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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 9 de febrero de 2015

In memoriam (Introducción al capítulo de Bangkok)

Solo la gata pareció molestarse. Cuando cesó la leve brisa templada, aquélla se levantó bostezando de la nevera donde dormitaba, se estiró y se lanzó a reptar con su tripa preñada a medio centímetro sobre el asfalto tórrido de un Bangkok que a cada bocanada abrasaba los pulmones tal si fueran un papel de fumar caído sobre el sándalo de la pira funeraria más majestuosa e imaginable en Harischendra o Manikarnika, los famosos hornos crematorios al aire libre de un Varanasi que, ya sabes por qué, brota por la memoria más de lo imaginable. Casi un año sin Bangkok que ha sido un suspiro, madre. En ello pensaba mientras dejaba caer la noche tomando un trago en la misma mesa del mismo puesto callejero de la misma calle en la capital Thai en que lo hicimos ambos por última vez. Y en pie seguía, imperturbable por el paso del tiempo, la misma tiendita de semillas en la que invertimos nuestras últimas monedas para comprar aquellos chiles que plantasteis papá y tú; los que, sorprendentemente, tan bien se dieron en un entorno poco tropical como es Burgos. Seguro que no lo has olvidado. Pero mientras la vendedora (juraría que aún lleva el mismo moño y delantal descolorido) no me recuerda pese a que cruzamos la mirada en varias ocasiones, yo me niego a dejar de revivir lo que una vez fue nuestro en este rincón. Y aún te veo dormitando enfrente de mí, madre, a medias entre cansada y aburrida. ¿Cuántos regresos sumamos a Bangkok? ¿Cuánto de poco nos costó que todo alrededor fuera cotidiano, tan de andar por casa? 

No lo creerías, pero aún sigo girando la cabeza cuando camino por Bangkok, buscando tu presencia, que me digas asintiendo que sí, que ya vienes. Y hasta en ocasiones me engaño queriendo creer que me voy acostumbrando a no verte más que en espíritu, dándome consejos, diciéndome que compre y sea feliz, que al menos lo intente tanto como lo conseguiste tú. Sí, eso, tú a lo tuyo. Que corra, que corra, que esto de la vida es un suspiro, me susurras desde donde solo te puedo imaginar. Pero en las venas pausadas de la soledad, el flujo sanguíneo no entiende de prisas y necesidades más allá de su propia naturaleza, y apenas me siento solo un vahído a merced del olor a humedad que baña todo. Humedad. Limón que crepita sobre una sartén ardiendo. Incienso que barre los pulmones para llevarse lo malo. Ferodo limado que trepa cremoso por las paredes. Fragancia espolvoreada gratis desde un puticlub barato. Gualdas claveles chinos ensartados, recuerdo a jazmín. Bofetada fétida que secuestra en estertor desde un canal que aquí, en Inthamara, aún no es página azufrada del testamento dictado por los antepasados. Humedad, sí, humedad. Tu recuerdo en todo tipo de olor, sí, tu recuerdo también ahí. Si es olor a gris, tu pelo encanado, la última vez que te lo cortaste en Cuenca, la última vez que te lo mesé en la camilla, amortajada. Si el olor es a verde, tus ojos como las gafas que olvidaste en el vuelo que aquel día nos llevaba a La Habana. Si azul, tu mochila Adidas que usabas siempre y en la que nunca encontrabas nada. La misma cuya cremallera se rompió premonitoriamente, cansada como nosotros tras todos los sueños vividos al límite desde el primer segundo, el día que te fuiste. Si rosa, la gigante calculadora de treinta por veinte que te regalé en Krabi para que no la perdieras como hacías con todas las de bolsillo. Y así… Siempre encontrando una luna nueva que eclipse cada décima de resol capitalino. Será un año, serán dos, será en la calle Silom, en Khao San o en un Inthamara repleto de callejones preñados de genuinidad y que tanto me duele haber tardado más de lo deseado en descubrir y poder enseñarte, madre. Será un día el cariño del ayer, mas no con el dolor que ahoga hoy. Sigo aprendiendo Thai, y lo escribo como hacías tú con el inglés en una libreta ajada. Siempre fiel, creyendo en tu lección, madre. Pipitakan es museo, sanambin es aeropuerto, mahavitayalai es universidad, rot mee es autobús… Esto no para. Y cuando dejo de teclear, la juvenil Bangkok sigue dictando sus leyes con lágrimas o sin ellas. Y susurra como una furcia a quien no quiero escuchar que pasó lo que tenía que pasar, y que lo hizo además porque tenía que ser así. Que el destino es un dado trucado por nadie sabe quién ni por qué. Que el corazón no pertenece al lugar donde se respira, sino a estos lugares donde conseguimos que latiera con mucha más fuerza. Que deberíamos bailar en la hoguera de los dichosos solo por ello, por haberlo disfrutado a pulmón. Y también que la muerte viajando te sucedió a ti ayer, pero que sonría y no desespere porque mañana también me sucederá a mí. Y me hunde una brazada definitiva hasta el fondo cuando le da por tornar a la rotundidad preguntándome que, cuando ese día llegué, madre, ¿quién escuchará nuestras risas repetidas tantas veces en un mundo que conseguimos se nos quedara pequeño? Luego todo es aceite: me promete que también aquí, siempre que regrese, me estarás esperando. Como siempre con un beso y un ¿qué tal, hijo? Como siempre, como cada mañana en Bangkok, como cada regreso a casa. 

                                                                      Ciudad de Ángeles. Diciembre de 2014

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