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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Chaiya W.I.P.

Todo el infinito que me rodea, tornándose alimonado pose donde pose la vista, asemeja un pueblo fantasma bañado por las primeras luces del ocaso. Chaiya, su nombre, es tan pobre y olvidado que sacudirse el polvo acumulado, filtrado a través de la crujida ventanilla del mini-van, parece el modo más natural y obvio de volver a la vida, el único para regenerarse. Dejarse caer por allí asemeja a violar a la enamorada predilecta de la melancolía, pienso alicaído. Sacudo la gorra con fuerza y nubecillas de polvo marrón se arremolinan tras una suave ventisca que a duras penas logra agitar mi sucio cabello. Mejor así, tampoco iba a durar mucho su lustre en esta perdida región del sur tailandés. Tras un rápido vistazo en derredor la conclusión es absoluta: ahora que acumula desidia y olvido, a Chaiya, casi resumida en esta estación de tren, no se la puede imaginar como lo que fue. Pero es que centurias ha, cuando aquí hasta respirar obligaba a pagar un diezmo, este lugar fue un poderoso puerto comercial similar a la antigua Faifo, ahora más marchito y de peor envejecer que aquel costero vietnamita. Lo que hoy descubren los ojos, sin remisión, se puede definir como lívido o demacrado, surgido como un ser amorfo desde unos raíles que son los únicos que no acumulan polvo y olvido gracias al traqueteo del ferrocarril.

Y no tendría por qué ser así ya que el camino hasta Chaiya, desde una Surat Thani acostumbrada a los turistas, no podía ser más hermoso con todas esas recogidas lenguas de arena pulida y preñadas de cocoteros que se imaginan a la diestra, surgiendo encadenadas detrás de las suaves colinas alfombradas entre palmeras y que se cierran abruptamente anunciando la costa del Golfo de Tailandia. A la izquierda, los canales terrosos que difícilmente se abren senda entre las espigadas tecas y palmeras de hoja rasgada ofrecen un destello de imágenes que, sin quererlo, me logran devolver junto a mi madre a los backwaters de Kerala. En el tantas veces denostado sur de India, aquél era un espectáculo increíble y desconocido, con forma de red de regueros, justo en una época en la que tuvimos la fortuna de poder navegar por muchos de ellos a bordo de una antigua barcaza arrocera reconvertida a atracción turística. Ketuvalam se les llama a esto barquitos. La naturaleza aquí, entonces, se torna de tintes turquesa mires donde mires como embrujo que estalla dinamitado al entrar en Chaiya. En Surat Thani la gente pronto perdió interés en mí una vez comprobaron que conmigo no iban a rascar bola, que mi destino nada tenía que ver con las turísticas isla que se muestran en el Golfo de Tailandia, a pocos kilómetros mar adentro. Aquí, por el contrario, no había ni quien pudiera mostrarme un poco de indiferencia entre las montañas de cemento, hormigón y basura.  

La estación de tren de Chaiya, donde paró el mini-van, no admite muchas comparaciones, ni más ni menos que el resto de las estaciones de tren en el país o las de todo el continente. Lugares fugaces en los que el asombro campa a sus anchas. Lugares decrépitos donde la herrumbre no deja de abrazar los raíles, las traviesas, incluso a las personas que por allí habitan o atravesamos. Sin embargo, solo aquí es posible encontrar unas migajas puras de cordura que en otros entornos al menos se deben interpretar. Solo las estaciones de tren asiáticas saben sentir las lágrimas y la angustia de los viajeros impenitentes, los que regresan con ojos huecos a seguir adivinando por sus rincones más oscuros. Siempre el iris de un viajero se torna a chisporroteo en una estación o un aeropuerto, inyectado en deseo de partir o llegar, siempre a descubrir. Aquí, por ende, no iba a ser menos. Y paladear eso era mi única satisfacción.

En ocasiones, más en Chaiya, hasta el viajero más taimado desearía que todo fuera más sencillo, de esa idílica forma en que nubes de buscavidas se arremolinaran sobre él ofreciendo transporte, alojamiento, comida, bebida… lo que se pudiera terciar. No obstante, allí aquello era inimaginable, y todo lo que fijaba su atención en uno no pasaba de un aldeano de mirada errática y (me inclino a creer que) pulso tembloroso. Nada más. Al empezar a caminar la realidad golpea aún más fuerte y compruebo que, efectivamente, el resto de la gloria histórica se resume en bloques de hormigón, humos de tubos de escape que se amontonan en montañas de hollín y escaparates inertes, sin tendero ni esperanza de vida.

Chaiya, presente aparte, puede generar mucha controversia en su vertiente histórica, pero de lo que nadie duda es de su poderoso rol como parte integrante del poderoso reino que controló el comercio de los mares del sur de Asia durante cinco siglos: Srivijaya. Mas de aquello habrían de ser fiel espectro las ruinas del templo que me había llevado allí, otro lugar descascarillado y que, dada la hora, debería esperar junto con la lección de historia hasta el día siguiente. Necesitaba en esos momentos, además, unas horas para asumir dónde había aterrizado y encontrar otra de esas lúgubres pensiones en las que con demasiada asiduidad nos gustaba abandonarnos a la vieja y a mí.  

P.S. No quiero que se me pase hoy el incluir un vídeo, recomendación de mi hermano Jesus, que describe perfectamente cómo vivió mi madre. Me costó un mal trago verlo, pero él quería que también esta canción apareciera en el blog a modo de recordatorio. De mientras sigo quemando etapas, con momentos mejores, con momentos peores, escribiendo hasta que me asalta el llanto. Ahora me duele el corazón, pero deseo pensar y hasta me convenzo por momentos de que, gracias a Dios, pude vivir tantísimas experiencias con ella por estas tierras que, inevitablemente, la siento conmigo a cada segundo. Y eso es lo que me anima a levantarme por las mañanas y seguir viajando. Ése era su deseo. "Cuando yo no esté me echarás mucho de menos porque yo soy una todoterreno y me adapto a todo" me decía muchas veces entre socarrona y melancólica, tal y como era. Sé que por seis euros la noche no puedo esperar mucho, pero tecleo en el decrépito vestíbulo de está pensión, en soledad, pensando en ella... Y, coño... Razón tenía... ¡Cuánta razón!... ¡Cuánto la iba a echar de menos!...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Efectivamente... a su manera!!!
como fué, ha sido y seguirá siempre...B.M.

Anónimo dijo...

Hola
Muchas gracias,que disfrutes lo que puedas y como bien dices la echaras mucho de menos.
un saludo