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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Intro Kanchanaburi

“Ponte a este lado, que en ése hace calor”, me dice la abuela. De cara como una uva pasa y vivarachos ojillos, lleva unas chanclas baratas poco por encima de las cuales se abomban unos pantalones pirata, de bajo remendado por un enemigo de la aguja y el hilo a buen seguro, amén de la típica camiseta de algodón de color amarillo con el emblema de la casa real bordado a la altura del corazón. Es lunes, el día que nació el Rey, y el color gualda, tradicionalmente asociado a este día, desde entonces también lo está a la monarquía. Así que se lo agradezco con una sonrisa empática y cambio de lado en un viejo vagón con ventanas de cristales hundidos, forrado de chapas de plástico que simulan listones de madera por dentro y en el que solo hay dos hileras laterales de ajados asientos corridos en los que la gomaespuma se visualiza por entre decenas de cicatrices. Me acurruco flanqueado de dos bolsas de chiles anaranjados, más acá de donde se amontonan los sacos de sisal repletos de arroz, y saco el hocico por la ventanilla con regusto perezoso. Como ella va todas las semanas a Kanchanaburi, ya se conoce el ángulo por donde castiga el sol. Thonburi, entonces y gracias a su cortesía, ya no es un sitio hosco y plagado de mochileros soñolientos con aspecto de fatiga y ganas de fuga que rápidamente se han parapetado juntos en los asientos de primera.

Thonburi, el Bangkok bajo o Bangkok Noi, el viejo asentamiento rural de templos, mercados de flores y canales desde el que se creó la capital, no parece ni siquiera una sombra de lo que significó desde la ventanilla de un vagón de tercera. Sin embargo, aquí nació el sistema ferroviario en Tailandia a principios del siglo XX, en esta misma estación de vigas oxidadas, hijos de la decepción que son colillas pisadas y ruinas que, en infinitivo, solo pueden aspirar a ser pretérito desierto. Primero hasta Phetchaburi, después hasta Butterworth. Entonces la estación central de Hua Lamphong no era ni un proyecto, lo mismo que los puentes o carreteras, y la gente accedía hasta esta estación cruzando el canal principal del bajo Bangkok en barcos. La línea norte y la línea sur eran independientes hasta que, debido al crecimiento capitalino, se decidió construir un puente, el primero en 1927 y llamado de Rama VI, además de crear a su vez una estación central junto al barrio chino, en el flanco Este del río Chao Praya que vertebraba ya la ciudad que asomaba. Fue en esa época cuando también comenzó a operar el ramal oeste hasta Kanchanaburi-Nam Tok, el mismo que recorreríamos hoy. En todo caso Thonburi siempre se ha negado a seguir el nivel de desarrollo desbocado de la margen oriental del río, y de hecho aquí no encontrarás inmensos centros comerciales ni construcciones megalómanas más allá de los cuatro hotelitos de cadenas internacionales que asoman en la ribera del río. Thonburi prefirió seguir siendo el barrio olvidado al que fue condenado por la dinastía monárquica Chakri, el lugar en que las gentes que habitan en este vagón dan la sensación de conocerse de toda la vida dadas las charlas y risas que surgen entre ellos. Y, aún más, te confieso el secreto de que no hay mucha gente que sepa que Thonburi permaneció independiente hasta que en 1971 fue oficialmente anexionado al gran Bangkok. Con estos antecedentes, ¿cómo podría sentirme extraño en un lugar que ha guardado con tanto celo su estirpe? Inmerso en esos pensamientos, el viejo monstruo metálico exhala su resuello, crujen las bielas y con quietud arranca la ruta del expreso a Nam Tok mientras todo a mi alrededor amenaza con desmoronarse presa del traqueteo.

En un momento cualquiera la cálida brisa ejerce su poder narcótico y la gente se desploma de cualquier manera sobre los asientos, en formas caprichosas. El tableteo a ráfagas del cambio de raíles, el rumor constante de molinillo que desprende la cabeza locomotora, el ulular esporádico en el oído de la brisa que inunda los tímpanos. Y todo el día de aquí para allá, ¿verdad, mamá? Me miras, como siempre, con ojos de fuego, incandescentes por la ilusión y el orgullo. Claro que sí, hijo, todo el día. Es mejor que las lágrimas se las lleve el viento, que las seque en su regazo, pensamos al unísono. Luego la estación, el silencio. Sala Ya. Baja gente que pronto se acomoda entre las sombras de la tejavana metálica, suben sacos de arroz que son amontonados de cualquier modo. El tableteo, el rumor, el ulular. Arrozales, espigadas palmeras, cañas de azúcar, acacias que se pierden. El tableteo, el rumor, el ulular. Un revisor toca las lorzas de una viajera conocida en duermevela que salta de un respingo para risas de todo el vagón. Todos conocen a todos, menos yo. Solo la anciana de amarillo mantiene fija su mirada en mí, en mi obsesivo teclear. Súbitamente arrimo la boca a su rostro, protegido del rumor filtrado, y le pregunto cuánto ha pagado. Los extranjeros pagáis cien, nosotros veinticinco. La madre que los echó. Ya ves que a mí también me la encordelan a la mínima, mamá. Gesto resignado mientras froto las manos. Con una sonrisa burlona, la vieja vuelve a hacer una bola con arroz pegajoso que, como las anteriores, saboreará con calma. Y cuando se termina la ración, justo en el último bocado, justo donde se acaban los edredones tipo almazuela de arrozales en varios tonos de verde, justo donde empiezan a recortarse las tecas de gigantes hojas sobre una aserrada cordillera brumosa tras la que el sol ya se agosta bostezando en púrpura, Kanchanaburi.

En el tren a Kanchanaburi. Diciembre de 2014 


P.S. ¿Tailandia? Sí, esto también... Dedicado para la familia que está a punto de venirse para aquí ;-)

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