LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

domingo, 29 de marzo de 2015

¿Por qué Brasil?

Con todos los vuelos internos ya reservados y la ruta finiquitada, os dejo un mapa con la misma detallada. Solo incluir un pequeño cambio en Bahía, donde vamos a hacer una visita rápida a Salvador y, de seguido, sacrificaremos los tres días que teníamos destinados a playa por llegarnos a la Chapada Diamantina, un lugar del que tengo escuchadas cosas muy positivas y que, además, en bus está relativamente cerca de Salvador si tenemos en cuenta lo estratosférico de cualquier desplazamiento en un sitio de las dimensiones de Brasil. El resto queda como se adivinaba en la anterior entrada: Sao Luís y los lençois, Ouro Preto y pueblos coloniales de Minas Gerais, cataratas de Iguazú desde ambos lados -brasileño y argentino- y por último, tal que remate lógico, Río de Janeiro.  

¿Por qué Brasil? Pues porque, entre otras cosas, uno de los factores que más valoro a la hora de decidir un destino es saber cómo anda la economía local en relación a nuestra moneda. En ese sentido, si bien es cierto que el desplome del euro es una noticia pésima a la hora de planificar un viaje, no lo es menos que hay países donde esta circunstancia se mitiga un poco si la moneda local también anda de capa caída. Viajar a sitios no baratos, pero sí con una notable relación calidad-precio en el momento de partir es otra de esas muchísimas cosas que aprendí de mi madre. Actualmente uno de estos lugares es Japón, y otro es el mismo Brasil donde el euro tiene un cambio mucho más favorable que el que tenía en 2013. De cambiar a dos y medio hemos pasado a cambiar en torno a tres y medio. También es innegable que el país carioca está sufriendo una inflación brutal, pero los vuelos internos siguen siendo una bendición por su precio y lo poco que tenía mirado de hostales se me hacía bastante más económico que lo que vivimos hace ya dos años. Partiendo de esta base económica y del deseo que tenía de regresar (siempre la mayor motivación), el ver unos vuelos intercontinentales baratos fue el empujón definitivo.  

He citado a Japón anteriormente y, tras lo dicho, es bastante obvio hacia dónde tendré encaminadas mis ilusiones los próximos meses toda vez que Kioto, Japón por extensión, es otro de esos lugares en los que me dejé unas cuantas cosas por visitar y contar. Asimismo, si sumamos lo cerca que queda China y que el imparable ascenso del yuan lo va a convertir en un país poco amistoso de bolsillos con poco fondo de aquí a escasos años, pues no queda mucho más por añadir si os descubro qué dos destinos son los que con más fuerza asoman por mi horizonte...



domingo, 22 de marzo de 2015

Intro Sangkhlaburi

Siempre repudiados en su tierra original, como los Hmong en Laos o los Rohingya en Myanmar, la gente Mon hace muchas lunas que dejó de soñar con una nación propia. Del grupo etno-lingüístico Mon-Khmer, con quienes comparten un similar idioma no tonal de considerable antigüedad, y sumando unos ocho millones de en total, históricamente han vivido en una pequeña región que abarcaba desde el sur de Myanmar hasta las llanuras centrales de Tailandia, con límites septentrionales en Lampún, muy cerca de Chiang Mai en el norte tailandés, o Lopburi en el flanco oriental. Se considera que sus dos principales núcleos urbanos históricos fueron la ciudad de Pegu en Myanmar (actual Bago) y otra urbe que se cree estaba muy cercana a la ciudad de Nakhon Pathom, a apenas cincuenta kilómetros de Bangkok. Si bien en la vertiente oriental pronto fueron asimilados y se fusionaron hasta diluirse con la corriente tailandesa que emigró de China para conformar el actual país Thai, en el sur de Myanmar consiguieron mantener su independencia hasta que en 1757 se extinguió el último reino Mon, el de Pegu, a manos de los belicosos birmanos. A partir de ese momento se convirtieron, como decía, en una gente sin nación ni tierra que ha penado sus miserias a lo largo de las últimas centurias. En un contexto de continuo hostigamiento por parte de la mayoría Bamar en Myanmar, era inevitable que los Mon acabaran viendo a los Thai como aliados naturales que les podían aportar paz y seguridad y éstos, a su vez, abrieran los brazos a aquéllos con la idea clara de incrementar la baja población de los límites occidentales del reino, además de conseguir mano de obra que ayudara a desarrollar infraestructuras en la región. Fidelizar a los Mon que escapaban de Myanmar con el concepto de nación Thai fue, sin duda, una simbiosis perfecta para todos. 

Budistas de concepción Theravada desde casi los orígenes de la propia religión, la cultura Mon presenta rasgos distintivos y sorprendentes como, por ejemplo, la creencia en espíritus y mágicas fuerzas exteriores, hecho evidenciado en sus rituales funerarios. Incluso antes de haber fallecido el vecino, es típico que se prepare todo para el deceso. Se adecenta su morada con esterillas y cojines, se cuelgan unas cortinas y se prepara un juego de ropas blancas a modo de mortaja que se deja en un rincón. Hasta el ataúd se va preparando con independencia de que el inquilino siga consciente y respirando. Otro aspecto sorprendente es que, una vez fallecido, el cuerpo es bañado con siete vasijas de agua portadas cada una por alguien nacido en un día diferente de la semana. Cuando los siete se dirigen al pozo a recoger el agua, el nacido en domingo va primero, seguido del lunes. Sin embargo, al regresar es el nacido en sábado quien comanda la marcha, y el domingo a su vez cierra la comitiva. Se colocan posteriormente unas hebras de tabaco y una moneda en la boca del fallecido y, una vez en el féretro, un par de listones de bambú son colocados a ambos lados además de un par de velas que son encendidas, a la altura de la cabeza la primera y a los pies la segunda. El féretro, por otro lado, no puede ser sacado por la puerta, y ha de romperse una pared para sacarlo al exterior. Ésta, en todo caso, es una costumbre similar a la que se sigue con la gente Thai. Allí la casa se divide físicamente en tres secciones y el cuerpo no puede pasarse de una a otra. En consecuencia, solo si el cuerpo falleció en la parte central de la casa, la que generalmente posee la puerta, podrá ser sacado por allí. Si no, igual que los Mon, a romper la pared. El féretro, en otra curiosa costumbre, no puede pasar por el centro poblacional, y si la casa del fallecido está en el otro extremo de la aldea a donde se sitúa el camposanto, se coge el camino que bordea por la periferia aunque eso suponga un esfuerzo mayor. Ésta, asimismo, es otra costumbre que también se da entre la gente Thai. La comitiva fúnebre va encabezada por un tipo que con un cuchillo va marcando el camino, y otro se encarga de derramar agua de un coco y agua de una vasija sobre el finado, a modo de alimento para el difunto. Una vez en el cementerio, el féretro es paseado tres veces alrededor de la pira donde finalmente es colocado antes de ser ésta prendida. Se dan, por último, algunas variables a este proceso como el hecho de que niños menores de diez años no pueden ser incinerados y no se les debe meter en ningún ataúd. Además, las personas fallecidas por suicidios o fulminadas por un rayo deben ser enterradas de pie y con la frente mirando hacia el cielo. Cosas de los Mon. 

                Breves apuntes de la etnia Mon. Siam Society, Bangkok. Diciembre de 2014

sábado, 14 de marzo de 2015

Kanchanaburi, otro juguete estropeado por los turistas

Es una sensación terrible. Es una sensación demoledora imaginar que al fondo del camino, acodado entre suaves colinas de color esmeralda y dibujado por parterres de dimensiones y geometría tan perfectas como simétricas, se halla el camposanto de Kanchanaburi, otro mudo reducto de la barbarie humana. El reposo final de miles de soldados australianos, holandeses y británicos, amén de otros asiáticos, que en la segunda guerra mundial fueron enviados a morir por, aunque a estas alturas lo increíble es que eso no importe, políticos henchidos de sueños de poder, no tan remotamente distintos a los de hoy. Mirarse a uno mismo en el espejo de futuro que son las pequeñas y marmóreas placas a modo de lápida genera angustia y taquicardia desmedida. Obliga a preguntar al que escucha en el resuello si se ha viajado a tierra Thai para esto o para qué. ¿Musitarlo? Algo parecido. Pero todo es lo mismo, en el fondo. No hay realidad tan pura de estos confines como la que refulge de esas losetas, tanto o más que los diamantes que el sol roba del plateado mar de Andamán en una enamorada puesta de sol, en la popa de una barcaza, oteando el horizonte. ¿Abrazado? Eso aún mejor. 

La ciudad, de primeras, se desparrama en mil tonos ocres, pizpireta, de similar alegría y calidez a las pautas de comportamiento que muestran sus habitantes, ajenos al zoo humano de turistas pusilánimes y acobardados ante la realidad Thai, refugiados en ese pequeño reducto de cuatro calles al pie oriental del río Kue. Y vagar por ella a la sombra de buganvillas color malva es el mejor pasatiempo, sentirse acariciado por aromas y brisas de humedad o viento sur, sabiendo que en cualquier momento va a saltar la espoleta que anuncie una situación agradable o desagradable, genuinas ambas de la memoria imperecedera. Añorar tantas situaciones pasadas, coleccionadas en las suelas de unas zapatillas que muchas, demasiadas veces fueron las mismas. Sacrificadas en ese fuego de las vanidades con forma de sudeste asiático. En eso también Kanchanaburi es un vivo recuerdo de la tierra que pisas y te consume, aún más cuando me veo trasladado al año 2005 en que por primera vez pisé junto a mi madre el suelo Thai, esta ciudad incluida. 

El río, por otra parte, nunca fue río Kwai, eso es solo cosa de películas y deformaciones propias de trasladar fonetismos Thai al alfabeto occidental. El río se llama Kue, mae nam (río) Kue. Kwai, la pronunciación kwai que nosotros hacemos, significa búfalo de agua en idioma Thai. Ésa fue la primera palabra que aprendí en estas tierras. Y, por supuesto, aquí nadie conoce el río búfalo, podéis preguntar si os apetece. De hecho lo máximo que sacaréis será una sonrisa displicente, síntoma de que la realidad de turista que llevas dentro se te escapa por los poros. 

Mas las pensiones de Kanchanaburi, la cruz, son un giro abrupto a la cotidianidad de los turistas: disparatadas en su precio. “A ver si me aclaro. Que son cuatrocientos baht, diez pavos, por esta pocilga que no tiene aire acondicionado, pero que no me preocupe porque luego me pones un ventilador de pie. Es eso, ¿no?”, le digo a la chica con las cejas enarcadas. Ella, ajena, asiente ufana. “Ya, quizá en mi próxima reencarnación”. Es entonces el momento en que la magia se disipa y los ecos ferroviarios de frenesí pasan a añorarse en la angustiosa lejanía de la próxima, nueva pero en esencia vieja estación del mañana en que saldré pitando de Kanchanaburi. Una, dos, tres. Todas las pensiones se nutren de la misma codicia disparatada, y al final acabo en un cuartucho de paredes de ratán y baño compartido. “Ya que me van a robar, que sea lo mínimo posible”, pienso mientras largo cuatro euros al dueño de aquello indefinible, pero al menos fresco, en que iba a procurar echar unas horas de sueño. Cuando lo primero que se piensa al llegar a un lugar es cómo hacer para que no te despellejen, el viajar pasa a un segundo plano tan residual que uno ha de cuestionarse si mereció la pena invertir tiempo en la Tailandia de cartón-piedra. Y como consecuencia obvia, por supuesto, está la concatenación de sentimientos opresivos que tan a ciencia ficción suenan en otros lugares, apenas a dos centímetros de mapa. O si no, puedes hacer como la mayoría y convencerte de que ése es el estándar, el precio justo. Es, en todo caso, algo que depende de cómo palpite el ADN viajero tras las millas recorridas y lo que se ha podido aprender en ellas. 

Ensartado de alba en alma nueva, olvidadizo de lo de las pensiones hinchadas y garitos de copas que aquí son legión, me veo de nuevo arrodillado junto a mi mar fluvial. El Kue, gracias a Dios, me recuerda que el Mekong no queda tan lejos. Le rezo a la madre agua, un instante nada más, mientras pienso, un millón o hasta el infinito, en mi madre. El agua a esas horas es ya una brillante pupila gigante de sol naciente que me observa arrastrando mis penas, y recompuesto salgo a callejear hasta el cementerio de guerra. El de la localidad, cercano a la estación de tren, es uno del par de ellos que han hecho famosa a la provincia, testigo de una barbarie que miedo da imaginar. En pequeñas dosis quebradizas, como el recuerdo de la saliva cambiada en horizontal que ya pasó, voy dejando caer la mirada en las lápidas del camposanto. Olds, Robinson, Baker por los británicos. Andela, Sio, Loers por los holandeses. Todos aquí bien juntitos. Tiene algo de pacífico y reverencial aquello pese a su desnuda envoltura. Sea lo reducido de su extensión, sea la humillación personificada en mí y el resto de visitantes, sea el silencio que flota entre jazmines y pálidas rosas del desierto, sea lo que sea. 

Restos de casi siete mil soldados se apiñan en este célebre cementerio de Kanchanaburi, cercano a lo que en su día fue el campo de prisioneros de Kanburi. Y, como decía, no es el único en la zona porque el de Chonk Kai, con sus mil setecientos cuerpos y distante cuatro kilómetros, es otro macabro memorial de lo que nunca debió pasar. Éste urbano comenzó siendo un espacio reverencial para honrar los ochocientos cuerpos de soldados aliados que en su día fueron capturados en Singapur por los japoneses y que, tras ser enviados junto a otros miles a las obras de construcción de la vía que uniría Tailandia con Myanmar, fueron cayendo presa de enfermedades, maltratos y fatiga para acabar siendo enterrados en el cementerio chino de la ciudad. En aquella época el imperio nipón estaba siendo fuertemente castigado, por las fuerzas aliadas y vía aérea, en su línea de suministros de carburantes y wolframio. La alternativa marítima no era posible, constantemente bombardeada, por lo que alguien ideó la construcción del ferrocarril usando la gratuita mano de obra que aportaban los prisioneros. Así comenzó la pesadilla. El caso es que estos ochocientos fueron exhumados de aquel cementerio chino, traslados a éste y, más tarde, pasaron a ser complementados con otros cuerpos traídos de cercanas fosas hasta completar la increíble cantidad de diminutas lápidas que hoy día son visibles. Son los restos latentes de los cerca de sesenta mil prisioneros y cerca de doscientos mil asiáticos que trabajaron en esta línea férrea con nada más que sus manos y herramientas rudimentarias, sometidos a vejaciones y jornadas de trabajo infinitas además de expuestos a fatales enfermedades tropicales como lo eran por entonces la malaria o el dengue. Día a día, minuto a minuto, segundo a segundo, iban cayendo para no levantarse jamás. Apremiados por las necesidades bélicas, los japoneses acortaron en medio año la fecha de finalización de la obra, ahora fijada para mediados de 1943, lo que generó condiciones aún más extremas para unos prisioneros y trabajadores asiáticos ya extenuados. Gracias a la falta de higiene y el clima tropical, se dieron además las condiciones idóneas para que el cólera campara a sus anchas y varias epidemias fueron declaradas en la zona. El resultado final de tamaña masacre con tintes de genocidio fue de millares de aliados y unos cien mil asiáticos fallecidos. Hoy solo es posible honrar y recordar a una pequeña parte, los más afortunados, porque se estima que, para cuando el primer tren inauguró todo el tramo, uno de cada tres trabajadores había ya fallecido y de la mayoría de sus cadáveres nunca jamás se supo. A esto grita Kanchanaburi, a esta decepción humana grita Kanchanaburi con aullidos hirientes por mucho que el silencio sacrosanto intente ahogar lo que todos llevamos dentro ya que, si hay algo exclusivamente humano, es la guerra. Cuando salí del cementerio, el calor fustigaba y los buses de turistas hacía horas que se habían perdido rumbo a Ayutthaya o Lopburi. 

Al llegar a la estación de buses pregunto por cómo ir a Sangkhlaburi. Que coja la mini-van, me dice un tipo que dormita bajo un árbol, que es más rápido. No soy muy amigo de estos vehículos para tramos de más de un par de horas, pero si él lo dice… Entro en la oficina y allí una señora oronda, de mediana edad y con unas ridículas gafas de culo de botella, me larga un papelito después de no dejarme decir ni pío. Trescientos cincuenta baht, casi diez euros, por ir a Sangkhlaburi. Le digo que no entiendo, que es imposible. Me dice que ciento setenta y cinco yo, y que otro tanto la maleta. La miro incrédulo. A esas alturas ya estoy convencido de que Kanchanaburi, con su depresiva atmósfera de extranjeros pasados de rosca y de tailandeses que ronronean atracando a estos mismos mientras lucen su mejor sonrisa, está completamente quemado para mí; así que recojo del mostrador el billete de cien baht que dejé antes (iluso que es uno), salgo por donde he entrado sin dar el portazo que me pedía el espíritu y me encamino a hacer lo que tenía que haber hecho desde el principio: coger el bus tal y como lo hacen los tailandeses. Aquí son ciento treinta, poco más de tres euros, y la maleta, por supuesto, viaja gratis. Eso ya me cuadra más si partimos de la base de que una hora de bus público en Tailandia suele costar un euro, o a veces poco menos, y hasta Sangkhla hay unas cinco. Dichoso, acordándome de la tía que me quería robar y suspirando porque con tanto guiri inútil disfrazado de viajero el tema tiene difícil solución, me piro pensando resignado en lo difícil que será que vuelva a dejarme caer por allí.

jueves, 12 de marzo de 2015

Volver a soñar, volver a Brasil

Recuerdo que era una puesta de sol típicamente tropical, una de ésas cuando el astro se desparrama en tonos naranjas que se filtran por las dobleces de un entorno selvático el cual, a su vez, se pierde más allá de donde asoma el iris; en aquel punto exacto donde, sortilegio de tiempo y lugar, se quedaba grabado en la memoria un rumor de millones de litros cayendo en estruendo y una visión que llevaba el concepto paradisiaco a otra dimensión. Fue en el aeropuerto del lado brasileño de las famosas cataratas de Iguazú, y yo echaba humo mudo de un Marlboro, sentado sobre la mochila, justo antes de volar a Lima, al Perú incaíco, a completar un viaje inolvidable. Ahora sí sé que absolutamente inolvidable. Entonces me prometí regresar y no olvidar Brasil. Recuperar quién había sido yo aquellos días, quiénes eran los seres que llenaron nuestro cada día a día, qué habría sido de ellos. Lo hice justo cuando el sol era solo media moneda agonizante y todo se llenaba de ecos salvajes. No trinos. Ecos salvajes como solo se pueden imaginar en las selvas de Brasil o Borneo. Justo entonces me lo prometí. Sellaba un pacto con resonancias a la alegría y mestizaje de Salvador, al Río de Janeiro que abruma por su exhuberante belleza desde cualquiera de sus morros o hasta en un sencillo plato de "lenguaça" y, obvio, a lo majestuoso de un paraje de cascadas en el que te vi llorar de pura emoción... Entonces solo lo soñaba, ahora puedo afirmar, con sensaciones encontradas -hasta el pasado lunes jamás rodó nada por mis mejillas al comprar unos billetes de avión-, que sólo quedaba esperar al mes de mayo de 2015. Tras tantísimas emociones, lágrimas, desgarros y sonrisas de satisfacción ganadas tras echar la vista atrás, sumar la siempre atractiva por cultural y natural región de Maranhao, o diamantes desperdigados con forma de vestigios coloniales un poco más acá, en Minas Gerais, son solo excusas insignificantes sabiendo cuánto tuyo reviviremos Iñaki y yo, ¿verdad, mamá?  

jueves, 5 de marzo de 2015

Ayutthaya (capítulo completo)

Es noche cerrada cuando arrastro la maleta por el área de mochileros de Ayutthaya, una casi atractiva calle flanqueada de viejos edificios de hormigón y madera de teca, muchos de ellos de doble planta. Lucen, igual que desgarbados espectros enfundados en trapos sin almidón ni aspecto solemne, los turistas en los bares y restaurantes acondicionados a ras de suelo, ajenos a mi presencia, ensimismados en sus conversaciones tanto o más a como lo hacen en su silencio las decenas de perros que ni se inmutan y de los que se adivina su presencia por la chispa de faroles lejanos reflejada en el iris de sus mortecinos ojos. Jamás hubiera acabado en este callejón de haber llegado a Ayutthaya al alba, pero las circunstancias de una retención gigante cerca de Khorat junto a mi espíritu remolón a la hora de preocuparme por aspectos logísticos dieron con mi alma errante buscando suerte en la zona con mayor probabilidad de encontrar alojamiento de toda la ciudad, aunque no me convenciera la compañía. Soy un auténtico iluso, cierto es, porque aquello en ni una sola de las veces que he arrastrado mi cansancio por allí me ha regalado un gramo de piedad. Las pensiones infladas que es imposible que valgan la mitad de lo que cuestan, los restaurantes de pandereta a rebosar de fulanos devorando pasta italiana y pizza, otro iluminado berreando y haciendo que toca no sé muy bien qué tipo de música mientras aporrea una guitarra acústica. Lo de siempre en infección típica de turismo de polietileno cuyas bacterias se multiplican exponencialmente a la estupidez de sus huéspedes. Cariacontecido, le pido a un tipo que me lleve a un hotel de tailandeses, culpándome de no haber empezado por aquí. Allí todo cambia a mejor en una recepción que no es una agencia de tours, una recepcionista que te obliga a mejorar tu tailandés si no quieres dormir en la puta calle y una habitación donde lo natural, la delicadeza Thai en los detalles, no viene con occidentales pelos rubios entre las sábanas ni toallas con, pese a los mil lavados, olor indescriptible a pies.

De mañana, caminar por el Ayutthaya histórico suele enfrentar al viajero, en un suave brindis, con la historia reciente del pueblo Thai, con la gloria perdida de éste que fue el mayor símbolo del viejo Siam. Hoy, entre costuras, se desmorona por templos de laterita, vaharadas de incienso, velitas gualdas y budas de esqueleto como ladrillo parduzco en los que la piel, el estuco, ya fue devorado por las centurias. Es toda ella una evocación clara a un punto nostálgico, aún enraizado en la conciencia colectiva del sentimiento tailandés, que se interpreta como un furibundo sentimiento de odio hacía todo lo que lleve impreso el sello del vecino birmano que arrasó esta capital, orgullo Thai y envidiada por medio mundo, a mediados del siglo XVIII. Dicen los pedantes de folleto turístico, y de un modo aún más rimbombante los necios que les copian, que Ayutthaya huele a roca laterita y a derrota humillante. Quién sabe si tienen razón. Mas, en el fondo, es muy probable que, como siempre sucede, esa definición glamurosa sea solo la sal y pimienta del filete que ningún turista tiene capacidad de ver. Bajo mi punto de vista, en realidad lo que sí es seguro que resuda en la psique de la población no solo de Ayutthaya, sino de toda la nación, es el deseo de venganza hacia el intemporal enemigo birmano. Y todo porque la gente Thai hace de la paciencia su más preciado tesoro y, además, ni olvidan ni desean hacerlo. Es por ello que el saqueo y destrucción que ocasionaron en este mismo lugar los vecinos occidentales en 1767 ha quedado grabado a sangre y fuego. Digamos que la piedra y la historia es lo obvio, lo que se fija en el visor de la cámara o en la retina, pero para certificar o cuestionar lo que digo es necesario comprender Tailandia como una realidad dinámica en la que bucear y no como un decorado de cartón-piedra. Y es por eso que, las veces que ha salido el tema en charlas ocasionales, ningún otro occidental viajando por estas tierras ha llegado a comprender lo que planteo. Por el contrario han sido decenas de personas locales con las que he topado, de a primera hora, de a mediodía o de noche cerrada, las que de un modo subrepticio o sin cortapisas han reflejado esta realidad: el birmano, como el jemer, son enemigos naturales y para unos y otros llegará el día de ajustar cuentas. Ahí, en esa sopa primigenia de odio transfronterizo hervido durante centurias, Ayutthaya es otro apunte más en el debe tailandés. Acaso el más notable, el que más guadañas afila.

Ítem más, ahondando en esta idea de la diferencia entre lo que se percibe y lo que se sabe, es paradójico comprobar cómo se afirma con convicción que el inglés es vital para viajar cuando en realidad, en el universo turístico del sudeste asiático de nuestro siglo, lo es exclusivamente para hacer turismo. Así, un tipo te contará que, en este caso concreto de Ayutthaya, como Siem Reap, como Hoi An, como Luang Prabang o como el sitio donde quieras clavar la chincheta turística personal que obviamente es la común, la historia se huele, se percibe, se arremolina en derredor; pero es la realidad del viajero, la que obliga a convivir en lengua y costumbres locales, la senda que tan poco atrae al noventa y nueve por ciento de supuestos viajeros, la que te enseñará que todas las fotos están huecas de realidad y suenan con repetitivo eco, que aquí nadie conoce a nadie y que si un siamés puede putear a un birmano o jemer, y éste a su vez a los dos anteriores, no dudará en hacerlo. Pesan demasiados muertos en ello. Y sus piras funerarias, transformadas en cenizas, obviamente ya no tienen espacio en imágenes de Nikon, un fulano que toca una guitarra, platos italianos o pensiones con precios de vergüenza ajena…  

Escrito inacabado. Ayutthaya, Diciembre de 2012

“No puedo ser tan olvidadizo”, me repito divertido. Guillermo, Pili y las sobrinas se fueron en una furgoneta de bancos corridos a su pensión y yo echaba humo de Marlboro apoyado a lo James Dean en el porche de un hotel demasiado caro. “Girando a la derecha tienes más pensiones”, dice el conductor de la otra única furgoneta de transporte público que aún andaba por allí. Chequeo el reloj. Casi las nueve de la noche. Apenas un poco más temprano que hace dos años por estas fechas. “¿Y cómo demonios se llamaba aquel hotel?”, me pregunto tratando de escurrir la esponja gris. “Aquí son muy caras las pensiones. Yo te llevó a una de cuatrocientos bahts”, dice convencido. No suena mal. “Bien. Yo chequeo por aquí y, si no me convence, regreso a ver qué me ofreces”. Cuando giro la esquina, adormilado, no doy crédito: la misma calle de pensiones deplorables y bares para turistas de otros años. Imposible de despegarnos el céfiro de turistas, el tipo de la mini-van que nos transportó desde Bangkok nos acabó dejando en la majada a la que van a sestear todas las ovejas. Y las cosas, resignación al poder, siguen su curso natural porque aquello no deja de simular otro universo paralelo con sus precios ridículos, guiris de pasta y pizza e incluso el fulano que aporreaba la acústica. Es de traca el panorama. Vuelta a donde la furgoneta, a ver si sonaba la flauta mientras echaba humo por las orejas. El matiz es que ahora lo que me repito a mí mismo ha cambiado de el no puedo ser tan olvidadizo a el no puedo ser tan idiota que, por cierto, de diversión tiene más bien poco. Es la urticaria tradicional que provoca sarpullidos en aquellos que, por despistados, se ven obligados a hacer equilibrios por las fronteras de ese universo paralelo estilo Benidorm que coexiste en tierra Thai.

Pero, por fortuna, Ayutthaya no es tan grande, y resulta que el de la furgoneta, que me sopla un euro por el porte, me acaba dejando en la puerta del mismo hotel para tailandeses de hace dos años. Pese al polvo y tiempo transcurrido el edificio sigue igual de pletórico y reluciente, asemejando un Hilton en Dubai para un tipo que relame sus necedades y fatiga a partes iguales. Ahora, como entonces, hay recepción en condiciones, sillones veinticuatro meses más ajados pero aún confortables, precios al nivel del entorno, restaurante donde la carta sigue escrita en idioma extraño, ni rastro de tours ni chorradas de tirolinas o gaitas raras y, por si fuera poco, las toallas son blancas, no blanqueadas con litros de lejía, huelen a fresco y, cuando apago la luz, no tengo que preocuparme de pelos extraños que se me enreden entre los dedos de los pies.

En todo el reino de Tailandia tienen un problema con los perros callejeros, en todo el continente asiático se podría extrapolar sin faltar a la verdad, pero aquí, en Ayutthaya, esto ya raya lo demencial. El asunto se les ha ido de las manos claramente. Es costumbre que a los perros abandonados los acaben llevando a los templos para que los monjes se hagan cargo de ellos. Es lo típico entre estas gentes una vez se entiende que los de túnica azafrán, como seguidores de la pura doctrina de Buda que son, tiran también de amor y compasión para con estos animales de la creación. Allí verás a los de cuatro patas sin túnica azafrán, magullados y famélicos pero meditativos cuando comienzan los rezos en una estampa propia del hipnotista más afamado. Y hasta te da por pensar qué de mágico debe fluir entre guirnaldas anaranjadas, budas dorados y tejados de colores para que hasta el mismo jodido chucho que antes amenazaba darte una dentellada a la mínima ahora aparezca como un peluche de algodón al que acariciar con simpatía. En Ayutthaya, por contra, no debe haber demasiados templos con querencia canina o lo mismo ya están llenos, lo digo porque lo único indudable es que los chuchos deambulan de acá para allá, agitando la cola o las fauces si tienen mal día, para desagradable sorpresa de muchos.

Sin embargo, el auténtico matiz por el que este lugar se queda más en un quiero y no puedo, perros ariscos aparte, se reduce al hecho de que uno ha tenido la fortuna de haber visto demasiado mundo, demasiada Tailandia. Ayutthaya, en sus limitaciones, quede claro que tiene un pase sin necesidad de olores metafísicos, folletines para tragaldabas y esa ubicua zona de pensiones o restaurantes malolientes repleta de turistas confundidos. Son solo templos melancólicos, espinas y raspas de un tiempo que da la sensación de haber sido demasiado cruel con la ciudad, pero es que ésa debería ser su mayor virtud transformada en evocación histórica. Y hasta no resulta complejo imaginarse guerrero siamés o invasor birmano montado en elefante mientras peleas por conquistar la capital de una Siam aún en ascuas. Pero es que subyace por doquier esa incómoda sensación, permanente aunque sea de refilón, de ver más un decorado restaurado que un hito histórico. Los tailandeses son unos fenómenos de la restauración y las artes, no hay más que pasarse por Sukhothai o los vestigios inmaculados jemeres de Phimai o Phnom Rung que dan una idea de lo que Angkor podría ser hoy si el vecino camboyano hubiera dispuesto de los fondos y las manos de las que han gozado los Thai para devolver a la vida su patrimonio. De modo incomprensible, no obstante, en Ayutthaya uno se ve caminando entre pensamientos y cavilaciones de incredulidad que llevan a la conclusión de que algo no cuadra. Si el resultado de la ecuación de sumar historia y necesidad de porte y fuste en ruinas a lo largo y ancho del país es envidiable, aquí esta sensación se difumina entre unos ladrillos sorprendentemente simétricos, un estuco puesto ayer a un centímetro de otro cuarteado, ocre, y unas figuras de Buda que donde deberían mostrarse fragmentadas se muestran risueñas y donde deberían aparecer enteras son solo unos pies o una mano. Se pira uno, pues, pensando contrariado que el proyectista de la restauración de muchos de estos templos debió obtener su título en algún puesto de la calle Khao San, entre trenzas, pizzas y pelos rubios de mochileros cuyo conocimiento del país es similar al que ha mostrado él en su gusto a la hora de pretender reverdecer la más insigne de las viejas capitales Thai. Y es que los chuchos, en definitiva, deben ser lo único realmente genuino y no artificial del lugar.