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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 15 de mayo de 2014

Nelson y el mañana

Se va a hacer muy difícil dejar atrás la provincia de Jujuy, dejarla ir muriendo poco a poco en el baúl de la desmemoria. A Tilcara y sus alrededores en concreto. Un lugar, éste, con acento de “Far West” por polvaredas, vidas indígenas de a céntimo o sensaciones a caballo, pero con un poso de belleza, natural que rasga las nubes a cuatro mil metros, humana que rasga el corazón por amabilidad en hasta otras cuatro mil almas, espectacular. Podría hablar del lugar, de su complexión desparramada en los mil cerros andinos que hacen de esta zona unos toboganes tal que serpentinas de confeti, de las gentes y su idiosincrasia humana tan genuina, honesta y amistosa que ni trocada por vellón, de la gastronomía que, carnívoros irredentos, nos ha dado un pozo infinito de felicidad hasta los tuétanos; hasta podría escribir sobre esas vicuñas salvajes que colorean a ratos esta preciosa Puna aceitunada, monocromática… pero prefiero hablar de Nelson, de la realidad indígena en esa ignorancia (¿felicidad?) tan idéntica por humana a la de otros tipos forjados en podredumbre, olvidados en reductos asiáticos mucho más familiares para mí. Lo prefiero porque todo lo demás es de postín y tripadvisor, estéril, felicidad de balda de supermercado; pero Nelson, los indígenas como él, tienen la poderosa virtud de conseguir hacer que algunos nos preguntemos en ocasiones por qué estamos aquí y cuánto no deberíamos enseñar y aprender, de tú a tú, fuera de cerros multicolores o platos de cabrito asado. E invertir horas pensando en ello se antoja lo más natural, pensando en valores contrapuestos, en el dinero o en su falta, en la felicidad de hoy si el mañana ni se concibe… pensar, en definitiva, en todo lo humano de raza mientras giras un vaso o escribes; todo aquello que, por si alguien lo dudaba, a mí me suena más a ese “viajar”, entrecomillado por puro, que sería hermoso todos anheláramos desde que pisamos un, cualquier aeropuerto rumbo a es lo de menos. 

De piel achocolatada, ojos hundidos y nariz aguileña, Nelson es el puro arquetipo de ciudadano andino. No inca, ni incaico ni demás chorradas pervertidas por malas interpretaciones de la historia. Él es andino, y punto. Un tipo oriundo de estas latitudes al igual que otros congéneres raciales de aquí al lado, o de Perú, o de Bolivia, Ecuador y hasta Colombia. Todos comparten genes y han sido paridos en estas cumbres, ellos son sus dueños; lo fueron sus ancestros hasta límites insondables y lo serán sus descendientes, en mil generaciones, porque solo ellos saben entender, mimar y susurrar en sus lenguas a la Pachamama, a la Madre Tierra. Y es por ello que ésta los eligió a ellos y no a nosotros para cuidarla y respetarla. Nosotros, tipos embutidos en consumismo atroz sin reparos emocionales para con la madre naturaleza. Nelson se engolosina masticando un bolo de hojas de coca con fruición, en suaves mordidas que le relajan y le mitigan un apunamiento (sorocho) que a estas alturas puede ser mortal de necesidad para alguien que día a día, los siete de la semana o los treinta del mes, ha de procurar sustento para él y los suyos. En el subcontinente indio y parte del sudeste asiático es betel, en otras latitudes alcohol y marihuana, aquí es coca, hoja pura o mezclada con bicarbonato cálcico para aumentar el efecto alcaloide… las gentes humildes siempre saben encontrar un método, que con el tiempo se convierte en cultura y tradición, para sobrellevar ese terrible acto de vivir. Con quietud, Nelson apuntalaba, una tarde al sombrío de la estación de taxis, palabras que desgranaban un tour al norte, a Humahuaca; luego otro al sur, a Purmamarca y las Salinas Grandes, si eso para mañana. Nos daba un precio irrisorio por ambos. Nos miramos Ina y yo. ¿En serio? Nadie, absolutamente nadie en estas tierras ha procurado meternos un gol. Hoteles a menos de veinte euros con desayuno, vino y comidas regaladas, excursiones que, para lo que ofrecen, suenan a pura ganga. El noroeste argentino venía precintado con fama de relación calidad-precio imbatible. Es la pura verdad, a día de hoy. A unos centímetros sobre el plano pero muy, muy alejado de esa Patagonia fagocitada por las masas de turistas, hinchada y sobrevalorada. Miedo da asomar a un Atacama tan maleado como el sur gaucho. OK, Nelson, volvía el cerebro a lo actual, todo tuyo. 

Rumbo a Humahuaca a la mañana siguiente, pues. Nelson, feliz, habla de parar aquí, allá. Trópico de Capricornio, Uquía y sus ángeles arcabuceros, la gastada Humahuaca teñida de blanco celestial y, guinda final, la serranía de Hornocal, una preciosa pintura natural, capa a capa, sedimento a sedimento, que hace soñar la imaginación y santificar a la Pachamama por hacernos sentir, otra vez, mortales e insignificantes ante su magia. Un rebaño de vicuñas salvajes pasta ajeno al trasfondo natural, caleidoscópico, en el que se cuentan hasta catorce colores y tonos distintos. Girados, deformados, veteados y mezclados unos con otros. A cuatro mil cien metros, raspa y azota el viento unos rostros hipnóticos, clavados ante la magnificencia de un decorado del que irradia un calor que hace olvidar, al entrar de nuevo al coche, que los dedos ya se hallaban morados, entumecidos, y de la nariz colgaban carámbanos. En marcha la mirada constantemente regresaba al mismo punto hasta que éste se perdió tras un puñado de lomas. ¿Era de verdad?, ¿es posible un lugar tan hermoso? Al llegar a Tilcara quinientos pesos y sonrisas mutuas sellaron un hasta mañana, a las nueve. Y el auto se alejó despacio tras una cortina de polvo ocre levantada de la pista de ripio, otra de las numerosas y terribles pistas infernales que hacen que en ocasiones uno dude de cuánto de Argentina de la del Argentum queda hoy o, mejor dicho, en qué bolsillos manirrotos y ladrones cayeron los oropeles y recursos que hicieron de ésta una de las naciones más ricas no hace tantos años. 

Pero al día siguiente Nelson era un fantasma. Un tipo invisible que no aparecía por ningún lado. Me senté en un banco de cardón y encendí un pitillo, abatido por la cruda realidad una vez más, mientras Ina se desvivía, por aquí o por allá, buscando un rastro del chaval andino. Mientras el humo acariciaba las aletas de la nariz, yo solo le miraba hacer, extrañado, comprensivo y, en cierto modo, enternecido. Él no entendía qué pasaba. ¡Queda tanto por viajar! Nelson hizo fiesta, tío, le digo críptico cuando se apalanca, abatido, a mi lado. Es algo natural para esta gente. Piensan en el hoy, el mañana… ¿quién sabe? Hizo una buena carrera ayer, se ganó unos pesos. Fiesta y alegría. Probablemente compró algo rico para sus chamacos, quizá un regalo para una esposa que, feliz, adivinara el polvo en horizontal. Seguramente unos tragos potentes de Fernet, marca Branca, lo mejor de lo mejor. Solo hay sitio para el hoy, tío, solo el hoy. Piensa en lo que ganó y en que fue feliz un buen puñado de horas con plata en el bolsillo. Claro que perdió los otros quinientos pesos de hoy. Pero pensar de ese modo es nuestro anatema. Él no los perdió porque nunca los ganó. No es fácil de comprender, pero es su mentalidad, la gente humilde tiende a razonar así porque está tan machacada por la puta vida que un guiño en forma de plata hay que celebrarlo hasta que se deshaga el sortilegio, hasta que se esfumen los billetes. ¿Imaginas disfrutar a todo trapo el ahora sin necesidad de pensar en el después? Cuando se le acabe la pasta, o cuando se le pase la resaca, volverá a asomar el rostro por aquí. Busquemos otro taxista, dentro de la faena eso nos servirá para repartir un poco más equitativamente la pasta y poder darle una alegría a otro colega que hoy cantará bingo. 

Tras regresar del tour, de unas preciosas salinas y una Purmamarca hechizada, caminando hacia la pensión, Nelson aparecía apoyado sobre un murete encalado junto a la estación de taxis. Seguía mascando coca, feliz y parlanchín con otro taxista, acaso jactándose de la dichosa víspera. Nos vio y levantó la mano. Discretamente, sin mediar palabra, le señalé con el índice de la derecha la esfera del reloj en la muñeca izquierda. Este… tuve un accidente con el auto, llegué tarde. Mentía. No importa, pibe, ¿todo bien? Sí, bien, bien. Hicimos el tour con un colega tuyo, ¿te dijeron? Nelson asintió feliz, sin una mueca de fastidio o enojo por la pasta perdida. No obstante, mañana bajamos a Purmamarca a eso de las ocho, así que, si andas por aquí, la carrera es tuya, ¿ok? Asintió nuevamente con esa felicidad mimética que me hizo sonreír porque, sin abrir la boca, ya me estaba diciendo que quién sabe si estaría o no. En el fondo, ¿qué es mañana? parecían gritar sus pupilas. 

Ahora las sombras se perdieron y seguro que las colillas o huellas de nuestras pisadas en el polvo de la estación ya han sido borradas por el viento, por el tiempo. A Nelson, que por supuesto no apareció la mañana siguiente, me lo imagino buscando otro poco de negocio para repetir la jugada en su concepción nihilista, machacada a cada segundo, de existencia aquí y ahora con la mente a un palmo del segundero. Tic, tac, tic, tac. Y los boys españoles, como nos llamaban en Salta, ya quemamos ruedas en un bus rumbo a Atacama mientras la mente no deja de girar, de pensar en mañana qué, ¿y pasado?, ¿y después?, ¿y llegará la pasta?, ¿y tendremos que quitar algo de la ruta o comer de abarrotes? Mas, en el fondo, los bellos paisajes tras las lunas se me pudren porque siempre hay un momento, muchos a lo largo del viaje de la vida, para añorar ser un alma errante como Nelson, preocupado solo por el hoy y el ahora, sin perder el juicio tras billetes de colores que prometan un futuro tan próspero como incierto en esta gigante función de teatro que es la propia existencia. Tilcara hizo de decorado y un tipo llamado Nelson de verdugo para tajar una yugular de la que volvieron a brotar a borbotones dudas como latigazos que nos quieran convertir, en sueños, en tipos ajenos y felices para los que el futuro es pura quimera, pura pérdida de tiempo su ensoñación. Sin embargo los cobardes siempre tendremos que convivir con nuestras miserias, con nuestro adoctrinamiento inculcado y, por momentos, por rincones del noroeste argentino, habremos de tragar saliva y humillar la mirada ante personas que nos escupirán con su ejemplo que la falta de coraje siempre nos impedirá llegar a alcanzar los sueños con las palmas de las manos. Definitivamente se va a hacer muy difícil dejar caer en la desmemoria a Tilcara. Tanto a ella como a Nelson y sus circunstancias. 

Entrada dedicada a Pilar, esté donde esté en esa Centroamérica tan necesitada, siempre sacrificada por hacer a las minorías indígenas un poco más dignas y con mejor acceso a bienes básicos. A ella y a todos los que con su ejemplo y altruista esfuerzo desinteresado contribuyen a hacer de éste un planeta un poco más humano y solidario. Gracias por tu esfuerzo e ilusión infinita, mi hermana.

1 comentario:

Maxi dijo...

Siempre he criticado esa cosmovision del hoy y no mañana. De echo, no la pondria en practica.

Sin embargo, me parece curioso tu comentario y esperaba que leer algo mas que comentarios tipo "tripadvisor" de vuestra visita por el norte argentino.

Para mi, que no es mas que un viaje de 200 km hasta Tilcara, me hubiera sido inverosímil sentarme a pensar algo tan genial, en ese momento en el que, por emocionales, cambiamos la inspiración literaria por instintos animales.