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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 13 de abril de 2015

Krabi (extracto)

Krabi, Ao Nang por extensión, es como allí donde el olvido lo abarca todo. Por un tiempo representó eso para mí. El lugar único donde el orgullo de identidad religiosa entre budistas y musulmanes se ha fijado con la misma fortaleza de quienes se aferran a una última esperanza vital, pero donde todos se sienten hermanos de todos. Allí, en una desvencijada pensión no muy lejos del mar aunque henchida de olor a mar, una vez escribía sobre un Myanmar arañado por una vigente garra de acero que arrastraba mis dedos temblorosos de desazón, con paso apresurado, abrazado entre una cortina sedosa de humo claro, espeso. También, en otra ocasión, sumaba letras sobre una chica ahora olvidada aunque en momentos de pura melancolía eso es algo que tampoco tengo claro, solo sea porque aún no olvidé su hermoso nombre: Noi. Allí solía observar, embelesado, el decrépito solar que era su hogar, raspando mis manos en la camiseta, pensando en todo lo bello que supuso el suave roce de su piel sobre la llama en yemas de mis dedos en una larga y tórrida noche de viento sur.

Después pasaron los meses que se hicieron casi años, me perdí en nuevas rutas, otras ilusiones, nuevos horizontes. Y descuidé aquello que una vez me hizo no solo crecer sino, sobre todo, creer en mí, en mi destino asiático. Krabi y sus gentes, mal que me pese, se me hicieron huecos de la noche a la mañana.

Tal día como hoy regresé, porque siempre todo gira en torno a un regreso, y casi sin darme cuenta un recepcionista agradecido recuerda mi nombre, rescata una anécdota mutua desteñida entre trapos propios de mi proverbial memoria olvidadiza con forma y fondo de baúl sobresaturado y sonríe. Otra señora hace honor al tópico absurdo, País de las Sonrisas, y me regala la más cálida mientras cocina a fuego vivo, como es tradición, unas gambas rebozadas de mantequilla antes incluso de que haya tomado asiento en su descuidado y por ello acogedor restaurante. Sabe qué quiero antes de franquear su umbral. Y el último me acerca una lata de cerveza Chang con la naturalidad de quien se deshace del polvo al alejarse del andamio de una obra. Luego me mira, me remira… y ya no hace falta más. Sacude y seca un húmedo taburete de plástico, lo acurruca al lado del suyo y, una vez sentados, “¿dónde nos quedamos la última vez?... la batalla iba de camisas amarillas y rojas ¿no?... ¡Dios, cómo pasa el tiempo!”.

Es entonces cuando, como un idiota, me doy cuenta. Y me lo susurro como un mantra de sortilegio que jamás debería olvidar porque incluso he debido llegar a ruborizarme ante tanta calidez al recién regresado. “¿Cómo demonios pude alejarme tanto de lo que me hizo, lo que me sigue haciendo, aferrarme tantísimo a esta tierra, a estas gentes?”. Luego, rehecho, soy consciente de que todo, absolutamente todo lo que conforma el valle de Leelah, reducto olvidado a las afueras de Ao Nang, vuelve al lugar de mi corazón de donde nunca debió de desaparecer. Y este olvidadizo viajero puede volver a sonreír, a crecer… y a creer.

Mientras camino en volandas del recuerdo, al día siguiente, llego a un punto cualquiera. ¿Era allí? Sí, allí. A duras penas recordaba su rostro. Es curioso cómo uno recuerda una camiseta única, la que solía llevar siempre apostado junto a su ranchera de cítricas juntas podridas por el salitre y el óxido, pero pierde el rostro entre cervezas, risotadas y burbujas propias de la memoria baqueteada. Los rasgos de Antonio, mal que me pese, ya no soy capaz de evocarlos. De seguro era moreno, desdentado y lampiño, prototipo de Thai baqueteado por la vida, borrachín y charlatán por descontado, pero hasta ahí. Y solía musitar, entre dientes, con la mirada perdida en el inmenso vacío que se abría ante sus pies con forma de acera. Y solía negar con la cabeza, suspirando antes de levantarla al cielo sideral para acabar dejándola caer sobre un hombro, ladeada, mientras caían sus párpados. Entonces ya no musitaba, ni negaba, ni atendía el negocio, solo vomitaba el silencio de su desdicha. Veinte, treinta segundos o hasta un minuto. Era su descanso laboral que se repetía a intervalos de quince o veinte minutos en un movimiento espasmódico tan rápido y fugaz como suficiente. Luego volvía a abrir esos ojos hundidos tan desesperados como desesperanzados que prometían sufrimiento a todo aquel en quien se reflejaran. ¿Color de ojos? ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Su edad? Como con tantos otros Thai, para conocer eso es mejor consultar a un oráculo. Vendía cervezas y refrescos que llevaba amontonados en el remolque de la ranchera, hundidos entre barras de hielo. Ésta siempre aparecía aparcada a la misma altura de la calle principal de Ao Nang, siempre en la misma acera. Había improvisado junto al vehículo un tenderete con cuatro baldas y un plástico negro como caperuza por todo mostrador donde se apiñaban latitas y botellitas de ron y vodka barato. No necesitaba más porque todos los turistas sabíamos dónde habitaba y, además, acudíamos en masa a su regazo porque tres cojones nos importaba que cargara unos céntimos de euro por cada lata con relación al súper de unos metros más abajo. Suena pretencioso hablar de acudir en masa ya que, en realidad, en aquellos tiempos Ao Nang era un hermano pobre de todo lo que Phuket devoraba a espuertas. Pero es justo admitir que todos los que allí retozábamos, en un momento u otro de la tarde, aterrizábamos allí a compartir un minuto con él, a sacudirnos el salitre de Andamán. Por aquel entonces yo iba con cadencia anual a Ao Nang, por un motivo u otro, y era demoledor verle consumirse con la rapidez de una mecha de vela barata.

Ahora Antonio, como mi madre, es historia lacerante que no deja de hundir su aguijón en las entrañas del alma. Ya no hay chiringuito, ni ranchera, ni pausas meditativas de un tipo forjado entre sal o alcohol a partes iguales. Y, como un tonto melancólico, me quedo unos minutos viendo a los turistas salir del súper con su cargamento.

Solía acercarme a la costera Ao Nang desde Krabi Town, un lugar al que, a menos que uno se empeñe, jamás se llega. En realidad, más bien se tropieza uno con él lo mismo que con todas esas poblaciones vacías de atractivos turísticos fosforito y que, precisamente por ese motivo, suelen pasar de soslayo tras la ventanilla, perdidas más atrás de donde acaba el rabillo del ojo para la inmensa mayoría de turistas. Si tu destino es cualquier playa de la provincia tipo Ao Nang o la península de Railay, aún no has llegado. Si es Malasia y la frontera, aún no has llegado. Si, en otra dirección, es la gloria desteñida, paraíso envenenado de Phuket, aún no has llegado. Krabi Town siempre tiende a quedarse en el todavía falta un trecho. La primera impresión es de torpeza, de reproche propio, de ¿quién me mandaría a mí? ante la tumultuosa concatenación de edificios ocres y destartalados junto a la bocana de una ría en la que hileras de manglares pelean por dar un punto de color y vida, justo antes de dejar paso a un recortado fondo de verde-grisáceos farallones cársticos sobre un turquesa cielo tropical. Sin playa comestible ni a babor ni a estribor, asemeja al primo pobre de la soledad en lo tocante a bullicio y dólares que nunca resbalaran por sus esquinas. Soñolienta, vive orgullosa de su naturaleza aletargada, rota a deshoras por el suave rumor del muecín llamando a la oración, mientras deja pasar la vida de sus vecinos a los pies del templo del tigre, una dolorosa concatenación de escalones que mueren en lo alto de un pico calizo cuyas vistas siempre van fundidas de suspiros de cansancio.

De noche Krabi Town se nutre de sombras, de una ecléctica población Thai, Malay y Moken, de raíces budistas o musulmanas, de seres tan enjutos y huesudos que hacen dudar de si son ellos los que visten la ropa o es ésta la que les usa de armazón improvisado. Caminan reptando entre claroscuros, ora luminosos, ora fundidos en lo tenebroso. Van arribando a cuentagotas a ese mercado central al que todos ellos se arriman en un momento u otro de la tarde-noche para charlar y llenar de placer paladar y cuerdas vocales. Da igual la orientación religiosa, parece que todos los vecinos fueron paridos del mismo vientre porque adoran la charla pausada, sin ademanes vehementes. Gesticulan despacio, mastican aún más despacio cual si fueran títeres de un teatro de sombras, envueltos en gasas de vapor, espectros cadavéricos bajo la luz mortecina de tenues bombillas que cuelgan en improvisados casquillos de plástico rajado. Justo allí, enfrente de una esquina del mercado, se halla el hotel Central. Otro edificio gris, monocromático, en el que hace diez años entraba un chaval quemado y entumecido del salitre, ajeno del todo a este espectáculo que hoy día su alter ego saborea acurrucado en un rincón. Así pues teclea y va dejando brotar de la memoria aquella escena del otro yo, aquel día turbio de a finales de agosto en que aprendió por las duras cómo se las gasta el monzón sobre una pequeña barca que regresaba de alta mar. Todo sea porque ese mismo mercado recuerda que de joven uno se nutre de promesas, las mismas que de mayor le permiten sobrevivir de recuerdos.

Visitar el mar de Andamán había sido la promesa, el fondo, mientras que recorrerlo en un tramo parando en algunas de sus islas vía excursión organizada era la forma. En 2007, en Agosto de 2007, el barco salió tan puntual como repleto de turistas y tailandeses a partes iguales. Esta zona, en aquella época, era un faro tanto para locales como para foráneos. Una isla, dos, tres… fue a la hora de regresar cuando el monzón de lluvias, el que siempre asoma arrastrando nubes desde el noreste, hizo acto de presencia. En la isla Poda el clima enrareció. El sol se escondió y nubarrones color azabache aparecieron de repente, prometiendo un infierno de dimensiones difícilmente calculables. Ao Nang aparecía en lontananza así que, por crudo que se pusiera el asunto, nada sería tan grave. ¿Tan grave? Cuando desató la tormenta el barco zozobraba por momentos zarandeado por las olas, la lluvia arreciaba, la naturaleza jugueteaba con la embarcación y el horizonte de Ao Nang se perdía paulatinamente, absorbido tras la cortina de lluvia y una oscuridad tenebrosa. Era frío, era lluvia, era agua que se filtraba por los poros y salaba quemando los labios y el rostro. El infierno nos daba la bienvenida a su manera. Ya el asunto presagiaba problemas, pero el turista que habitaba en mí adolecía de los mismos defectos que los demás y pensar que el convivir en grupo nos haría vencer cualquier contratiempo se imponía como mantra superior a cualquier razonamiento lógico. Creo recordar que alcancé a mi madre un salvavidas naranja fosforito, pero lo que jamás olvidaré es el pánico de los tailandeses ante la situación. Casi todos los tailandeses odian el mar. Igual no lo odian, pero sí lo temen. Es algo latente en su psique colectiva. Y verse a merced de los caprichos de su Buda cuando se enfada y agita la creación marina debe ser lo más parecido a verse morir. Pánico es poco. El barco subía y caía de golpe reventando una a una las olas que estallaban en espuma, inundando hasta el tuétano. Jamás olvidaré el pavor de mi madre que nunca aprendió a nadar, castellana de raza. Y mucho menos la lividez de aquellos tailandeses que, a buen seguro, jamás han regresado a ésta ni a ninguna otra barca. Así, a duras penas, regresamos a Krabi Town, empapados y quemados por una sal marina como ácido sulfúrico que iba corroyendo la piel a medida que se secaba.

Una mañana, ajeno a que de pronto nada de lo escrito significara algo, me desperecé sudoroso, angustiado, y me piré de Ao Nang sin ruido ni adioses. Sin importar si mezclaba limpia o usada, hice una bola con la ropa que acabé tirando a la maleta junto a las zapatillas, la cerré de golpe, me eché la mochila a la espalda y cogí el primer transporte para la estación de Krabi. Preferí dejar todo y a todos en un intervalo estático y simular que podría regresar nuevamente al cabo de meses o años, volviendo a saludar a la gente como si acabara de regresar de por tabaco. En el fondo prefería hacerlo así porque esa fue siempre mi manera de abandonar no solo Ao Nang, Krabi por extensión, sino incluso, bien pensado, mi manera de abandonar el país.  

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