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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 30 de junio de 2015

Camino a Ha Tien (extracto de "Río Madre")

Pensaba que tenía unas ganas de locas de alcanzar Ha Tien, entrar en Vietnam, volver a la tierra indomable. Puede parecer un poco paradójica esta excitación. Digamos que, para muchos turistas (más correctamente sería decir para su necedad), Vietnam, al menos este Vietnam de hoy en día tan comercial y enfocado al dinero fácil del turista despistado, les supone una especie de giro a una guerra insufrible, acosados por vendedores, conductores de Cyclo, estafadores de diverso palo, buscavidas auto-promocionados a fiables agentes turísticos y demás fauna. Una jauría cuya presa resulta ser tu cartera. Para muchos es un sentimiento de haber entrado en algo más próximo a ser devorado o aniquilado por una de las diez plagas bíblicas que a esa experiencia placentera y relajante que cuadraba con seguridad con su concepto previo de viaje. Y notan como su icono de viajero se deshace al igual que un castillo de tierna arena y la sociedad vietnamita viene a escupirles sus miserias y pillerías a bocajarro. Item más, probablemente de este modo se explica por qué solo un porcentaje cercano al diez por ciento de viajeros regresan a Vietnam en contraposición a, por ejemplo, Tailandia donde este baremo aumenta drásticamente.

Pero, como siempre, la percepción subliminal engaña a los sentidos transmitiendo vibraciones ajenas o inéditas a las de esas rutas perpendiculares que son un poco, solo un poco, menos comerciales y turísticas. Me refiero, en el caso de este país, a alguna de esas rutas asépticas y puras que cualquier trotamundos encarcelado a este confín de la tierra huele nada más pretender enumerar un listado de futuros sitios de interés en éste o aquel lugar. Y en mi caso, para alguien que solo deseaba escarbar en unos reductos olvidados, ajenos en algún caso al propio gobierno comunista actual vietnamita, estas negativas percepciones anteriores resaltadas en colores fosforitos brillantes que había venido escuchando, e incluso viviendo en propia carne en remotas visitas por lugares clásicos como, por ejemplo, Halong o Hué, entonces, en ese momento, cuando pisara Ha Tien, serían solo un rumor de borrasca en alta mar repleto de malos farios que se habría llevado el viento para convertir en una balsa de aceite esta mi ruta hasta cierto modo alejada de la senda turística oficial.

Imagino que a todos los viajeros nos pasa lo mismo, adoramos el hecho de viajar por la falta de empatía que implica con nuestra vida de a diario. Sentirnos desubicados, ajenos. Sentirnos como un espectador sentado en una preciosa butaca aterciopelada mientras se ve esa película en que se refleja la vida de ese otro ser que no dejas de ser tú en origen. Entender que somos capaces de romper amarras, renunciar a una imagen dada de nosotros, resurgir de otra manera sobre una materia prima que es nuestro propio cuerpo, nuestro pelo, la cara, los ojos. Vivir alejados, en una fingida doble personalidad, aunque solo sea por unos días, sentir una mágica dualidad que en el peor de los casos nos llena de indeterminada satisfacción por llegar a conocer y comprender parte de la llama interna rebelde, deseosa y amante de lo desconocido, territorialmente hablando, inherente a la raza humana.

Y luego estamos algunos extraños, seres ambiguos imagino, viajeros que necesitamos sacudirnos de las pesadillas pobladas de personas conocidas que dejamos atrás a menudo pero nunca queremos abandonar. Viajeros del regreso permanente. Viajeros del apego que hacemos del retorno la mayor pócima para salvarnos del abismo profundo en horas de madrugada, con manos resudadas por la pesadilla, bajo el intermitente neón del “¿qué será de aquel/aquella…?”. Seres que miran hacia abajo desde la ventanilla del avión, frotan con la manga el vaho y se preguntan constantemente cuántos seres humanos, de qué raza y condición habitarán allá abajo mientras los de los asientos más próximos se lamentan por los monumentos que se acaban de escapar al objetivo de su cámara por el hecho de pasar a 10.000 metros de altura. ¿Por qué? Siempre respondo que por no dejar de aprender, de conocer, de llegar a entender la motivación, la necesidad o la exaltación de determinados valores en culturas ajenas. Por eso siempre regreso, o quizás, sencillamente, sucede que no llego nunca a entender el porqué y esta motivación docente es solo un engaño que da de comer a mis ganas y me lanza a regresar. De lo que no cabe duda es de que cuánto más comprendo de mis semejantes asiáticos, de la gente que ahuecó un poco el ala para cederme un huequito en el que observar en silencio (aprender a callar es un don adquirido por miles de kilómetros de ruta), viaje tras viaje, más me doy cuenta de mis propias limitaciones, más afronto y conozco la llamita que llevo dentro y sus peculiaridades. Y a mí eso, por sí solo, ya me vale un universo. Aunque solo sea porque, explicado castizamente, se puede echar de menos a una mujer muchos días y con seguridad demasiadas noches, hasta que se acaba olvidando, pero uno siempre, en todo momento, echa de menos, aunque no sea consciente, conocer qué lleva dentro, su motivación y su límite, aunque no tenga un poso tan marcado de basamento concupiscente como conlleva la humedad femenina. Y eso, creo que lo tengo claro en mi caso, será así hasta el día que muera.

Sorprendido por el relativamente buen firme de la carretera, oteo el horizonte mientras acaricio mi pasaporte ya con su reluciente visado vietnamita. Por un momento se me cruza Thong por la cabeza, recuerdo su olor crepuscular, su pelo mojado… En nuestra sociedad tendemos a arrinconar a nuestros mayores como un juguete roto o algo inútil, los metemos en incalificables geriátricos o depuramos nuestra conciencia pagando a escote entre los hermanos a otra persona que cuide de nuestro mayor. Thong se prostituía por conseguir un sustento para ellos, por y para su familia. Sabía que su batalla estaba avocada a la derrota porque un hijo siempre puede volver a ser orgullo familiar, pero una hija que se prostituye… es una hija “caída”, nunca se recupera. De hecho uno de los sinónimos de prostituta en Khmer se traduce como “Fallen Woman” (Mujer Caída). He ahí el matiz. Regresar y continuar aprendiendo, captar la esencia de valores de estas sociedades no es sino una mirada al abismo interior de cada uno para determinar por qué lo hacen y, lo más importante, ¿sería yo capaz de hacerlo? Hablo no solo de prostituirse, sino también de juzgar inmisericorde. Un viaje, dos, tres, cuatro regresos, cinco regresos… Quién sabe, teóricamente somos una sociedad avanzada, modélica, un espejo para estas potencias de futuro en ciernes que representan decenas de países asiáticos. Pero yo creo que algo se nos quedó en el camino, eso mismo que Thong o Nhean ponen encima de la mesa con una naturalidad que desarma. Y, sin remedio, muchos viajeros regresamos constantemente a este rincón para que muchas cosas no mueran dentro de nosotros asfixiadas por la sociedad hueca, de cartón-piedra que, en muchos aspectos, nos fabricamos o, sencillamente, dejamos que nos fabriquen en occidente.

Llegaba al paso fronterizo de Ha Tien navegando entre éste y otros pensamientos para encontrarme con una escueta caseta forrada de chapa, que daba la sensación de improvisada y levantada en un par de horas, donde me sellaron el visado de Camboya. Uno siempre nota que algo fallece cuando su mirada pasa por el sello de salida de cualquier país. No es algo que se avenga a definiciones, es como una hendidura en el sentimiento, como si te robaran la esperanza y el aliento por un instante. Lo normal es soñar con un pronto regreso y apaciguar de este modo el alma, pero esta normalidad solo obedece, si lo piensas bien, a que en realidad es la única alternativa a la depresión más feroz que te arrastre al llanto. Y jamás se aprende a convivir con ello. Podrías regresar en una semana a Camboya o cualquier otro destino, pero el sentimiento de vacío pertenece a estas cabañas de múltiples formas que pueblan las fronteras del sudeste asiático en su versión “emigración” y, el penar con paso decaído por ellas, no deja de ser otro factor propio, doloroso e inevitable, que araña la sensibilidad.

Me adentré por la puerta trasera de este alargado país, la tierra de los Viet, esta reminiscencia de India u otros lugares en lo que se refiere a capacidad de matar la fe del turista desangelado o desinformado (generalmente el que adolece de un factor también es víctima del otro). El paso al puesto vietnamita se hace, extrañamente, a través de una especie de cancela enrejada más propia del sur de España que de un lugar como Vietnam. Un paso fantasmal en el que la levedad al andar se ve remarcada en la sensación de vástago desubicado que se apodera de uno. Porque uno ya se sabe presa enamorada del destino precedente, y este espíritu vacío que cruza la frontera debe ser solo un esqueje de lo que ya quedó plantado en este caso en Camboya, y antes de éste en Laos, y antes de aquél en Tailandia. En la tierra de nadie inter-fronteriza siempre se es un brote a nivel emocional de lo vivido en el país que se abandona. Y siempre se parte con la única aspiración de crecer en fondo y forma tal y como lo tuviste que hacer allí, crecer conviviendo, crecer viajando, crecer sintiendo, para acabar siendo idéntico, en este caso, a ese original camboyano que queda a tu espalda en forma de imborrables e imperecederos recuerdos, a su vez nacido en su día de los árboles de raíces profundas, trenzadas alrededor del corazón, plantados en anteriores años por Tailandia, Laos, Myanmar y otro puñado de destinos asiáticos. Porque en este rincón del mundo, en Asia, todo está maravillosamente relacionado para quienes nos dejamos el aliento por sus recodos día a día, mes a mes, año tras año y porque Vietnam, como Laos y Camboya en este caso, tiene unos parajes con grandes dosis de miseria, soledad y desahucio. Dosis que se inyectan a través de los pulmones, de los tímpanos y que cristalizan en unas pupilas anchas, dilatadas y vidriadas, vigilantes y observadoras que mostramos los viajeros por sus tierras y que generan un mundo ilusionante y nunca marchito que siempre nos empuja a disolvernos por sus, en este caso, veredas recogidas entre arroyos y acequias del delta del Mekong, cerca del piélago.

Como siempre, pagué mi momento melancólico e, inesperadamente, volví a recuperar el brioso ánimo de pisar Vietnam una vez me emborronaron cinco páginas del pasaporte con un sello de entrada que chorreaba tinta hasta por la empuñadura. Estaba tan feliz que ni me importó que siguiera pingando en el bolsillo del chaleco. Finalmente, afrontaba la parte definitiva de mi ruta que me arrastraría por vestigios de Funan, Champa y un apartado que esperaba dedicar en Hanoi a su devastada ciudadela.

Por encima de todo queda la certeza de que aquí, como en buena parte del resto del mundo, las fronteras políticas también tienen un poco de farsa y broma. Mi mapa, acartonado y doblado en el bolsillo posterior del pantalón, hablaba de Vietnam, hablada de otro país, pero mi cerebro, el conocimiento histórico de esta inmensa región, el haberla recorrido en anteriores ocasiones, me recordaba que, pese al sello vietnamita ya en el pasaporte, estaba pisando un histórico reducto de Camboya, un reflejo de esos tiempos en que Camboya se llamaba Kampuchea y todo este fértil delta del río Mekong que se abría ante mí, toda la vasta región de centenares de kilómetros hasta Ciudad Ho Chi Minh, de miles de vegas salpicadas por innumerables brazos del gran río, era en realidad conocida como Kampuchea Krom (Kampuchea Baja), la región más preciada del pueblo jemer, perdida a favor del pueblo Viet por vicisitudes bélicas históricas, pero zona en la que actualmente queda, como reducto de su antiguo vínculo con Camboya, una amplia población jemer conocida como Khmer Krom (Camboyano Bajo). Yo me aprestaba a convivir unos días con ellos escarbando en el entretiempo en ese remoto sueño llamado Funan.

Cerquita de la frontera, cuando asomé en Ha Tien, dudaba de si no sería yo víctima de una paradoja, una broma del destino. Porque daba la sensación que hubiera salido de Kampot para volver a regresar a él. Tal era la sensación de similitud entre ésta y aquella población con la multitud de fachadas afrancesadas y coloridas, también pares de resquebrajas y deslucidas en sus tonos antiguos alegres, que ahora mostraban islotes enteros de desconchados. Como haberme transportado en el espacio de vuelta a Savannakhet, otra deliciosa ciudad que guarda muchas similitudes con estas dos. Incluso pareciera que las centenas de golondrinas y carabaos que daban un tono de sonido inconfundible a las mañanas de Kampot se hubieran trasladado, como encerradas en mi mochila, para ahora seguir dándome la vida con sus trinos o su inquieta presencia, en el caso de los últimos, picoteando todo con su pico de intenso color gualda. Inesperadamente conseguí un hostal a un precio más que decente para lo que esperaba de esa zona e invertí un par de días chequeando el mercado, mar pajizo de sombreros Non y hedores vomitivos, y viendo ir y venir a las hordas de turistas que se apoyan en esta localidad y su descacharrado embarcadero pegado a mi hogar para saltar a la vecina y, según dicen, paradisiaca isla de Phu Quoc. Yo, de mientras, purgaba mis varias opciones como rutas alternativas para visitar Oc-Eo, la cuna del imperio Funan, en una ruta que me marcaba como límite el diez de Diciembre en que debía subirme a un avión destino Danang.

Allí, en Ha Tien, a las puertas del país Viet, pude empaparme hasta más profundo del córtex de la sociedad vietnamita, de sus vicisitudes y su aguerrido espíritu batallador. Porque casi se puede decir que no ha habido un periodo de más de cincuenta años en que esta gente haya podido disfrutar de la paz. Constantemente asediados, ahora uno solo puede maravillarse ante la veraz sonrisa que te es regalada a cada palmo de terreno, como un cálido augurio de que nada puede sucederte entre sus márgenes. Y eso, oteando y brevemente analizando lo devenido, solo puede ser propio de unas gentes de corazón puro porque, seguro, cualquier otra sociedad, ante la historia de muerte y destrucción generada por chinos, franceses o norteamericanos, seguramente solo sería capaz de recibirte con un gesto hosco que denotase inquietud y desconfianza. Pero eso no pasa en Vietnam, de eso puedo dar fe.

No dudaba, en muchas ocasiones, en acomodarme al abrigo de una sombrilla descolorida que hacía por toda decoración en un puesto que regentaba una viejilla desdentada frente por frente al mercado. Quizás porque casi todos lo desconocen pero visitar y perderse por un mercado, de los de toda la vida, de los anquilosados en la misma parcela decenas de años ha, es la mejor manera de coger el pulso a la sociedad que te ha de acoger por una temporada. Muchos preguntan qué tal el Taj Mahal, Machu Pichu o Angkor, pero los curtidos en Asia lo solemos reducir, cuando nos cruzamos, con la frase “¿visitaste el mercado?”. Y seguido divagamos por conversaciones que se alimentan de productos insospechados, de vivencias por sus puestos o de anécdotas divertidas. Jamás encontrarás, en ningún restaurante de dichosas guías de viaje, fruta o entremeses tan sabrosos como los que encierran estas sucesiones de toldos, tejavanas y, por encima de todo, vitalidad. Por ello, porque son la esencia y pura identidad de unas gentes y, especialmente, de este continente, nunca está de más reivindicarlos.

Total, que allí con la anciana tomaba cerveza tras cerveza con la vista clavada entre las gentes que acudían a hacer sus compras y las cucarachas que correteaban por mis chanclas, consecuencia de la dichosa costumbre que tengo de sentarme en las aceras, no lejos de las camufladas bocas de las cloacas (cuando las descubro siempre es tarde). La película de los mercados en Indochina es similar, pero distinta en cada territorio. En Laos es como un película con la pausa fija de por vida, igual que un fotograma suspendido donde todo el mundo retoza en una hamaca, inmóvil, apoyando la cabeza sobre las palmas, sumidos en ensoñaciones, inmóviles, o, caso sumo, limpiando una piña con la pausa de un caballete sin artista o descamando peces de tal modo y lentitud que pareciera les estuvieran dando un masaje sensual mientras estos abren y cierran las agallas, imagino que en señal de agradecimiento, no tan inmóviles como la que les sujeta con el cuchillo pero casi. En Camboya el ritmo es más vivo, de mayor semejanza a lo que estamos acostumbrados, y la multitud que vende o compra se retuerce y agita presa de una necesidad de otorgar un valor a un tiempo que, seguramente, no les sobra. Pero en Vietnam esta imagen de Camboya se aceleraba por incontables veces y era, en consecuencia, casi cómico observar como las gentes, instigadas por la mercancía escondida una doblez más allá, corrían y se trompicaban entre ellos pretendiendo ser los primeros en conseguir una fruta, carne o pescado que, una vez en el morral, les impulsaba hacia otro puesto o hacia fuera del mercado con una velocidad inusitada. Tres cuartos de lo mismo sucedía con unos vendedores que se plegaban, igual que destajistas o enanos de circo, en mil formas para conseguir una bolsa en la diestra en la que metían un racimo de bananas, con la siniestra humedecían, gracias a rústicas regaderas de plástico en las que se colaba el agua por cualquier boquete excepto por el difusor, una fruta que amenazaba perecer en el bochorno infernal y, con la cabeza girada, no dejaban de atender las explicaciones de una joven que preguntaba a cómo estaba el kilo de mangostán al unísono de otra que quería saber la procedencia de los mangos. En todo caso siempre ostentaban una expresión en el rostro que presagiaba que un tipo de negro, ornamentado con una guadaña, les fuera rascando el rebufo. Era genial poder emplear muchos minutos, horas en semejante espectáculo de humanidad enfrascada en sus necesidades. Mientras, la abuela, formando parte de la función que es este apartado mercantil en Vietnam, casi ni me daba tiempo a tomar tragos ya que, nada más acercarme una cerveza, ya estaba volviendo a meter el hocico en la nevera de la que sacaba otra nueva birra que sujetaba en una mano mientras agarraba el abrebotellas con la otra y se ponía como los atletas de cien metros, clavada en unos imaginarios tacos, sin separar los ojos de mi y con una sonrisa negra como el carbón y los ojos fijos en pleno esfuerzo de concentración, a la espera de una mínima señal mía que la hiciera ponerse a funcionar. Y mira que yo la repetía decenas de veces que me la iba a calentar, pero ella como si nada, se le acababa de olvidar su tan incomprensible como ínfimo inglés no fuera a ser que perdiera mi cartera. Toda la vibrante escena era recuperar ese anhelado Vietnam, tal y como lo recordaba, en estado puro. 

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