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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 8 de diciembre de 2014

Un templo, una madre

Sin contar las que mueren en el mar, todas las carreteras que parten desde Nakhon Si Thammarat, abreviada como Nakhon, se pierden durante decenas de kilómetros entre onduladas alfombras esmeralda a modo de destellos desprendidos de un sol imaginario. Todas sin excepción. La imagen desde el avión no puede ser más homogénea y misteriosa (¿irá ésa a Hat Yai?, y ésa otra al norte, ¿a Surat Thani?), provocando que uno no se canse de admirar el espectáculo hasta que el opaco halo de la respiración empaña toda la ventanilla mientras el avión vira para enfilar la pista de aterrizaje. Con menos de la mitad de asientos ocupados, las azafatas charlan despreocupadas sobre su próximo destino vacacional y un ligero aroma a té fuerte invade por oleadas la cabina. A mi lado, hombro con hombro, un monje grueso de tez de teca, prominentes mejillas y nariz respingona aparece entre meditativo y dormilón. Es propio de los países de religión budista que los monjes siempre tiendan a preferir viajar en la última fila bien del bus, avión o lo que tercie. Y no son los únicos. Su perfil contagia, de modo indefinible, un sosiego mayúsculo, pero mis manos todavía hoy tiemblan y se empapan cuando se aproxima un aterrizaje de tal modo que no puedo evitar observarlas mientras ojeo en derredor no vaya a ser que alguien lo note y me provoque un rato de vergüenza.

-¿De qué país eres?-. El monje se ha desperezado y mira, con una delatora mueca de sonrisa, el titilar de mis manos que automáticamente cierro en un puño.
-España-. Respondo en Thai para su no estoy seguro de si fingida o real complacencia.

En Nakhon las calles resudan humedad por cada grieta, aún más cuando descarga una tormenta que llena de riachuelos tumultuosos toda la superficie hasta donde alcanza la vista, galopando desenfrenados por doquier. En Tailandia el clima se mide de otra manera, y en apenas diez minutos eso es historia, las calles se tornan yermas, la humedad se convierte en piel y la vieja Nakhon se muestra como lo que realmente es: dos arterias principales cicatrizadas por decenas de callejones deshilachados donde la vida surge tras las rejas de hermosas mansiones eclécticas o sencillas chabolas de madera junto a las que la basura se confunde entre maleza esmeralda. Todas se forran de tipos altivos que suben y bajan sumergidos en el asfalto, inundando con sus mercancías o curiosidad la estampa que se abre al extraño. Por si esta sensación no fuese lo suficientemente incómoda, parecía querer volver a llover bajo un manto de abigarradas perlas grisáceas y a mí no me apetecía obligarme a escribir sobre la ciudad, sobre lo que sucediera a un palmo de la nariz, sobre los recuerdos de tantas experiencias vividas con mi madre por Siam. Así pues, tomar un trago y brevemente caer en brazos de la historia fue más una consecuencia que un deseo.

La vieja Nakhon Si Thammarat, lo que queda visible del viejo imperio de Tambralinga o Ligor, ha sido históricamente más un reducto de etnia Mon que de origen Thai. La gente Mon, lingüística y culturalmente perteneciente al grupo etno-lingüístico Jemer, se asentó en estas tierras mucho antes del ingreso Thai desde China meridional hace poco más de un millar de años, generando poderosos imperios marítimos como el citado Ligor. Fue la presión social, junto al intercambio comercial y los conflictos políticos, el principal factor que provocó la fusión de estas gentes tanto con el grupo norteño Thai como con el grupo Malay, procedente del sur. Sin embargo, se cree firmemente aún a día de hoy que es el grupo Mon el prevalente no solo en Nakhon sino en buena parte del sur tailandés. ¿Hay más? Claro que sí, desparramado por doquier, debajo de cualquier adoquín, mas ésa no era la razón de haber volado veinticinco horas hasta allí, así que pagué la cuenta cuando clareó y respiré profundo antes de perderme rumbo sur buscando un poco de fe.

El sagrado templo Mahathat, uno de los más importantes del país, era una visita obligada. Compré unas flores, incienso, dos velas y un loto, lo justo para la más sentida ofrenda en recuerdo de mi madre. Tal y como ella y yo habíamos hecho tantas veces para rememorar a los nuestros. Revivir eso también me había animado a regresar al país de las sonrisas pese a saber lo duro que se volvería. En realidad el recinto es poco más que una estupa cingalesa, rematada en oro puro, y otro sinfín de estupas más pequeñas de cemento que la escoltan, y me sonrío imaginando el escepticismo de mi madre si estuviera conmigo. Si son todos iguales, llegaría a decir. Pero ahora sé que lo que hace más o menos hermoso a un templo, a una catedral, es todo lo que se aloja en nuestro interior, todas las emociones que encuentran una salida y una razón húmeda de ser que nos permita sacar la angustia de la mochila y seguir respirando. De ese modo, el conjunto es precioso por humilde y relajado como el que más. Encendí las velas, las hundí en la arena de la dorada palmatoria y lloré como un niño mientras desfilaban tantos recuerdos entre las trémulas llamas mecidas por mi aliento. India, Sri Lanka, Camboya, China, vuelta a India, por el norte, por el sur, Varanasi, Java, Vietnam… Y ahora, ¿quién va a descolgar el teléfono cuando llame a casa? Mientras cesa el llanto, relajado, pienso reconfortado que fuimos felices muchísimos momentos. Los mejores años de mi vida se fueron con ella. Y es la plácida atmósfera del lugar la que me lo susurra, las miradas compasivas de otros fieles porque allí, en el templo, terminamos coincidiendo todos los huérfanos en un momento u otro. Sin dejar de ser hermanos, ahora más que nunca, es el budismo quien hace de madre. Arrodillado, delante de Buda, le dejo a los pies el loto y las flores. Nunca se altera su rostro, nunca ruedan lágrimas por sus mejillas, pero todas las penas son recogidas y difuminadas en su presencia. El tiempo no tiene lugar en un templo budista, siempre se queda en el rellano, imposibilitado de franquear la cancela. Nunca jamás verás a nadie mirar el reloj en un sitio como éste porque aquí ni existe la prisa ni las obligaciones, solo el recuerdo, el respeto y el llanto unidos en un filamento que te atraviesa y del que, simbiosis perfecta, pasas a formar parte. Hasta que tú lo desees o el apenas revitalizado corazón te lo sugiera.  

Al caer la noche me acerco a cenar a un restaurante típico donde se representa una función de Nang Thalung, el tradicional teatro de sombras de la región. Es un escenario improvisado, apenas dos metros y medio de ancho por otros tantos de alto, de telón echado a modo de sábana y desde cuyo fondo se proyecta una única bombilla. Los títeres surgen entre ambos, y la sombra que proyectan, colorines tenues sobre blanco, disparan movimientos acompañados de voces guturales y esporádicas risas. Los personajes son idénticos a los del Wayang Kulit indonesio, hechos de piel de vaca, con perfiles aserrados y grotescos además de desproporcionados, nada naturales tal y como los conocí con mi madre en Surakarta, en la isla de Java. Claramente otra muestra más de la ecléctica mezcla cultural de toda esta región en la que las corrientes culturales llegadas allende los mares vinieron para quedarse. Budismo desde Sri Lanka, bailes desde el sur de India (se cree que las típicas danzas Lakhon son originarias de esta ciudad, de ahí su nombre), cultura indonesia irradiada junto al imperio Srivijaya, islamismo desde Malasia, el magnetismo del templo Mahathat… todo ello batido y reforzado con espíritu Thai. ¿Dónde se pueden conocer mejor los engranajes históricos del sudeste asiático continental o insular salvo en el sur tailandés?  

Ahora que la lluvia se vuelve constante y por todas partes arrecian tipos enfundados en plásticos protectores, auténticos invernaderos humanos en los que no quiero ni imaginar la humedad que se debe cocer, regreso a la pensión a través de una calle de iluminación tenue en la que mi sombra crece y decrece, bajo un halo anaranjado en función del ángulo que toque. Pienso en mi madre, en tantas experiencias compartidas, y soy consciente de que en ocasiones me quedo mirando fijamente a la nada, sin saber de (desde) dónde vengo ni a (hacia) dónde voy, caminando abstraído, escuchando el latir de la memoria en un frangipani, un plato de arroz con pollo, una tienda que no sé qué vende… la veo por todas parte, y al final es su inmensa sombra la única que queda junto a mí, en la cama, cuando apago la luz. Sollozo en silencio, sé que mañana volveré al templo.  

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