con cigarro perenne, cejas canas y visera oscura calada como a rosca, que pusiera proa a donde no habite casi nadie, donde el agua fuera líquido con limo y no restos de petróleo y donde la vega respire a humanidad vietnamita y no a decorados de cartón. El tipo, pasta de por medio, no dudo ni un ápice: rumbo a lo profundo.

Allí, con un sol que se acostaba, convertido en absoluta bola de fuego, se filtraban los rayos finales del astro como tenebrosos brazos a través de la espesura para postergarse sobre el lecho arrancándole de ese modo brillantes zafiros dorados por doquier. Un baile, un crepitar de destellos, un lujo solo para mis ojos y los de una pareja de niños sobre una chalupa descubierta que también observaban, embelesados, la escena mientras desatendían las indicaciones de un padre que pretendía enseñarles cómo lanzar las redes de pesca y que, a su vez, habría visto miles de atardeceres como aquél. Así quería recordar al Mekong, arrastrando miles de jacintos de agua entre destellos, de ese modo lo guardaría en mi corazón, congelado bajo un candado de siete llaves hasta mi regreso. Porque como el agua que desemboca y que muere, se evapora y vuelve a caer en lluvia o nieves tibetanas para regresar a su cauce, yo también retornaré. Como he hecho y haré siempre. Y todo porque sentía que me había llegado la hora del adiós. La hora de separar mi camino del de la que se había convertido mi sombra y razón de esta aventura. Lo veía multiplicarse, en lontananza, en pequeños regueros que se abrían como diminutas arterias en un mundo esmeralda de helechos, bananos y cocoteros. Pronto habría de desangrarse, de morir en el mar del sur de China. Pero su viaje, como el mío, ya había regado las vegas de pescado, de nutrientes para la tierra,… todo para las gentes que lo poblaban en barcas, en arrozales acodados en su tramo menguante. Todo a cambio de nada, solo los ruegos y ofrendas en algunos de los templos más cercanos o incluso como aquél otro, hundido en su lecho a su paso por Nong Khai. Él llegaba a su fin con el trabajo hecho, la simiente derramada en su camino. Y yo me sentía, en cierto modo, como ese río. Con un escrito a punto del remate que pretendía llamar a quien lo lea a recorrer sus recodos y conocer a sus gentes.

Dicen que el turista lo es porque viaja deseando conocer sitios reseñados, pero el viajero, el que curte su armadura de saberes, ése solo viaja para conocer a gentes que ni tan siquiera se llega a imaginar en origen. Y en ese viaje mutuo se nos habían juntado a la vera gentes inolvidables, gentes que siempre vivirán alebradas al río, a éstas páginas. Su curso pronto moriría y mi viaje, como él, pronto se apagaría. Lo recordaba tal y como las emociones de mi ruta, como las personas que nutrieron mi curso y que quedan desgranadas en muchas decenas de páginas: tenue, pausado en Luang Prabang, vigoroso y turbulento entre Nong Khai y Vientiane, a ratos festivo y a ratos melancólico entre Nakhon Phanom y Pakse, vigorizante en forma de afluentes por Tbeng Meanchey y Komphong Thom, depresivo en Phnom Penh y, como adiós, mientras mi figura se postra y palpa cariñosamente su superficie en agradecimiento por su hálito que no me permitió cejar en el empeño, engrandecido y poderoso surcando su delta de nueve dragones, tal y como es conocido en este su tramo final vietnamita: el río Cuu Long, el río de los nueve dragones. Me puede la emoción, el peso de tantas personas, tantas historias turbulentas como la marea que me devuelve, con ojos llorosos y espíritu satisfecho pero quebrado, al embarcadero de Vinh Long.  

La ciudad fue solo un trampolín para decir adiós al río. Vinh Long no pasa de estéril, con toneladas de turistas de todo a cien que llegan, surcan las aguas subidos a monstruos gigantes de hojalata, visitan un mercado al que me quería llevar el patrón (“no, gracias, tira hacia donde la barca más grande albergue a tres personas”) y vuelven a montar en su bus camino de cualquiera sabe dónde. Pero algo tiene muy bueno, especialmente después de salir de la congestionada Long Xuyen, tres horas hacia el norte: todo el griterío se reduce a la calle del embarcadero y su poderoso mercado. Hacia los costados reinaba la calma y era enriquecedor el poder sacar una silla a la acera, frente a la pensión, para tomar un trago a la fresca mientras esporádicos vietnamitas gastaban el asfalto en motos o bicicletas limitadas, por algún extraño designio, a veinte kilómetros por hora. Allí pasaba horas muertas que sin embargo salían muy vivas por la pasión por el diálogo de buena parte de sus vecinos. Y después me recogía, con calma, al gélido torrente de una habitación cuyo termostato del aire acondicionado debía llevar un lustro estropeado y era imposible de regular. No sé, cuando lo recuerdo, si acabé prendado de Vinh Long o no, solo tengo claro que, después de Long Xuyen, algo como aquello, con reminiscencia a pueblo mediano, era un golpe de fortuna para este viajero molido por la ruta. Y por ello seguro que no me importaría volver a escudriñar la levemente pegajosa noche, apoltronado en otra silla de plástico mientras la gente ordena su vida a ras de acera, porque si por algo destaca este país es por la pasión de sus habitantes por hacer la vida en la calle, con pijama y todo, sin pudor alguno. Eso, a ojos vista, es toda una garantía de entretenimiento y una certeza de que, cuando menos lo esperes, algo impactante va a suceder. Y, si acaso no por eso, sí que regresaré para volver a compartir otro delicioso café en compañía de los dueños de la pensión donde me alojaba, mi otra costumbre nocturna en la ciudad. Tal que así recuerdo que fue Vinh Long para mí.

Una mañana allí, nada más que arrancó la alborada, me dirigí a un templo cercano, más por la añoranza que me carcomía tras muchos días sin impregnarme del abrumador olor a incienso y el poso de calma que por el marcado interés que pudiera tener el sitio. Alquilé una bici y me centré en pedalear los escasos tres kilómetros que distan desde Vinh Long hasta esta pagoda conocida como Van Than Mieu. Una vez allí no había mucho de interés, pero lo poco que se levantaba aparecía encerrado entre una maraña de frangipanis y magnolias cuyas flores desprendidas salpicaban todo los recodos del lugar. Eran no más de 2 santuarios adornados con dragones, un estanque famélico y otro par de pabellones que aparecían desperdigados por todo el recinto enclaustrado que marcaba el perímetro. Allí, en la calma del lugar, entendí que, por mucho que me empeñe, Vietnam jamás va a ser un destino para visitar templos o lugares de culto, y no entendía sí, con seguridad, no tendría mucho que ver en ello su ostentación comunista. Probablemente así sea, aunque lo mismo sucede en el norte, en China, y aquel país, sin embargo, alberga complejos religiosos que empequeñecen el alma.

Después de un par de días de asueto y relax me dejé caer a plomo en un mullido asiento de furgoneta para compartir con otros vietnamitas, cargados hasta arriba de bolsas con víveres (entre otros unos patos que parpaban sin cesar y unas apetitosas, por jugosas y rojas como la pasión, sandías en rodajas) los apenas sesenta kilómetros que nos separaban de Tra Vinh, donde esperaba rascar un poco de sentimiento budista embutido entre la comunidad jemer que habita la zona y que, desde luego, es algo que no se respira en Vinh Long. Pero no llegamos muy lejos, de facto ni salimos de la estación: el cacharro no tenía frenos. El conductor se desgañitaba llamando por teléfono, pidiendo auxilio imagino… pero nada. Total que al final toda la tropa tuvimos que cambiarnos a un bus desvencijado y abollado que pasaba y era, encima, como el camarote de los hermanos Marx. Quiero decir que allí sumamos al zoo otra plétora de ciudadanos de viene y va al mercado, pollitos que no dejaban de piar y hasta un perro azabache que me miraba con las orejas caídas y una expresión de pena que rasgaba el alma. Pero, como siempre, todo lo susceptible de empeorar lo acaba haciendo y, por ello, allí topé con un recaudador de la pasta (en el sudeste asiático generalmente hay uno que conduce y otro que recauda) que iba de espabilado. El susodicho se me acercó con la intención de que pagara un billete más porque mi maleta abultaba demasiado, así que monté en cólera, le convencí a medias diciendo que mi ticket de varios miles de dongs era por la maleta y mi espacio y le obligué a callarse. La realidad es que era mentira porque había tenido el cuidado de esconder la maleta al sacar el ticket porque ya me olía que me podían hacer una jugada así. El caso es que el tío, pese a mi rapapolvo, no cejaba (vietnamita puro él) y me pidió un billete que pasó a comprobar mientras yo me veía con una patada en el culo y apeándome en marcha por haberme pasado de listo. Pero no, el tío chequeo la cantidad de treinta mil dongs, me miró mientras yo, acojonado, esperaba sus gritos y humilló la mirada, hizo un ademán de conforme y se volvió a la parte delantera del bus. “La puta que la parió a la de la oficina de tickets” pensaba, porque mi cabreo había alternado de protagonista, ahora mis iras iban dirigidas hacia la tipeja de la oficina de tickets que, pese a todo, me la había enchufado. Y en eso estaba, en el cabreo monumental, cuando un patito, escapado de una de las decenas de cestas en que los llevan mal recogidos con bridas, se puso a retozar, para alborozo y risas generales, sobre mi maleta. “Lo que me faltaba, que ahora el jodido pato se cague en mi maleta” pensaba yo macilento. Al llegar a Tra Vinh, me apeo y el tipo de la recaudación me tira la maleta mientras yo me acuerdo de su madre, momento preciso en que el tipo arrea una patada al pobre patito que se le había colocado a huevo ya que seguía por allí dando vueltas y que viene a caer, dolorido, gimoteando y medio cojo a mi lado. Vuelta a dedicarle recuerdos a la madre que lo echó. Me quedo mirando el pobre animal desamparado mientras éste, que a su vez me observa imagino que compungido, se me arrima sin parar de parpar y gemir su desdicha. “A ver dónde encontramos un buen acomodo para ambos, socio. A ver si encontramos alguien que nos quiera un poco” le digo en voz baja y, tras cogerlo suavemente y acunarlo un poco, lo acabo dejando una centena de metros carretera arriba, en la poza de una casa en la que otros dos congéneres suyos parecen aceptarle con disimulada indiferencia. Y así se escribe otra de las historias de a pelo en los buses de Vietnam, que pueden agradar más o menos, pero desde luego no aburren nunca.

Tra Vinh, una localidad de intensa mezcla racial gracias a la mencionada y poderosa en número población jemer, era el lugar en el que me habría de refugiar los próximos días. Era paradójico cómo había pasado por alto bellos ejemplos de arquitectura budista más o menos contemporánea en Camboya, absorto como estaba en la histórica razón de ser jemer y, por el contrario, éstos se habían convertido aquí en mi razón principal de visita. Porque tenía claro que estos ejemplos no serían de mayor interés que los propios de Camboya, pero el hecho de estar ubicados en la antigua Kampuchea Krom ya les daba un sutil toque de interés, aunque solo fuera por ver cómo se conservaban en un ambiente, aparentemente hostil, reflejado en el sentimiento comunista (y por ello básicamente ateo) que gobierna Vietnam.

Bajo esta perspectiva me encaminé primero a las dos pagodas jemer del centro de la ciudad, andando por romper la costumbre ya que este pueblo, revestido de ciudad, no deja de ser un plano cuadriculado de dimensiones minúsculas. La pagoda Ong Met fue una sorpresa mayúscula, no solo por su santuario principal tremendamente fotogénico, sino por la calma y la sensación de enterrarme entre su comunidad monástica. Caminaba entre túnicas, de olor especial, colgadas al sol mientras mis pies trataban de no pisar unas telas en las que aparecían esparcidos diversos tipos de hierbas y flores puestas a secar y que, de seguro, eran las que impregnaban los ropajes de ese olor tan particular. Los monjes, mientras tanto, alzaban el rostro y se me dirigían con una leve sonrisa a la que yo correspondía con un “suasday” (hola en jemer) y que hacía que su rostro se iluminara aún más y se pusieran a cuchichear entre ellos. No tarde en alcanzar la pagoda, china en este caso, de Ong para encontrarme sumido en la más absoluta soledad. Allí no había nadie y solo podía imaginar el fantasmal rastro humano por unas varillas de incienso que aún emanaban su característico olor. Dos formas de entender la religión, imagino, una, la china, que entiende la ofrenda como algo circunstancial en la vida y la otra, la jemer, que entiende más la vida como algo circunstancial en el credo religioso. Echaba en falta, allí perdido en la pagoda Ong, la plenitud de emociones que envuelven al viajero visitando alguna puja (ofrenda) en los templos hinduistas del sur de la India. Porque, como me decía una vez un viajero británico, lo especial de los lugares religiosos no lo determina su arquitectura o riqueza escultórica, ni tan siquiera su histórica importancia, es el fervor religioso, el chispazo pasional transmitido y contagiado de la multitud de tus semejantes, el que realmente te pone los pelos de punta y se convierte en algo adictivo que no se llega a olvidar jamás. Y yo solo asentía, dándole la razón, plenamente convencido.

Aún con tiempo me encaminé a la pagoda Chua An, otro foco de religión budista theravada en las cercanías de Tra Vinh y que, más que por sí mismo, me atraía por la presencia colindante de un museo de cultura de la minoría jemer. El templo estaba hermoso por decadente, tanto que unos operarios se afanaban en montar un andamiaje para, con seguridad, devolverle el esplendor que el tiempo le había robado. Por el contrario, el museo lucía en un vanguardista edificio de hormigón, casi una visión etérea comparada con el recinto monástico. Por dentro era una sucesión de salas, hasta cuatro: la primera con fotos de los múltiples templos jemeres que salpican la provincia seguidos de hastiales junto a una diminuta colección de Budas sacados, a buen seguro, de los mismos, la segunda era de ropajes, aperos de labranza y artilugios incomprensibles a mi mente y que, además, seguirían así en mi memoria porque ni existía una triste indicación en inglés que pudiera encender un poco de luz sobre su origen o razón de ser, la tercera mostraba el aspecto folclórico de la minoría jemer y allí se sumaban artilugios musicales junto a máscaras ceremoniales. Pero la cuarta y última era la mejor siendo la viva imagen del concepto de sociedad comunista. Se trataba un muestrario inconcluso de fotos de personajes recibiendo parabienes, medallas y demás sobre uno lustrosos trajes militares. “Ya decía yo que aquí faltaba la maquinaria de propaganda tan característica a estos regímenes” pensaba dejándome caer de foto en foto mientras sentía una tenaza apretando fuerte mi estómago, consecuencia obvia de verme rodeado de tanta referencia propia de batallas y burocracia. Apesadumbrado, decidí que, con el sol bajando a un ritmo tan veloz como el respiro que empezaban a dar sus rayos, era hora de volver a Tra Vinh, cenar algo y disfrutar de la localidad.

Y es que era un auténtico deleite amanecer en Tra Vinh. A un lado tenía rambutanes, mangostanes, durián… toda clase de fruta por cuatro pelas en el mercado local, a otro tenía cerveza y tabaco barato en un puestillo en el que siempre aparecía la adolescente hija de los dueños que, por lo visto, se encariñó de mí y un poco más allá tenía el mejor Pho (la clásica sopa de fideos vietnamita que ellos engullen a todas horas) de todo Vietnam. Y todo esto después de roncar a pierna suelta en un refulgente hotel de nuevo cuño cuya habitación me salía, robada, por media docena de euros la noche. Solo vi en esos días a una pareja de viajeros, veinteañeros perdidos con sus inevitables mochilas de dimensiones insospechadas, que suspiraban por encontrar un bus a una especie de eco-resort en un pueblo perdido. Con sencillez les dije que esto estaba muy lejos de buses y rutas de punto a punto, que la ruta más o menos turística, como cerca, solo hacía escala en Vinh Long y que, en consecuencia, les convendría alquilar unos moto-taxis, disfrutar de la campiña hermosa que se abre en esta región y cubrir de ese modo los apenas treinta kilómetros que les separaban de su destino. No sé si siguieron mi mensaje o no, allí les dejé negociando con dos moteros que se relamían de su buena dicha transformada en unas decenas de miles de dongs como caídos del cielo.

Si digo que tres días me supieron a bien poco en Tra Vinh, con estos datos y alejado como estaba de la muchedumbre turística, es solo la pura verdad porque jamás olvidaré la sensación de ahogo y abatimiento cuando subí, por enésima vez, al bus que habría de llevarme a la distante en cuatro horas Ciudad Ho Chi Minh dejando detrás, de nuevo, un poderoso imán en el que resaltaban las caras de personas recién descubiertas, por nunca olvidadas. Lo último que puedo evocar es que, mientras enfilaba las escaleras de acceso al bus, surgió la imagen de un joven ciego, acompañado de otro que juraría era hermano por el parecido físico, que intentaba insistentemente venderme lotería de a treinta céntimos de euro el billete mientras yo no podía despegar mi mirada de la pupila de sus ojos, completamente cubierta como de una fina gasa blanquecina, mientras pensaba, acaso egoístamente, acaso insolentemente, que tal y como están las cosas dentro de poco serán ellos los que viajen por nuestro país y nosotros seremos quienes, lágrima en rostro, acabaremos vendiéndoles lotería a ellos. Eso es algo de lo que cada vez estoy más convencido viendo su espíritu de sacrificio, su natural y maravillosa manera de buscarse la vida mientras nuestro devenir de espíritu perezoso, a la sombra de un capitalismo voraz, nos avocará, si Dios o Buda no lo remedian, a sucumbir estrepitosamente a no tardar mucho. Todo oscila en este mundo, nada deja de girar, de subir y bajar… es solo cuestión de tiempo. Y en ese pensamiento me abandoné a los sueños.  

miércoles, 15 de julio de 2015

Sra Em, la Camboya olvidada (extracto "Río Madre")

Camboya. Kampuchea. El viejo reino de los hijos de Kambu. Un país que es la memoria del pasado vigente en todo su arco de emociones, mejores y peores, pero todas de un profundidad y durabilidad inquebrantable. Supongo que uno siempre asoma a Camboya con incertidumbre. Pero no una de esas que tilda en nervios o angustia pasajera. No, uno accede a una nación de historia tan convulsa como tonos que fluctúan del arrebatador al atroz. Uno sueña con Angkor, como era mi caso, y aún descubriendo Tailandia por primera vez siempre tenía ese eco permanente de Angkor en lo profundo, un saber ancestral que repicaba y martilleaba mi espíritu. De saber que unos kilómetros más allá de Siam se escondía, en lo profundo de la jungla, una ciudad inmortal, un maná de sabiduría y una lección cincelada en piedra de la capacidad del ser humano de creer en sus posibilidades. Otro paraíso de dimensión aún no medida. Y uno pasa, interesado en su decrépita historia, por inevitables guerras intestinas, necedades humanas, horrores en patria difusa por lo común a todas ellas… Hasta que llega a Pol Pot. Algo se estremece, gime, se revuelve y llora. Porque es tan humano como inconcebible. Porque “nada de lo humano nos es ajeno” como decía Terencio. Ni tan siquiera la locura de Pol Pot, esa que habita en cada uno, vigilante, alerta, esperando su momento, palpando una debilidad desconocida para la conciencia. Toda Camboya se lleva como un peregrinaje a la gloria y acto seguido al abismo que ni tan siquiera los siete círculos del infierno de Dante podrían imaginar, como si fuera una versión reducida de la magnitud supra sensorial de India. Y seguro que eso no es tan desatinado. La historia que nutre a la tierra Khmer tiene una reminiscencia, un poso y sello inconfundible de facturado en el centro del Índico, y por extensión, una cultura e impronta que saltó las actuales barreras políticas en un glorioso imperio Khmer que nunca conoció dueño que saciara su sed de conquista. Desde las montañas Annamitas, hasta cerca de la actual Yunnan, hasta Sangkhlaburi, muy cerca de la actual Myanmar. Inabarcable. Dejando un reguero de influencia política, social y, sobretodo, religiosa. Luego todo se reduce a la nada, al cerebro enfermo de un enaltecido semi-dios en su pobre imaginación, exterminando por doquier… A su propio pueblo. Hitler fue un genocida contra otro pueblo, otra raza cuya división surgía de un intoxicado cerebro. Pero Pol Pot reventó a su gente, su cultura y su sangre. Pretendió escarar y someter la gloria que había hecho de él quien era. Hizo trizas su pasado y legado para (pretender) crear una ilusión ficticia y vacía propia de su miseria y la de sus argonautas de espíritu extraviado, transformados en el infame Khmer Rojo. 

Llegué a la frontera, un sitio de indescriptible belleza en lo alto de la cordillera Dangrek, conformado por 4 cabañas de techumbre de paja tanto en el lado Thai como en el camboyano. Los oficiales Khmer, adormilados, dan un leve respingo y me regalan un gesto hosco ante lo que supone mi presencia y el papeleo consiguiente que las va a sacar de su vigilia narcótica. Nada más cruzar, la primera señal demoledora del nuevo futuro: “Pol Pot was sentenced here” (Pol Pot fue senteciado aquí) reza un lúgubre cartel en azul con letras impregnadas de chorretones en blanco. Un par de centenares más allá, en un solar frondoso, el remate: ”Pol Pot was cremated here” (Pol Pot fue incinerado aquí). Un leve deseo morboso se despierta en mi interior pero, finalmente, no hago ningún gesto al conductor de la motocicleta en la que voy atrincherado para que pare, sé que, en realidad, no hay prácticamente nada que ver. Después, unas vistas soberbias se abren frente a mí a lo largo de una carretera que serpentea vertiginosamente hasta Anlong Veng. 

Anlong Veng es un cruce de caminos para almas errantes, unos se dirigen hacia la Tailandia turística, otros hacia Phnom Penh, otros regresan a Bangkok, algún osado arranca desde aquí su ruta hacia el sagrado That Phanom en Isan. Pero nadie intenta escudriñar, rascar un poco la superficie de ciudad gris e informe que sacude al visitante que desembarca en su flamante nueva estación de buses que no es sino una mesa y una silla al abrigo de una tejavana cochambrosa en mitad de la calle principal. Y es una pena, porque parte de la historia reciente, la desgarrada de este país, se encierra en los alrededores de este pueblo olvidado y de su sobrecogedor lago, ideado por Ta Mok (también conocido como El Carnicero, imagina la razón…), uno de los líderes del Khmer Rojo. En realidad es un lugar, este lago, por el que pasé como un rayo, un sitio que impresiona por la profusión de árboles quemados que el susodicho ni se planteó arrancar a la hora de crear el embalse. Carbonizarlos, igual que a los de su raza, sería bastante. Ahora, si te asomas, puedes captar el rumor de maldad que encierra e imaginar, como lo hacía yo desde la veloz motocicleta, que los troncos desnudos, tiznados, bruñidos de azabache y restos de humo, simbolizan un mar de brazos que se alzan al cielo turquesa camboyano, el mismo que se refleja sobre la superficie en la que temporales ondas rompen contra la orilla, brazos de desamparados e injustamente ejecutados seres que suplican un poso de paz y eterno descanso. Y uno, inevitablemente, siente como si una cenefa de clavos al rojo vivo se hundiera en el vientre, gira la vista y cierra los ojos todo lo fuerte que puede para no sucumbir en depresión que agote la ruta Khmer antes de lo imaginado. Algunos lo tachan de bucólico, otros de macabro, yo, simplemente, creo que es la viva imagen, cruda y rotunda, de lo que el ser humano jamás he de volver a repetir. 

En la recepción de la pensión solo una hembra embarazada de gecko hace guardia y he de aguardar unos minutos a que salga el chaval de guardia que me indica con gesto de tristeza que están a tope. Vuelta a peregrinar hasta que, al fin, topo con algo que me agrada tanto en apariencia como, sobre todo, en precio. Pienso en reposar, pienso en Pol Pot, en su última morada que yace un tramo más allá, y ya me noto inquieto y revuelto solo de imaginar su espíritu rondando la ciudad, pienso en el lago y el infinito sufrimiento que se desparrama por sus guillotinados y ya inertes restos de árboles. Pero deseo hundirme en la cama, cerrar los ojos, regresar a la calma y que afloren en mi cerebro, casi en latencia etérea, muchos datos e impresiones de este deslumbrante país. Suspiro fatigado en la creencia de que Preah Vihear y la senda Khmer pueden esperar… pero el joven de recepción me revienta el plan: el bus a Sa Em, la localidad previa al templo Preah Vihear, parte en unos minutos. Y es el único diario. Todo se desvanece en mi memoria, en mi deseo fracturado. Me machaca la falta de un tiempo que, con la pausa de Savannakhet, se ha convertido en oro molido. Regreso a la estación de corcho y allí, invadido por la melancolía, apunto estas notas mientras espero la llegada de un bus, otro más, que me devore otro tramo de porvenir. 

Parto al alba posterior con Krai, un joven de aspecto deslavazado que, bajo una gorra tres números mayor que la circunferencia de su cabeza, me arranca en la ruta a esta joya que cuesta penares atisbar. Dejé atrás un bus con la suspensión reventada, varios chichones y penares y, lo peor, se me planteaba por delante una áspera y maratoniana jornada para encontrar los restos de mi deseada ruta, tanto Kompong Thom como Siem Reap quedaban a varias horas por tormentosas carreteras montado en el único bus que debía partir al día siguiente desde Sa Em. De alcanzar desde aquí Sisophon o la zona al sur de Phnom Penh en una tacada mejor ni hablar… Pero estaba en Preah Vihear, realizaba un sueño que durante largo tiempo se aparecía en mis sueños como bruma voluptuosa que encerraba algo a lo que no sabría si podría alcanzar. Aún así, la tristeza también me embargaba en cierto nivel porque, como siempre que el viajero rompe otro mito, sabe que es un eslabón que se rompe, una ligadura menos en la cadena que le tiene atado con el concepto de viaje. Aunque se sueñe con que otros límites sustituirán a estos para hacer de la ruta algo perenne, inagotable e inmortal. 

La ruta al templo traza recodos de factura original, ni bellos ni feos, solo distintos a los vislumbrados en la senda Thai-Lao. Aquí asoman los campos desnudos, sin preñez, faltos de unas espigas doradas vencidas por el peso de la simiente que las obligue a orientarse hacia la madre tierra, es solo vegetación pura emanada desde y trepanada hacia el risco permanente que supone el vergel de la cordillera Dangrek unos kilómetros más allá. Y la moto asciende, sufrida, por la senda que lleva a un templo que observa, vigilante desde hace centurias, la estupidez humana reflejada en el eterno conflicto entre Thais y Jemeres por su posesión. 

Pasearse por el templo es como arrimarse, sediento, a un manantial del que se bebe con insaciable sed. Es una sucesión de santuarios, hasta cinco, unidos por una senda impoluta a ratos original y a ratos toscamente restaurada. Todo se nutre de un entorno de vértigo, posado como está sobre la cresta de la montaña: a un lado la cordillera de los 500 picos, a otro Camboya y su estepa fundida en la bruma y a otro Tailandia, sus bosque que arrancan hacia la provincia de Sisaket y sus puestos fronterizos flanqueados de enseñas y soldados espolvoreados por el entorno. La misma Tailandia que hace unos meses orientó varios obuses hacia el templo vencidos por su incapacidad política para asumir su derrota en la lucha por su dominio y saltándose a la torera la resolución de la ONU que otorga su propiedad a Camboya. Todavía ahora se ven los efectos de esquirlas sobre los pilares del templo y, a tramos, se pueden observar puntos esporádicos donde la arenisca se muestra resquebrajada. Pese a todo es un lugar que enamora a cada plano, que enciende el olfato y lo encamina a una senda Khmer que será mi faro en las próximas fechas. Inevitablemente uno recuerda el paso por Wat Phou, un sitio que sucumbiría sin remisión ante la gloria y magnificencia de este Preah Vihear. 

En un momento dado se me arrima un soldado Khmer con ganas de ganarse una propina y se deshace en explicaciones hacia el lugar, rescatando en mi cerebro datos que ya pasaron por mi retina hacia meses. Su orientación exclusiva hinduista, su prolongada ejecución a cargo de varios reyes-dioses jemeres, el suave pulido por el tiempo de sus dinteles, lo bello de los mismos, la disputa latente con las tropas militares Thai por la posesión de sus dominios. Me dirijo con gesto de negación y unas expresiones en el idioma del viejo Siam a la gente que se apresta a ofrecerme un trago y el soldado oscila suavemente la cabeza a izquierda y derecha. “Aquí es mejor que no hables Thai, no es recomendable” dice en un susurro para que nadie le oiga, y yo, comprensivo, entiendo su encargo y cambio mi registro al inglés. Pasamos santuario tras santuario buscando un poco de respiro y abrigo entre la piedra perlada de restos de líquenes porque allí, en la cima, sopla una brisa norteña que corta de modo fino y casi apuraría a generar un ligero frío. El tiempo se desvanece, la brisa se pausa para retornar al asfixiante calor y yo, cabizbajo una vez solo, oteando el recinto enclaustrado del santuario principal, sé que me ha llegado la hora de regresar a Sa Em con la confianza de haber reventado otra meta que pronto encontrará otro sustituto en mis ensoñaciones. 

Una vez camino de retorno me detengo, encaramado a un plinto pétreo, ante uno de los más maravillosos dinteles que haya contemplado jamás en arte Khmer. En él se destaca la famosa escena del batido del océano de leche en la que devas (dioses) y asuras (demonios) agitan una naga enroscada sobre un caparazón de tortuga que es el Dios Vishnú para conseguir de este modo el Amrita o néctar de la inmortalidad junto al que brotarán los miles de elementos que configuran el extenso universo místico hinduista. Y es que es un elemento que resalta especialmente, incluso desde la distancia, por la finura de los trazos, el dinamismo que transmite y un pálido aspecto de roca veteada en rojo que lo hace llamativo a más no poder, como rayos que lo atravesaran para imprimirlo, fundido, en la roca. Pienso que no alcanza al gigante bajorrelieve similar ubicado en la pared este de Angkor Wat, pero lo cierto es que su visión ya había acelerado en mí el deseo de regresar a ver éste y, cómo no, de retornar una vez más a India. De esta guisa me pilló el guía-soldado, quien regresaba de vuelta de la entrada con un turista a quien daba la sensación de hacérsele la boca agua ante el conjunto monumental, y que apenas me saludó levantando las cejas obscenamente con gesto de penuria, con seguridad escocido por el escaso puñado de rieles (el riel es la moneda oficial de Camboya junto al dólar norteamericano) que le di como propina. 

Me ataca la duda de cuánto le quedará al templo, de cuándo se producirá la breve escaramuza fronteriza que se acentúe y desemboque en su destrucción total. Porque no es solo un templo maravilloso y parte del legado de nuestros antepasados, es sobre todo un damero de juego donde dos países históricamente enemigos feroces van a desenterrar en un momento más próximo que dilatado su hacha de guerra. Y, por supuesto, eso es algo que al resto del mundo le resbala sobremanera ya que a la larga solo quedaremos unos pocos idealistas para sollozar acerca de la gloria que la insensatez humana nos ha robado impunemente, que, de facto y rememorando los boquetes de fragmentos de artillería, ya nos está siendo birlada ante la pasividad generalizada. Este templo, la segura secesión de un país como Myanmar en cuanto desaparezca el puño opresor que representa la junta militar en el poder, la situación desgarrada de la gente Hmong en Laos… son todos ellos productos con caducidad, productos que mostrarán al resto del mundo que la concordia presunta de hoy está cimentada sobre brotes imperialistas yanquis o colonialistas británicos y franceses débiles como la paja que, tiempo al tiempo, van a hacer de este rincón del planeta un sitio bastante turbulento en los próximos años a poco que los cambios sociales y políticos, generados por occidente como norma sin entender las particularidades de cada país, lleguen para imponerse. Suspiro escribiendo este fragmento después de comer en Sa Em, previo a marchar a Kompong Thom vía cualquiera sabe, oteo un trecho más allá en el planteamiento temporal y, únicamente, queda rezar al cielo para que, quiera Dios, me confunda en la previsión y tú puedas olvidar este texto en el baúl de los recuerdos.

jueves, 9 de julio de 2015

En el centro de Vietnam (extracto "Río Madre")

Cerca de Hoi An asoma la vieja gloria de Champa. La abigarrada capital religiosa que, cómo no, compartió parte de su destino con la certeza de haber sido acorralada por signos de defunción en oleadas de bombardeos yanquis. Allí cayó el famoso grupo B1, gloria y estandarte pretérito de un bocado que fue para el imperio del águila arropada en barras y estrellas. My Son, pese a todo, encierra un aroma de puridad para el que faltan las definiciones. Es como el serrallo musulmán que se abre violento a un asombrado viajero que está de paso. Es un pacto profundo con todo lo que nos ata a muchos viajeros con el sudeste asiático. Por encima incluso de la magia suspendida pese al paso de los siglos de Angkor. Su virtud, la de My Son y no otra que es lo que pretendo reflejar ahora, no se refleja en su fastuosidad de a simple vista. My Son, junto a Funan, juega el papel de pobre en esta gran obra de reinos olvidados en lo que a estructuras se refiere. Su gloria se retrató en ladrillos de adobe anaranjado, sucumbido al napalm de una guerra con yanquis de por medio. Pereció y abrazó su destino sin alzar la voz, sumido en la humildad. Y ahora solo palidece y se marchita ante el incesante rumor de turistas de pase y pose que viven su desencanto una vez que han conocido la gloria Khmer del vecino camboyano. Inútil cosa la comparativa para un viaje a través del tiempo en Indochina.

Por lo visto muchos viajeros preferimos la realidad así, desnuda y sin artificios. Sencillamente. Afronté mi ruta a My Son procurando rescatar del olvido muchos de los momentos humedecidos de una visita que fue en un lluvioso y ventoso día de hacía ya más de 3 años. Mi madre sufría los rigores del clima embutida en un pantalón de chándal y blusa de organdí que se adhería a su piel a la mínima humedad y para el que la chaquetilla de clara franela suponía una indefensa ayuda. No tuvo buen día, empezaba a dar síntomas de una galopante cardiopatía que degeneraría en su paso por quirófano. Se paraba cada dos por tres y pretendía coger un resuello que se le iba a cada paso. Cuando le preguntaba por si estaba bien, se paraba y miraba al cielo en una profunda inspiración acompañada de un rumoroso gemido, siempre respondía con cariño que la dejara a su ritmo, que no me preocupara por ella, que yo viera el sitio, que escuchara al guía o la leyera si era de papel, que aprendiera. Empezó a vomitar el desayuno y cerré la función, volvimos a donde esperaba la mini van. Le comenté que tampoco merecía mucho la pena el sitio, todo derruido y añejo. Pero ella era mi madre, sabía que mentía y volteaba nerviosamente una sortija de turquesa en el dedo anular desesperada y cabizbaja por su incapacidad física que ahogaba mi gemido hueco de cultura Cham.

Nunca hubo una palabra sucia o un desdén, ni una pregunta sobre cómo de empedrada sería la ruta. Solo confianza. Abandonados en una anodina estación perdida de India a altas horas de madrugada, en una decrépita pensión china hundidos de cansancio a las 5 de la mañana mientras suplicamos una cama en recepción, en una chalupa mecida a merced del monzón húmedo más violento transformado en marejada terminal a kilómetros de Tailandia en la costa de Andamán, tragando sal, peleando por no volcar sabiendo yo que ella no sabía nadar y, como muchos Thais, tenía un miedo atroz al mar o durmiendo unas horas en un banco fuera de la terminal de bajo costo en Kuala Lumpur mientras esperamos la hora de facturar para viajar a Surakarta. En la vida protestó y el temible y definitivo para el viajero “nunca más” jamás brotó de sus labios. Yo marcaba la ruta, ella iba detrás, con fe inquebrantable, sin peros. Imagino que así también se forja un viajero, observando el quehacer y carencia de ladrido del perro más viejo. Si uno desfallecía, estaba la otra marcando el paso, regalando la sonrisa y el ánimo. Y viceversa. A día de hoy sigo sin saber si estaba yo más feliz de llevarla conmigo por tierras lejanas y rincones decrépitos o era ella la realmente dichosa por haber parido a alguien capaz de arrastrarla en un torbellino de raíces orientales en rutas inimaginables a sus setenta y pico. Y ya nunca lo sabré.

Todo aquello atravesó por mi mente mientras conducía un scooter que me trasladaba sacando un ruido infernal debido al agujereado tubo de escape. Llegué a My Son como si traspasara otro punto de mi vía láctea indochina, al menos eso resudaba después de aparcar el cacharro que había alquilado. Daba la sensación de que había recorrido tres galaxias, vibrado con 2 supernovas y esquivado un agujero negro en el increíble trayecto de apenas 50 kilómetros. O eso denunciaban mis tan machacados como entumecidos tímpanos y mis temblorosos brazos que daban la sensación de jamás poder desprenderse del traqueteo del camino.

Un guardia somnoliento e inmóvil, tanto como los vestigios de laterita de las sendas Cham, me franqueó el paso tras pagar un par de decenas de miles de Dongs y empecé a caminar, aún en volandas por el delicioso y potente café vietnamita (incluso mejor que el de Laos, ¿a qué coño esperan para exportarlo?) bajo un cielo que prometía agua a no tardar mucho, algo que no había cambiado tres años después. Creía, antes de llegar al primer conjunto arqueológico, que todavía sería capaz de rememorar la figura de mi madre, su camisa mojada, bajo esa tosca cubierta de metal, especie de refugio sustentado en 4 irregulares muros, junto a uno de los cuales ella trataba de esconder sus violentas arcadas años atrás. Pero éste había desaparecido dando lugar a un coqueto conjunto de mesas macizas y sillas de bambú en una especie de bar arropado en un edificio de concretos pilares hormigonados y un reluciente tejado de pizarra gris.

Paseaba por My Son, emocionado por un lado, melancólico por otro. Se tejía una red de caminos casi fagocitados por la hierba mientras a mi vista se descubrían a cada recodo, con un proverbial punto de suspense sostenido, edificios toscos que ya parecían permanecer erguidos solo por el desdén de un tiempo que acaso jugaba con ellos como el gato con el ratón moribundo.

El grupo A muestra, receloso, dioses de formas absurdas, pulidos por el tiempo, deformados y rotos en extremo por la sinrazón bélica humana. Dioses anaranjados en diminutas hornacinas que aún resplandecen en su esencia. Seres celestiales de mirada cálida y acogedora, son ojos fundidos con el paso del tiempo. Un inmanente recuerdo del vástago que navega dentro de cada uno, echado a la llovizna que humedece y escarba casi hasta la matriz en el rompecabezas que es la vida o la muerte, generando copelas de reencarnaciones constantes… porvenir de ese aliento que todos los seres vivos debemos llevar dentro. Dioses múltiples que representan la fe en la feroz tormenta sobre un mar en ebullición, como enquistados en la cresta de la espuma de una ola batiente que al romper genera un halo de luz en espíritus atormentados y confundidos… Dioses hinduistas que dejan sin aliento y que, mezclados con la quietud y el silencio del entorno, generan un inevitable repaso por la historia del lugar.

Este imperio Cham (o Champa), de nombre dado por sus pobladores Cham que eran en realidad un pueblo etno-lingüístico Malayo-Polinesio, abarcó buena parte de la zona centro y sur del actual Vietnam de los siglos VII al XIX. Obviamente a partir del siglo X, momento de apogeo, su decline y área de extensión se redujo drásticamente debido a la presión constante del pueblo Viet que es, leyendas aparte, un grupo emigrado del actual sur de China y norte vietnamita y que, a su vez, buscaba nuevas tierras meridionales para habitar por la presión que recibía de la etnia mayoritaria en China, la Han.

Toda esta gente Cham, al igual que sucedía en Funan y Angkor en sus orígenes, era un pueblo de marcada orientación hinduista, influenciada por la religión propia del subcontinente indio (tal y como se aprecia en My Son) gracias a las estrechas relaciones comerciales que se dieron entre ambos pueblos. Hoy en día, curiosamente, la escasa población descendiente de esta gente Cham, que mantiene aún vivo su idioma original, profesa una marcada religión musulmana a diferencia de lo que pudiera presumirse por su raíz histórica o la posterior influencia vietnamita donde predomina la mezcla de Confucionismo, Taoismo y Budismo llamada Tam Giao (camino a la inmortalidad o triple religión).

Básicamente este imperio consistía en la unión de dos clanes (“Dua” y “Cau”), de ritos y costumbres distintas con, incluso, enfrentamientos ocasionales que siempre eran resueltos con uniones matrimoniales inter-clanes, los cuales poblaban los cinco principados (una vez más un concepto similar a los ya vistos m(e)uangs que reaparece) que conformaban el imperio: Amaravati, Vijaya, Kauthara, Panduranga y, finalmente el que más nos interesa por aglutinar como capital religiosa a My Son y como principal puerto comercial a Faifo (Hoi An), el principado de Indrapura cuya capital estaba próxima al actual Dong Duong. Y no solo nos interesa porque sus restos pueblen ahora estas páginas, sino porque este principado gobernó todo el imperio en su época de máximo esplendor hasta que, a comienzos del siglo XI, fue abandonado por la presión Viet para recaer el ámbito de poder Champa en el principado sureño de Vijaya (los restos de su capital se creen localizados en el sitio arqueológico de Cha Ban) y, de ahí en adelante, ya fue todo un sucumbir progresivo de regiones con el paso de las centurias ante el avance de la gente Viet hasta su definitiva extinción como imperio, por anexión total al actual Vietnam, en el primer tercio del mencionado siglo XIX.

Así, con estos datos básicos, nos encontramos con que el principado de Indrapura fue el núcleo de poder en la época de esplendor Cham y ello se debió, en puridad, a su control total en la región sobre el comercio de especias y sedas entre China, India, las islas indonesias y el imperio Abbassid con capital en Bagdad, es decir, prácticamente toda Asia. El omnipresente aspecto religioso, ante el poder obtenido, no tardó en aparecer en la rica región y cristalizó profusamente en los restos de los santuarios que se mostraban ante mí en ese momento en que, mientras escribía estas líneas, la lluvia, hasta ese momento esporádica, comenzó a arreciar y a humedecer pingando de tonos oscuros muchos de los erosionados relieves de ladrillo atemporal. Me refugio en un santuario medio derruido escoltado por un lingam granítico, extasiado por el olor a selva mojada y con el gorgoteo incesante del agua que se filtra y cae por las grietas de una gopura desmoronada. Sigo, acurrucado, escribiendo…

Comienzos del siglo V. De aquí datan los restos más antiguos encontrados en la zona, principalmente un pequeño santuario erigido en honor a Shiva y una estela en la que se hace referencia a lo sagrado del lugar y a conceptos básicos hinduistas como el samsara (ciclo de reencarnaciones) y karma (los actos en esta vida serán consecuencia para tu próxima reencarnación). Segunda mitad del siglo VII. El hall original ha ardido y es solo un poso en la historia pero el regente de la época decide restaurarlo y con él otros templos empiezan a brotar en el valle de My Son, de entre ellos destacan en cantidad y calidad de los consagrados a Shiva aunque el culto a Vishnú también tiene su peso. Precisamente de esta época data la estela a la que hacía referencia en el apartado de Funan y que emparentaba ambos reinos bajo la leyenda de Kaundiya. Pese a todo ello, todavía Indrapura era un principado en ciernes y no fue hasta el siglo X y XI cuando los reyes de una ya poderosa Indrapura edificaron buena parte de los vestigios notables que hicieron de la región con seguridad el mayor lugar de culto y grupo de estructuras religiosas en todo el imperio Cham. Después llegó el horror. Llegó la guerra de Vietnam y con ella los bombarderos B52 yanquis que arrasaron durante Agosto de 1969 gran parte de una zona que, anteriormente, había tratado de ser cuidadosamente restaurada por los colonialistas franceses. Gran parte de las estructuras cayeron y, pese a los esfuerzos contemporáneos, la imagen que detona ante los ojos del viajero nada más pisar las ruinas, generando un profundo abatimiento, evoca todo lo duro que debió de ser la contienda bélica y el peso de la metralla sobre los santuarios, a todas luces injustificable e incomprensible.

Llegó el declive de My Son en pleno siglo XX pero ya antes la magia de la gente que lo alumbró había sucumbido, sumada a un poderoso e implacable estado Viet que ya se vaticinaba. Porque, para rematar todo el aspecto histórico de la región, es bueno dejar un par de pinceladas de quiénes eran esa gentes Viet que avanzaron implacables hasta absorber a toda la antaño poderosa y extinta gloria Champa.

La gente Viet (Nguoi Viet o Nguoi Kinh) es básicamente, y como ya comentaba, una etnia que ocupaba en origen partes del sur de China y del actual norte de Vietnam. Es este origen, acompasado con grandes periodos de dominación china Han, lo que ha cincelado su espíritu, cultura y religión hasta límites muy definidos ya que, si bien controlan y forman un estado en todo el litoral este de la península de Indochina y por ello están considerados como parte de ella, la realidad indica que podrían ser perfectamente un primo-hermano, lejano en todo caso, del pueblo Han controlador de la mayor parte del territorio de la China actual. No en vano recientes estudios genéticos demuestran que poseen un claro origen chino salpicado de rasgos de pueblos Thai-Indonesios. Y es probablemente este estrecho lazo con el gigante asiático el que, con seguridad, se tradujo en una presión que obligó a esta misma gente Viet a conquistar territorios hacia el sur, integrar al imperio Champa y acabar anexionando incluso las fértiles tierras del delta del Mekong, de raíz histórica, cultural y étnica más próxima a la gente Jemer, para dar forma al actual Vietnam que no lo olvidemos, parece seguir siendo un deseo irrealizable de posesión por parte de China que hasta en el recién acabado siglo XX (Enero de 1979) intentó vanamente su conquista, rechazada por la proverbial raza, ímpetu y sentido nacionalista de la gente Viet.

Acompañado entonces de un fino sirimiri finalicé la visita a My Son, orgulloso de haber podido disfrutarlo en casi soledad gracias al madrugón que me había pegado y, con los deberes hechos, la batería de la cámara de video agotada y un buen montón de apuntes para pasar a negro sobre blanco, me encaminé de vuelta a Hoi An para enlazar con el bus que debería trasladarme a Danang donde me esperaba el mayor acento en cultura Champa. Porque que si los restos arquitectónicos fueron demolidos por la barbarie, no así sucedió con sus colecciones de escultura, consideradas entre las mejor trabajadas y más hermosas del mundo, que aguardaban mi visita en el renombrado museo de escultura Cham situado en la vieja Tourane francesa.

Danang (antigua Tourane) es un abigarrado panorama donde nada parece merecer la pena por sí solo pero, sin embargo y en conjunto, su todo atrae tu atención a cada esquina. Recorrer sus calles vuelve a ser una puerta abierta al Vietnam más sincrético y por ello poético y bello. Y eso, fácil de percibir en un entorno rural, no es propio de una urbe de varias centenas de miles de personas. Ni en Vietnam ni en casi ningún lugar del mundo. Cuando vagas por Danang pareciera que el dolor de atravesar miles de kilómetros de una imaginaria tundra que ha quedado tras de uno ha sido solo un pasajero pellizco. Esperaba encontrar un reducto de turistas de tour operador y seres grises que se afanan en sus labores, ajenos e indiferentes hacia los occidentales, resollando un odio que debía seguir bullendo en su memoria y que brotó de la época en que los franceses llamaban Tourane a este importante puerto comercial anclado en el estuario del río Han. Nada más lejos de la realidad en este enclave.

Una ciudad como aquel jarabe para la tos infantil: de primeras, ante los sentidos, sabe a rayos, un trago áspero de amarga mistela pero, una vez que raspa y pasa, un sitio que es capaz de otorgar un gran beneficio desde un primer momento al viajero que sepa rebuscar sus escondidos rincones.

-¿Transporte?-. Me gritan por los cuatro puntos cardinales decenas de motoristas en esa bestia de transporte que es la estación de buses de Danang a la que me asomo en corto trayecto desde Hoi An. Arrastro mi maleta, ajeno, y salgo a enfrentarme con la sucesión de callejas por las que divago antes de entender lo vano de mi búsqueda del conocido museo de cultura Cham de la ciudad. Se avecina la oscuridad y no hay más remedio que dejar de hacer el canelo caminando en círculos y buscar un poco de ayuda hasta un hostal acogedor. Mañana será otro día.

Una vez en el museo de escultura Cham, a primerísima hora, me reencuentro con tiempo de sobra porque se ha atrasado mi vuelo y, al cambio, un par de euros menos en los bolsillos. Franquear la puerta de este maravilloso ejemplo de lo que técnicamente debe ser un museo cercano a la perfección es un viaje evocador a ese latente y cercano recuerdo de My Son pero también un repaso al arte que envolvía a otro puñado de enclaves Cham. Percibir la mágica maestría talladora que tenían por don estas gentes es algo capaz de conmover el alma: garudas de piedra arenisca, yonys y lingams de un tenue anaranjado, un muestrario animal que, arrimando un poco la vista, casi cobra vida por la precisión y pasión por el detalle que representan. Un milímetro de roca, un millón de sentimientos, un momento de fervor religioso detenido en la memoria de la raza humana. Y una pléyade de sincretismo hindú reflejado en esa amalgama imposible de dioses que parece cosa de brujería pueda haber salido de la imaginación terrenal. Son reflejos de la trinidad hindú en sus múltiples manifestaciones. Son bestias perfectas, capaces de generar miedo, respeto o devoción en función de las manos, las yemas revestidas de fuego en llama de los dedos artesanales que con el roce y el desbroce crearon semejante milagro. Aquí nada parece rudimentario o fruto del azar, todo tiene su razón de ser, su espacio, su encadenamiento lógico con lo que le rodea haciendo del paseo por las salas y galerías de este lugar un viaje a otro tiempo, a otra dimensión. Y eso es exactamente lo que debe ser un museo.

A la salida debo despertar de mi sueño, resituarme y chequear el reloj: tengo un vuelo a Hanoi. Pero percibo un poco de libertad orientando el hocico hacia la brisa y decido navegar otro poco por la vieja Tourane. Sin fotos o video ni necesidades de escritura de por medio. Solo por el puro placer de callejear, de sentirme libre ahora que se aproxima rápido el finiquito de este intenso viaje. Y pienso, con convicción, que ya ningún regreso será igual, que ya sé por dónde se armaron tantas y tantas maravillas humanas, cómo se gestaron y parieron y, aunque sea exclusivamente por eso, debo sentirme dichoso. Al rato, la hermosa chica de facturación de Vietnam Airlines, elegante y de estilizadas curvas cual boceto de Gaudí en su Ao Dai (traje típico casi exclusivo de mujer en Vietnam en el que sobresale la ceñida blusa abierta por los costados y con mucha caída) de seda alba y azulada, mira sorprendida la boba sonrisa de un viajero que factura para Hanoi y, de modo inevitable, sonríe empáticamente.  

sábado, 4 de julio de 2015

Laos desde Wat Phou (extracto "Río Madre")

Otro foco de atención a mi ruta era la vital visita de Wat Phou, un templo jemer de desarrollo y dilatada importancia en el paso de los siglos, cerca del cual resiste a duras penas el paso del tiempo otro de esos enigmas de estas olvidadas civilizaciones en la región, la ciudad de Shrestapura. Así, alquilé una moto para recorrer los cerca de 50 kilómetros que separan Pakse del templo. Estos iban solapándose mientras todo el manto que conformaba el terreno se volvía más adusto y yermo a cada segundo, ondulándose aquí y allá en agostadas colinas desnudas que lucían en tonos entre siena y ámbar su desvergüenza resaltada en la ausencia de una vegetación que parecía haber sido fagocitada por algún ente incomprensible y que, a su vez, contrastaban con el verdor infinito de bosques sobre montañas que salpicaban el horizonte.

Wat Phou es un lugar que hunde sus raíces en la controversia, en este caso no de su fecha de creación, en la que todos coinciden en situarla alrededor del siglo V, sino de sus creadores, con dudas razonables entre los que le dan un origen Chenla y los que confían en situarlo en la periferia del reino Champa. Sea como fuere, hoy en día uno se adentra en una sucesión de rocas, por momentos arrinconadas en montoneras informes y lúgubres, al pie del legendario monte Lingaparvata.

Se respira a batalla en este enclave de pequeños santuarios inconexos. Todo se transforma en un decorado extraño en el que ya nada es ni siquiera lo que pudo parecer. Se perdió la gloria, se deslomaron los mampuestos, se resquebrajaron los caminos de piedra pulida por las pisadas que ahora son más un reto al equilibrio que otra cosa. La imaginación vuela y recorre todo el enclave ya que, no en vano, las más recientes investigaciones han certificado que Wat Phou no era sino el núcleo central de todo lo que el tiempo ha convertido en un entorno arqueológico disperso a lo largo y ancho de la llanura de Champasak. A estas alturas ya se tiene claro que, hacia finales del siglo XII, toda la extensión al pie del monte Lingaparvata (ahora Phu Kao) era un complejo entramado de campos de labranza, caminos, asentamientos, ciudades como Shrestapura o Lingapura y templos satélites, todos ellos alineados con el mencionado Wat Phou.

Y rememorar, soñando, cómo era la vida aquí es sin duda el mejor pasatiempo que oferta el lugar mientras la vista se posa primero en los barays, reservorios de agua, lucidez Khmer y parte principal del sistema de irrigación que parió el milagro de Angkor unos centenares de kilómetros al suroeste. Después los ojos se fijan en el santuario principal, acribillado de restos blanquecinos engendrados por la humedad y el calor sobre la roca, en el que sobresale, iluminado en la media penumbra por un halo que se cuela de luz natural, un Buda de rostro misterioso ofrendado con un radiante hábito gualda y unas varillas de incienso aún en ascuas con un finísimo hilo de humo. Y finalmente la vista busca acomodo en lo que debió ser la librería en que monjes novicios guardaban celosamente los escritos, ya reducidos a polvo, del canon budista, el Tripitaka, cincelado en idioma sánscrito sobre almidonadas hojas de palma.

Herrumbroso y tan místico como evocador no deja de suponer un aullido para el viajero quien, inevitablemente, tiende a compararlo con los bellamente restaurados templos Khmer de la cercana Isan. Porque Wat Phou parece que, como Laos, como prácticamente todo en este país, está pendiente de que alguien se apiade de él y le frote el rostro con un paño de ilusión envuelto en dólares que le devuelva parte de su añeja virtud.

Pierdo un par de horas, narcotizado por entre el soporífero calor y la vaga bruma de incienso que se filtra por todas las grietas del ajado complejo, admirando los dinteles que me retornan a la senda de la épica hindú: Indra sobre Airavata, el elefante de tres cabezas, Garuda, guardianes dvarapalas, dioses llamados devadas… un breve simposio reducido a piedra de la mítica religión hindú en este complejo conglomerado budista e hinduista que supone la historia de Wat Phou como adelanto del país que ya se aventuraba con insistencia en mi conciencia y tejería mi futuro caminar: Camboya.  

Monto de nuevo en la motocicleta y relevo el templo por la visión de unas gentes aquí hundidas en el lodo hasta las rodillas, en un puro abrazo con el campo, allá enredadas en trueques o, en lontananza, alebradas sobre sus redes perdidas en la angostura a tramos de un Mekong que, omnipresente, sigue por momentos paralelo a mi camino y, cuando no, se funde a lo lejos con el mar celeste que representa el cielo. Se perdió Wat Phou a mis espaldas mientras, en ocasiones, se sigue cerniendo como un nubarrón sobre mi cabeza la duda de si no será mejor dejarlo así, sin restaurar, olvidado, perdido, reducto de cristal poderoso y mágico hasta en sus amontonados restos de cascotes. Incluso en este punto, de regreso en casa y hundido en la melancolía de lo que ya se me ha ido, sigo sin tenerlo claro.

En Pakse, agobiado por una multitud de turistas que convertían en mi retina la ciudad en un ente aún más feo e indeseable, salí un par de noches a la periferia, a tomar tragos. La primera aterricé, sin saber apenas cómo, en una especie de karaoke donde hice amistad con las mujeres que pueblan ese tipo de lugares. Mujeres de conciencia difusa a ojos occidentales pero con tesón y pundonor por bandera. Tanta amistad hice que me dieron las cuatro de la mañana bailando música Lao en un festival hermoso donde los haya con ellas. Yo no tenía ni idea de hacia dónde íbamos, sencillamente acomodé mi trasero en la parte posterior de una moto cuando cerraron el negocio a eso de la una y arrancamos. Era un gigante escenario, perdido en un descampado, donde preciosas mujeres ataviadas con trajes típicos Lao bailaban al son del khaen (una especie de órgano fabricado con tubos de bambú sobre los que se monta un añadido de madera en la parte central y que se toca soplando sobre este último elemento para conseguir un sonido, en mi opinión, cuando menos peculiar), la percusión, el bajo y las guitarras. La multitud, ebria y sobria a partes iguales, se arremolinaba descalza para dar rienda suelta a risas, bromas y movimientos rítmicos de brazos y piernas propios de estas danzas. Era como una imagen sacada de un sueño donde el reflejo de las lentejuelas de los exuberantes vestidos bajo los focos chisporroteaba al ritmo y cadencia de los sensuales movimientos femeninos. Cuando acababan un tema empezaba una especie de teatrillo en el que los bailarines ocasionales aprovechábamos para beber cerveza o whisky barato mientras buscábamos acomodo tirándonos sobre una estepa árida y anaranjada, requemada por el castigo diurno de un sol de justicia. Era increíble ver semejante sucesión de seres alegres y despreocupados bailando sin apenas un mínimo pensamiento hacia el mañana. Olvidando sus carencias económicas en el baldío terreno que hacía de alfombra. Felices, con esa felicidad que no admite comparación. “Si tenemos dinero, comemos, si no, esperamos a tenerlo” me decía una vez Phom. El mejor resumen a una gente que vive en una riqueza que nosotros jamás podremos ni siquiera intuir. Y así todo el rato, hasta que los párpados y el cuerpo fatigado dijeron basta. El actor principal me dedicó una canción de despedida, honrado por el hecho de ver como un farang se mezclaba en su fiesta, en sus costumbres, y yo, ruborizado, notaba como era el foco no deseado de atención de una concurrencia que depositaba sus ojos en este pobre extranjero sin entender muy bien qué demonios podía pintar yo allí. Pero jamás olvidaré que siempre que mis ojos cruzaban los suyos, los de todos, había una amplia sonrisa de regalo y una breve reverencia condescendiente al estilo que solo estas buenas gentes pueden dar para que uno, indefectiblemente, se sienta a su vera como el hijo recién regresado al hogar.

Otra noche me decidí a perderme en una de las discos de la ciudad (igual debería decir la única). Iba feliz en el tuk-tuk, lo imaginaba un sitio animado, pleno de gente y diversión, pero al llegar imaginé que solo un funeral repleto de plañideras de llanto fingido podría tener más ambiente que aquello. La penumbra que envolvía prácticamente todo no lo era suficiente para que no pudiera darme cuenta de que allí no había ni Dios. Apure mi cerveza de dos sorbos y salí, apesadumbrado, mientras añoraba la pasada noche, las chicas, el escenario… la pureza festiva Lao. Pero la suerte debió girar una ruleta que salió cara ya que, poco antes del desvío a la pensión a la que me arrimaba andando, una chica me agarró del brazo. Asustado, di un respingo mientras cerraba el puño para defenderme. Pero ella me sonrió, señaló una mesa medio infectada de mosquitos al calor de un farol de pocos watios en la que brillaban botellas de beerlao y me hizo un gesto para que la siguiera. Ella y sus amigas celebraban el cumpleaños de una de ellas… o de uno de ellos, porque eran todas khatoeys o lady-boys. Me pusieron una cerveza delante y empezaron, felices y emocionadas ante mi presencia, a atosigarme a preguntas. Yo, abrumado, a duras penas llegaba a contestar a la mitad de ellas. Al cabo de un rato el asunto se tranquilizó, la mayoría se centraron en banales conversaciones entre ellas y solo una se quedó conmigo dándome coba. No podía dejar de sentirme triste ante la pura realidad que reflejaba esta escena, no había amigos ni amigas, solo lady-boys que han de conjurarse y mezclarse entre ellas para no sentirse arrinconadas y olvidadas por el resto de la sociedad. La noche fue avanzando mientras caían pausadamente botellas de beerlao y la charla giraba hacía realidades propias de estas personas y sus terribles circunstancias. En un momento dado se me acercó otra chica, absolutamente preciosa, que me hablaba de sus sueños resumidos en un concepto: dinero. Dinero para viajar, dinero para una casa nueva, dinero para sus padres… solo quería, ansiaba poseer mucho dinero, conocer a un extranjero, alguien joven como yo, que cuidara de su familia. Pero mi alma, en realidad cincelada con una escala de valores occidental, nada más que podía mirarla cariacontecido, derrotado por el eufemismo que supone para su cultura palabras como cuidar de, amor o pasión que en realidad no son sino huecas palabras que disfrazan el vil metal. Todo, absolutamente todo en esta cultura gira en torno al dinero, en un deseo desbocado de billetes de toda clase y condición, en una espiral que se alimenta a sí misma y que, como muchos occidentales escaldados lloran ahora y por siempre, jamás encuentra su límite. Me piraba agradecido, dando tumbos también, a dormir cuando giré la cabeza solo para comprobar cómo la sonrisa amarga de un futuro que no pasaba ni por mi estación ni por mi cartera se reflejaba en el rostro de esta joven que, pese a las apariencias, no dejaba de ser un niño convertido en una mujer de deslumbrante belleza.

Después de esas dos noches y sus consiguientes resacas llegué a la conclusión de que esto, más que Laos, iba a ser rebautizado por mi espíritu como Líos si no era capaz de borrarme de las juergas nocturnas. Sin duda, me había llegado de nuevo la hora de partir, de buscar un poco de cultura y sociedad Khmer, de volver a atravesar Isan como un rayo camino de una joya que palpitaba con mucha intensidad en mi interior. Buscaba, próxima estación, el templo de Khao Phra Viharn (Preah Vihear en idioma Khmer).

En Pakse, esa última noche, la víspera de entrar en la senda Khmer vía Ubon, recuerdo que charlaba con un viajero británico de Dios y la vida, de nuestras anécdotas e impresiones de un país que ambos nos aprestábamos a abandonar con un nudo de tristeza en digestión puesto que ya éramos delirantes prisioneros de la pereza Lao que nos había gobernado como dogma de fe. Mientras caían las Beerlao, ninguno de los dos parecíamos con ganas de dar tregua en forma de recogimiento en sueños, así que llegamos a un punto en que charlábamos sobre el sentido de las camisetas ubicuas que mayoritariamente se ven por toda la zona de influencia turística con el nombre del mismo país impreso (en realidad esas y también las de Beerlao), y me hizo mucha gracia una descripción que hizo de una de estas típicas camisetas en la que se lee “Lao P.D.R.” lo cual, con un mínimo nivel de inglés o habiendo viajado por un país comunista sin ir más lejos se traduce en “People`s Democratic Republic”. Pues no. En ese caso no. Y todo porque la traducción real, según él, es “Please Don`t Rush” o, en nuestro idioma, por favor no te des prisa. Así de simple y conciso. El caso es que este viajero había encontrado la traducción exacta del acrónimo. Sencillamente el mejor resumen que él podía hacerse del país era una opinión que yo compartía y que, además, jamás se puede olvidar porque siempre lo leerás en el pecho de centenares de turistas. Ahora, previo a mi partida a Camboya, solo puedo desearte que le hagas justicia al sentido de la expresión y que, Inshallah, tengas la misma fortuna e intensidad de emociones que las que tuve yo conviviendo con adorables seres humanos en el, sin duda, más relajado país del sudeste asiático. Va a ser muy difícil encontrar en la biografía de la conciencia, cuando uno ya haya fallecido, una experiencia tan placentera y ensoñadora como la que proporciona Laos y su gente, créeme… Chokdi (suerte).