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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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martes, 12 de mayo de 2015

Lençois Maranhenses II (por Atins y Caburé)

¿No es verdad que, en tiempos lejanos, el peor castigo no era la muerte sino el destierro? 

Las dunas amontonadas son un delirio de libertad cuando el tedio de Barreirinhas, insulsa urbe travestida de puerta de acceso al mayor parque nacional de Maranhao, se alza como reptil querencioso, abotargado por un sol insolente, que trepa y trepa. Supongamos que tan poderoso que ni la cerveza Skol, a galones, tiene cojones de desafiar. Son aquéllas, un tramo más allá, montañas de harina por las que serpentean nubes, gasa sobre índigo. El suelo quema, el aire quema, la tez se cuartea y los lacrimales suplican un agujero oscuro. Si el futuro invitara a acomodarse en un sillón de nombre olvido, el parque nacional de Lençois Maranhenses se habría quedado sin stock centurias ha. 

De condición inocente, solo unos ilusos con centenas de miles de kilómetros más vomitados que batallados podían aspirar a creer que en este Brasil del veintiuno recorrer casi trescientos kilómetros podría ser un chasquido de dedos. Luego la soledad nos hizo suyos, el viaje nos volvió a abrazar cabalgando un suspiro de principio añejo y futuro interestelar, y hasta esa tilde de vanidad que todos los que escribimos nuestros viajes soñamos con frotar y lustrar en el entorno se ha de rendir a la evidencia de paisaje estéril, palmera, calor; paisaje estéril, palmera, calor. Lo novedoso, por el contrario, venía de arriba ya que hasta en media docena de ocasiones se alternaron tormentas tenebrosas, nubes de lija y soles radiantes de modo que los mayos de Donosti no parecían tan lejanos. Así, durante casi cinco horas de convivencia con unos tipos brasileños oscuros, de pelo tras brote azabache que ennegrece aún más los mentones y asemeja caracolas para ellos, escarolas para ellas, todos en el bus ladeábamos la cabeza y pegábamos la frente al cristal lateral, oteando el cielo para saber qué espectáculo estaría por llegar. 

Luego llegó un Land Rover transformado en vagón de carga que serpenteaba por arcos arenosos, abiertos a modo de túneles del tiempo, entre campos de tapioca y árboles de cajú para ellos, anacardo para nosotros. Y por último un muro de tierra, último desafío antes de un maravilloso mar de dunas y lagunas cálidas que han hecho de este parque nacional acaso el secreto mejor guardado del maravilloso país que es Brasil. Un sillón de nombre olvido, tapizado con suaves montoneras de arena esculpida por el viento. Un inimaginable sillón de nombre olvido con primera parada en la laguna bonita. Lo mejor, sin duda, era ser consciente de que aquello significaba apenas el comienzo de tres días del más absoluto olvido del mundanal ruido. 

En Atins y en Caburé, los dos días siguientes, más de lo mismo pero con la magia de playas desiertas solo para nosotros. Situadas a ambos lados de la desembocadura del río Paraguaçu, ellas son la puerta de acceso a la laguna verde y a los pequeños lençois respectivamente. Se conjugan allí los altivos lençois, insolentes que invitan a husmear qué se esconde tras la siguiente duna, con enormes lenguas de arena cegadora, mar templado, sol que castiga, cerveza helada, chozas trenzadas con palmas de burití, gambas al grill… El paraíso, el olvido, no quedaba tan lejos. ¿Quién no desearía ser desterrado, apostar su eternidad a perdedor por solo sentirse vivo entre estas dunas de olvido?

P.S. Ya de regreso en Sao Luís, mañana relax y vuelo de tarde a Salvador de Bahía con un inmejorable, pese a lo tórrido y fatigado de los Lençois Maranhenses, sabor de boca. Ya sabía de antemano que el estado de Maranhao estaba considerado como una de las mayores joyas ocultas de Brasil, pero ahora sabemos por qué. Y además lo hemos visitado con un sorprendente casi cero de turistas extranjeros (cuatro franceses y dos coreanas) y unos pocos locales. Gente tan encantadora y risueña como amable estos brasileños.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hola
Muy guapas las fotos,que lo paséis bien y disfrutéis del viaje.
Un saludo
JB