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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 5 de enero de 2015

Intro Mae Sai/Imágenes Chiang Rai

Dice que se llama Kyo, nervioso por puro instinto de desconfianza hacia mí. Seguro que sabe más por lo que calla que por lo que murmura, por lo que no quisiera haber conocido que por lo poco que dice que ha visto. Sé de sobra que en Myanmar nadie tiene apellidos, así que con eso, con Kyo, me vale para tirar del hilo. Comienza a juguetear nervioso con una bolsita de nueces de areca cuando me pregunta por tercera vez de dónde vengo, a qué me dedico. Tiene la dentadura embadurnada de restos bermellones de masticar las citadas nueces con cal, y pienso interesado que quizá sea ésa la solución alargándole un Marlboro que, pese a ser de Tailandia, aquí tampoco es ningún salvoconducto de amistad pero al menos genera un débil hilo de cordialidad. 

El chaval trabaja a temporadas en el lado tailandés de la frontera, destino anhelado en que le gustaría vivir. No solo se le ilumina el rostro imaginando que pudiera trabajar allí de continuo, además es lo único que le arranca más de dos frases seguidas si le fuerzas a ensoñarlo. Pero sin papeles se ve obligado a buscarse la vida. Ya más calmado y confiado, confiesa que en ocasiones consigue que algún avispado empresario Thai le reclute para cualquier obra y le meta en Tailandia bajo soborno al oficial de inmigración correspondiente, pero una vez se acaba el proyecto ya nadie conoce a nadie y pronto es pillado por la policía para ser devuelto a Myanmar, hacinado en insalubres conejeras. Entonces solo queda volver a empezar dando paseos por las inmediaciones del puesto fronterizo hasta que alguien le reclame. Al menos él ha tenido la fortuna de no morir en algún camión a bordo de los cuales son introducidos los suyos en tierra Thai desde el otro lado del río Salween. Muchas veces el camión es detenido, se alarga el interrogatorio al conductor y cuando los oficiales de inmigración abren las puertas solo queda dióxido de carbono y cadáveres asfixiados ya en descomposición. No es infrecuente leer este tipo de noticias en los periódicos tailandeses. Fantasea con que le gustaría ganar más dinero, tanto como para poder comprar su tranquilidad cuando la policía del país vecino le buscara las cosquillas, pero con dos hijos en tierra birmana eso no es fácil y lo poco que gana lo envía al hogar. Sin más detalles ni despedidas, se esfuma en el preciso instante en que alguien le da una voz desde un lejano pórtico en penumbra, dejándome junto a una anciana Shan que, en cuclillas, aprende caligrafía escribiendo constantemente el mismo símbolo en renglones difusos de una libreta sin tapas. Para mi pesar, ella es solo carnaza frente a objetivos fotográficos de insensibles turistas tailandeses que la incordian a menudo. Encuadran la imagen y escupen sus clics a un breve palmo de un rostro que se ladea molesto y cuyas arrugas aparecen de hecho coloreadas del polvo rojizo que aquí es aire. 

El destino, en dogma aprendido a lo largo de numerosos viajes y por alguna extraña razón, es siempre más travieso en el continente asiático que en ningún otro, y tampoco me sorprendí en exceso cuando Kyo me saludó una vez en el lado tailandés, a bordo del bus camino a Chiang Rai. Me enseñó radiante un mustio pasaporte temporal que solo Buda debe saber dónde lo adquirió y a qué precio. Iba a trabajar en un nuevo proyecto, me contaba justo cuando un control policial le borró la sonrisa. El policía que subió a chequear los documentos de identificación ni siquiera le pidió nada, sencillamente le tocó levemente el hombro, a él y otros tres chavales, y con voz enérgica les ordenó que bajaran. Allí pude comprobar, atónito, la forma en que les examinaban de arriba abajo hasta casi dejarles en pelotas. Entra mucha heroína y metanfetamina por este lado de la frontera, producida en chabacanos laboratorios escondidos en la selva del estado Shan donde se procesa el opio procedente de plantaciones amparadas interesadamente por la corrupta política interna birmana. No en vano la vieja Birmania y Afganistán son los dos productores mayoritarios de opio del mundo. 

Pero a Kyo la fortuna le sonrió esta vez, y una vez vestido y comprobada la validez de su salvoconducto, es devuelto al bus donde el resto de trayecto, la cerca de hora y media que demoró hasta Chiang Rai, lució una sonrisa idéntica a la que debe lucir cualquier prófugo de la cárcel más tenebrosa. Por supuesto, no volvió a dirigirme la palabra enfrascado como estaba en su nueva ilusión de un futuro, y yo tenía claro que solo debía dejarlo estar escribiendo a trompicones algo acerca de lo jodido de su porvenir y el de tantos otros en su situación. 

Gentes de la frontera. Mae Sai, Enero de 2015

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