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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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domingo, 10 de mayo de 2015

Entre Sao Luis, Alcántara y La Habana

Es un desbarajuste maravilloso. Todo en Sao Luís de Maranhao, en su centro histórico, es un desbarajuste donde se mezclan preciosas fechadas decrépitas y azulejos blanquiazules portugueses a los que la sal y el sol han robado el lustre. Arcadas partidas, fachadas crujidas, muros dilapidados, olor a quebranto y podredumbre. Resuena a La Habana aunque aspire a Cartagena de Indias. Se piensa, melancólico, que el camino nunca es demasiado cruel con el viajero que se pierda entre sus callejuelas reviradas y escalinatas quebradas porque la herencia de tiempos coloniales va sumando hermosas panorámicas de un tiempo tan pasado como demasiado añorado. El sol es apenas una sábana de seda que se desprende por un lateral de la inmensa bahía bajo la que el Sao Luís conjuga su silencio atronador de ayer roto, a intervalos, por una extraña suma de prostitutas y drogadictos de hoy. Entonces, alma reconfortada, solo caipirinha y música suave de Maria Bethania. ¡Eché mucho, tanto de menos Brasil! 

Pero en realidad todo esto comienza mucho antes, en Roma. Me lo pasé como un enano allí. Y lo que más me gustó de todo fue que no visité nada. Porque en la barriada de Ostia por no haber casi no hay ni italianos, imagina coliseos o fontanas. Indios del Decán con tez de barro, indios tamiles negros como el petróleo, centroasiáticos de más acá, de los de falafel y shawarma, centroasiáticos de más allá, de los de toga inmaculada, chinos de Zhejiang que, como todos los de su diáspora, bien podrían ser de Fujian o Guangdong porque uno vive convencido de que todo chino que ha mamado la mar ha soñado con descubrir qué se escondía donde acababa éste,… Todos ellos habitan esta nada que resume todo de tal modo que uno, tras unos tragos de Sambuca, llegue a plantearse por qué demonios salir más lejos si, en el fondo, toda Asia se reduce a esto. Dicen que cerca queda un Coliseo, un Partenón, un Vaticano y todas esas cosas que, por su magnificencia histórica o qué, han de escribirse con el sagrado don de la mayúscula. No obstante, nosotros resumimos una escala de ocho horas en Roma en forma de campamento de refugiados multicultural y una playa de arena tan oscura como los tonos y desconchados de las casas que se asoman a ella, sumado a un cielo de cieno que prometía lluvia y daba galerna en ciernes. Agradecidas y anónimas minúsculas. Comparado con las lisonjas que se lleva la herencia de Rómulo y Remo, la playa de Ostia parece estar también asociada con lo turbio de la piel, presente y porvenir de sus habitantes. Juraría, yendo más lejos, que aquí se acumulan más pasaportes de distintos logotipos que todos los que se suman a diario visitando los caramelos de centro o Plaza España. Ostia, a las puertas de Roma pero en las entrañas de este mundo multicolor, esconde un regreso por sí mismo aunque, inevitablemente, uno se prometa no supeditarlo a las visitas clásicas de las que la capital italiana debe tener para dar y regalar si solo por la sonrisa y satisfacción de todos esos turistas de perfil clásico que se nos suman una vez de vuelta al aeropuerto. 

Sao Luís, de vuelta al ahora, evoca de otro modo a aquella loba romana: amamantando de viejos sabores conocidos a nuevos viajeros fatigados, desconocidos. Lo hace con tristeza y almas caobas de sosiego, con adoquines quebrados y tejados hundidos los más, preñados de goteras los menos. Y mar. Una sábana gris sobre las que se sostienen nubes que al abrirse descubren unos rayos que puntean los claroscuros de esas fachadas podridas por el salitre. 

Alcántara, de hecho, pilla al otro lado de esas gotas juntadas en esta bahía extraña, estertores de mar de lodo que son deltas de inmensos ríos muertos aquí al lado. El primo menor de Sao Luís dormita entre suaves batientes de olas y lucecitas de historia que siempre se reflejan en adoquines blancos y negros, trenzados hasta donde llegue la vista, herencia de negros africanos y amos europeos. Todo allí es incluso más acogedor que el gigante Sao Luís del que parece desprendido y arrastrado por la corriente hasta su promontorio actual. La gente, si cabe, dormita más y más a menudo, y a nadie parece importarle qué, entre tantas ruinas y tonos sepia, hace tan felices a dos tipos de pantalón largo y ojos como platos. 

Caímos allí pasado el mediodía, en el último barco partido desde Sao Luís. Antes de ir a Alcántara todos decían que no había barco para regresar por la tarde, que nos quedaríamos allí colgados, que lo dejáramos para el día siguiente. Pero siempre hay una ruta, y además ningún viajero sabe qué significa “quedarse colgado” más allá de iluminarse el rostro ante lo imprevisto. Un taxi por aquí, un barco por allá, un bus de remate y regreso a Sao Luís aún con una hora de luz. La pena, al final, es que se podía y debía regresar porque los Lençois insistían con fuerza, aunque Alcántara bien vale una estancia de varias noches toda vez que sus piedras, las referencias que le mueven a uno hasta aquí, se recorren en una hora. Imagina cuánto de bonito y genuino ha de ser. 

A ritmo de tragos suaves de cachaza y lima, se ensueñan todos los viajeros con un lavado de rostro para estas joyas tan especiales y olvidadas que bien podría humillar al Salvador de Bahía más fotogénico. “¿Solo una caipirinha?”, me invita un tipo a su mesa y me alarga su cerveza para que beba. Niego suavemente con la cabeza y apuro otro trago verde-amarillento. “Con una solo no haces nada, hay que beber varias”, y muestra una dentadura decrépita a juego con su recio pelo de lustre igual al de un felpudo gastado, a juego con el entorno. Me encojo de hombros, y ambos perdemos la mirada y el suspiro en el mar teñido de ámbar y timbales. Mientras Iñaki duerme su apaleo y el sol se despide, mi Ítaca, al fin, me devuelve como perro abandonado a las calles de un Sao Luís que se transforma en pura de vieja Habana, con una caipirinha que podría ser mojito, Maria Bethania y sones de percusión que me envuelven en espiral hasta convertirse en nueva trova, un malecón aquí como allí, y siempre tu recuerdo, madre, siempre tu recuerdo de cuando fuimos Cuba, de cuando fuimos Brasil.

P.S. Ya de tours en el parque nacional de los Lençois Maranhenses, un sitio absolutamente precioso y que nos tiene boquiabiertos. Cero de turistas excepto brasileños, un tiempo espectacular y dunas mezcladas con lagunas hasta donde se pierde la vista. Las fotos vendrán mañana o pasado, porque no queda mucho margen entre visitas, tragos y sueños.

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