LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 23 de abril de 2015

Nuevo vídeo: Tailandia-Angkor 2014

Subido el nuevo vídeo que resume el último viaje por Tailandia y templos de Angkor, en Camboya. Los lugares incluidos son: Nakhon, Chaiya, Kanchanaburi, Sangkhlaburi, Bangkok, templos de Angkor, ruta clásica cultural que une Bangkok con Chiang Mai pasando por Ayutthaya-Sukhothai y, por último, la Casa Negra o baan si dam en las cercanías de Chiang Rai. Y ya pronto a rehacer la maleta, que Brasil asoma y en un periquete estamos de nuevo en ruta.

miércoles, 22 de abril de 2015

Surat Thani, de sopetón (extracto)

Bajo un tórrido sol, Surat Thani es una ciudad gris que, más que visitarse, anima a ser rápidamente sorteada entre sombras, como cruzar de guijarro en guijarro para salvar el cauce que viene desbordado y en el que está convertida. Te puedo asegurar que ni tan siquiera su bucólica situación en el estuario del río Tapi le salva de ser un destino prescindible, poco disfrutable. Y todo porque es un sitio tan sucio, feo y lleno de buscavidas persistentes que hace que la imagen de la Tailandia de verdad corra peligro de desmoronarse como castillo de naipes relucientes de primera mano. De todas formas, en honor a la verdad, lo único que yo buscaba allí era un poco de paz y respiro, un poco de tecleo, y para eso cualquier lugar me habría servido teniendo un taburete, una mesa plana y una cerveza helada. ¿Cualquiera? Seamos francos, cualquier lugar excepto éste, bruñido como está en una indescifrable atmósfera depresiva acentuada además por fachadas de cemento gris de las que se desprenden chorretones ocres de humedad y donde hasta el olor a mar se ha travestido de fétido olor a puerto comercial, inundado de aceite, y en el que tímidos jacintos de agua parecen querer acurrucarse unos con otros, asustados, buscando un respiro del cieno negruzco que los rodea. Sin remedio, prefiriendo no pensar mucho en las ratas que en cada sumidero aparecían y desaparecían tal que estrellas fugaces, era cuestión de pocas horas que antes de ser siquiera consciente de ello ya estuviera deseando largarme baqueteado por estas realidades y otras circunstancias subjetivas poco agradables.

Se sabe uno presa de la angustiosa soledad que oprime en Surat Thani cuando, nada más entrar en un hotel, lo primero que se hace es comprobar si el router para acceder a Internet se halla lo suficientemente cerca de las habitaciones. Primero yo mismo me sorprendía y abochornaba de hacerlo, sintiendo incluso un ligero deje de lástima hacia mí mismo, pero al cabo terminé entendiendo que esto termina siendo algo natural, consustancial al viajero solitario y habitual por Asia al que, incluso en una ciudad tan plagada de extranjeros de ida y vuelta como es ésta, poco importa lo que éstos puedan contar del viejo Siam al calor de una cerveza helada.

Aún más se es consciente de la depresión que ahoga cuando uno empieza a fijarse, sin llegar a ponerse el sol, en todos los garitos de alterne, como si esperara dar con una cara conocida dentro, o con la chica de sus sueños en su defecto. En realidad no tengo claro el orden, pero el caso es que, sumido en la tristeza, uno se dedica, circunspecto, a mirar estos burdeles que asoman tras cada esquina en la zona contigua a la estación de buses. Y, en realidad, tampoco sería la primera vez que sucede lo de la cara conocida, aunque eso sea otra historia... En Surat Thani todos los lugares de alegría y compás en horizontal se disfrazaban de sórdidos lugares de masaje. Aquí les había dado por ahí. La mayoría con cuatro lucecitas rojas y gualdas que mostraban la misma intensidad que las chicas que allí hacían puerta. Aburridas y entre suspiros, se maquillaban dándose colorete, hundían sus labios en barras carmesí que a buen seguro se venden a peso, se pintaban las uñas con esmalte colorido y a chorretones. Nada que ver con la magia y simpatía natural del lejano Isan, con sus karaokes y bares coyote donde la chispa salta por inercia. Las que no se maqueaban, por el contrario, le daban al diente con una expresión de infinita tristeza tan empática que hacía que uno se sintiera culpable y miserable por no poder llevar un duro en el bolsillo para compartir con ellas. En realidad la mayoría son unas diosas del ingenio, cinceladas en deseo pero de pérfidas intenciones. Saben de sobra cómo y cuánto de profundo han de rasgar en el pantalón del tipo que se aproxime a su guarida, aún más si es un recién llegado con aspecto de despistado acompañado de piel blanca, calcetines y chancletas. Por mi parte, y con el tiempo, he acabado llegando a la conclusión de que un Dios extraño, alejado del panteón budista, les debió dotar, con el soplo de vida, de la capacidad de hurgar en la miseria humana foránea de modo que al final uno acabe desplumado. Para los Thai de sexo masculino es otra historia, claro, pero solo porque el mismo Dios también debió bendecirles a ellos con la intuición de comprender lo cerrado del bosque en que se refugian si sienten su corazón latir desacompasado y se dejan arrastrar a estos puertos.

Recuerdo que hace un par de años coincidí con una profesora de universidad local en el tren elevado de Bangkok. Ambos esperábamos parapetados bajo las sombras de una estación, a buen recaudo del calor, ensimismados en nuestras ideas. De súbito, sin saber por qué, se acercó y empezamos a charlar. País de origen, Tailandia, comida… el rollo típico. De pronto surgió, inevitable por otra parte, lo de lo patético de tantos extranjeros que solo buscan calor humano local, masculino o femenino. Ella, para mi sorpresa, admitía que no era un problema exclusivo del extranjero ya que estaba firmemente convencida de que una especie de laxitud y querencia hacia el dinero fácil se había adueñado de las jóvenes generaciones de su país. Que si todo el día pensando en móviles y ropa nueva. Que si son unas holgazanas llegó a decir empleando el término sajón “lazy”. También que se avergonzaba de ellas y que, en apariencia, no era la única dando por sentado que una especie de corriente social, de dudoso encaje en el laxo y permisivo universo budista, empezaba a levantarse contra estas chicas de moralidad dudosa. Yo la dejaba soltar su encendida perorata en silencio, dudando de si, acaso de esa manera tan subrepticia e indirecta con la que los tailandeses consiguen hacerte sentir culpable, no me estaría dando un toque de atención pese a no conocerme de nada. Y es que en el fondo, dada la vehemencia en sus afirmaciones, creo que las paredes que guardan la moral Thai son en ocasiones tan rígidas que a todos los extranjeros nos encasillan en el mismo lugar: depravados e inmorales. O quizás es solo que, al albur de su disertación, analizaba mi pasado reciente por tierras de Siam e, inevitablemente, me veía reflejado en retrospectiva, hundido en la nebulosa de algún garito de hedor al cincuenta por ciento entre alcohol y perfume barato, con mi piel blanca y mis calcetines bajo las chancletas.

... 

sábado, 18 de abril de 2015

De Mecerreyes y un recuerdo

Encontré por casualidad, la pasada semana, una noticia con la esquela de mi madre en la, no sé si oficial u oficiosa, web del pueblo. Lo cierto es que no tenía ni idea de que existía el dominio mecerreyes.com y, por lo visto, el/la autor/a tampoco conocía de la existencia de este blog. Será que, como dice el cura de la villa, los castellanos siempre hemos sido más de acción que de dicción... Realmente evocador y emocionante el pequeño párrafo que copio a continuación:

"Pues sí, en uno de sus viajes, lejos de su pueblo y ya ves. Tere, la Chavisca, falleció el sábado, 15 de noviembre, en Cuenca (Ecuador). Tenía 76 años. A Tere la gustaba mucho viajar. Estaba delicada de salud y siempre decía con esa alegría que la caracterizaba que marchaba de nuevo y nunca sabe si volvería viva o muerta. “Si me quieren traer bien y si me dejan por ahí, pues también bien”. Era feliz viendo paisajes nuevos, gentes diferentes, aprendiendo y apreciando otras costumbres y maneras de entender la vida… Su cuerpo descansa ya en Mecerreyes."

En todo caso, muchas gracias de mi parte y familia por el obituario y el cariñoso recuerdo. GRACIAS DE CORAZÓN. Adjunto una imagen de la esquela con una foto superpuesta donde se ve a mi madre cantando (era lo suyo) tocada con un sombrero de Jipijapa, de los que compramos en Mérida, México, pese a ser éstos de origen ecuatoriano. Y si me pongo a recordar ese viaje y tantos otros... Siempre quedará el recuerdo, los vídeos, el inmenso orgullo de haber empleado los mejores años de mi vida junto a ella, de haber podido ayudarla a cumplir sus sueños.

http://www.mecerreyes.com/mece/?p=9951



lunes, 13 de abril de 2015

Krabi (extracto)

Krabi, Ao Nang por extensión, es como allí donde el olvido lo abarca todo. Por un tiempo representó eso para mí. El lugar único donde el orgullo de identidad religiosa entre budistas y musulmanes se ha fijado con la misma fortaleza de quienes se aferran a una última esperanza vital, pero donde todos se sienten hermanos de todos. Allí, en una desvencijada pensión no muy lejos del mar aunque henchida de olor a mar, una vez escribía sobre un Myanmar arañado por una vigente garra de acero que arrastraba mis dedos temblorosos de desazón, con paso apresurado, abrazado entre una cortina sedosa de humo claro, espeso. También, en otra ocasión, sumaba letras sobre una chica ahora olvidada aunque en momentos de pura melancolía eso es algo que tampoco tengo claro, solo sea porque aún no olvidé su hermoso nombre: Noi. Allí solía observar, embelesado, el decrépito solar que era su hogar, raspando mis manos en la camiseta, pensando en todo lo bello que supuso el suave roce de su piel sobre la llama en yemas de mis dedos en una larga y tórrida noche de viento sur.

Después pasaron los meses que se hicieron casi años, me perdí en nuevas rutas, otras ilusiones, nuevos horizontes. Y descuidé aquello que una vez me hizo no solo crecer sino, sobre todo, creer en mí, en mi destino asiático. Krabi y sus gentes, mal que me pese, se me hicieron huecos de la noche a la mañana.

Tal día como hoy regresé, porque siempre todo gira en torno a un regreso, y casi sin darme cuenta un recepcionista agradecido recuerda mi nombre, rescata una anécdota mutua desteñida entre trapos propios de mi proverbial memoria olvidadiza con forma y fondo de baúl sobresaturado y sonríe. Otra señora hace honor al tópico absurdo, País de las Sonrisas, y me regala la más cálida mientras cocina a fuego vivo, como es tradición, unas gambas rebozadas de mantequilla antes incluso de que haya tomado asiento en su descuidado y por ello acogedor restaurante. Sabe qué quiero antes de franquear su umbral. Y el último me acerca una lata de cerveza Chang con la naturalidad de quien se deshace del polvo al alejarse del andamio de una obra. Luego me mira, me remira… y ya no hace falta más. Sacude y seca un húmedo taburete de plástico, lo acurruca al lado del suyo y, una vez sentados, “¿dónde nos quedamos la última vez?... la batalla iba de camisas amarillas y rojas ¿no?... ¡Dios, cómo pasa el tiempo!”.

Es entonces cuando, como un idiota, me doy cuenta. Y me lo susurro como un mantra de sortilegio que jamás debería olvidar porque incluso he debido llegar a ruborizarme ante tanta calidez al recién regresado. “¿Cómo demonios pude alejarme tanto de lo que me hizo, lo que me sigue haciendo, aferrarme tantísimo a esta tierra, a estas gentes?”. Luego, rehecho, soy consciente de que todo, absolutamente todo lo que conforma el valle de Leelah, reducto olvidado a las afueras de Ao Nang, vuelve al lugar de mi corazón de donde nunca debió de desaparecer. Y este olvidadizo viajero puede volver a sonreír, a crecer… y a creer.

Mientras camino en volandas del recuerdo, al día siguiente, llego a un punto cualquiera. ¿Era allí? Sí, allí. A duras penas recordaba su rostro. Es curioso cómo uno recuerda una camiseta única, la que solía llevar siempre apostado junto a su ranchera de cítricas juntas podridas por el salitre y el óxido, pero pierde el rostro entre cervezas, risotadas y burbujas propias de la memoria baqueteada. Los rasgos de Antonio, mal que me pese, ya no soy capaz de evocarlos. De seguro era moreno, desdentado y lampiño, prototipo de Thai baqueteado por la vida, borrachín y charlatán por descontado, pero hasta ahí. Y solía musitar, entre dientes, con la mirada perdida en el inmenso vacío que se abría ante sus pies con forma de acera. Y solía negar con la cabeza, suspirando antes de levantarla al cielo sideral para acabar dejándola caer sobre un hombro, ladeada, mientras caían sus párpados. Entonces ya no musitaba, ni negaba, ni atendía el negocio, solo vomitaba el silencio de su desdicha. Veinte, treinta segundos o hasta un minuto. Era su descanso laboral que se repetía a intervalos de quince o veinte minutos en un movimiento espasmódico tan rápido y fugaz como suficiente. Luego volvía a abrir esos ojos hundidos tan desesperados como desesperanzados que prometían sufrimiento a todo aquel en quien se reflejaran. ¿Color de ojos? ¿Cómo pude olvidarlo? ¿Su edad? Como con tantos otros Thai, para conocer eso es mejor consultar a un oráculo. Vendía cervezas y refrescos que llevaba amontonados en el remolque de la ranchera, hundidos entre barras de hielo. Ésta siempre aparecía aparcada a la misma altura de la calle principal de Ao Nang, siempre en la misma acera. Había improvisado junto al vehículo un tenderete con cuatro baldas y un plástico negro como caperuza por todo mostrador donde se apiñaban latitas y botellitas de ron y vodka barato. No necesitaba más porque todos los turistas sabíamos dónde habitaba y, además, acudíamos en masa a su regazo porque tres cojones nos importaba que cargara unos céntimos de euro por cada lata con relación al súper de unos metros más abajo. Suena pretencioso hablar de acudir en masa ya que, en realidad, en aquellos tiempos Ao Nang era un hermano pobre de todo lo que Phuket devoraba a espuertas. Pero es justo admitir que todos los que allí retozábamos, en un momento u otro de la tarde, aterrizábamos allí a compartir un minuto con él, a sacudirnos el salitre de Andamán. Por aquel entonces yo iba con cadencia anual a Ao Nang, por un motivo u otro, y era demoledor verle consumirse con la rapidez de una mecha de vela barata.

Ahora Antonio, como mi madre, es historia lacerante que no deja de hundir su aguijón en las entrañas del alma. Ya no hay chiringuito, ni ranchera, ni pausas meditativas de un tipo forjado entre sal o alcohol a partes iguales. Y, como un tonto melancólico, me quedo unos minutos viendo a los turistas salir del súper con su cargamento.

Solía acercarme a la costera Ao Nang desde Krabi Town, un lugar al que, a menos que uno se empeñe, jamás se llega. En realidad, más bien se tropieza uno con él lo mismo que con todas esas poblaciones vacías de atractivos turísticos fosforito y que, precisamente por ese motivo, suelen pasar de soslayo tras la ventanilla, perdidas más atrás de donde acaba el rabillo del ojo para la inmensa mayoría de turistas. Si tu destino es cualquier playa de la provincia tipo Ao Nang o la península de Railay, aún no has llegado. Si es Malasia y la frontera, aún no has llegado. Si, en otra dirección, es la gloria desteñida, paraíso envenenado de Phuket, aún no has llegado. Krabi Town siempre tiende a quedarse en el todavía falta un trecho. La primera impresión es de torpeza, de reproche propio, de ¿quién me mandaría a mí? ante la tumultuosa concatenación de edificios ocres y destartalados junto a la bocana de una ría en la que hileras de manglares pelean por dar un punto de color y vida, justo antes de dejar paso a un recortado fondo de verde-grisáceos farallones cársticos sobre un turquesa cielo tropical. Sin playa comestible ni a babor ni a estribor, asemeja al primo pobre de la soledad en lo tocante a bullicio y dólares que nunca resbalaran por sus esquinas. Soñolienta, vive orgullosa de su naturaleza aletargada, rota a deshoras por el suave rumor del muecín llamando a la oración, mientras deja pasar la vida de sus vecinos a los pies del templo del tigre, una dolorosa concatenación de escalones que mueren en lo alto de un pico calizo cuyas vistas siempre van fundidas de suspiros de cansancio.

De noche Krabi Town se nutre de sombras, de una ecléctica población Thai, Malay y Moken, de raíces budistas o musulmanas, de seres tan enjutos y huesudos que hacen dudar de si son ellos los que visten la ropa o es ésta la que les usa de armazón improvisado. Caminan reptando entre claroscuros, ora luminosos, ora fundidos en lo tenebroso. Van arribando a cuentagotas a ese mercado central al que todos ellos se arriman en un momento u otro de la tarde-noche para charlar y llenar de placer paladar y cuerdas vocales. Da igual la orientación religiosa, parece que todos los vecinos fueron paridos del mismo vientre porque adoran la charla pausada, sin ademanes vehementes. Gesticulan despacio, mastican aún más despacio cual si fueran títeres de un teatro de sombras, envueltos en gasas de vapor, espectros cadavéricos bajo la luz mortecina de tenues bombillas que cuelgan en improvisados casquillos de plástico rajado. Justo allí, enfrente de una esquina del mercado, se halla el hotel Central. Otro edificio gris, monocromático, en el que hace diez años entraba un chaval quemado y entumecido del salitre, ajeno del todo a este espectáculo que hoy día su alter ego saborea acurrucado en un rincón. Así pues teclea y va dejando brotar de la memoria aquella escena del otro yo, aquel día turbio de a finales de agosto en que aprendió por las duras cómo se las gasta el monzón sobre una pequeña barca que regresaba de alta mar. Todo sea porque ese mismo mercado recuerda que de joven uno se nutre de promesas, las mismas que de mayor le permiten sobrevivir de recuerdos.

Visitar el mar de Andamán había sido la promesa, el fondo, mientras que recorrerlo en un tramo parando en algunas de sus islas vía excursión organizada era la forma. En 2007, en Agosto de 2007, el barco salió tan puntual como repleto de turistas y tailandeses a partes iguales. Esta zona, en aquella época, era un faro tanto para locales como para foráneos. Una isla, dos, tres… fue a la hora de regresar cuando el monzón de lluvias, el que siempre asoma arrastrando nubes desde el noreste, hizo acto de presencia. En la isla Poda el clima enrareció. El sol se escondió y nubarrones color azabache aparecieron de repente, prometiendo un infierno de dimensiones difícilmente calculables. Ao Nang aparecía en lontananza así que, por crudo que se pusiera el asunto, nada sería tan grave. ¿Tan grave? Cuando desató la tormenta el barco zozobraba por momentos zarandeado por las olas, la lluvia arreciaba, la naturaleza jugueteaba con la embarcación y el horizonte de Ao Nang se perdía paulatinamente, absorbido tras la cortina de lluvia y una oscuridad tenebrosa. Era frío, era lluvia, era agua que se filtraba por los poros y salaba quemando los labios y el rostro. El infierno nos daba la bienvenida a su manera. Ya el asunto presagiaba problemas, pero el turista que habitaba en mí adolecía de los mismos defectos que los demás y pensar que el convivir en grupo nos haría vencer cualquier contratiempo se imponía como mantra superior a cualquier razonamiento lógico. Creo recordar que alcancé a mi madre un salvavidas naranja fosforito, pero lo que jamás olvidaré es el pánico de los tailandeses ante la situación. Casi todos los tailandeses odian el mar. Igual no lo odian, pero sí lo temen. Es algo latente en su psique colectiva. Y verse a merced de los caprichos de su Buda cuando se enfada y agita la creación marina debe ser lo más parecido a verse morir. Pánico es poco. El barco subía y caía de golpe reventando una a una las olas que estallaban en espuma, inundando hasta el tuétano. Jamás olvidaré el pavor de mi madre que nunca aprendió a nadar, castellana de raza. Y mucho menos la lividez de aquellos tailandeses que, a buen seguro, jamás han regresado a ésta ni a ninguna otra barca. Así, a duras penas, regresamos a Krabi Town, empapados y quemados por una sal marina como ácido sulfúrico que iba corroyendo la piel a medida que se secaba.

Una mañana, ajeno a que de pronto nada de lo escrito significara algo, me desperecé sudoroso, angustiado, y me piré de Ao Nang sin ruido ni adioses. Sin importar si mezclaba limpia o usada, hice una bola con la ropa que acabé tirando a la maleta junto a las zapatillas, la cerré de golpe, me eché la mochila a la espalda y cogí el primer transporte para la estación de Krabi. Preferí dejar todo y a todos en un intervalo estático y simular que podría regresar nuevamente al cabo de meses o años, volviendo a saludar a la gente como si acabara de regresar de por tabaco. En el fondo prefería hacerlo así porque esa fue siempre mi manera de abandonar no solo Ao Nang, Krabi por extensión, sino incluso, bien pensado, mi manera de abandonar el país.  

martes, 7 de abril de 2015

De Wiang Kum Kam y nuevos "viajeros"

El año de 1292 fue deplorable para las gentes del viejo reino Mon de Haripunchai. Lo habían predicho los brahmanes e incluso su propia trayectoria bélica decadente lo hacía intuir, pero nadie quiso creérselo porque quinientos años de historia no podían ser borrados de un plumazo, como si nada. Si antes fracasaron en su intento de conquista los jemeres, ¿cómo podría derrotarles el vecino norteño? Sin embargo el poderoso rey Mengrai, al mando de las hordas de Lanna y ya a las puertas de la vieja capital Mon que actualmente es llamada Lamphun, no entendía de historias y mucho menos sabía de predicciones ascéticas. Las gentes Mon eran sus enemigos naturales y la expansión de su reino, el del millón de campos de arroz, era una pura necesidad. Así, ese 1292 marcó con escarnio la caída definitiva del reino Mon a manos de gentes Thais y su postración definitiva en las páginas de la historia consumida. Lanna, el viejo y maleado reino Thai del millón de campos de arroz, sumaba más y más tierras en una expansión imparable. 

Fue entonces cuando el insigne rey Mengrai decidió trasladar la capital del norteño reino de Lanna desde Chiang Rai a una nueva localización más céntrica donde dominar sus vastas posesiones. Consultó a astrólogos y brahmanes; todos se acabaron decantando por el mismo lugar. Lo que a día de hoy queda claro es que a ingenieros no debió preguntar a ninguno, porque poco podían imaginar los metafísicos que aquel emplazamiento elegido, bautizado como Wiang Kum Kam, adolecía de una buena ubicación frente a las temidas inundaciones. El río Ping daba la vida regando arrozales y proveyendo generosos nutrientes en forma de pescado, pero su furia al desbordarse en época de monzón de lluvia resultaba catastrófica y no bastaron sino cuatro años para entender el error estratégico de aquella localización. El germen de aquella ciudad, prontamente abandonada a su suerte y olvidada por las gentes una vez que el propio reino Lanna fue sumado por las tropas invasoras birmanas, es lo que hace apenas una veintena de años jóvenes arqueólogos han destapado a apenas cinco kilómetros de lo que fue el asentamiento definitivo y más protegido de la nueva capital: la actual Chiang Mai. 

Los vetustos y rectificados templos, de ladrillo ocre o gris estucado, se desparraman por una vasta área dando un ligero aroma de atemporalidad que flota entre vahos de sándalo y jazmín. Por allí nos juntamos cuatro apasionados de la historia para tratar de dar un sentido más profundo a todo nuestro enfoque sobre un reino Lanna que juega al escondite, mostrándose de un modo ocasional entre los callejones de un Chiang Mai travestido por oleadas de turistas. Al menos aquí, en Wiang Kum Kam, no se hace necesario rascar ya que su obviedad histórica aún es palpable haciendo de su visita otro hermoso entretenimiento dentro de la infinita gama de opciones culturales que encierra la septentrional capital Thai. Sin mochila ni cámara, pero fustigando la imaginación entre seres Mon y Thai, entre épicas batallas, entre dinastías de leyenda y entre reyes Thai como Mengrai o reinas Mon como Jamadevi pasaron con calma las últimas horas en la Ciudad Nueva. 

Fue al regresar al núcleo central cuando topé con unos viajeros barceloneses de esos de aparente postín que tanto escasean. Generalmente no invierto más de cinco minutos con los turistas, y suelen ser menos de tres en Chiang Mai por todo lo citado anteriormente. Pero resulta reconfortante comprobar cómo hay gente que sigue viendo este país como una oportunidad de convivir y aprender de otra cultura más que como una foto fija. Venían de Mae Chan, de alojarse en una casita que les habían dejado unos vecinos. Allí pasaron los últimos días conviviendo con ellos, disfrutando incluso de la Nochevieja en su compañía. En Tailandia, conocido es, el calendario budista arranca quinientos cuarenta y tres años antes que el nuestro, fecha de nacimiento de Buda, y el año nuevo da comienzo con la luna llena del quinto mes lunar que generalmente cae en abril. Esa festividad se denomina Songkran, derivado de un término original en sánscrito que significa cambio astrológico. Sin embargo, en este país se decidió por cuestiones ajenas fijar las fechas festivas en los días trece, catorce y quince de abril independientemente del ciclo lunar. En todo caso a los tailandeses les gusta la fiesta, y la celebración del año nuevo occidental para ellos también es excusa idónea para hacerse una juerga. El caso es que me contaban los barceloneses que les invitaron a un pic-nic la víspera de Año Nuevo, y allí pudieron trasladar la tradición española de comer uvas con las campanadas. Los Thai, hospitalarios como siempre, no disponían de uvas pero se las arreglaron para conseguir apenas cinco fresas con las que cumplir el rito. El chico catalán explicaba, emocionado, que para el día siguiente les habían invitado al taak baat, la tradicional ofrenda que se hace a los monjes a primera hora de la mañana y en la que éstos caminan por las calles recogiendo en sus cuencos comida y, a su vez, van bendiciendo a los fieles. Se dio la circunstancia de que, a su pesar, se quedaron dormidos y fue al abrir la puerta, a eso de las ocho mañana, cuando descubrieron un cesto con veintidós tomatitos cherry y dos fresas, lo justo para cumplir la tradición española de las campanadas. Era, de entre tantísimas muestras de afecto, lo más entrañable que les había sucedido en los casi dos meses que llevaban en tierra Thai. Yo les escuchaba atento, ahuecando el tabaco de un cigarrillo con un suave golpeteo de la boquilla sobre la mesa, mirándoles fijamente a los ojos y tratando de medir la profundidad de la infección de ese virus de cordialidad y amor por la gente Thai que ya parecía campar a las anchas por sus almas. Estaban alucinados de la simpatía y hospitalidad de esta gente a cada día, a cada hora. Y era genuina su implicación y sentimiento, pero como occidentales y recién llegados aún daba la sensación de que no habían comprendido el sentido de todo aquello que cálidamente les rodeaba. 

En un momento dado, me levanté y pagué la cuenta de la comida. La suya y la mía. Cuando regresé les dije que lo suyo estaba hecho y, para gozo de mi corazón, no mostraron ninguna muestra de gratitud, como si entendieran que yo, con todo lo que les había contado del país y su sociedad, ya formaba parte del decorado y aquella muestra de generosidad fuera lo más normal del mundo, como otro fruto maduro y caído en sus manos de un árbol de altruismo Thai que nunca se agota ni marchita. 

-En realidad yo no os he pagado la comida-. Les dije distraído, guardando las vueltas en la cartera. -Lo ha hecho la anciana que está mañana me ha arreglado la cremallera del chaleco sin querer cobrarme nada-. Relaté cómo unos días antes se me había estropeado la cremallera de un bolsillo del chaleco y esa misma mañana me había acercado al mercado de Warorot a arreglarla. Se la di a una anciana tras una máquina de coser y allí se tiró ella unos buenos veinte minutos descosiendo, ajustando los dientes de la cremallera dentro del cuerpo metálico del que pende el tirador, volviendo a presentarla sobre la tela, enhebrando hilo en la máquina y rematando el trabajo cosiendo y luego cortando los hilos deshilachados del borde para que no se enganchara y se volviera a romper. Todo a cambio de una sonrisa, ¿para qué más? Y yo solo podía corresponder a dicha cortesía pagando con la misma moneda. Porque de eso se trata. Les expliqué el concepto de karma, lo que implica la generosidad a la hora de generar méritos de cara a una vida plena y una reencarnación mejor, que en un país pobre como éste todo supone un esfuerzo considerable llámese alojamiento gratis, fresas o tomatitos, y que no deja de ser obligación del viajero entender esos conceptos y ponerlos, a su vez, en práctica. Que la verdadera magia no es pensar en mí, aquí y ahora, sino en ti, mañana y allí donde estés; y que para eso el hecho dar y regalar es la mejor recompensa porque exactamente eso, ahora que ya lo habían comprobado en sus carnes, es Tailandia en toda su extensión. Únicamente eso les podrá llevar a ser poros en la piel Thai, respetados como uno más, y no apósitos podridos como rémoras extrañas. 

Se nos fueron las horas charlando de rutas asiáticas, de libros de viaje y de lo lastimoso que es comprobar cómo hay miles de escritores que viajan pero casi ningún viajero que escriba, de las miserias que surgen de lugares travestidos por los turistas como Kanchanaburi, de proyectos de cooperación y de maravillosas organizaciones no gubernamentales que viven anónimas a la sombra de cuatro vividores que se nutren del dolor ajeno y que pervierten el concepto de solidaridad… Y al pirarme, dubitativo, un profundo poso de tristeza se adueñó de mí por la incertidumbre de comprobar cómo, pareja de barceloneses aparte o no, cada año son más y más los turistas que viven al cobijo de esta sociedad y sus férreos valores sin entender nada de lo expuesto, sin entender el enorme esfuerzo que hace una gente de bolsillos remendados. Tailandia, cada vez más, se entiende como una sopa boba por muchos turistas que deciden vivir alebrados a lo básico, a lo gratis para mí y a lo majos que son los desprendidos tailandeses sin entender que todo regalo supone una obligación que muy pocos tienen el coraje y la honestidad de afrontar; que Tailandia en su magnanimidad espera que uno también aprenda a viajar por sus límites enfundándose en su escala de valores, la única manera de viajar fuera de un turismo convencional que gangrena y se aprovecha de todo y todos parapetado en una capa de egoísmo.