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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 5 de marzo de 2015

Ayutthaya (capítulo completo)

Es noche cerrada cuando arrastro la maleta por el área de mochileros de Ayutthaya, una casi atractiva calle flanqueada de viejos edificios de hormigón y madera de teca, muchos de ellos de doble planta. Lucen, igual que desgarbados espectros enfundados en trapos sin almidón ni aspecto solemne, los turistas en los bares y restaurantes acondicionados a ras de suelo, ajenos a mi presencia, ensimismados en sus conversaciones tanto o más a como lo hacen en su silencio las decenas de perros que ni se inmutan y de los que se adivina su presencia por la chispa de faroles lejanos reflejada en el iris de sus mortecinos ojos. Jamás hubiera acabado en este callejón de haber llegado a Ayutthaya al alba, pero las circunstancias de una retención gigante cerca de Khorat junto a mi espíritu remolón a la hora de preocuparme por aspectos logísticos dieron con mi alma errante buscando suerte en la zona con mayor probabilidad de encontrar alojamiento de toda la ciudad, aunque no me convenciera la compañía. Soy un auténtico iluso, cierto es, porque aquello en ni una sola de las veces que he arrastrado mi cansancio por allí me ha regalado un gramo de piedad. Las pensiones infladas que es imposible que valgan la mitad de lo que cuestan, los restaurantes de pandereta a rebosar de fulanos devorando pasta italiana y pizza, otro iluminado berreando y haciendo que toca no sé muy bien qué tipo de música mientras aporrea una guitarra acústica. Lo de siempre en infección típica de turismo de polietileno cuyas bacterias se multiplican exponencialmente a la estupidez de sus huéspedes. Cariacontecido, le pido a un tipo que me lleve a un hotel de tailandeses, culpándome de no haber empezado por aquí. Allí todo cambia a mejor en una recepción que no es una agencia de tours, una recepcionista que te obliga a mejorar tu tailandés si no quieres dormir en la puta calle y una habitación donde lo natural, la delicadeza Thai en los detalles, no viene con occidentales pelos rubios entre las sábanas ni toallas con, pese a los mil lavados, olor indescriptible a pies.

De mañana, caminar por el Ayutthaya histórico suele enfrentar al viajero, en un suave brindis, con la historia reciente del pueblo Thai, con la gloria perdida de éste que fue el mayor símbolo del viejo Siam. Hoy, entre costuras, se desmorona por templos de laterita, vaharadas de incienso, velitas gualdas y budas de esqueleto como ladrillo parduzco en los que la piel, el estuco, ya fue devorado por las centurias. Es toda ella una evocación clara a un punto nostálgico, aún enraizado en la conciencia colectiva del sentimiento tailandés, que se interpreta como un furibundo sentimiento de odio hacía todo lo que lleve impreso el sello del vecino birmano que arrasó esta capital, orgullo Thai y envidiada por medio mundo, a mediados del siglo XVIII. Dicen los pedantes de folleto turístico, y de un modo aún más rimbombante los necios que les copian, que Ayutthaya huele a roca laterita y a derrota humillante. Quién sabe si tienen razón. Mas, en el fondo, es muy probable que, como siempre sucede, esa definición glamurosa sea solo la sal y pimienta del filete que ningún turista tiene capacidad de ver. Bajo mi punto de vista, en realidad lo que sí es seguro que resuda en la psique de la población no solo de Ayutthaya, sino de toda la nación, es el deseo de venganza hacia el intemporal enemigo birmano. Y todo porque la gente Thai hace de la paciencia su más preciado tesoro y, además, ni olvidan ni desean hacerlo. Es por ello que el saqueo y destrucción que ocasionaron en este mismo lugar los vecinos occidentales en 1767 ha quedado grabado a sangre y fuego. Digamos que la piedra y la historia es lo obvio, lo que se fija en el visor de la cámara o en la retina, pero para certificar o cuestionar lo que digo es necesario comprender Tailandia como una realidad dinámica en la que bucear y no como un decorado de cartón-piedra. Y es por eso que, las veces que ha salido el tema en charlas ocasionales, ningún otro occidental viajando por estas tierras ha llegado a comprender lo que planteo. Por el contrario han sido decenas de personas locales con las que he topado, de a primera hora, de a mediodía o de noche cerrada, las que de un modo subrepticio o sin cortapisas han reflejado esta realidad: el birmano, como el jemer, son enemigos naturales y para unos y otros llegará el día de ajustar cuentas. Ahí, en esa sopa primigenia de odio transfronterizo hervido durante centurias, Ayutthaya es otro apunte más en el debe tailandés. Acaso el más notable, el que más guadañas afila.

Ítem más, ahondando en esta idea de la diferencia entre lo que se percibe y lo que se sabe, es paradójico comprobar cómo se afirma con convicción que el inglés es vital para viajar cuando en realidad, en el universo turístico del sudeste asiático de nuestro siglo, lo es exclusivamente para hacer turismo. Así, un tipo te contará que, en este caso concreto de Ayutthaya, como Siem Reap, como Hoi An, como Luang Prabang o como el sitio donde quieras clavar la chincheta turística personal que obviamente es la común, la historia se huele, se percibe, se arremolina en derredor; pero es la realidad del viajero, la que obliga a convivir en lengua y costumbres locales, la senda que tan poco atrae al noventa y nueve por ciento de supuestos viajeros, la que te enseñará que todas las fotos están huecas de realidad y suenan con repetitivo eco, que aquí nadie conoce a nadie y que si un siamés puede putear a un birmano o jemer, y éste a su vez a los dos anteriores, no dudará en hacerlo. Pesan demasiados muertos en ello. Y sus piras funerarias, transformadas en cenizas, obviamente ya no tienen espacio en imágenes de Nikon, un fulano que toca una guitarra, platos italianos o pensiones con precios de vergüenza ajena…  

Escrito inacabado. Ayutthaya, Diciembre de 2012

“No puedo ser tan olvidadizo”, me repito divertido. Guillermo, Pili y las sobrinas se fueron en una furgoneta de bancos corridos a su pensión y yo echaba humo de Marlboro apoyado a lo James Dean en el porche de un hotel demasiado caro. “Girando a la derecha tienes más pensiones”, dice el conductor de la otra única furgoneta de transporte público que aún andaba por allí. Chequeo el reloj. Casi las nueve de la noche. Apenas un poco más temprano que hace dos años por estas fechas. “¿Y cómo demonios se llamaba aquel hotel?”, me pregunto tratando de escurrir la esponja gris. “Aquí son muy caras las pensiones. Yo te llevó a una de cuatrocientos bahts”, dice convencido. No suena mal. “Bien. Yo chequeo por aquí y, si no me convence, regreso a ver qué me ofreces”. Cuando giro la esquina, adormilado, no doy crédito: la misma calle de pensiones deplorables y bares para turistas de otros años. Imposible de despegarnos el céfiro de turistas, el tipo de la mini-van que nos transportó desde Bangkok nos acabó dejando en la majada a la que van a sestear todas las ovejas. Y las cosas, resignación al poder, siguen su curso natural porque aquello no deja de simular otro universo paralelo con sus precios ridículos, guiris de pasta y pizza e incluso el fulano que aporreaba la acústica. Es de traca el panorama. Vuelta a donde la furgoneta, a ver si sonaba la flauta mientras echaba humo por las orejas. El matiz es que ahora lo que me repito a mí mismo ha cambiado de el no puedo ser tan olvidadizo a el no puedo ser tan idiota que, por cierto, de diversión tiene más bien poco. Es la urticaria tradicional que provoca sarpullidos en aquellos que, por despistados, se ven obligados a hacer equilibrios por las fronteras de ese universo paralelo estilo Benidorm que coexiste en tierra Thai.

Pero, por fortuna, Ayutthaya no es tan grande, y resulta que el de la furgoneta, que me sopla un euro por el porte, me acaba dejando en la puerta del mismo hotel para tailandeses de hace dos años. Pese al polvo y tiempo transcurrido el edificio sigue igual de pletórico y reluciente, asemejando un Hilton en Dubai para un tipo que relame sus necedades y fatiga a partes iguales. Ahora, como entonces, hay recepción en condiciones, sillones veinticuatro meses más ajados pero aún confortables, precios al nivel del entorno, restaurante donde la carta sigue escrita en idioma extraño, ni rastro de tours ni chorradas de tirolinas o gaitas raras y, por si fuera poco, las toallas son blancas, no blanqueadas con litros de lejía, huelen a fresco y, cuando apago la luz, no tengo que preocuparme de pelos extraños que se me enreden entre los dedos de los pies.

En todo el reino de Tailandia tienen un problema con los perros callejeros, en todo el continente asiático se podría extrapolar sin faltar a la verdad, pero aquí, en Ayutthaya, esto ya raya lo demencial. El asunto se les ha ido de las manos claramente. Es costumbre que a los perros abandonados los acaben llevando a los templos para que los monjes se hagan cargo de ellos. Es lo típico entre estas gentes una vez se entiende que los de túnica azafrán, como seguidores de la pura doctrina de Buda que son, tiran también de amor y compasión para con estos animales de la creación. Allí verás a los de cuatro patas sin túnica azafrán, magullados y famélicos pero meditativos cuando comienzan los rezos en una estampa propia del hipnotista más afamado. Y hasta te da por pensar qué de mágico debe fluir entre guirnaldas anaranjadas, budas dorados y tejados de colores para que hasta el mismo jodido chucho que antes amenazaba darte una dentellada a la mínima ahora aparezca como un peluche de algodón al que acariciar con simpatía. En Ayutthaya, por contra, no debe haber demasiados templos con querencia canina o lo mismo ya están llenos, lo digo porque lo único indudable es que los chuchos deambulan de acá para allá, agitando la cola o las fauces si tienen mal día, para desagradable sorpresa de muchos.

Sin embargo, el auténtico matiz por el que este lugar se queda más en un quiero y no puedo, perros ariscos aparte, se reduce al hecho de que uno ha tenido la fortuna de haber visto demasiado mundo, demasiada Tailandia. Ayutthaya, en sus limitaciones, quede claro que tiene un pase sin necesidad de olores metafísicos, folletines para tragaldabas y esa ubicua zona de pensiones o restaurantes malolientes repleta de turistas confundidos. Son solo templos melancólicos, espinas y raspas de un tiempo que da la sensación de haber sido demasiado cruel con la ciudad, pero es que ésa debería ser su mayor virtud transformada en evocación histórica. Y hasta no resulta complejo imaginarse guerrero siamés o invasor birmano montado en elefante mientras peleas por conquistar la capital de una Siam aún en ascuas. Pero es que subyace por doquier esa incómoda sensación, permanente aunque sea de refilón, de ver más un decorado restaurado que un hito histórico. Los tailandeses son unos fenómenos de la restauración y las artes, no hay más que pasarse por Sukhothai o los vestigios inmaculados jemeres de Phimai o Phnom Rung que dan una idea de lo que Angkor podría ser hoy si el vecino camboyano hubiera dispuesto de los fondos y las manos de las que han gozado los Thai para devolver a la vida su patrimonio. De modo incomprensible, no obstante, en Ayutthaya uno se ve caminando entre pensamientos y cavilaciones de incredulidad que llevan a la conclusión de que algo no cuadra. Si el resultado de la ecuación de sumar historia y necesidad de porte y fuste en ruinas a lo largo y ancho del país es envidiable, aquí esta sensación se difumina entre unos ladrillos sorprendentemente simétricos, un estuco puesto ayer a un centímetro de otro cuarteado, ocre, y unas figuras de Buda que donde deberían mostrarse fragmentadas se muestran risueñas y donde deberían aparecer enteras son solo unos pies o una mano. Se pira uno, pues, pensando contrariado que el proyectista de la restauración de muchos de estos templos debió obtener su título en algún puesto de la calle Khao San, entre trenzas, pizzas y pelos rubios de mochileros cuyo conocimiento del país es similar al que ha mostrado él en su gusto a la hora de pretender reverdecer la más insigne de las viejas capitales Thai. Y es que los chuchos, en definitiva, deben ser lo único realmente genuino y no artificial del lugar.

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