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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 7 de abril de 2015

De Wiang Kum Kam y nuevos "viajeros"

El año de 1292 fue deplorable para las gentes del viejo reino Mon de Haripunchai. Lo habían predicho los brahmanes e incluso su propia trayectoria bélica decadente lo hacía intuir, pero nadie quiso creérselo porque quinientos años de historia no podían ser borrados de un plumazo, como si nada. Si antes fracasaron en su intento de conquista los jemeres, ¿cómo podría derrotarles el vecino norteño? Sin embargo el poderoso rey Mengrai, al mando de las hordas de Lanna y ya a las puertas de la vieja capital Mon que actualmente es llamada Lamphun, no entendía de historias y mucho menos sabía de predicciones ascéticas. Las gentes Mon eran sus enemigos naturales y la expansión de su reino, el del millón de campos de arroz, era una pura necesidad. Así, ese 1292 marcó con escarnio la caída definitiva del reino Mon a manos de gentes Thais y su postración definitiva en las páginas de la historia consumida. Lanna, el viejo y maleado reino Thai del millón de campos de arroz, sumaba más y más tierras en una expansión imparable. 

Fue entonces cuando el insigne rey Mengrai decidió trasladar la capital del norteño reino de Lanna desde Chiang Rai a una nueva localización más céntrica donde dominar sus vastas posesiones. Consultó a astrólogos y brahmanes; todos se acabaron decantando por el mismo lugar. Lo que a día de hoy queda claro es que a ingenieros no debió preguntar a ninguno, porque poco podían imaginar los metafísicos que aquel emplazamiento elegido, bautizado como Wiang Kum Kam, adolecía de una buena ubicación frente a las temidas inundaciones. El río Ping daba la vida regando arrozales y proveyendo generosos nutrientes en forma de pescado, pero su furia al desbordarse en época de monzón de lluvia resultaba catastrófica y no bastaron sino cuatro años para entender el error estratégico de aquella localización. El germen de aquella ciudad, prontamente abandonada a su suerte y olvidada por las gentes una vez que el propio reino Lanna fue sumado por las tropas invasoras birmanas, es lo que hace apenas una veintena de años jóvenes arqueólogos han destapado a apenas cinco kilómetros de lo que fue el asentamiento definitivo y más protegido de la nueva capital: la actual Chiang Mai. 

Los vetustos y rectificados templos, de ladrillo ocre o gris estucado, se desparraman por una vasta área dando un ligero aroma de atemporalidad que flota entre vahos de sándalo y jazmín. Por allí nos juntamos cuatro apasionados de la historia para tratar de dar un sentido más profundo a todo nuestro enfoque sobre un reino Lanna que juega al escondite, mostrándose de un modo ocasional entre los callejones de un Chiang Mai travestido por oleadas de turistas. Al menos aquí, en Wiang Kum Kam, no se hace necesario rascar ya que su obviedad histórica aún es palpable haciendo de su visita otro hermoso entretenimiento dentro de la infinita gama de opciones culturales que encierra la septentrional capital Thai. Sin mochila ni cámara, pero fustigando la imaginación entre seres Mon y Thai, entre épicas batallas, entre dinastías de leyenda y entre reyes Thai como Mengrai o reinas Mon como Jamadevi pasaron con calma las últimas horas en la Ciudad Nueva. 

Fue al regresar al núcleo central cuando topé con unos viajeros barceloneses de esos de aparente postín que tanto escasean. Generalmente no invierto más de cinco minutos con los turistas, y suelen ser menos de tres en Chiang Mai por todo lo citado anteriormente. Pero resulta reconfortante comprobar cómo hay gente que sigue viendo este país como una oportunidad de convivir y aprender de otra cultura más que como una foto fija. Venían de Mae Chan, de alojarse en una casita que les habían dejado unos vecinos. Allí pasaron los últimos días conviviendo con ellos, disfrutando incluso de la Nochevieja en su compañía. En Tailandia, conocido es, el calendario budista arranca quinientos cuarenta y tres años antes que el nuestro, fecha de nacimiento de Buda, y el año nuevo da comienzo con la luna llena del quinto mes lunar que generalmente cae en abril. Esa festividad se denomina Songkran, derivado de un término original en sánscrito que significa cambio astrológico. Sin embargo, en este país se decidió por cuestiones ajenas fijar las fechas festivas en los días trece, catorce y quince de abril independientemente del ciclo lunar. En todo caso a los tailandeses les gusta la fiesta, y la celebración del año nuevo occidental para ellos también es excusa idónea para hacerse una juerga. El caso es que me contaban los barceloneses que les invitaron a un pic-nic la víspera de Año Nuevo, y allí pudieron trasladar la tradición española de comer uvas con las campanadas. Los Thai, hospitalarios como siempre, no disponían de uvas pero se las arreglaron para conseguir apenas cinco fresas con las que cumplir el rito. El chico catalán explicaba, emocionado, que para el día siguiente les habían invitado al taak baat, la tradicional ofrenda que se hace a los monjes a primera hora de la mañana y en la que éstos caminan por las calles recogiendo en sus cuencos comida y, a su vez, van bendiciendo a los fieles. Se dio la circunstancia de que, a su pesar, se quedaron dormidos y fue al abrir la puerta, a eso de las ocho mañana, cuando descubrieron un cesto con veintidós tomatitos cherry y dos fresas, lo justo para cumplir la tradición española de las campanadas. Era, de entre tantísimas muestras de afecto, lo más entrañable que les había sucedido en los casi dos meses que llevaban en tierra Thai. Yo les escuchaba atento, ahuecando el tabaco de un cigarrillo con un suave golpeteo de la boquilla sobre la mesa, mirándoles fijamente a los ojos y tratando de medir la profundidad de la infección de ese virus de cordialidad y amor por la gente Thai que ya parecía campar a las anchas por sus almas. Estaban alucinados de la simpatía y hospitalidad de esta gente a cada día, a cada hora. Y era genuina su implicación y sentimiento, pero como occidentales y recién llegados aún daba la sensación de que no habían comprendido el sentido de todo aquello que cálidamente les rodeaba. 

En un momento dado, me levanté y pagué la cuenta de la comida. La suya y la mía. Cuando regresé les dije que lo suyo estaba hecho y, para gozo de mi corazón, no mostraron ninguna muestra de gratitud, como si entendieran que yo, con todo lo que les había contado del país y su sociedad, ya formaba parte del decorado y aquella muestra de generosidad fuera lo más normal del mundo, como otro fruto maduro y caído en sus manos de un árbol de altruismo Thai que nunca se agota ni marchita. 

-En realidad yo no os he pagado la comida-. Les dije distraído, guardando las vueltas en la cartera. -Lo ha hecho la anciana que está mañana me ha arreglado la cremallera del chaleco sin querer cobrarme nada-. Relaté cómo unos días antes se me había estropeado la cremallera de un bolsillo del chaleco y esa misma mañana me había acercado al mercado de Warorot a arreglarla. Se la di a una anciana tras una máquina de coser y allí se tiró ella unos buenos veinte minutos descosiendo, ajustando los dientes de la cremallera dentro del cuerpo metálico del que pende el tirador, volviendo a presentarla sobre la tela, enhebrando hilo en la máquina y rematando el trabajo cosiendo y luego cortando los hilos deshilachados del borde para que no se enganchara y se volviera a romper. Todo a cambio de una sonrisa, ¿para qué más? Y yo solo podía corresponder a dicha cortesía pagando con la misma moneda. Porque de eso se trata. Les expliqué el concepto de karma, lo que implica la generosidad a la hora de generar méritos de cara a una vida plena y una reencarnación mejor, que en un país pobre como éste todo supone un esfuerzo considerable llámese alojamiento gratis, fresas o tomatitos, y que no deja de ser obligación del viajero entender esos conceptos y ponerlos, a su vez, en práctica. Que la verdadera magia no es pensar en mí, aquí y ahora, sino en ti, mañana y allí donde estés; y que para eso el hecho dar y regalar es la mejor recompensa porque exactamente eso, ahora que ya lo habían comprobado en sus carnes, es Tailandia en toda su extensión. Únicamente eso les podrá llevar a ser poros en la piel Thai, respetados como uno más, y no apósitos podridos como rémoras extrañas. 

Se nos fueron las horas charlando de rutas asiáticas, de libros de viaje y de lo lastimoso que es comprobar cómo hay miles de escritores que viajan pero casi ningún viajero que escriba, de las miserias que surgen de lugares travestidos por los turistas como Kanchanaburi, de proyectos de cooperación y de maravillosas organizaciones no gubernamentales que viven anónimas a la sombra de cuatro vividores que se nutren del dolor ajeno y que pervierten el concepto de solidaridad… Y al pirarme, dubitativo, un profundo poso de tristeza se adueñó de mí por la incertidumbre de comprobar cómo, pareja de barceloneses aparte o no, cada año son más y más los turistas que viven al cobijo de esta sociedad y sus férreos valores sin entender nada de lo expuesto, sin entender el enorme esfuerzo que hace una gente de bolsillos remendados. Tailandia, cada vez más, se entiende como una sopa boba por muchos turistas que deciden vivir alebrados a lo básico, a lo gratis para mí y a lo majos que son los desprendidos tailandeses sin entender que todo regalo supone una obligación que muy pocos tienen el coraje y la honestidad de afrontar; que Tailandia en su magnanimidad espera que uno también aprenda a viajar por sus límites enfundándose en su escala de valores, la única manera de viajar fuera de un turismo convencional que gangrena y se aprovecha de todo y todos parapetado en una capa de egoísmo.

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