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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Una noche cualquiera

Esto, para variar, empieza del modo más clásico: arrastrándome al fondo de aquel pozo con pinta de garito de luz quimérica, fosforita, pleno de sed y deseos de escribir. O eso creía, feliz en la convicción de que ese sábado de plenilunio llevaba mi nombre triunfante grabado en su barriga, cenefa de calma y diversión recogida. Pero, una vez en el interior, de luz nada de nada. No hay problema, mai pen rai. Como llevo un par de litros de cerveza encima, no me corto y le pido al tipo que controla la entrada a ver si me puede encender una bombilla, que uno tiene cosas que hacer y tal. Tiene cojones, pensaría el fulano, pero éste se piensa que está en Disneylandia o qué. Todo se halla envuelto en esa deliciosa penumbra donde manos toquetean hasta la profundidad y apenas una amargada disfrazada de cantante, embutida en un disfraz de colegial como los que lucen las niñas que cantan la lotería de Navidad, de pijo colegio de pago quiero decir, disfruta de un foco semi-apagado aparte del de la típica pecera. ¿Por qué demonios hay siempre una pecera en estos antros? Pregunto. El resto es una peli porno a cámara lenta tras un velo codificado. Me costó ponerme en situación, hasta que me sacudí un par de veces la cabeza para entender que estaba más mareado de lo presupuesto. El otro que llena el escenario, el que hace como que toca las teclas, es de anuncio también. Con pajarita tipo Manolo Escobar, y una sospechosa mezcla entre Jose Feliciano por feo y Steve Wonder por horroroso. El tipo parece en el séptimo nirvana ejecutando su pantomima, simulando que menea los dedos mientras, azares de la noche, se le bajan las persianas de los ojos a cada suspiro. Es que el jodido de él ni mira a las teclas el breve segundo que no dormita, dejando a tipos como Rubinstein a la altura del betún. Las chicas que no tienen la fortuna (o maldición) de ver cómo un borracho les levanta la falda se dejan llevar dándole al diente ¿Acaso existe algo más tradicional que eso en una gruta Thai rotulada de karaoke a deshoras? Y el de la puerta, por supuesto, me responde que lo de la luz ni para Dios, y con una de esas sonrisas calcadas al póster de la clínica de al lado simula como que no quiere entender más, por si me da por repetírselo. Si eso ya lo hago yo demasiadas veces al día en sitios turísticos, majete. Que me des la luz, cojones, que no veo ni lo que escribo. Pero va a ser que no.  

Posteriormente un tipo, cuando ya estoy tan cocido como resignado, resulta que ha decidido sentarse a mi lado. ¿Pero es que nunca dejaré de ser puerto para navíos errantes? Es un tipo de los años de mi padre pero mucho peor llevados y como, faltaría más, no le hago ni puto caso, se levanta y se pira amenazando con volver cuando esté más receptivo. Pues te faltan aún doce reencarnaciones, tío, suerte en el entretanto. En el momento más insospechado suena el último éxito. Los tipos empiezan a palmear extasiados, unas chicas se bajan la falda, otras suspiran mientras se suben un palmo la suya para hacer sus piernas más querenciosa y, con franqueza, yo me vuelvo a pensar seriamente si no meterle una puñalada al cabroncete de las luces que hace que cada palabra de esto que lees me lleve dos minutos de reloj el acertarla. La música es un coñazo así que, ni corto ni perezoso, cuando se arranca otra aspirante a canción del verano si solo por los aplausos multitudinarios, yo me encasqueto los cascos y tiro un poco de mi música solo para descubrir al rato que soy diana de miradas ofensivas por descortés. Y en eso estoy cuando una chica, por borracha o caprichosa, no cede en su afán de extranjero de albardas llenas y se apalanca delante de este imbécil que, ajeno, sigue sobrevolando las teclas. Que de dónde eres, le repito sin mirarla a la cara. Savannakhet. Ya, Laos. No sé por qué pregunto. Como si no conociera vuestro pasaporte desde antes de entrar a soplar. Pero como me he vuelto mudo la tía se va dando un portazo que suena a silla que choca con estrépito sobre la mesa. Suerte que el vaso ya no estaba lleno. Y yo, en consecuencia, a lo mío.

En el momento más insospechado se sube a cantar un bollito de rojo carmesí. Deslumbrante. Pero canta tan de pena que hasta el de las teclas se ha negado a seguirla y ya dormita descarado. Su hija de escasos años, la de la cantante, danza por allí feliz y despreocupada entre este enjambre de moralidad dudosa. Lo sé porque la vi cambiarle los pañales, sobre una mesa vacía, hace unos minutos. Lo realmente cojonudo es cuando se vuelve a apalancar a mi lado el tipo que podría ser mi padre, con su dentadura enroñada y aliento a barato licor Lao, junto a la cría que toquetea con furia las teclas del ordenador. Como a ella le da igual lo que salga, pues poco importa que no haya luz. Qué felicidad. Que es su nieta, y la de rojo su hija, dice mi padre tan orgulloso como borracho. ¿Son guapas? Claro que sí, buen hombre, claro que sí. Y como el tipo vuelve a la carga conmigo, qué remedio, no me queda más que rematar el último trago de cerveza y pirarme al sobre pensando divertido que hay cosas de esta barriada de Huay Kwang que nunca podré valorar en su justa medida, que la mayoría ya ni deseo llegar a comprender y que es precisamente por ello por lo que se ha convertido éste en mi Montparnasse favorito en la capital del reino Thai. 

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