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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 14 de marzo de 2015

Kanchanaburi, otro juguete estropeado por los turistas

Es una sensación terrible. Es una sensación demoledora imaginar que al fondo del camino, acodado entre suaves colinas de color esmeralda y dibujado por parterres de dimensiones y geometría tan perfectas como simétricas, se halla el camposanto de Kanchanaburi, otro mudo reducto de la barbarie humana. El reposo final de miles de soldados australianos, holandeses y británicos, amén de otros asiáticos, que en la segunda guerra mundial fueron enviados a morir por, aunque a estas alturas lo increíble es que eso no importe, políticos henchidos de sueños de poder, no tan remotamente distintos a los de hoy. Mirarse a uno mismo en el espejo de futuro que son las pequeñas y marmóreas placas a modo de lápida genera angustia y taquicardia desmedida. Obliga a preguntar al que escucha en el resuello si se ha viajado a tierra Thai para esto o para qué. ¿Musitarlo? Algo parecido. Pero todo es lo mismo, en el fondo. No hay realidad tan pura de estos confines como la que refulge de esas losetas, tanto o más que los diamantes que el sol roba del plateado mar de Andamán en una enamorada puesta de sol, en la popa de una barcaza, oteando el horizonte. ¿Abrazado? Eso aún mejor. 

La ciudad, de primeras, se desparrama en mil tonos ocres, pizpireta, de similar alegría y calidez a las pautas de comportamiento que muestran sus habitantes, ajenos al zoo humano de turistas pusilánimes y acobardados ante la realidad Thai, refugiados en ese pequeño reducto de cuatro calles al pie oriental del río Kue. Y vagar por ella a la sombra de buganvillas color malva es el mejor pasatiempo, sentirse acariciado por aromas y brisas de humedad o viento sur, sabiendo que en cualquier momento va a saltar la espoleta que anuncie una situación agradable o desagradable, genuinas ambas de la memoria imperecedera. Añorar tantas situaciones pasadas, coleccionadas en las suelas de unas zapatillas que muchas, demasiadas veces fueron las mismas. Sacrificadas en ese fuego de las vanidades con forma de sudeste asiático. En eso también Kanchanaburi es un vivo recuerdo de la tierra que pisas y te consume, aún más cuando me veo trasladado al año 2005 en que por primera vez pisé junto a mi madre el suelo Thai, esta ciudad incluida. 

El río, por otra parte, nunca fue río Kwai, eso es solo cosa de películas y deformaciones propias de trasladar fonetismos Thai al alfabeto occidental. El río se llama Kue, mae nam (río) Kue. Kwai, la pronunciación kwai que nosotros hacemos, significa búfalo de agua en idioma Thai. Ésa fue la primera palabra que aprendí en estas tierras. Y, por supuesto, aquí nadie conoce el río búfalo, podéis preguntar si os apetece. De hecho lo máximo que sacaréis será una sonrisa displicente, síntoma de que la realidad de turista que llevas dentro se te escapa por los poros. 

Mas las pensiones de Kanchanaburi, la cruz, son un giro abrupto a la cotidianidad de los turistas: disparatadas en su precio. “A ver si me aclaro. Que son cuatrocientos baht, diez pavos, por esta pocilga que no tiene aire acondicionado, pero que no me preocupe porque luego me pones un ventilador de pie. Es eso, ¿no?”, le digo a la chica con las cejas enarcadas. Ella, ajena, asiente ufana. “Ya, quizá en mi próxima reencarnación”. Es entonces el momento en que la magia se disipa y los ecos ferroviarios de frenesí pasan a añorarse en la angustiosa lejanía de la próxima, nueva pero en esencia vieja estación del mañana en que saldré pitando de Kanchanaburi. Una, dos, tres. Todas las pensiones se nutren de la misma codicia disparatada, y al final acabo en un cuartucho de paredes de ratán y baño compartido. “Ya que me van a robar, que sea lo mínimo posible”, pienso mientras largo cuatro euros al dueño de aquello indefinible, pero al menos fresco, en que iba a procurar echar unas horas de sueño. Cuando lo primero que se piensa al llegar a un lugar es cómo hacer para que no te despellejen, el viajar pasa a un segundo plano tan residual que uno ha de cuestionarse si mereció la pena invertir tiempo en la Tailandia de cartón-piedra. Y como consecuencia obvia, por supuesto, está la concatenación de sentimientos opresivos que tan a ciencia ficción suenan en otros lugares, apenas a dos centímetros de mapa. O si no, puedes hacer como la mayoría y convencerte de que ése es el estándar, el precio justo. Es, en todo caso, algo que depende de cómo palpite el ADN viajero tras las millas recorridas y lo que se ha podido aprender en ellas. 

Ensartado de alba en alma nueva, olvidadizo de lo de las pensiones hinchadas y garitos de copas que aquí son legión, me veo de nuevo arrodillado junto a mi mar fluvial. El Kue, gracias a Dios, me recuerda que el Mekong no queda tan lejos. Le rezo a la madre agua, un instante nada más, mientras pienso, un millón o hasta el infinito, en mi madre. El agua a esas horas es ya una brillante pupila gigante de sol naciente que me observa arrastrando mis penas, y recompuesto salgo a callejear hasta el cementerio de guerra. El de la localidad, cercano a la estación de tren, es uno del par de ellos que han hecho famosa a la provincia, testigo de una barbarie que miedo da imaginar. En pequeñas dosis quebradizas, como el recuerdo de la saliva cambiada en horizontal que ya pasó, voy dejando caer la mirada en las lápidas del camposanto. Olds, Robinson, Baker por los británicos. Andela, Sio, Loers por los holandeses. Todos aquí bien juntitos. Tiene algo de pacífico y reverencial aquello pese a su desnuda envoltura. Sea lo reducido de su extensión, sea la humillación personificada en mí y el resto de visitantes, sea el silencio que flota entre jazmines y pálidas rosas del desierto, sea lo que sea. 

Restos de casi siete mil soldados se apiñan en este célebre cementerio de Kanchanaburi, cercano a lo que en su día fue el campo de prisioneros de Kanburi. Y, como decía, no es el único en la zona porque el de Chonk Kai, con sus mil setecientos cuerpos y distante cuatro kilómetros, es otro macabro memorial de lo que nunca debió pasar. Éste urbano comenzó siendo un espacio reverencial para honrar los ochocientos cuerpos de soldados aliados que en su día fueron capturados en Singapur por los japoneses y que, tras ser enviados junto a otros miles a las obras de construcción de la vía que uniría Tailandia con Myanmar, fueron cayendo presa de enfermedades, maltratos y fatiga para acabar siendo enterrados en el cementerio chino de la ciudad. En aquella época el imperio nipón estaba siendo fuertemente castigado, por las fuerzas aliadas y vía aérea, en su línea de suministros de carburantes y wolframio. La alternativa marítima no era posible, constantemente bombardeada, por lo que alguien ideó la construcción del ferrocarril usando la gratuita mano de obra que aportaban los prisioneros. Así comenzó la pesadilla. El caso es que estos ochocientos fueron exhumados de aquel cementerio chino, traslados a éste y, más tarde, pasaron a ser complementados con otros cuerpos traídos de cercanas fosas hasta completar la increíble cantidad de diminutas lápidas que hoy día son visibles. Son los restos latentes de los cerca de sesenta mil prisioneros y cerca de doscientos mil asiáticos que trabajaron en esta línea férrea con nada más que sus manos y herramientas rudimentarias, sometidos a vejaciones y jornadas de trabajo infinitas además de expuestos a fatales enfermedades tropicales como lo eran por entonces la malaria o el dengue. Día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, iban cayendo para no levantarse jamás. Apremiados por las necesidades bélicas, los japoneses acortaron en medio año la fecha de finalización de la obra, ahora fijada para mediados de 1943, lo que generó condiciones aún más extremas para unos prisioneros y trabajadores asiáticos ya extenuados. Gracias a la falta de higiene y el clima tropical, se dieron además las condiciones idóneas para que el cólera campara a sus anchas y varias epidemias fueron declaradas en la zona. El resultado final de tamaña masacre con tintes de genocidio fue de millares de aliados y unos cien mil asiáticos fallecidos. Hoy solo es posible honrar y recordar a una pequeña parte, los más afortunados, porque se estima que, para cuando el primer tren inauguró todo el tramo, uno de cada tres trabajadores había ya fallecido y de la mayoría de sus cadáveres nunca jamás se supo. A esto grita Kanchanaburi, a esta decepción humana grita Kanchanaburi con aullidos hirientes por mucho que el silencio sacrosanto intente ahogar lo que todos llevamos dentro ya que, si hay algo exclusivamente humano, es la guerra. Cuando salí del cementerio, el calor fustigaba y los buses de turistas hacía horas que se habían perdido rumbo a Ayutthaya o Lopburi. 

Al llegar a la estación de buses pregunto por cómo ir a Sangkhlaburi. Que coja la mini-van, me dice un tipo que dormita bajo un árbol, que es más rápido. No soy muy amigo de estos vehículos para tramos de más de un par de horas, pero si él lo dice… Entro en la oficina y allí una señora oronda, de mediana edad y con unas ridículas gafas de culo de botella, me larga un papelito después de no dejarme decir ni pío. Trescientos cincuenta baht, casi diez euros, por ir a Sangkhlaburi. Le digo que no entiendo, que es imposible. Me dice que ciento setenta y cinco yo, y que otro tanto la maleta. La miro incrédulo. A esas alturas ya estoy convencido de que Kanchanaburi, con su depresiva atmósfera de extranjeros pasados de rosca y de tailandeses que ronronean atracando a estos mismos mientras lucen su mejor sonrisa, está completamente quemado para mí; así que recojo del mostrador el billete de cien baht que dejé antes (iluso que es uno), salgo por donde he entrado sin dar el portazo que me pedía el espíritu y me encamino a hacer lo que tenía que haber hecho desde el principio: coger el bus tal y como lo hacen los tailandeses. Aquí son ciento treinta, poco más de tres euros, y la maleta, por supuesto, viaja gratis. Eso ya me cuadra más si partimos de la base de que una hora de bus público en Tailandia suele costar un euro, o a veces poco menos, y hasta Sangkhla hay unas cinco. Dichoso, acordándome de la tía que me quería robar y suspirando porque con tanto guiri inútil disfrazado de viajero el tema tiene difícil solución, me piro pensando resignado en lo difícil que será que vuelva a dejarme caer por allí.

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