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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 20 de enero de 2015

Intro Mae Sariang

Se encoge de hombros y desvía su mirada de la mía cuando le pregunto si es feliz en Mae Sariang. Debe sentir que sí lo es a tenor de su pícara sonrisa, pero su cultura es siempre reacia a mostrar sentimientos como reacciones efusivas. Lek recoge cartones con una vieja furgoneta marca Mazda cuyo motor actual no debe contener ni una sola pieza de las que salieron de fábrica. Petardea y se mueve como un león moribundo, y Lek, a quien el apodo le viene que ni pintado porque significa pequeño, no le va a la zaga, enjuto y encogido por la vida de modo que sus pantalones de lona añil se pierden en oleadas por la cintura, piernas y tobillos. Imagina la camiseta de tirantes que de blanco ha tornado a trapos de quitar polvo. Dice que pronto cumplirá los sesenta, pero aparenta veinte más. En todo caso, ¿por qué quiero saber su edad? Simple curiosidad, Lek. Luce unas pobladas canas por cejas, desordenadas y apuntando a cualquier dirección tal si fueran estelas estalladas de una palmera de fuegos artificiales, pero monocromáticas. Se mesa la barbilla rala y gusta de atusarse la blanca pelambrera que cubre su cabeza con la misma cadencia de la lengua del gato, rítmica y pausada. Mastica tabaco húmedo que de la bolsita pasa a una palma donde con la otra mano frota en suave presión hasta hacer un bolo que siempre va a parar a la derecha de la mandíbula, encajonado entre las muelas. Mastica y escupe, mastica y escupe. El mayor y el pequeño de los hijos se fueron a dominios de Buda, sin saber por qué un día enfermaron de fiebres y diarrea y bien poco le duraron, afirma compungido. Ni necesito preguntar por un servicio médico que para la gente Shan, como Lek, es ilusión de prestidigitador. Como acaba de desperezarse el sol y el tipo lleva impreso el sello de Mae Sariang, con sus avatares e interés para neófitos, le digo que me gustaría acompañarle en su curro del día, si no le importa. Abre el portón de acompañante en el que luce una tabla de madera como asiento y no necesita mediar ni una palabra. La magia de las etnias del sudeste asiático se muestra diáfana en el hecho de que es tanta su humildad como la amplitud de su corazón, y en cinco minutos se puede considerar que han echado un nuevo amigo. Y recíprocamente a mí, por fortuna, me suele ocurrir de la misma manera a como ellos me adoptan tras cada bisbiseo. Será herencia genética de mi madre que siempre creyó a pies juntillas en la bondad y honestidad de los demás, pienso tras tres portazos como estampidas que hacen vibrar los dientes hasta que la puerta, de juntas dobladas en ocho, encaja en un chasis no mucho más cristiano. 

Pasé unas horas con Lek, ayudándole en su quehacer que era menos fatigoso de lo previsto porque los fardos de cartón ya estaban prensados y amarrados con flejes de antemano. Aún y con eso, resultó menos duro si cabe porque Lek ya no da más de sí, y todo suma elevado al cubo de tiempo y esfuerzo para él. Cuando se agachaba doblando los riñones era como escuchar el chirriar de una bisagra en forma de suspiro. Un fardo y calma. Respira hondo mientras acomodo la dócil carga en pilas, al fondo de cacharro metálico que hace de furgón. Alza la vista al cielo y se apoya las palmas, brazos en jarra, sobre la riñonada. Tabaco. No hay prisa, dice. Lo que no es hoy, para mañana. Tras tantos años a destajo es inevitable admirarle en su decadencia. No queda ni un gramo de grasa allí, y el ácido láctico ya debía hacer lustros que abandonó aquel simpático guiñapo con barniz de cenizas y coraje inquebrantable Shan. No dista mucho de nuestros antepasados recientes, los que se deslomaron renunciando a una ducha y una escudilla de trigo para darnos un pozo de agua fresca y pan de a diario. Ahí radica nuestra fortuna, porque la única hija que le queda, la que le va a sobrevivir, jamás tendrá la opción de comprobar cómo, en España, también se forjó un país en el esfuerzo de muchos como su padre. Será cuando ya no estén cuando nosotros más les echaremos en falta, hijos de la comodidad y el vicio. Es en seres reventados por la vida y la ausencia de ilusiones donde uno comprueba, apesadumbrado, que en nuestra tierra todo ha fluido demasiado rápido, que se abrieron las compuertas de una presa con la idea de regar campos fértiles y lo que se ha provocado son inundaciones que han devenido en raíces marchitas, reventadas tras un esfuerzo descomunal, y tallos agostados con forma de brotes infinitos de capricho, intolerancia y desprecio por el ancestral sudor propio o ajeno. 

Lo que no es hoy, para mañana, repetía. Lo que no es para hoy, para ¿mañana? Si mañana pronto no llegará, me digo entristecido entre ecos de desesperación. Le veo partir en una nebulosa de humo azabache y no estoy seguro de si me puede más el respeto infinito o la admiración. Seguramente lo segundo es mucho más difícil de ganar. Y ya solo me queda caminar meditabundo, huyendo del sol, en plena convicción de que nadie tiene derecho a dejar caer como nota al margen en la primera página de ese libro de amnesia que todos escribimos, febriles o indiferentes a ráfagas, a tipos como Lek ni al angustioso dolor apátrida de las gentes Shan que representa. 

Lek, anciano Shan. Mae Sariang, Noviembre de 2012

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