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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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miércoles, 28 de mayo de 2014

Roberto Suárez, puño y letra

“E hizo mucho por el Beni. Ya sabes, esa región apartada y olvidada de Bolivia. La gente le tiene mucho cariño allá”. El conductor del descacharrado taxi sorteaba con pericia los baches de la carretera que une Samaipata y Santa Cruz, en realidad Sucre y Santa Cruz, la de la sierra, la de ese rango montañoso sobre el que bailábamos cual tobogán. “Era nuestro Pablo Escobar… pero tú, opinando como opinas de los imperialistas y de la historia de Latinoamérica, seguro que ya sabes de quién te hablo”… 

La figura de Roberto Suárez, dejada caer a posta en el olvido por los poderes mediáticos, siempre vivió envuelta en la más espesa neblina, similar a la que dejábamos atrás en el reducto preincaico de El Fuerte rumbo a unas cataratas espectaculares situadas unos kilómetros más allá, en Las Cuevas. Curva tras curva, bache tras bache, la memoria me escupía otra de esas figuras, ni buenas ni malas, diferentes por geniales, que dio la historia de este justamente llamado estado plurinacional de Bolivia. Y es que a los tipos con sensibilidad social se les suele dejar hacer, sin problema. Construyen una escuela, borran el hambre de una aldea… pero a los tipos como Roberto, aquellos que aúnan y conjugan sensibilidad social con poder, se les destroza a dentelladas por peligrosos. Aquí, en Latinoamérica, el guardián norteño siempre decidió que fuera de ese modo. Se les pone la etiqueta de maleantes o inadaptados, narcotraficantes, lo que sea; y se les encasilla en un bombardeo mediático que les aniquila para la opinión pública. Una escuela es una escuela, una comunidad es solo un puñado de familias; pero una región es poder, una nación aún más y la lealtad y gratitud en forma de fidelidad que surge de las masas descastadas y súbitamente dignificadas siempre es un problema para capitalismos y poderes acostumbrados a los pases de verónica detrás del telón, a dictadores devaneados entre el robo y la avaricia propia que viene acompañada de dígitos en miles. El menudeo pase; el mayoreo prohibido. En todo caso Roberto, a diferencia del Che o Sandino que defendían sus tesis con cadáveres, vivía de sus obras y cerebro, y ante eso no hay mala publicidad que valga. Pueden decir que eres malo, sugerir que eres proxeneta, anunciar que eres asesino; pero si solo sacias la sed o matas el hambre del que está a tu lado, entonces eres inmortal, un filántropo de alcurnia al que siempre sabrán recompensar unos ojos agradecidos o una sonrisa infantil, plena de inocencia. Estos actos multiplicados por centenas, como digo, son el mayor peligro para los que acotan límites y gustan de definir riquezas o miserias, físicas o morales; pero hicieron de nuestro protagonista un rey midas para gentes desfavorecidas. 

Roberto nació en una familia acaudalada, estirpe de comerciantes capaz de brindarle una educación notable pero sin sacarle de su raíz social, el Beni, una de las regiones más deprimidas del considerado segundo país más pobre de toda América. En realidad venía de familia de abolengo ya que era sobrino-nieto de Nicolás Suárez, otra eminencia por estos entornos. Nicolás, en su época de apogeo, era dueño de más de seis millones de hectáreas donde se recogía caucho a través de unos esclavizados indios Capirunas. Aún más, controlaba los rápidos que separaban el sistema fluvial boliviano de la propia amazonía y cobraba grandes impuestos a aquellas barcazas deseosas de cruzar las aguas. Debido al imperio creado fue capaz de crear una milicia armada que puso en juego para impedir las ansías secesionistas, en realidad proclives a unirse al estado brasileño, de los colonos asentados en la región del Acre. Sin embargo, la definitiva anexión de esta región por el estado carioca junto con el colapso del boom del caucho unos años después acabaron con su imperio pese a permitirle, aún así, seguir viviendo de un modo acomodado. En todo caso nunca jamás llegó a ser olvidado, e incluso se convirtió en una figura de relumbrón en las regiones del Beni y en Pando, lugares a los que sacó con sus negocios de la podredumbre más absoluta. Roberto heredó el espíritu mercantil de Nicolás, y gracias a su astucia se convirtió en el mayor exportador de carne a Brasil, generando ingresos de sobra con su ganadería para hacerse un tipo de fama y vivir con soltura. Pero su mente inquieta no dejaba de elucubrar, y ahí apareció la coca, pura, en pasta. Granjeó amistades para su causa y creó “La Corporación”, una organización que pronto generó ingresos a millones a través de unos campos de cultivo de la verde hoja que crecían exponencialmente. No obstante, los poderes fácticos le veían como una amenaza, y a raíz de eso Suárez, ni corto ni perezoso y acostumbrado al bajo perfil de la clase política boliviana como un mal necesario, subvencionó el golpe de estado que puso en el poder a Luís García Meza. Entregó la pasta, financió esa locura sanguinaria, y a cambio consiguió carta blanca y aviones militares, oficiales, para el traslado de la pasta de coca hacia una Colombia donde era cortada, hacia una Colombia en la que Pablo Escobar ya despuntaba. Bolivia como primer narcoestado de la historia acababa de nacer. El negocio, con el tiempo, fue tan viento en popa que Roberto Suárez acabó siendo considerado el tipo más poderoso e influyente de toda Bolivia. 

Pero éste no era un tipo común, que va. Se trataba de un tipo con clara conciencia social, con sólidos principios por los que luchar, con unas gentes compatriotas a las que rescatar de su inmensa miseria. Se cuenta que no tenía el menor reparo en prestar cualquiera de sus aviones para transportar a gentes heridas hacia hospitales, incluso animales necesitados de un veterinario. Era un filántropo bajo el disfraz de terrateniente de la coca. Financió escuelas, hospitales,… hizo del Beni una región un poco más digna en la que la gente le rendía pleitesía. Todos con los que hablé en Bolivia me lo dijeron así, partidarios y contrarios a las políticas del actual presidente Evo por igual, daba lo mismo su orientación política porque a todos les unía la admiración por Roberto Suárez. Sin ninguna excepción. Una vez, contado de palabra por el dueño de la pensión donde nos alojamos en Santa Cruz, a su vez hijo de un antiguo prefecto de Sucre, aquel político fue invitado por Suárez a abordar su avión privado una vez que el oficial había de ser cancelado por motivos técnicos. El mayor narcotraficante, buscado por medio mundo, e invitando al prefecto de Sucre a volar con él. Y el dueño de la pensión contaba cómo su padre le había transmitido lo impresionado que se quedó con Roberto, su sobresaliente cultura, su elegancia y educación exquisita, su agradable conversar. Un tipo que se lo había ganado todo y a quien nadie osaba contradecir. 

Mas Roberto se acababa de convertir en un nuevo enemigo de aquellos a los que no les gusta que nadie tosa en el cuello de su camisa. Era poderoso y, sobre todo, era tan respetado y apreciado que las malas artes yanquis no conseguirían hacerle caer en desgracia para la sociedad boliviana. Y todo porque Roberto no era un narcotraficante sin escrúpulos, más bien al contrario tenía una idea clara: hacer de la cocaína un producto para ricos, un producto exclusivo por el que tendrían pagar a precio de oro para así hacer de Bolivia una inmensa fuente de ingresos, un país próspero. Su principal afán era sacar la coca de los ambientes marginales, y no en vano se vanagloriaba de haber hecho aumentar el precio del kilo de pasta de coca desde los mil y pico dólares hasta casi los diez mil. Créanme si les digo que, por encima de todo, él era un humanista exacerbado además de un boliviano de pro. ¿Y los yanquis? Pues veían un fuego que prendía rápido en uno de sus patios traseros y, utilizando sus ardides, jugando sucio como siempre, golpearon el único punto débil del ya conocido como “Robin Hood de Bolivia”: la familia. El hijo de Roberto fue detenido en Suiza por nada, por que sí, por ser hijo de quien era, y posteriormente extraditado a Estados Unidos. La DEA, al fin, tenía una baza para jugar. 

En este punto es donde la sombra de Roberto se agranda hasta el infinito para hacerse leyenda. Solo un tipo con su carisma, capaz de ganar la nada perdiéndolo todo, es capaz de escribir, de su puño y letra, una carta al presidente yanqui (Reagan, para más señas) ofreciéndole su cabeza a cambio de dos condiciones: por un lado la libertad de su hijo, secuestrado (he escrito secuestrado, que no haya dudas) por los servicios de inteligencia nazis… digo yanquis en un país europeo; y por otro lado, atención, pide que le dejen pagar de su bolsillo la totalidad de la deuda externa de Bolivia. Con dos cojones. Tal y como lo lees. Su cabeza a cambio de la libertad de un vástago injustamente secuestrado (¿existe secuestro justo?) y que Bolivia, un país masacrado y teatro de sombras histórico como toda Latinoamérica, dejara de deber algo por lo que, en realidad, ella debía estar recibiendo réditos una vez entendido el saqueo a que se ha visto sometida históricamente por españoles y yanquis con la connivencia del resto del mundo. Así era Roberto Suárez, implacable y con una personalidad arrolladora. Él mismo soltaría miles de millones de dólares, libraría a Bolivia de su eterna deuda y además se entregaría a las autoridades norteamericanas. ¿Qué más se puede pedir? Ni que decir tiene que el actor yanqui no hizo ni caso, destruyó la carta y caviló por un segundo. Estaba claro: mejor seguir puteando a millones bolivianos, generaciones futuras que verán su posibilidad de progreso cortada de raíz por el peso de la deuda acumulada. Otro rehén más para los de barras y estrellas, otro títere del que seguir tirando de los hilos. No había trato. 

Roberto, finalmente cansado, abandonado por su esposa y enfermo, decidió entregarse a la justicia boliviana y poner fin a su obra. Creyendo que su tiempo había pasado, se echó a un lado en silencio y se borró de la historia. Pasó unos años en la cárcel, pocos, y al salir recuperó su negocio ganadero hasta que falleció en Santa Cruz de la Sierra, con cerca de setenta años, aquejado de problemas gástricos y hepáticos. Hoy es el día en que nunca faltan flores en una humilde tumba del camposanto de Cochabamba. Junto a una buganvilla marchita y siempre rodeado por las sombras de los cipreses, yacen allí los restos del una vez hombre más poderoso de Bolivia, un tipo forrado de ilegalidad pero henchido de una humanidad desbordada. Siempre hay anónimos que le regalan flores porque, que no te quepa duda, nadie en Bolivia, nadie en el Beni quiere dejar caer en el olvido a un tipo que les prometió la libertad y les dio razones para creer en sí mismos. 

P.S. Habla con un boliviano. Pregúntale por salares, minas de cartón con apuntes sobre la mita heredada por los españoles del imperio Inca o el “Tío”, conceptos repetidos y calcados hasta el hastío en folletos para turistas, por lecciones de español en la nívea Sucre. Se encogerá de hombros porque no entiende de qué Bolivia hablas. Entonces hazte un favor y susúrrale dos palabras: Roberto Suárez. Verás un chisporroteo de emoción brillar en sus ojos, y la conversación y anécdotas se dilatarán hasta que el tiempo caiga rendido, aburrido. Sin darte cuenta, sabrás un poquito mejor cómo se hace para viajar, para realmente viajar por esta Bolivia o por cualquier otro país: pegando la hebra con sus ciudadanos, llamando a la puerta de lo que realmente les apasiona, les dignifica y les ha dado sentido de nación. Así ellos serán un poco más viajeros, y tú, en este caso concreto, un poco más boliviano. 

P.S. (II) Ya en Tunja, Colombia.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola
Muy chulas las fotos, el texto una chapa, pero lo he leído.
Que lo paséis bien por esos lugares.
Un saludo

Botitas dijo...

Gracias por leerlo, majo. A ver si puedo llamarte mañana y charlamos un rato. ¿Se ha hecho Boni del Athletic? Entonces mejor me ahorro la llamada, jejeje. Estamos en contacto con el pueblo, esto se va pasando rápido... snifff... al menos nos queda un ron, Boyacá, que no pasa del todo mal con cola, jejeje.

Anónimo dijo...

Hola
Tu sigue dándole al ron y luego ya veremos como y por donde lo expulsamos.
Cuidaros
Un saludo