LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

martes, 27 de enero de 2015

De Intro Tailandia-Angkor 2015, mil cien noches y nuevo libro

Subida la introducción del vídeo que recogerá lo que ha sido este último viaje por Tailandia y templos de Angkor, ambos sitios revisitados por ni recuerdo cuántas veces y, pese a todo, con intacta capacidad de sorpresa. Como un neófito me he vuelto a sentir por aquellos lares, reencontrado con templos, entornos y rostros tan de ayer como de mañana, con sensaciones privilegiadas para los afortunados que con ir y regresar no tenemos suficiente. A cuenta de esto, me dio ayer por sumar las noches que he pasado durmiendo en una cama extraña en los últimos diez años, los que más he viajado, para quedarme bocabierto al comprobar que suman hasta tres años en conjunto, cerca de mil cien noches en total. A estas alturas, colmado, yo ya no le puedo pedir nada más a una ruta que siempre fue generosa conmigo enseñándome infinidad de detalles, idiomas y conocimientos, plasmados en textos que cuando pase el duelo irán a muchísimos más y que, incluso, me permitió vivir todo ello con mi madre, la persona que más he querido.  

En otro orden de cosas y como consecuencia de lo escrito, mañana mismo registro el segundo libro, de título "Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", que para mi sorpresa está gustando mucho a los familiares que ya lo están leyendo. Digo para mi sorpresa porque yo creo que "Río Madre" muestra mucho más de aquellas tierras que no este segundo texto, centrado en apuntes y vivencias personales, algo que parece más fácil de leer. Asimismo, entrando en los vídeos, a día de hoy se me hace complicado acabar el documental de Bulgaria y empezar con el de Ecuador, por motivos obvios, y algo parecido me sucede con el arranque del tercer libro que será una compilación de viajes y anécdotas vividos con mi madre y en el que recogeré muchos fragmentos de sus diarios de viaje. Por si alguien no lo sabe a estas alturas, todo lo reflejado en el blog o textos que yo pueda escribir no deja de ser más que una pura extensión de algo que también me enseñó mi madre: el placer por una escritura que ella practicaba a menudo en todos sus viajes. Así pues, este blog va a entrar en letargo, de modo lógico, durante las próximas semanas ya que ahora toca darle un tiempo a mi padre y hermanos, dar un tiempo a la meseta castellana resumida en Mecerreyes (es tiempo de tirar leña y escamondar), dar un tiempo para rememorar y fijar en párrafos tantas anécdotas y situaciones que no puedo dejar de compartir con todos los que conocieron a una viajera en mayúsculas como mi madre si solo por su capacidad de resistencia, adaptación e ilusión por conocer nuevas culturas entendidas gracias a su sociabilidad hacia nuevas gentes. Ahora mismo viajar, por increíble que parezca, puede esperar. Después llegarán años sabáticos y nuevas lecciones en un planeta que, pese a todo, nunca dejará de girar con este escriba, solitario tras lágrimas uncidas, a horcajadas sobre su lomo...

martes, 20 de enero de 2015

Intro Mae Sariang

Se encoge de hombros y desvía su mirada de la mía cuando le pregunto si es feliz en Mae Sariang. Debe sentir que sí lo es a tenor de su pícara sonrisa, pero su cultura es siempre reacia a mostrar sentimientos como reacciones efusivas. Lek recoge cartones con una vieja furgoneta marca Mazda cuyo motor actual no debe contener ni una sola pieza de las que salieron de fábrica. Petardea y se mueve como un león moribundo, y Lek, a quien el apodo le viene que ni pintado porque significa pequeño, no le va a la zaga, enjuto y encogido por la vida de modo que sus pantalones de lona añil se pierden en oleadas por la cintura, piernas y tobillos. Imagina la camiseta de tirantes que de blanco ha tornado a trapos de quitar polvo. Dice que pronto cumplirá los sesenta, pero aparenta veinte más. En todo caso, ¿por qué quiero saber su edad? Simple curiosidad, Lek. Luce unas pobladas canas por cejas, desordenadas y apuntando a cualquier dirección tal si fueran estelas estalladas de una palmera de fuegos artificiales, pero monocromáticas. Se mesa la barbilla rala y gusta de atusarse la blanca pelambrera que cubre su cabeza con la misma cadencia de la lengua del gato, rítmica y pausada. Mastica tabaco húmedo que de la bolsita pasa a una palma donde con la otra mano frota en suave presión hasta hacer un bolo que siempre va a parar a la derecha de la mandíbula, encajonado entre las muelas. Mastica y escupe, mastica y escupe. El mayor y el pequeño de los hijos se fueron a dominios de Buda, sin saber por qué un día enfermaron de fiebres y diarrea y bien poco le duraron, afirma compungido. Ni necesito preguntar por un servicio médico que para la gente Shan, como Lek, es ilusión de prestidigitador. Como acaba de desperezarse el sol y el tipo lleva impreso el sello de Mae Sariang, con sus avatares e interés para neófitos, le digo que me gustaría acompañarle en su curro del día, si no le importa. Abre el portón de acompañante en el que luce una tabla de madera como asiento y no necesita mediar ni una palabra. La magia de las etnias del sudeste asiático se muestra diáfana en el hecho de que es tanta su humildad como la amplitud de su corazón, y en cinco minutos se puede considerar que han echado un nuevo amigo. Y recíprocamente a mí, por fortuna, me suele ocurrir de la misma manera a como ellos me adoptan tras cada bisbiseo. Será herencia genética de mi madre que siempre creyó a pies juntillas en la bondad y honestidad de los demás, pienso tras tres portazos como estampidas que hacen vibrar los dientes hasta que la puerta, de juntas dobladas en ocho, encaja en un chasis no mucho más cristiano. 

Pasé unas horas con Lek, ayudándole en su quehacer que era menos fatigoso de lo previsto porque los fardos de cartón ya estaban prensados y amarrados con flejes de antemano. Aún y con eso, resultó menos duro si cabe porque Lek ya no da más de sí, y todo suma elevado al cubo de tiempo y esfuerzo para él. Cuando se agachaba doblando los riñones era como escuchar el chirriar de una bisagra en forma de suspiro. Un fardo y calma. Respira hondo mientras acomodo la dócil carga en pilas, al fondo de cacharro metálico que hace de furgón. Alza la vista al cielo y se apoya las palmas, brazos en jarra, sobre la riñonada. Tabaco. No hay prisa, dice. Lo que no es hoy, para mañana. Tras tantos años a destajo es inevitable admirarle en su decadencia. No queda ni un gramo de grasa allí, y el ácido láctico ya debía hacer lustros que abandonó aquel simpático guiñapo con barniz de cenizas y coraje inquebrantable Shan. No dista mucho de nuestros antepasados recientes, los que se deslomaron renunciando a una ducha y una escudilla de trigo para darnos un pozo de agua fresca y pan de a diario. Ahí radica nuestra fortuna, porque la única hija que le queda, la que le va a sobrevivir, jamás tendrá la opción de comprobar cómo, en España, también se forjó un país en el esfuerzo de muchos como su padre. Será cuando ya no estén cuando nosotros más les echaremos en falta, hijos de la comodidad y el vicio. Es en seres reventados por la vida y la ausencia de ilusiones donde uno comprueba, apesadumbrado, que en nuestra tierra todo ha fluido demasiado rápido, que se abrieron las compuertas de una presa con la idea de regar campos fértiles y lo que se ha provocado son inundaciones que han devenido en raíces marchitas, reventadas tras un esfuerzo descomunal, y tallos agostados con forma de brotes infinitos de capricho, intolerancia y desprecio por el ancestral sudor propio o ajeno. 

Lo que no es hoy, para mañana, repetía. Lo que no es para hoy, para ¿mañana? Si mañana pronto no llegará, me digo entristecido entre ecos de desesperación. Le veo partir en una nebulosa de humo azabache y no estoy seguro de si me puede más el respeto infinito o la admiración. Seguramente lo segundo es mucho más difícil de ganar. Y ya solo me queda caminar meditabundo, huyendo del sol, en plena convicción de que nadie tiene derecho a dejar caer como nota al margen en la primera página de ese libro de amnesia que todos escribimos, febriles o indiferentes a ráfagas, a tipos como Lek ni al angustioso dolor apátrida de las gentes Shan que representa. 

Lek, anciano Shan. Mae Sariang, Noviembre de 2012

jueves, 15 de enero de 2015

Intro Kamphaeng Phet

Observo el plato con legítimo interés. Humea mientras remuevo la cuchara y el caldo anaranjado se desparrama entre cabezas de gamba, tallos oscuros de hierba limón y rodajas amarillentas de esa raíz llamada jengibre cuya flor carmesí es tan desconocida como espectacular. Si se preguntara al azar a un tailandés por su plato preferido, a buen seguro que su respuesta sorprendería a más de uno. Lejos de opciones para turistas del estilo de fideos de arroz en pad thai o arroz pegajoso con mango, lo más probable es que el tom yam kung se erigiera como la elección más común. Esta sopa con trazos de elementos que estallan en el paladar como son la hierba limón o el jengibre, se apoya además en setas, gambas que aportan la mayor ración de proteína, chiles machacados y hojas de lima kaffir, omnipresentes en la mayoría de platos tailandeses. El resultado, como tantos otros, es delicioso en una mezcla extraña que aúna lo amargo, salado, picante y dulce a la vez pero en la que difícilmente sabrás qué producto aporta cada sabor. Así, ecléctica, se resume la cocina tailandesa. 

Originaria de esta región del sudeste asiático, la lima kaffir lleva asociada a su nombre una curiosa historia que conlleva connotaciones claramente racistas. Siendo kaffir una palabra derivada del árabe, su uso era originariamente empleado por los musulmanes para definir a todos aquellos, infieles, que rechazaban el Islam. Posteriormente fueron los portugueses, en época del comercio de esclavos en África oriental, los que malinterpretaron el vocablo y comenzaron a emplear este término para definir a los africanos de tez más oscura, a la carne de cañón que era embarcada para servir en los campos de caña de azúcar de una prometedora y recién descubierta América. Inevitablemente, el uso despectivo que aparejaba llevó a transformar el término en ofensivo e incluso, a día de hoy, su uso es motivo de demandas civiles en cortes de justicia en ciertos países del continente negro, Sudáfrica entre ellos. 

No está muy claro cómo llegó el término kaffir a ser asociado con las aromáticas hojas que tanto se usan en la cocina tailandesa, sin embargo la realidad es que en occidente cada vez se aboga más por eliminar del vocabulario cualquier concepto de connotaciones racistas. En este contexto semántico, la opción que más peso ha cogido es la de denominar a la lima kaffir como lima makrut, curiosamente el término en idioma Thai para definir estas hojas. Lo más paradójico, por el contrario, es que viajando y recorriendo los mercados turísticos del país se siguen encontrando, a diestra y siniestra, bolsas repletas de hojas de lima rotuladas como lima kaffir y no como lima makrut, quizás por miedo a que los turistas no entiendan qué es lo que se pretende vender. Será que, como es sabido, para un tailandés el negocio prima sobre consideraciones morales de unos tipos que hablan lenguas extrañas y además se suelen mover por unos principios hipócritas que él no llegará a entender jamás. 

Sea como sea, kaffir o makrut, mi tom yam kung estaba delicioso y ni el gato ha querido perderse el festín, devorando las cabezas de gamba que, una vez chupadas, le voy echando en esta tasca perdida de la carretera que lleva de Kamphaeng Phet a Tak. 

De tom yam kung y lima kaffir. Kamphaeng Phet, Noviembre de 2012

P.S. Finalmente ya con el libro acabado y un par de copias impresas en Bangkok (por eso ha estado el blog tan apagado los últimos días), hora de volver al hogar. Se cierra una etapa aquí, una larga época de mi vida en que se me fueron los mejores años viajando con la persona que más quería, y ahora solo queda volver al trabajo y estar con la familia, con mi padre y hermanos, mientras nos vamos acostumbrando a la nueva situación. El tercer libro está a punto de comenzar y será, cuando me dé un poco de tregua el ánimo, la hora de rescatar los apuntes de viaje de mi madre y darles forma con todos nuestros recuerdos. Creo que quedará bonito si desde ya soy capaz de rememorar a vuela pluma unas pocas situaciones que me devuelven la sonrisa. Próxima estación: ahora es lo de menos...

martes, 6 de enero de 2015

Intro Phrae

Hasta finales de 1941 el paso de Tailandia por la segunda gran guerra mundial se reducía al de testimonial mero espectador ubicado en una peligrosa posición entre el frente japonés, por oriente, y el frente aliado, por occidente. Neutral y despreocupada, prefería dejar hacer y deshacer más allá de sus límites. Entonces Japón decidió mover ficha y, el día ocho de diciembre, inició una tan rápida como bien estudiada invasión marítima y terrestre por tres áreas. Primero capturaron las ciudades de Pattani y Songkhla, en el sur, y acto seguido desembarcaron tropas en las cercanías de Bangkok aparte de iniciar otra acción ofensiva terrestre a través de la frontera camboyana. En tan poco tiempo como un día, el gobierno Thai había accedido a que los japoneses, a cambio de evitar una sangría entre la sociedad civil, usaran todas las bases militares del reino iniciando así una ocupación militar pacífica. Sin embargo, la política internacional nipona demandaba una mayor implicación tailandesa y de este modo el gobierno Thai fue forzado a declarar la guerra a los aliados para finales de enero de 1942. Así, en dos meses que en términos históricos no de dejan de ser apenas algo tan fugaz como un parpadeo, Tailandia se encontró con que, oficialmente, había entrado en la Segunda Guerra Mundial. 

Resulta obvio entender, en este punto, que una nación de un perfil tan nacionalista como la tailandesa difícilmente iba a quedarse cruzada de brazos tras ser ocupada, y bajo ese sentimiento social surgió lo que se conoce como movimiento de insurrección Free Thai. Agrupando en un principio a jóvenes con escasa formación militar, acabó desarrollando, sin embargo, una labor de investigación y de espionaje que aportó información veraz y exhaustiva a los aliados sobre los movimientos tácticos militares de los japoneses en suelo Thai. 

Paradójicamente, es destacable el hecho de que el movimiento de liberación se gestó de un modo más intenso entre ciudadanos tailandeses viviendo en países occidentales que entre la propia población dentro de sus fronteras. Ellos, allende los mares, fueron los primeros en estructurar el movimiento Free Thai, o Seri Thai como es conocido en idioma tailandés, y de entre todos destaca la figura de Seni Pramoj, embajador de Tailandia en Washington, quien se negó a transmitir la declaración de guerra al gobierno yanqui y, por el contrario, empezó a trabajar con éste en la gestación del movimiento de liberación y en la movilización de voluntarios Thai, jóvenes estudiantes universitarios en el extranjero, para que prestaran ayuda a los aliados. De igual modo, un movimiento de similares características surgió en las islas británicas. Con ellos el movimiento de liberación daba sus primeros pasos. 

Ya en suelo tailandés, en Phrae concretamente, fue asignado el antiguo parlamentario por esta región, de nombre Thong Kanthatham, como responsable de captación de nuevos miembros que abarcaran una red de espionaje y que fijaran su base, lejos de las vigilantes miradas japonesas, en la localidad de Pae Pieng. Se estima que en total llegaron a ser unos quinientos hombres, principalmente aldeanos y maestros de escuelas rurales, los que se asociaron en este movimiento de liberación de la región de Phrae haciendo de éste uno de los principales bastiones. Fue en ese momento, una vez articulada la red en Phrae, cuando el líder del movimiento en Estados Unidos, Seni Pramoj, consiguió que la inteligencia americana se involucrara activamente enviando por un lado abastecimientos vía aérea, y por otro destinando a tres oficiales de inteligencia cuya misión sería instruir a simpatizantes y miembros del grupo amén de reportar partes de movimientos de tropas japonesas en la región. 

Para marzo de 1945, el grupo de Phrae era ya responsable de toda la región norte del país, donde había creado una estación de radio desde la cual reportaba informes sobre cantidades, movimientos y equipamiento de tropas japonesas en la zona a otra estación británica ubicada en India. El conocimiento sobre puentes y bases niponas era lo suficientemente amplio como para poder iniciar un ataque en la zona a la más mínima necesidad y, partiendo de esta posibilidad, el grupo Free Thai de Phrae también había impartido adiestramiento bélico a muchas gentes del lugar de modo que el ataque contara, a su vez, con apoyo en superficie. Así, decenas de miles de ciudadanos fueron preparados para un choque que, sin embargo, no acabó siendo necesario ya que el bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki precipitó la rendición de Japón dando fin a la Segunda Guerra Mundial en su frente oriental. 

 Museo Free Thai, Phrae. Noviembre de 2012

lunes, 5 de enero de 2015

Intro Mae Sai/Imágenes Chiang Rai

Dice que se llama Kyo, nervioso por puro instinto de desconfianza hacia mí. Seguro que sabe más por lo que calla que por lo que murmura, por lo que no quisiera haber conocido que por lo poco que dice que ha visto. Sé de sobra que en Myanmar nadie tiene apellidos, así que con eso, con Kyo, me vale para tirar del hilo. Comienza a juguetear nervioso con una bolsita de nueces de areca cuando me pregunta por tercera vez de dónde vengo, a qué me dedico. Tiene la dentadura embadurnada de restos bermellones de masticar las citadas nueces con cal, y pienso interesado que quizá sea ésa la solución alargándole un Marlboro que, pese a ser de Tailandia, aquí tampoco es ningún salvoconducto de amistad pero al menos genera un débil hilo de cordialidad. 

El chaval trabaja a temporadas en el lado tailandés de la frontera, destino anhelado en que le gustaría vivir. No solo se le ilumina el rostro imaginando que pudiera trabajar allí de continuo, además es lo único que le arranca más de dos frases seguidas si le fuerzas a ensoñarlo. Pero sin papeles se ve obligado a buscarse la vida. Ya más calmado y confiado, confiesa que en ocasiones consigue que algún avispado empresario Thai le reclute para cualquier obra y le meta en Tailandia bajo soborno al oficial de inmigración correspondiente, pero una vez se acaba el proyecto ya nadie conoce a nadie y pronto es pillado por la policía para ser devuelto a Myanmar, hacinado en insalubres conejeras. Entonces solo queda volver a empezar dando paseos por las inmediaciones del puesto fronterizo hasta que alguien le reclame. Al menos él ha tenido la fortuna de no morir en algún camión a bordo de los cuales son introducidos los suyos en tierra Thai desde el otro lado del río Salween. Muchas veces el camión es detenido, se alarga el interrogatorio al conductor y cuando los oficiales de inmigración abren las puertas solo queda dióxido de carbono y cadáveres asfixiados ya en descomposición. No es infrecuente leer este tipo de noticias en los periódicos tailandeses. Fantasea con que le gustaría ganar más dinero, tanto como para poder comprar su tranquilidad cuando la policía del país vecino le buscara las cosquillas, pero con dos hijos en tierra birmana eso no es fácil y lo poco que gana lo envía al hogar. Sin más detalles ni despedidas, se esfuma en el preciso instante en que alguien le da una voz desde un lejano pórtico en penumbra, dejándome junto a una anciana Shan que, en cuclillas, aprende caligrafía escribiendo constantemente el mismo símbolo en renglones difusos de una libreta sin tapas. Para mi pesar, ella es solo carnaza frente a objetivos fotográficos de insensibles turistas tailandeses que la incordian a menudo. Encuadran la imagen y escupen sus clics a un breve palmo de un rostro que se ladea molesto y cuyas arrugas aparecen de hecho coloreadas del polvo rojizo que aquí es aire. 

El destino, en dogma aprendido a lo largo de numerosos viajes y por alguna extraña razón, es siempre más travieso en el continente asiático que en ningún otro, y tampoco me sorprendí en exceso cuando Kyo me saludó una vez en el lado tailandés, a bordo del bus camino a Chiang Rai. Me enseñó radiante un mustio pasaporte temporal que solo Buda debe saber dónde lo adquirió y a qué precio. Iba a trabajar en un nuevo proyecto, me contaba justo cuando un control policial le borró la sonrisa. El policía que subió a chequear los documentos de identificación ni siquiera le pidió nada, sencillamente le tocó levemente el hombro, a él y otros tres chavales, y con voz enérgica les ordenó que bajaran. Allí pude comprobar, atónito, la forma en que les examinaban de arriba abajo hasta casi dejarles en pelotas. Entra mucha heroína y metanfetamina por este lado de la frontera, producida en chabacanos laboratorios escondidos en la selva del estado Shan donde se procesa el opio procedente de plantaciones amparadas interesadamente por la corrupta política interna birmana. No en vano la vieja Birmania y Afganistán son los dos productores mayoritarios de opio del mundo. 

Pero a Kyo la fortuna le sonrió esta vez, y una vez vestido y comprobada la validez de su salvoconducto, es devuelto al bus donde el resto de trayecto, la cerca de hora y media que demoró hasta Chiang Rai, lució una sonrisa idéntica a la que debe lucir cualquier prófugo de la cárcel más tenebrosa. Por supuesto, no volvió a dirigirme la palabra enfrascado como estaba en su nueva ilusión de un futuro, y yo tenía claro que solo debía dejarlo estar escribiendo a trompicones algo acerca de lo jodido de su porvenir y el de tantos otros en su situación. 

Gentes de la frontera. Mae Sai, Enero de 2015

viernes, 2 de enero de 2015

San phra pum (Intro Mae Hong Son)

Son la más clara muestra de que no todo es budismo en Tailandia. La casa del espíritu o Casa del Señor del Lugar, San Phra Phum en tailandés, aparece reflejada en casi cualquier sitio al que dirijáis la mirada, y es la esencia de una creencia animista arraigada desde tiempos inmemoriales en la sociedad Thai. Generalmente con aspecto de barroca jaula de pájaros rematada de tejados superpuestos y dorada pintura sobre estuco, lo mismo que una pagoda en escala reducida, tal que juguete para niños, siempre aparece apoyada sobre un pedestal, de altura entre el metro y metro y medio, en un lateral exterior de cualquier vivienda. Se cree que, cuando se construye un edificio, ha de erigirse una nueva residencia para el espíritu que ha quedado desplazado de su ubicación original. Ésa es su función. Phra Phum es solo un espíritu de la miríada de ellos que habitan en la psique colectiva Thai, quizás el más reconocible y ubicuo dado lo habitual y pintoresco de su refugio. Luego están los otros espíritus, invisibles también, de entre los que destacan los destructivos, principalmente asociados a figuras femeninas, y que en el mundo rural es aceptado que acechan a sus víctimas en árboles, frutas o cruces de caminos con la intención de sorprenderlas. Todos ellos pertenecen al universo metafísico que los Thai denominan “Decha”, una tenebrosa dimensión paralela alejada de hogares, templos o monasterios y donde poderes potencialmente destructivos fluyen causando dolor, enfermedad y muerte. Este tipo de fuerzas malignas solo pueden ser calmadas y aliviadas por las habilidades de doctores de espíritus o monjes mágicamente ungidos bajo un poder sobrenatural y que actúan de exorcistas cuando la situación lo requiere. De este modo, no es extraño encontrar hileras de casas de espíritu en curvas peligrosas o puntos negros viarios con la intención de proteger a los automovilistas que por allí pasen. Naturalmente, del mismo modo que se cree en las capacidades malignas de muchos espíritus, también se cree en las protectoras de otras y, debido a eso, se considera que honrar a Phra Phum con ofrendas y rezos dará como resultado una bendición y buena fortuna a la hora de afrontar los eventos del día a día. 

Pese a que existan infinidad de tipos de casa de espíritu, desde las más elaboradas y recargadas con buenas maderas y cristalitos de colores hasta otras tan simples como un cubículo creado con tiras de bambú, la estructura es siempre idéntica: una habitación en la que vive Phra Phum y una especie de porche en el que se depositan las ofrendas del tipo de comida, flores, incienso o agua. También es habitual que se le ofrezcan objetos como sirvientes en miniatura, caballitos o elefantitos de porcelana que ayuden al espíritu a sentirse mucho más importante y confortable en éste su nuevo hogar. Incluso no es extraño que, en ocasiones, las creencias atemporales de fertilidad hagan presencia y el espíritu se vea ofrendado con pequeños falos de madera, cera o piedra para ayudar en la concepción de nuevas vidas. 

Las casas de espíritu siempre lucen un poco por encima de la estatura media de una persona de edad adulta, y cuando son instaladas se ejecuta una ceremonia de consagración que puede durar hasta tres horas. En todo caso, y como clara muestra de la influencia india en cultura, religión y costumbres del país, el ritual se celebra en el momento que se considere más oportuno desde un punto de vista astrológico, y siempre es efectuado por un brahmán hindú, no por un monje budista. Si, por el motivo que sea, las cosas no le están saliendo bien al dueño del recinto donde se ha instalado la casa de espíritu, un experto que generalmente es un monje de reputada experiencia o conocimiento puede ser llamado para inquirir al espíritu por qué no está contento y, acto seguido, completar los rituales necesarios para apaciguarle. Por increíble que pueda parecer, estos rituales tan alejados de la praxis budista en puridad no son exclusivos de regiones aisladas o deprimidas de Tailandia ya que, incluso en los hoteles más exclusivos de cadenas occidentales de una ciudad tan cosmopolita como Bangkok, siempre se adscribe la buena fortuna en el negocio a lo contento o irritado que pueda estar el espíritu que habita en la citada San Phra Phum. 

 Admirando la más hermosa casa de espíritu que haya visto jamás. Mae Hong Son. Noviembre de 2013