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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Intro Nakhon

El silencio. Allí donde solo impera el rítmico rumor de olas y las nubes cubren el horizonte en trazos grisáceos de acuarela por entre los que se filtra un sol ambarino. Donde ni el viento osa husmear o los carabaos piar. El silencio. En lo más profundo de una arena tan fina como los granos del mármol jainí pulido en Ranakpur, unos niños juegan desnudos en el borde de un mar que, frente a ellos, se muestra plácido y tentador, repleto de vida marina entre gorgonias locales y coloridos arrecifes de coral. El silencio. El cabo Talumphuk, con sus casuarinas esbeltas, sus manglares ocasionales y su ignorancia de carreteras, siempre será el silencio en forma de cuadro inasequible al paso del tiempo, ajeno al mundo, de espaldas al ruido. El silencio. Mar fundido con arena y cielo, sin saber dónde acaba uno y dónde empieza el otro, dónde empieza el fin y dónde arranca el infinito. Uniforme, hermoso. El silencio. Dos hombres canos surgen de la nada, de un espejismo acuoso, y caminan arrastrando los pies, levantando polvaredas de harina, sin decir palabra, humillados por la vida, marcados por un destino que arrancó jirones de sus entrañas encallecidas una tarde tan cercana como el primer pensamiento de cada mañana, como el último de cada noche. La muerte.  

Veinticinco de Octubre de 1962. La muerte. Cabo Talumphuk, reducto olvidado en la región de Nakhon Si Thammarat, sudeste de Tailandia. La muerte. El peor desastre jamás conocido en la región comenzó al mediodía, en forma de copiosas lluvias y vientos moderados. A eso de las siete de la tarde, una tormenta tropical llamada Heriod hundió sus garras en el cabo, azotando todo a su paso con vientos de noventa kilómetros por hora y arrastrando varios metros hacia el interior embravecidas olas de hasta siete metros de altura. La costa sufre y los terrenos cultivados se anegan de una agua salada que pudre las raíces echando a perder las cosechas, mas Talumphuk, paja y bambú, miserable la que más, silencio en esencia, se tambalea como una hoja caduca, sus casas de una planta se desmoronan, los rústicos tendidos eléctricos son engullidos por el mar y sus vecinos, presas del pavor, huyen tierra adentro en busca de alturas o alguna ocasional casa de cemento. La muerte. Pero la naturaleza es caprichosa y, horas después, animados por una repentina tregua, los vecinos regresan a rebuscar sus pertenencias de entre los escombros. Error fatal, error de puro instinto de supervivencia para una gente que ha sudado cada céntimo ahora machacado por el huracán. ¿Quién no haría lo mismo? Mejor dicho, ¿a quién no le quedaría la única opción de hacer lo mismo? La muerte. En ese momento un segundo frente, aún más virulento que el primero, arrecia con todo. Frío, lluvia, ojos que no ven, viento, árboles que caen, mar, olas que engullen… La muerte. Mil vidas son segadas y otras muchas desaparecen arrastradas mar adentro. La muerte. Desolación. La muerte. Más distritos del entorno sumaron bajas, muchos más como Tha Sala, Ron Phibun o el mismo distrito capitalino de Nakhon Si Thammarat, pero fue en Talumphuk donde la muerte se cebo con más saña, donde más fácil lo tenía en un entorno mísero de solemnidad con gentes que siempre entendieron el mar como un aliado, temible aliado que de darles sustento paso a quitárselo todo. La muerte. Talumphuk, memoria frágil, aún recuerda a sus hijos perdidos, a sus padres desolados. Para nosotros es el famoso tsunami de 2004 el que permanece en la memoria por la cantidad de extranjeros que perdieron la vida. Ya se encargan la televisión y los medios de comunicación de impedir que no lo olvidemos. Pero a los habitantes del cabo Talumphuk, ¿quién les recuerda y reza? El silencio.

                                                                                        En un museo de Nakhon. Diciembre de 2014

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