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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Intro Chaiya

Tiene los ojos acuosos, de lagrimales reventados. Son de color pardo suave, como el pelaje del gato siamés, y bailan con un esfuerzo denodado cuando procura fijar la vista en algo o alguien. Su rostro caoba es seda arrugada con parsimonia, pregúntale al tiempo. Las canas se amontonan en cabeza y cejas, salvajes y descuidadas, punteadas cual escarpias. Está quebrado, marchito, desnutrido. Todas las costillas reflejan, una a una, los latigazos de la vida rural. No queda ni un mísero reducto de algo similar a ilusión ni en él. Ni en sus chanclas, ni en sus ropas, ni en sus maneras, ni en su mirada. Guarda la entrada a la vieja estación de tren de Chaiya como un perro abandonado. Acaso tuvo mala suerte con la vida, acaso ha sido la vida la que ha sufrido con él. Uno nunca sabe. Pero transmite una extraña sensación de serenidad pese a lo obvio. Da la impresión de haber encontrado su lugar en el mundo, anclado, y al mismo tiempo estar en paz con el universo que le rodea, reducido a una estación. Todos pasan ante él indiferentes, sin respeto ni reproche posible, como si asumieran que el anciano es tan parte del sitio como lo son las traviesas o los raíles. El expreso que ya marchó. En el cruce de caminos que se abre tras cada parpadeo en esta vida, a él parece que ya no le preocupa qué camino escoger. Y a mí, tras lo de mi madre y en esta tierra, tampoco. En eso debemos parecernos. Al cabo de unos minutos, cuando llega un tren sediento de ilusiones nuevas, ambos lo vemos partir y nos dedicamos algo similar a una mirada cómplice. Quiere sonreír pero la mueca de su rostro se pierde con dulzura en el paso de papeles y bolsas que levanta el rebufo del caballo metálico. Con un calambrazo asumo que en Chaiya, por increíble que parezca, nunca me podré sentir solo. La química más especial que transmite la bondad acompañada de melancolía ha chispado entre nosotros. Si medita o no es algo que no sé. Tampoco si cree que su vida ha merecido la pena. De hecho me juro que no quiero saberlo. En una estación olvidada del viejo Siam, yo ya no me puedo sentir solo una vez que se han juntado la pena y la desdicha en los trazos huesudos de un espectro que recuerda a mí. A mí en el recuerdo permanente de la madre que se me fue de entre las manos.  

Cuando cruzo junto a él me agacho y le confieso, al oído y sin que me entienda, que ahora sé que a olvidar no se puede enseñar con palabras. Que él me lo ha enseñado. Con una lágrima, que rompe en su rodilla y cae frente a él, le prometo como a mi madre que su último suspiro también será mi primero en cada alborada. Así sea.

                                     En la estación de ferrocarril más triste del mundo. Chaiya, Diciembre de 2014

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