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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 14 de noviembre de 2014

De Cuenca, la lluvia y una costumbre Shuar

Cuenca, ésta de Ecuador, siempre da la sensación de bordearse más que de recorrerse. Y no solo en sentido físico con miradores desde colinas circundantes o calles idénticas que siempre parecen llevar al mismo lugar, tal y como le sucedía al minotauro del laberinto; también en sentido social cuando los tipos que la habitan, adustos y despreocupados, indiferentes pero educados, cetrinos, siempre cetrinos, hacen de cualquier conversación toda una pérdida de tiempo en la que es difícil salir de los tópicos permanentes, el rollo de España, toros y políticos ladrones. Al menos aquí uno no ha de lidiar con la enfermiza altitud que agobia y asusta a partes iguales. Visitar este país, la cordillera andina más bien, suele exigir una promesa a uno mismo, en voz baja, de que ya ningún viaje por las alturas será lo mismo. Cuenca, en esa dimensión, es como la marquesina que “apenas” a dos mil quinientos metros de altitud te resguarda del intenso chaparrón que son las omnipresentes y asfixiantes cumbres andinas de Ecuador. 

Aunque si es por chaparrón, ninguno como el de la tarde que llegamos, cuando caía la universal. Decía el taxista que amaneció brumoso y plomizo bajo una capa de grises nubes correosas que escupían gotas en forma de pertinaz lluvia de un modo insistente. Que después pareció amainar y clarear en determinados momentos a primera hora de la tarde pero que, sin remedio, fueron dejándose caer unos nubarrones enormes del cercano Parque Nacional Cajas que empezaron a juguetear con la urbe para, al final, convertirse en los más parecido que haya visto jamás, fuera del monzón de lluvias asiático, al Diluvio Universal. Cuando llegamos, a eso de las siete, eran los últimos estertores de una pesadilla que había comenzado a las cuatro y todo a la vista aparecía sumergido sin arcas ni Noés a la vista. 

El casco histórico de Cuenca, entonces, parecía aún más magnético entre el lustre de los adoquines, húmedos y brillantes, y las afiladas torres eclesiásticas de las mil y una iglesias que se hundían en el cremoso cielo. Uno nunca aprecia del todo estos días hasta que ha aprendido a sufrir los agónicos calores, sudores y olores de los tórridos entornos tropicales. En ese instante, con la laceración del calor presente en la conciencia, es hasta apetecible corretear y chapotear entre el mar de paraguas abiertos que se movían con quietud entre las calles. Y volver a sentir frío, escalofríos gélidos y castañear de dientes mientras el cabello chorrea. En esas circunstancias es cuando una pensión de veinte rupias (el indicador rojo de demasiados miles de kilómetros recorridos también se enciende cuando reduces todas las monedas, sea cual sea su valor, a la más común y manoseada, rupias en nuestro caso) regala un chorro tibio y una ropa arrugada pero seca que es capaz de darle su punto de aliento al viaje. Si encima es en una pensión de chavales que no pueden disimular su sorpresa y comentarios jocosos al ver las canas de la gorda revolotear por allí tirando de una maleta roja, mejor que mejor. 

Hay un museo en Cuenca que, por tenebroso, imanta más a los viajeros que cualquier catedral o iglesia cuyo listón, fijado en los oropeles de jesuitas, franciscanos y dominicos de Quito, resulta imposible de superar. Es el Museo del Banco Central, su primera planta más bien, su esquina de tsantsas o cabezas reducidas propias de los Shuar o Jíbaros si apuro más. El museo, coqueto en planta y presentación, discurriría más como una pasarela de moda en la que se dejan caer trajes y aperos de minorías indígenas o mestizas del país si no fuera por esa esquina en penumbra en la que se exponen hasta cinco cabezas humanas reducidas al tamaño de un puño. Reciben el nombre de tsantsas, y son el resultado final de un juicio ancestral en el que se mezclan el asesinato, la justicia, el arte y, sobre todo, la idiosincrasia propia de una gente que hizo de un ritual toda una lección para nosotros, asombrados ojos claros occidentales que pegamos la nariz sobre la vitrina aún con la incertidumbre de si la cabeza es real o no. De seguro existen en nuestros días lecciones no comprendidas de estas mismas gentes escurridizas (hay grupúsculos de gente Shuar viviendo en la amazonía y aún no contactados), si solo la mera creencia de que estas tsantsas son la punta del iceberg de todo lo que atesora su saber ancestral, ganado generación tras generación, entonces ya habrá merecido la pena acercarse a Cuenca para poder admirarlas.

martes, 11 de noviembre de 2014

Otavalo: mitos y realidades

Otavalo es un lugar depresivo, gris o desesperante en cada rincón demasiado a menudo. En realidad da lo mismo cómo lo enfoques porque dejarse caer por su marchita estación de buses ya es suficiente maldición. Sí, tan cierto como el hecho de que todo se transforma en frenesí, algarabía y múltiples colores en horas de mercadeo en su famosa plaza de ponchos. Solo así, sumando estas antagónicas premisas, el viajero tiende a encontrarse desorientado, reflejado de súbito en un espejo ocasional, cavilando para desmadejar las razones que le han llevado a invertir tres días en un lugar que a duras penas merecería tres minutos si no fuera por las artesanías de pueblos cercanos, el calor social mucho más radiante que cualquier pila de ponchos, mantas o alfombras, y, por supuesto, unos alrededores de ensueño que se resumen en lagunas panorámicas y una cascada atronadora que recoge tantas leyendas incaicas como litros de agua caen a cada minuto. Así, la zona de la cola de caballo de Peguche, con sus casi veinte metros de caída y encajada en un reino de fragantes eucaliptos, es un lugar sagrado al que acuden los lugareños a bañarse y purificarse la víspera del festival Inti Raymi, el famoso ritual que se remonta a época inca. Celebrado en honor al sol cada solsticio de invierno austral -día más corto y noche más larga del año-, constituía la entrada en año nuevo dentro de esta milenaria cultura andina y sus raíces aún perduran en el siglo veintiuno especialmente en lugares icónicos como este mágico salto de agua rodeado de comunidades aún prácticamente indígenas en un cien por cien de su población. Si encima asomas por allí a primera hora y tienes la fortuna de disfrutar de una pausada lección particular de botánica a cargo del guardabosque, pues ya miel sobre hojuelas en una inolvidable mañana. 

Luego la realidad tiende a poner en su sitio los tópicos y marketing como falsos eslóganes propios de turistas y guías de viaje: el mercado de Otavalo es una engañifa. Si llegas el sábado, día principal de la feria, probablemente hagas tus compras y te pires feliz y dichoso habiendo pagado en plata y vellón, porque todo aquí es tan caro como enfocado al gringo. Pero si entiendes que todo mercado, cualquiera que imagines, necesita de tiempo, observación y tanto caminar como preguntar (o sea, mucho) podrás llegar a saber que casi todo de lo que se vende en la plaza y aledaños los sábados (¿alguna vez vieron a un local comprar allí? Observen) es posible encontrarlo a una fracción en tiendas al por mayor por la misma Otavalo -ropas y abalorios- o alrededores: Cotacachi para cuero, San Antonio de Ibarra para madera y un largo etcétera. Por ejemplo es allí, en Cotacachi, donde el cuero se convierte en un pequeño guiño para viajeros de facto y no de palabra transformándose en cinturones con cremallera interior, el mejor seguro de viaje que existe. Porque te pueden pegar el palo y llevarte la mochila, la cartera, la maleta… pero, ¿quién se llevaría unos pantalones? Y cuando te ves sin blanca es un alivio descomunal desenrollar un par de billetes de cien euros que vuelvan a poner las cosas en su sitio y regalen calma, comida y alojamiento hasta el próximo Western Union. Para no liarme más, creo que queda bastante clara la impresión de que Otavalo se disfruta más, tanto en sentido comercial como social, fuera de la plaza de ponchos y cualquier día de domingo a viernes. 

No obstante, Otavalo, Peguche y cualquier sensación aparte, lo bueno de Sudamérica es que muchas veces basta con sentarse en un autobús para ver la vida pasar. Y sin necesidad de mirar al exterior. Se sube el caribeño de la coca, se suba la morenita con las cañas de azúcar, se sube el mestizo con los collares, la indígena del agua… Y eso antes de salir, porque una vez en marcha, en un punto cualquiera, se sube un vendedor de caramelos, ungüentos mágicos o cualquier otro producto que es glosado como si fuera el remedio a todos los males. El caso es que en aquel bus a Cotacachi los extranjeros casi sumábamos más que indígenas. Además es relativamente sencillo catalogarnos independientemente de chancletas con calcetines de colores chillones o guías de viaje impecables: nadie más puede pretender pagar un pasaje de veinte centavos con billetes de cinco, diez o hasta veinte dólares. Eso, aquí en Ecuador, es nuestra marca de identidad. Cotacachi, desde luego, me gustó en el antes, en el durante y hasta en el después que me regaló una charla informal, propia de lado a lado de pasillo de bus, con un profesor local que me glosaba virtudes y defectos del presidente Correa. 

Es exactamente en otro bus, en el de vuelta a Quito, cuando pasa de refilón una pintada de negro sobre blanco en la que se lee “conocemos todo, no sabemos nada” y que me hace tirar de memoria para traer a la luz a las hordas de turistas con las que choqué hombro con hombro el pasado sábado en Otavalo. Suavemente niego con la cabeza y sonrío pensativo. A veces me quiero convencer de que debería escribir sobre estos lemas que tanta cordura encierran, de pícaros trazos juveniles sobre cualquier adobe o fachada encalada y tan propios de Sudamérica. Y mucho más debería, podría y me gustaría teclear si no tuviera a una anciana aquí al lado preguntando constantemente por cómo se llama la fruta que comimos a la mañana, cómo se llama ésta en Asia, cuánto he pagado por el chaleco y tantos otros demás que, al cabo de un rato, vuelven a ser preguntados en el sorprendente mismo orden.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Rostros de Otavalo


Y, dedicado a Willy, nos has costado pero al fin encontramos... ¡un charango de armadillo! No se encuentra fácil porque está prohibido sacarlo del país y, de hecho, lo suelen confiscar en los aeropuertos y fronteras. Pero no sé si entre eso y mi opinión acerca del comercio con especies protegidas podré disuadir a la gorda...

viernes, 7 de noviembre de 2014

Quito en imágenes

Quito, de luna llena

¿Dónde demonios anda la luna? El taxi avanza veloz entre farolas dispersas, espectros anaranjados que se adivinan de soslayo, hacia una masa ígnea que asoma encerrada bajo una cúpula de cieno: Quito. Por encima, el manto azabache ha sumergido las perlitas diminutas y la luna en su infinita negrura y noto que mi deseo, a la par que mi resuello, también sucumbe en el agujero negro de una primera noche ecuatoriana a una altitud próxima a los tres mil metros. 

En realidad yo, pitillo y volutas en la diestra, tamborileo en la siniestra, vista al frente, voy meditando más las circunstancias del taxista que otra cosa, y lo hago porque Mario, se mire como se mire, no puede ser un nombre de ecuatoriano. ¿Un ecuatoriano llamado Mario? Imposible. Germán Gabriel, Pedro Alejandro y otros muchos compuestos sonarían de un modo veraz y rotundo, sonarían a este continente, pero Mario, un simple Mario, desde luego yo no lo puedo imaginar en ninguna telenovela (ni en sus rótulos finales) y menos en un taxista. Vuelvo a mirarle con fijeza mientras él, a lo suyo, maneja con la cabeza gacha y los ojos perdidos en una carretera que parece hipnotizarle a través de los radios del volante. Midiendo apenas metro y medio, y pese al cojín del asiento, tiene su punto de involuntaria vis cómica cuando los baches y badenes lo agitan. Pero no, pinta de embaucador y mentiroso de seguro que no tiene. El tipo es cejijunto y lampiño, extraña mezcla, piel arrugada y unas ridículas gafas de pasta roja que se amarran en torpe equilibrio sobre su nariz. Hasta ahí lo obvio, porque Mario, por encima de todo, es un charlatán con temas de conversación que abarcan desde marcianitos y el más allá hasta la esbelta figura de la dueña del supermercado en el que trabajaba su hija. Y yo solo le dejo escupir su letanía con fingido interés porque, en el fondo, lo que más aprecio al pisar un país nuevo es escuchar cómo suena su silencio y, especialmente en un día como ése, observar fijamente la luna. ¿Dónde demonios andará? 

Surcando la periferia de Quito me convenzo de que, efectivamente, muchos de aquellos holandeses del diecisiete que empezaron a edificar su Nueva Ámsterdam en el estuario del río Hudson seguramente mirarían admirados en qué se ha convertido la hoy denominada Nueva York. Seguramente. Y del mismo no puedo dejar de pensar, al albur de unos callejones que disparan imágenes de miseria y desesperación al centro de la retina, en la podredumbre moral de Sebastián de Benalcázar, fundador de la ciudad de Quito sobre las ruinas de una capital inca y cuya única motivación en aparecer por estos lares se debía a su anhelo de capturar el tesoro del Atahualpa, el soberano de aquella civilización. En realidad, más bien, lo fácil es pensar que el desencanto y rabia que vivió el conquistador español, ante un supuesto tesoro que de súbito se había convertido en cenizas, se ha convertido en maléfico hechizo eterno que deambula impregnando de miseria todos los rincones de la ciudad porque, a la luz de los faroles, Quito oposita con fuerza a ser considerada la ciudad más inhóspita que yo haya visitado jamás. Y eso, con todo, no es lo peor, más bien la falta de certeza a la hora de situar al satélite es lo que hace que sienta, entre estertores, como si se me pudriera hasta lo que tapa los huesos. 

Que todos los viajeros odian llegar de noche a sus destinos se ha convertido en un axioma. Es una sensación aterradora, y se busca la menor excusa para mimetizarse con el nuevo hogar que, entre sombras, se ha de imaginar; se busca respirar tratando de arrancar una sensación al nuevo hogar, consciente y apesadumbrado por habitar en ese reino de sombras en el que solo eres un maniquí más. ¿Vas a por tabaco? ¿Buscamos un hotel? Y asientes mientras te pones la sudadera. Pudimos cogerlo en el aeropuerto o reservarlo por Internet. Y vuelves a asentir empático y a traición, sabedor de que lo que quieres es entender dónde estás. Luego no alcanzas a ver dónde pisan los pies, dónde palpan las manos, pero ya retienes lo más importante en forma de olor de una nueva ciudad sumida en la negrura. Para toda la vida. Así pues, tiro la maleta en un rincón junto a una desconchada pared y salgo a por un agua que podía haber cogido de la máquina expendedora de recepción, a por mi silencio quiteño y a por esa luna escurridiza. Y huele especial Quito, a lumbre y hoguera pagana de San Juan, a ligeros efluvios agitanados, desprendidos de melenas desgarbadas, y a Sudamérica de bolsillo vacío y valores que deberían cotizar en bolsa. Paso a paso, esquina tras esquina, Quito huele y suena a madrugada embrujada únicamente imaginable en este continente. ¿La luna? Ni rastro. 

De regreso, bostezo tras bostezo, la luna sigue sin aparecer. En un cinco de Noviembre de dos mil catorce sigue sin aparecer mientras jugueteo con la llave de una habitación que me invita a tirar la toalla. Hasta que, en un momento dado y a cámara lenta igual que el vestido de seda que cae resbalando por unas caderas, se cuela entre las rendijas y asoma su rostro casi radiante, lleno de pecas que muchos se empeñan en llamar cráteres. Es una luna movida y difusa tras la capa de polución, tanto como las imágenes de aquella televisión de tubo y blanco y negro que anunciaba su fin. Pero ya me sirve. Al fin puedo dejar de suspirar y mecerme en la melancolía. La luna llena del duodécimo mes lunar es Loy Krathong en Tailandia y, tras cuatro años viviéndolo allí, Quito en su penumbra se corresponde ahora con un decorado de ciencia ficción, con neones, navecitas de colores y espadas láser, en el que se rueda en sepia un drama de lágrima salobre entre tenues colores desvaídos: mi alma. Si escarbando a Chiang Mai, 2010, encontraba el río Ping envuelto en lucitas titilantes junto un travestido de corazón tenaz y bondad infinita, si a Nakhon Phanom, 2011, escribía párrafos de Río Madre a orillas del Mekong, si a Bangkok, 2012, cenaba con José en la periferia donde habita, ajeno a la feria porque siempre he primado más la conversación con una voz amiga, y si al pasado año, Tak, me veía regresando alicaído y decepcionado de Myanmar para sumergirme en un lugar anónimo en el que parecía que todos me conocían mientras cuencos de coco enlazados y preñados de velas e incienso asemejaban a poderosas nagas corriente abajo, el mejor antídoto para corazones desesperados. Y ahora mismo yo aquí, en la azotea de una pensión olvidada admirando bajo mis pies la descafeinada estampa de una ciudad que, creo ser consciente, jamás llegaré a comprender en ninguna luna llena del décimosegundo mes lunar y todo porque a mí, como a Benalcázar, en esta noche también me han robado el tesoro de Atahualpa para dejar solo ruinas y cenizas. Y ya para toda la eternidad. Entre los dedos, la última colilla del último cigarro se ha consumido ella sola sin siquiera prestarle atención. ¿No va siendo hora de ir a dormir?