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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 9 de mayo de 2015

A medias, entre la ilusión y la desesperanza

“Las arrugas del espíritu nos hacen más viejos que las de la cara” 
Michel de Montaigne 

Ven, Mamá, siéntate aquí, a mi lado, sobre esta lápida azabache con vetas que chispean brillos diamantinos. El fino viento que rasga ya no te importa, y en mi caso no es molestia estando a tu lado. Crucé con humildad el umbral en forma de reja cuarteada que guarda el silencio del camposanto, pero no pude evitar sobrecogerme tras la estridente revelación de ésta con su giro: atruenan chirridos tal que gritos desamparados de todos los que aún palidecemos ahí fuera. Dicen que es vieja la puerta, y por eso nadie se plantea engrasarla, ¡Que chirríe, que se torne añicos en su quejío! 

He venido, antes de volver a partir angustiado por esa terrible sed de lejanía que tú tan bien conoces, a recordar todo lo que corrimos y soñamos cuando el resuello cabía en la cuenca de las manos. Y correr y correr, corazón. Así, con tu espíritu, es más fácil teclear, es más sencillo recorrer el camino, subir al avión. No miento si reconozco que me faltas demasiado, pero la luz en los ojos de Iñaki sirve de estímulo que barra los momentos de tristeza acumulados. Se le han debido hacer largos el otoño y el invierno tras lluvias y frío más constante que esporádico. Y ambos sabemos que no ha sido el único. 

He venido también a contarte que hubo un terrible terremoto en Katmandú, que ya nadie responde, que la estupa de Boudhanath ya no es alba, que los ojos de Swayambunath ahora lloran y que las plazas reales de la capital, de la hermosa Lalitpur o de Bhaktapur son solo montoneras de ladrillos y arpadas vigas de madera. Grietas rasgan carreteras y fachadas que quedaron en pie, y son apenas cicatrices que vomitan un polvo posado sobre tantos cadáveres que ni siquiera caben en los crematorios junto al río Bagmati. Quién sabe si no tuviste un poco de suerte al irte y no poder vivir tamaña desolación. No es necesario que preguntes: no sé nada de Shaba ni de su risueño hermano, y me temo lo peor. Pero, en ocasiones, deseo soñar que ya están de regreso en Uttar Pradesh, que han conseguido volver al hogar materno en esa India que nos enseñó cómo la sonrisa más ancha pertenece al cuerpo más desnudo. 

La mayor parte de turistas huyeron corriendo tras el desastre, fieles a su falta de principios y empatía con otros seres humanos. Lo hacían sin rubor, orgullosos, sin un deje de tristeza. Todos esos que, en su ignorancia, piensan que Nepal se reduce a montañas o encuadres fotográficos y no entienden que es la gente Newar la verdadera razón del viaje. Perdieron su hogar, también el de sus dioses, pero tú y yo sabemos que la profundidad de su fe les llevará a reconstruirlos una vez más. Se podría derrumbar la catedral de Burgos y la reconstruiríamos por lo que fue, por su capacidad de generar dinero y no por lo que encierra porque las catedrales en Europa son estáticas y huelen a muerte; en Nepal volverán a levantar sus santuarios por lo necesario como faros de una fe que lo impregna todo, de hogares de dioses que siempre marcan el día a día del mismo modo a como sucede por todo el continente asiático donde templos y mezquitas viven en un dinamismo brutal, oliendo a vida, insuflando alegría. Debe ser por eso que siempre les toca a ellos sufrir estos tormentos, por su capacidad de sufrimiento y lección de humildad y solidaridad a cada segundo, por su inmaculado deseo de redención. ¿Imaginas un terremoto en España que nos dejara sin sustento? Robos y saqueos, que las desdichas pudran al vecino. 

Yo ya maquino un futuro regreso a Nepal y volver a convivir con sus gentes. Pero eso, ya sabes, no dependía de terremotos o azotes naturales. Es una deuda eterna de todos los que, como pretendimos tú y yo, solo buscamos calor humano y una enseñanza repetida tras cada rostro. Ahora suena más necesario que nunca, pero Brasil empieza mañana y solo me queda pasear entristecido con la perra por el monte, tratando de entender que ya no te podré preguntar si tienes la maleta preparada. De tu pasaporte me encargaba yo, y así seguirá siendo porque siempre vendrá junto al mío, en el bolsillo del chaleco más próximo a un corazón que no se acostumbrará jamás a tu ausencia. Siempre viajarán juntos, fiel reflejo de cómo lo quisimos nosotros. 

Llegó el templo de madera que compré para ti en Chiang Rai, y Roberto le hizo una preciosa urna dentro de la cual, sobre tu lápida, asomará tu recuerdo para que recordemos todos los que vengamos a honrarte cuan felices fuiste entre dioses extraños y seres de tez oscura y rezos extraños, fundidos tras vaharadas de incienso de sándalo; cuánto de lo tuyo prendió entre mercados, abalorios, tiendas, saris, alebrijes, jades o madreperlas que siempre eran el recuerdo de un comerciante tan vivo y enamorado del negocio como tú. Y no hace falta que te sonrías socarrona porque los dos sabíamos qué conocido era el sortilegio que selló tu destino y, con ello, guío para siempre el mío. No me importa si soy consciente, seguro, de que mejor me lo seguirás susurrando mañana en el avión, un poco más cerca de ti. Ya sé que regresaré a Jaipur, regresaré a Chanthaburi, regresaré a Antigua, Cuzco o, inmediato en el tiempo, al vibrante Salvador de Bahía que, entre sones de tambor, caboclos y nuestro Jorge Amado con nombre de Claudio, esmeraldas de apellido, nos envenenó hasta la médula. Y sé, al mismo tiempo, lo dichosa que lo verás travestida tras mis ojos en futuros que son esquirlas de pasado, de nuestro pasado. 

Yo hubiera deseado que esta vez las lágrimas fueran ecos del ayer y no me fueran a impedir seguir escribiendo, seguir contándote cosas a esta lápida desde la que me observas feliz. Pero como tantas veces estos últimos meses, una vez más, estaba equivocado.

P.S. Publicar esta entrada se me quedó en el debe hace unos días, la víspera de partir, y antes de hablar de Brasil es necesario recordarla. Mañana rumbo al parque de los Lençois Maranhenses, aún alucinados de lo mágico de Sao Luís y el cercano Alcántara cuyos texto y fotos están al caer. 

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