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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 28 de febrero de 2015

Brújulas y Khon Kaen (extracto)

Un grado nada más. Solo hay que girar la brújula un grado porque Khon Kaen es tan generoso que se regala a sí mismo a la mínima. Si no lo haces, si no giras la brújula ese grado, te verás en una gran ciudad tan sórdida y depravada como Udon o las zonas innobles de Bangkok, saturadas de extranjeros en esas fétidas calles de nombre rimbombante como “Disco Street” o “Pub Street”. Pero si lo giras, si solo modificas tu rumbo un ápice, Khon Kaen es una ciudad que rebosa vitalidad y encanto de Isan en sus gentes, hasta la última fibra de cada ser. 

Puede parecer gris, y lo es. Puede parecer demencial, y lo es. Puede parecer a ratos incolora, siempre en matices oscuros, y también lo es. No obstante, es pura alma de Isan por cualquiera de los centímetros cuadrados que se reparten, apretujados y forrados de guirnaldas de gualdas crisantemos, en forma de calles al cobijo de unos rascacielos que pretenden engullirte y que guardan un lago hermoso donde la gente Thai adquiere toda su idiosincrasia en vivo color. 

Khon Kaen, al contrario de muchos otros sitios en Tailandia en los que vives gloriosas borracheras y pésimas resacas, es todo lo contrario. Aquí las borracheras lo son a ritmo de taquicardia, sin lugar al respiro o a la calma, desgarrado en una espiral que es ojo del huracán en el que giras sin parar. Los karaokes no son karaokes, los bares no son bares, las discotecas no son discotecas y, finalmente tú, cogido por sorpresa, solo puedes dejarte llevar humedeciendo el gaznate, confiando tu suerte al efecto de un alcohol que difumine a toda esa cantidad de gentes y chicas fáciles para dibujar en tu cerebro un entorno más humano y cercano, más cálido. 

Sin embargo, como contraprestación, las resacas son plácidas. Paseando por la zona del lago uno puede respirar algo no contaminado mientras serpentea por entre las sombras de tupidas tecas, arracimadas pero esbeltas como juncos, apostadas junto a setos recortados de caprichosas formas. Las gentes que retozan por allí, tiradas en cualquier pedazo de oscuridad, son como autómatas independientes. Muchos hacen deporte en maquinas de cualquier condición pero impolutas, otros lo hacen corriendo o dando largos y circulares paseos en bici por el perímetro del lago, y otros juegan al fútbol o, sencillamente, eligen las mejores sombras para tumbarse sobre la hierba y ver cómo la brisa hace piruetas en forma de ondas jugando con la superficie del agua. Si aprieta el calor y ni el lago atempera, siempre se tiene la opción de escurrirse por las entrañas del puñado de templos que identifican esta área. La mayoría de ellos son clásicos Thai, pero hay otro que, ecléctico a más no poder, parece birmano sin serlo, Thai sin serlo, o hasta parece Lao, pero tampoco lo es. Se llama Wat Nong Wang, y con su pirámide escalonada de nueve alturas a modo de tejado puedes tener por seguro que no se parece a ningún otro templo que hayas visto jamás. 

Que Tailandia es un país joven, de natalidad explosiva, se percibe tan a menudo que Khon Kaen, con su afamada vida universitaria, es el ejemplo más claro junto a Bangkok. Todos los templos bullían a esa hora de la tarde en que el sol casi se acuesta de jóvenes veinteañeros animosos que no cesaban en su empeño de fotografiarme, discreta o descaradamente. Imagino que entre tanto anciano depredador sexual, un clásico en las grandes urbes de Isan, yo debía suponer un elemento extraño de paseo en puntillas por su religión budista mientras los otros extranjeros dormitaban sus excesos a la espera de otra dosis de alegría en efluvios alcohólicos tras el tapiz de la noche canalla, su entorno más natural. 

La pena es que, tal y como contaba de Khon Kaen, un grado en una brújula de norte tan fluctuante como el mío acaba en ocasiones, de modo inconsciente, por transportarme a donde no deseo. Y saltan las alarmas cuando a uno, que desea echar un trago en soledad tras la absorbida paz mística de los santuarios, le ofrecen sentarse en las mesas del exterior de un bar, imaginemos de nombre pomposo en inglés junto a enormes letreros luminosos de cerveza. Ése suele ser un síntoma inequívoco de que estás en zona roja, en zona de turistas. Si el sitio se llama hangover´s corner (la esquina de la resaca) y además pone en neón free pool (billar gratis) y free internet (internet gratis), ¿qué coño podía esperar? Tanto el nombre, como los carteles luminosos, como el que te pidan que te sientes fuera son síntomas inequívocos de que andas descarriado. Y en especial lo es este último detalle porque los locales son conscientes de que los turistas siempre desean estar con turistas, y por ello quieren que seas bien visible. Sin ambages, tal y como lo lees. 

Es algo de explicación imposible porque al comienzo del viaje todos los viajeros tendemos a aullar que queremos conocer la cultura local, el idioma, la gastronomía, las costumbres del día a día y tal. Luego, por el contrario, la inmensa mayoría de turistas se arracima en calles donde el único contacto con lo de casa se reduce a todos esos que están al servicio y orden de los propios turistas. A saber: los del tuk-tuk, los de los tatuajes y trenzas, los del restaurante, los de la casa de cambio, los de la oficina de tours y un largo etcétera. Como digo, hay situaciones que, si has viajado fuera de ruta por el sudeste asiático con frecuencia, te dan al ojo rápidamente. Si un turista es ofrecido al escaparate que representan la acera y un conjunto de silla y mesa de bambú, es porque por allí pululan muchos otros turistas que, en cuanto vean a éste tomando un trago allí, inevitablemente pensarán que si ese fulano está allí es porque algo tendrá el lugar. Y de repente ya hay dos mesas ocupadas, luego tres, cuatro o cinco hasta que en el momento más insospechado el restaurante se ha llenado. Siempre son extranjeros. Jamás verás a un local guiarse por este absurdo parámetro. Mejor dicho, jamás verás a un local pulular por estos sitios porque son carísimos y, especialmente, están llenos de unos tipos a quienes, tal y como me sucede a mí, no llegan a comprender. La mayor paradoja del caso es que entonces, una vez a reventar el local, tú pasas a sobrar consumiendo un par de tristes cervezas ya que el dueño, obvio, ha olvidado la recompensa al efecto imán que has creado y solo ve una mesa con un tipo aburrido tecleando cuando podría tener a cuatro tipos comiendo o cenando. Y él, faltaría más, lo único que desea es tu bolsillo, no conocer las historias que tecleas. Entonces aguantas unas miradas asesinas y maldices a la jodida brújula mientras te levantas malhumorado y vuelves para la senda de los elefantes pensando que, al menos, con lo escrito habrá alguno a quien le dará por pensar y, para la próxima, quizás decidirá cambiar su norte ya que solo un grado de brújula, magia magnética, siempre depara un universo de realidad. En todo caso, escéptico por naturaleza, ya hace mucho tiempo que dejé de creer en la percepción viajera de la mayoría de turistas. 

En Tailandia, de un tiempo a esta parte, todo va demasiado rápido de un modo que hasta Khon Kaen, en el rural y olvidado nordeste tailandés, se ha visto engullido por el huracán de centros comerciales mayúsculos y modas patrocinadas por marcas rimbombantes para esos jóvenes universitarios que aquí se hacen regimiento. El que no lleva un móvil de última generación lleva unos pantalones de cien euros, el que no ostenta un rubí engarzado en oro de dieciocho navega con un portátil recién salido de fábrica, el que no esto lo otro. Y, por norma general, todo lo anterior suele darse en un único tipo al modo en que sucede con la increíblemente joven población de Bangkok, hermano mayor a quien imitar. En Khon Kaen, no hace falta ser un lince para deducirlo, se mueve mucho dinero una vez se conoce que la mejor universidad del país tiene campus aquí y que, en consecuencia, las clases altas del país siempre deciden invertir en la mejor educación posible para sus retoños, franqueados en miles hasta estos límites. 

Bajo este prisma queda claro que resumir Khon Kaen en cuerpo húmedo de mujer era acaso la única opción posible, mi única alternativa. Y, pura honestidad, no es la única ciudad de este pelo en Isan ya que, de hecho, me atrevería a generalizar que las grandes urbes de la región son francamente prescindibles una vez conocidas las pequeñas localidades que las rodean, cubiertas bajo palio de rebosante alegría y miradas tan honestas como cálidas. En cualquiera de ellas, futuro inmediato, se perdía mi mente una vez las últimas luces de Khon Kaen y un cuerpo de mujer, otro más, se me quedaban en el olvido a la misma velocidad con la que el bus devoraba kilómetros de cuarteado asfalto y puentes en dobleces, bacheados como resultado de unas juntas de dilatación deformadas por vómitos solares.

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