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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Epitafio

Yo nací el año en que los Jemeres Rojos acabaron con el régimen títere, auspiciado por los yanquis, de Lon Nol. El año cero, el año en que se instauró un desolador cuatrienio convertido bajo las virutas aserradas de la historia de la humanidad en el mayor genocidio jamás contado. El año que Camboya se hizo aún más jirones, sangre y llanto. De hecho, el año que empezó una pesadilla peor que la del genocidio judío si solo porque el vía crucis jemer fue aplicado por un ciudadano camboyano hacia sus compatriotas y congéneres raciales. Siempre he vivido con ese estigma del que nunca fui consciente hasta que comprendí que una gran parte de mí vivía y vivirá asociada a este reducto olvidado denominado sudeste asiático. Con mi madre lo aprendí. En un lúgubre y olvidado museo de Phnom Penh, ella y yo, al unísono, lo cincelamos en el corazón allá por 2006. ¿Acaso podría existir una mejor y peor coincidencia onomástica que ésta para sellar mi destino? 

Yo nací el año que se desplomó Bagan. El año en que las ninfas del destino tomaron aliento fuerte y agitaron su desdicha con forma de terremoto sobre el cítrico erial en que descansaban miles de templos, a partir de ese momento cascotes amontonados en masas indefinidas. Algunos como Gawdawpalin, Ananda, Bupaya,... fueron levantados nuevamente de sus sombras en una inevitable paradoja budista de Samsara infinito, y hoy día son para mañana volver a caer, para pasado volver a reencarnarse. Resiliencia impresa en cordones umbilicales, resiliencia de quienes nunca necesitan de una razón para construir, cincelar, tallar y tallar, levantar y volver levantar, y volver a levantar su fe. “Si recorréis la Tierra, podréis encontrar ciudades sin murallas, ni letras, ni palacios, ni riquezas, ni moneda, que no conocen gimnasios, ni teatros. Pero si buscáis una ciudad sin templos y sin dioses, que no rece, ni ofrezca sacrificios para obtener gracias o para alejar los males que la amenazan, no la encontraréis…”, eso decía un Plutarco que no necesitó llegar a Myanmar para comprender qué hacía moverse a los engranajes allí. ¿De quién, de qué volvimos nosotros, occidentales del veintiuno, reencarnados? Mi madre y yo tuvimos la fortuna de poder recorrer Myanmar en 2007 para allí aprender lo citado, bajo una tórrida puesta de sol sobre el anónimo templo de Schweguyi y ante los ojos de una joven llamada Windu. ¿Acaso podría existir una mejor y peor coincidencia onomástica que ésta para sellar mi destino? 

Yo nací el año que cayó Saigon. El año que Vietnam escribió el punto final tras letras escarlata en renglones torcidos hacia el abismo bélico. Allí un gobierno norteamericano, tan torpe e incompetente que es la envidia de los que padecemos y palidecemos con los políticos de nuestros días, se empeñaba en encontrar fantasmas de donde solo crecía el arroz y el sol se desparramaba en mares esmeralda y picos cársticos de belleza arrebatadora. Ese año Vietnam volvió a ser la nación que nunca debió haber sido fragmentada, la que conocemos hoy. Y, en 2007, también todo eso lo aprendí junto a mi madre mientras ambos surcábamos por primera vez la bahía de Halong, la del dragón descendiente, entre farallones cársticos que hacían de óleo al alcance de los dedos. ¿Acaso podría existir una mejor y peor coincidencia onomástica que ésta para sellar mi destino? 

Se me hace imposible olvidar, al mismo tiempo, que yo nací el mismo año que el Pathet Lao triunfó para abolir la monarquía y crear el país, maravilloso país de Laos que hoy día nos acoge en éteres incluso en momentos de zozobra como éste. Y no lo recuerdo por eso, ya quisiera. Lo hago por la imagen zaherida que ha surcado mi mente como un destello en el que imagino las terribles mutilaciones que ha vivido la gente Hmong desde entonces, desde aquel año 1975. Engañados por los yanquis, vendidos por la corona Lao, fueron el chivo expiatorio propicio para unos comunistas triunfales que desataron palos con saña sobre esta pobre gente maltratada ayer, hoy y mañana. Unos dicen que cayeron ochenta mil, otros cien mil, el caso es que la población fue, sigue siendo masacrada. Almas Rohingya, Hmong, Karenni,… asiáticos pueblos sin patria de gritos desesperados para oídos sordos; sangre y pieles de ni a dólar en un mundo en el que nunca vales lo que ríes o lloras. Ahora dime, madre, ¿Cuánto queda por desenterrar y mostrar del sudeste asiático? Allí, en el Luang Prabang de 2008, quedó otra lección susurrada de vástago a retoño, sueños escarlata impresos en el recuerdo. ¿Acaso podría existir una mejor y peor coincidencia onomástica que ésta para sellar mi destino?  

Todo eso y más, madre. Muchísimo más que ahora mismo ni fuerzas tengo de rememorar. En plena antítesis del placer presupuesto, esto de viajar había de convertirse en un momento dado en una punzante concatenación de soledad, rabia y desesperación a partes iguales. Tú y yo lo sabíamos y lo asumíamos lanzándonos a pecho descubierto sobre la hoguera de la valentía y la fe. No se puede vivir con miedo, nos repetíamos el uno al otro demasiado a menudo. En Cuenca y por mor del destino, por razones intrínsecas a nuestra efímera naturaleza, el fantasma de la muerte ha pasado en 2014 como un tajo a tu yugular. Estaba hablado y asumido, porque nadie debería vivir con miedo de tal modo que tú, hasta tu último aliento, no has dejado de escribirme otra lección con tu ejemplo. “¡Qué huevos le has echado, mamá!” Quiso el destino que esa expresión surgida de la desolación y un beso en la frente fuera nuestra despedida antes de abandonarme en el salado océano del dolor más intenso jamás conocido que empapó la camilla y tu mortaja. Ninguna ruta fue nunca lo suficientemente empinada como para arredrarte. No para ti. Dimos juntos tantos pasos hacia delante por ninguno hacia atrás que incluso bajo las eclesiales cúpulas achispadas de una ciudad que hasta que caíste había sido pura y febril felicidad, incluso bajo esa sábana nívea que ya no se maquillaba de bachata y guanábana, que ya no latía, a uno le tenía que dar por cometer la torpeza de hundirse en el Caribe de la melancolía y, sollozando, añorar todo lo que le faltaba empezando por ti. Siempre junto a tu ya cianótico cadáver, mamá, esa noche ambos volvimos a ser un puro epitafio que yacía como doloroso recordatorio de en qué nos hemos llegado a convertir kilómetro a kilómetro, de todas esas onomásticas de países lejanos que domesticaste para mí, poniendo el mundo a mis pies, aprendidas mejilla con mejilla, texto con texto. Ojalá nos hubieran bastado las postales, el sumar sellos de colorines en el pasaporte, ojalá hubiéramos sido unos turistas convencionales que encuentran en el visor de la cámara todo aquello que nosotros nunca dejamos de rebuscar en nuestro interior. Si ahora solo supiera cómo dejar de llorarte…

1 comentario:

Anónimo dijo...

MADRE en tu ida no dejamos de mandarte nuestro amor...MADRE en tu ida tus muchachos tienen roto el corazon... sigue bebiendo cerveza para seguir teniendo lagrimas David...B.M.