LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 31 de mayo de 2014

Tráiler de la ruta desde Salta hasta Uyuni

Aprovechando que mañana no madrugo (Ina se va a hacer kayak y hasta el mediodía no vuelve) y que no encuentro nada potable sobre lo que escribir, he aprovechado para recopilar unas imágenes de lo que fue nuestro paso por el noroeste de Argentina, norte de Chile y ruta desde Atacama hasta Uyuni, ya en Bolivia. Es solo una introducción a lo que serán los vídeos de la zona. 

Sí, sí, Sudamérica es caro, pero sin duda que también terrible de hermoso. Eso sí, que nadie confunda menearse por los lugares que se muestran en el vídeo con viajar, por favor. Lo digo porque eso que se muestra está más trillado que el copón (el noroeste argentino, gracias a Dios, no tanto) y el “gringo trail” cada vez cuenta con más ramales en los que te llevan y te traen a/de donde quieras en carruaje de plata, plagados de lugares en los que te dan los tours en bandeja de poliestireno, forrados de film plástico: listos para el consumo, higienizados y con un porcentaje igual a cero en lo referente a contacto con cultura y sociedad local. Digamos que nuestra ruta ha recogido demasiados abrevaderos para turistas deseosos de comodidad y con billetes para incinerar… y que lo sigan haciendo por estas coordenadas durante muchos años, por supuesto. Seguiremos rascando por una Colombia que, herencia de su turbulento pasado, se muestra un poco más genuina y menos machacada por turistas que, escrúpulos al poder, deciden plegar velas, saltarse esta joya esmeralda y trazar itinerarios por otros países de la zona. Rumbo a una Barichara que dudo que le llegue a la suela del zapato en autenticidad y sociedad a Tunja.
 

miércoles, 28 de mayo de 2014

Roberto Suárez, puño y letra

“E hizo mucho por el Beni. Ya sabes, esa región apartada y olvidada de Bolivia. La gente le tiene mucho cariño allá”. El conductor del descacharrado taxi sorteaba con pericia los baches de la carretera que une Samaipata y Santa Cruz, en realidad Sucre y Santa Cruz, la de la sierra, la de ese rango montañoso sobre el que bailábamos cual tobogán. “Era nuestro Pablo Escobar… pero tú, opinando como opinas de los imperialistas y de la historia de Latinoamérica, seguro que ya sabes de quién te hablo”… 

La figura de Roberto Suárez, dejada caer a posta en el olvido por los poderes mediáticos, siempre vivió envuelta en la más espesa neblina, similar a la que dejábamos atrás en el reducto preincaico de El Fuerte rumbo a unas cataratas espectaculares situadas unos kilómetros más allá, en Las Cuevas. Curva tras curva, bache tras bache, la memoria me escupía otra de esas figuras, ni buenas ni malas, diferentes por geniales, que dio la historia de este justamente llamado estado plurinacional de Bolivia. Y es que a los tipos con sensibilidad social se les suele dejar hacer, sin problema. Construyen una escuela, borran el hambre de una aldea… pero a los tipos como Roberto, aquellos que aúnan y conjugan sensibilidad social con poder, se les destroza a dentelladas por peligrosos. Aquí, en Latinoamérica, el guardián norteño siempre decidió que fuera de ese modo. Se les pone la etiqueta de maleantes o inadaptados, narcotraficantes, lo que sea; y se les encasilla en un bombardeo mediático que les aniquila para la opinión pública. Una escuela es una escuela, una comunidad es solo un puñado de familias; pero una región es poder, una nación aún más y la lealtad y gratitud en forma de fidelidad que surge de las masas descastadas y súbitamente dignificadas siempre es un problema para capitalismos y poderes acostumbrados a los pases de verónica detrás del telón, a dictadores devaneados entre el robo y la avaricia propia que viene acompañada de dígitos en miles. El menudeo pase; el mayoreo prohibido. En todo caso Roberto, a diferencia del Che o Sandino que defendían sus tesis con cadáveres, vivía de sus obras y cerebro, y ante eso no hay mala publicidad que valga. Pueden decir que eres malo, sugerir que eres proxeneta, anunciar que eres asesino; pero si solo sacias la sed o matas el hambre del que está a tu lado, entonces eres inmortal, un filántropo de alcurnia al que siempre sabrán recompensar unos ojos agradecidos o una sonrisa infantil, plena de inocencia. Estos actos multiplicados por centenas, como digo, son el mayor peligro para los que acotan límites y gustan de definir riquezas o miserias, físicas o morales; pero hicieron de nuestro protagonista un rey midas para gentes desfavorecidas. 

Roberto nació en una familia acaudalada, estirpe de comerciantes capaz de brindarle una educación notable pero sin sacarle de su raíz social, el Beni, una de las regiones más deprimidas del considerado segundo país más pobre de toda América. En realidad venía de familia de abolengo ya que era sobrino-nieto de Nicolás Suárez, otra eminencia por estos entornos. Nicolás, en su época de apogeo, era dueño de más de seis millones de hectáreas donde se recogía caucho a través de unos esclavizados indios Capirunas. Aún más, controlaba los rápidos que separaban el sistema fluvial boliviano de la propia amazonía y cobraba grandes impuestos a aquellas barcazas deseosas de cruzar las aguas. Debido al imperio creado fue capaz de crear una milicia armada que puso en juego para impedir las ansías secesionistas, en realidad proclives a unirse al estado brasileño, de los colonos asentados en la región del Acre. Sin embargo, la definitiva anexión de esta región por el estado carioca junto con el colapso del boom del caucho unos años después acabaron con su imperio pese a permitirle, aún así, seguir viviendo de un modo acomodado. En todo caso nunca jamás llegó a ser olvidado, e incluso se convirtió en una figura de relumbrón en las regiones del Beni y en Pando, lugares a los que sacó con sus negocios de la podredumbre más absoluta. Roberto heredó el espíritu mercantil de Nicolás, y gracias a su astucia se convirtió en el mayor exportador de carne a Brasil, generando ingresos de sobra con su ganadería para hacerse un tipo de fama y vivir con soltura. Pero su mente inquieta no dejaba de elucubrar, y ahí apareció la coca, pura, en pasta. Granjeó amistades para su causa y creó “La Corporación”, una organización que pronto generó ingresos a millones a través de unos campos de cultivo de la verde hoja que crecían exponencialmente. No obstante, los poderes fácticos le veían como una amenaza, y a raíz de eso Suárez, ni corto ni perezoso y acostumbrado al bajo perfil de la clase política boliviana como un mal necesario, subvencionó el golpe de estado que puso en el poder a Luís García Meza. Entregó la pasta, financió esa locura sanguinaria, y a cambio consiguió carta blanca y aviones militares, oficiales, para el traslado de la pasta de coca hacia una Colombia donde era cortada, hacia una Colombia en la que Pablo Escobar ya despuntaba. Bolivia como primer narcoestado de la historia acababa de nacer. El negocio, con el tiempo, fue tan viento en popa que Roberto Suárez acabó siendo considerado el tipo más poderoso e influyente de toda Bolivia. 

Pero éste no era un tipo común, que va. Se trataba de un tipo con clara conciencia social, con sólidos principios por los que luchar, con unas gentes compatriotas a las que rescatar de su inmensa miseria. Se cuenta que no tenía el menor reparo en prestar cualquiera de sus aviones para transportar a gentes heridas hacia hospitales, incluso animales necesitados de un veterinario. Era un filántropo bajo el disfraz de terrateniente de la coca. Financió escuelas, hospitales,… hizo del Beni una región un poco más digna en la que la gente le rendía pleitesía. Todos con los que hablé en Bolivia me lo dijeron así, partidarios y contrarios a las políticas del actual presidente Evo por igual, daba lo mismo su orientación política porque a todos les unía la admiración por Roberto Suárez. Sin ninguna excepción. Una vez, contado de palabra por el dueño de la pensión donde nos alojamos en Santa Cruz, a su vez hijo de un antiguo prefecto de Sucre, aquel político fue invitado por Suárez a abordar su avión privado una vez que el oficial había de ser cancelado por motivos técnicos. El mayor narcotraficante, buscado por medio mundo, e invitando al prefecto de Sucre a volar con él. Y el dueño de la pensión contaba cómo su padre le había transmitido lo impresionado que se quedó con Roberto, su sobresaliente cultura, su elegancia y educación exquisita, su agradable conversar. Un tipo que se lo había ganado todo y a quien nadie osaba contradecir. 

Mas Roberto se acababa de convertir en un nuevo enemigo de aquellos a los que no les gusta que nadie tosa en el cuello de su camisa. Era poderoso y, sobre todo, era tan respetado y apreciado que las malas artes yanquis no conseguirían hacerle caer en desgracia para la sociedad boliviana. Y todo porque Roberto no era un narcotraficante sin escrúpulos, más bien al contrario tenía una idea clara: hacer de la cocaína un producto para ricos, un producto exclusivo por el que tendrían pagar a precio de oro para así hacer de Bolivia una inmensa fuente de ingresos, un país próspero. Su principal afán era sacar la coca de los ambientes marginales, y no en vano se vanagloriaba de haber hecho aumentar el precio del kilo de pasta de coca desde los mil y pico dólares hasta casi los diez mil. Créanme si les digo que, por encima de todo, él era un humanista exacerbado además de un boliviano de pro. ¿Y los yanquis? Pues veían un fuego que prendía rápido en uno de sus patios traseros y, utilizando sus ardides, jugando sucio como siempre, golpearon el único punto débil del ya conocido como “Robin Hood de Bolivia”: la familia. El hijo de Roberto fue detenido en Suiza por nada, por que sí, por ser hijo de quien era, y posteriormente extraditado a Estados Unidos. La DEA, al fin, tenía una baza para jugar. 

En este punto es donde la sombra de Roberto se agranda hasta el infinito para hacerse leyenda. Solo un tipo con su carisma, capaz de ganar la nada perdiéndolo todo, es capaz de escribir, de su puño y letra, una carta al presidente yanqui (Reagan, para más señas) ofreciéndole su cabeza a cambio de dos condiciones: por un lado la libertad de su hijo, secuestrado (he escrito secuestrado, que no haya dudas) por los servicios de inteligencia nazis… digo yanquis en un país europeo; y por otro lado, atención, pide que le dejen pagar de su bolsillo la totalidad de la deuda externa de Bolivia. Con dos cojones. Tal y como lo lees. Su cabeza a cambio de la libertad de un vástago injustamente secuestrado (¿existe secuestro justo?) y que Bolivia, un país masacrado y teatro de sombras histórico como toda Latinoamérica, dejara de deber algo por lo que, en realidad, ella debía estar recibiendo réditos una vez entendido el saqueo a que se ha visto sometida históricamente por españoles y yanquis con la connivencia del resto del mundo. Así era Roberto Suárez, implacable y con una personalidad arrolladora. Él mismo soltaría miles de millones de dólares, libraría a Bolivia de su eterna deuda y además se entregaría a las autoridades norteamericanas. ¿Qué más se puede pedir? Ni que decir tiene que el actor yanqui no hizo ni caso, destruyó la carta y caviló por un segundo. Estaba claro: mejor seguir puteando a millones bolivianos, generaciones futuras que verán su posibilidad de progreso cortada de raíz por el peso de la deuda acumulada. Otro rehén más para los de barras y estrellas, otro títere del que seguir tirando de los hilos. No había trato. 

Roberto, finalmente cansado, abandonado por su esposa y enfermo, decidió entregarse a la justicia boliviana y poner fin a su obra. Creyendo que su tiempo había pasado, se echó a un lado en silencio y se borró de la historia. Pasó unos años en la cárcel, pocos, y al salir recuperó su negocio ganadero hasta que falleció en Santa Cruz de la Sierra, con cerca de setenta años, aquejado de problemas gástricos y hepáticos. Hoy es el día en que nunca faltan flores en una humilde tumba del camposanto de Cochabamba. Junto a una buganvilla marchita y siempre rodeado por las sombras de los cipreses, yacen allí los restos del una vez hombre más poderoso de Bolivia, un tipo forrado de ilegalidad pero henchido de una humanidad desbordada. Siempre hay anónimos que le regalan flores porque, que no te quepa duda, nadie en Bolivia, nadie en el Beni quiere dejar caer en el olvido a un tipo que les prometió la libertad y les dio razones para creer en sí mismos. 

P.S. Habla con un boliviano. Pregúntale por salares, minas de cartón con apuntes sobre la mita heredada por los españoles del imperio Inca o el “Tío”, conceptos repetidos y calcados hasta el hastío en folletos para turistas, por lecciones de español en la nívea Sucre. Se encogerá de hombros porque no entiende de qué Bolivia hablas. Entonces hazte un favor y susúrrale dos palabras: Roberto Suárez. Verás un chisporroteo de emoción brillar en sus ojos, y la conversación y anécdotas se dilatarán hasta que el tiempo caiga rendido, aburrido. Sin darte cuenta, sabrás un poquito mejor cómo se hace para viajar, para realmente viajar por esta Bolivia o por cualquier otro país: pegando la hebra con sus ciudadanos, llamando a la puerta de lo que realmente les apasiona, les dignifica y les ha dado sentido de nación. Así ellos serán un poco más viajeros, y tú, en este caso concreto, un poco más boliviano. 

P.S. (II) Ya en Tunja, Colombia.

sábado, 24 de mayo de 2014

España: desmemoria y resentimiento

“Asquerosos. Se llevaron la plata de Potosí y nos dejaron en la miseria. ¿Qué más quieren de Potosí? Váyanse, váyanse a su país”. La vieja indígena, de tez cacahuete, bombín calado y poncho colorido nos increpaba, aullando, desde el extremo opuesto de la calle. Una y otra vez, sin lugar al desfallecimiento pese a su deteriorado aspecto. Y lo hacía seguro a nosotros por lo poco transitado del lugar, un callejón oscuro lo suficientemente lejos de la turística plaza 10 de Noviembre. Mirando en derredor, nadie nos acompañaba. “Ustedes los españoles se lo llevaron todo y nos dejaron miseria, robaron toda la plata de Potosí, esclavizaron a nuestros ancestros y les llevaron todo. ¿Qué hacen aquí? Regresen a su país y déjennos tranquilos. Asquerosos. Regresen a su país”. ¿Cómo demonios puede saber que somos españoles? A buen seguro nos escuchó hablar, las risas y comentarios. Crucé la acera y me quede mirándola a un metro, sin dar crédito. Ella no cejaba. Sobre un hombro se le adivinaban cuatro canas trabadas en una trenza y lucía unos hundidos ojos almendrados, puros, inyectados en furia y rabia, inquisitoriales pero perdidos en el infinito con lo que daba la impresión de estar pasada o histérica. Enojada es poco. Agaché la cabeza, sin abrir la boca, y volví a la acera opuesta desde donde enfilamos una cuesta abajo, rumbo a la pensión, en esa especie de Guanajuato en feo y destartalado llamado Potosí. Allí la dejamos increpándonos ante la indiferencia de los pocos transeúntes que ni un ápice de atención le prestaban. Incluso abajo del todo seguían rebotando y resonando con poderoso eco las palabras de esa abuela cuyos ojos miel serán difíciles de olvidar. Gritaba y gritaba la anciana, sonaban y sonaban sus aullidos enfermizos en mi memoria cuando me acosté, un par de horas después. Una vez que di dos vueltas entre suaves sábanas de algodón se atenuaron sus reproches, con dos más casi eran historia lejana, a la quinta creo que ya debía roncar. Sin embargo, al despertar, sus recriminaciones seguían allí, poderosas, con la misma intensidad, resquebrajando la moral. 

Días después, en Sucre, nos llegamos una mañana al convento de La Recoleta. Sucre, capital constitucional de Bolivia, da una sensación contraria a la descuidada Potosí por señorial y, además, por ese punto inmaculado que reparten a partes iguales sus fachadas estucadas o blanqueadas y sus calles impolutas. Un giro a la calidez, una suerte de localidad andalusí en medio de los Andes. Allí, a la puerta del convento, coincidimos con un grupo de señoras mayores, de esas que uno se alegra de ver haciendo turismo pese a sus cayados si solo por la nostalgia de lo mucho viajado con la vieja. ¿Y ustedes de dónde son? De Cochabamba ¿Y ustedes? De España, vascos. Ah, claro. Silencio sepulcral y muecas de desagrado. Ya empezamos. Al llegar a la sala de numismática, la guía empieza a desarrollar su letanía: plata de Potosí, monedas de la corona española, troqueles, sellos argentos,… Un par de abuelas se giran y nos hacen comentarios, en educado pero metiendo la puya hasta el fondo. Que si los españoles se llevaron la plata, que si el genocidio con los indígenas, que si tal, que si cual. Levanté la voz por un segundo. “Por si les sirve de consuelo ya les dije que somos vascos, y seguramente compartimos los mismos sentimientos hacia los españoles, ¿me entienden?” Cerraron la boca, cómplices o asustadizas, y empezaron a divagar entre ellas sobre los Cristos y la belleza de los claustros. Por supuesto mi comentario era mentira. Solo una manera de parar aquel escarnio, educado pero escarnio. Me puedo sentir vasco en Euskadi, español en España o, ahora mismo, boliviano en Bolivia. La política siempre me hizo bostezar. Entonces, escuchando el resonar de mis pasos sobre los suelos de cedro, admirando en silencio lo magnético del lugar, pensando en lo acaecido por Potosí, por Sucre, creía que era fácil llegar a comprender el porqué de aquellas muestras de descortesía.  

Porque en su día los españoles, como todos los imperios colonialistas, desenhebraron la raíz cultural y social local, pudrieron y pisotearon las costumbres ancestrales (de los legados escritos del imperio inca no queda ni uno solo, por ejemplo), esquilmaron las riquezas naturales con alevosía y dejaron, al fin, diezmados grupúsculos sociales para los que, a la vista está, la mera mención de lo español sirve para soliviantar ánimos y dar luz a esa sensación visceral, curtida en generaciones, de odio a lo hispano. Hasta la identidad les robamos, y millares de indígenas latinoamericanos aún hoy buscan quien sepa comprender sus razones y permitirles ser personas, con su diferenciación racial. Siempre tuvimos una razón para humillarles y aniquilarles, primero Dios, luego el progreso, después… Y no hay nada que reprochar porque historia dilapidada y motivos como para odiarnos les sobran. España cometió un genocidio brutal, lo mismo que Portugal, Países Bajos, Gran Bretaña o, en tiempos más recientes y de un modo más sucinto, Estados Unidos. El colonialismo, de la nacionalidad que sea, siempre se ha basado en la fulminación de lo local en base al poderío físico o militar. Y aquí, especialmente en Latinoamérica, éste ha devenido en la mayor masacre de todas las acaecidas a lo largo de la historia no por lo potente y desastroso de sus consecuencias en un determinado momento, sino por lo dilatado que ha sido y sigue siendo. Al principio fueron José Martí o Simón Bolivar, hasta el mariscal Sucre por cercanía física, más tarde Sandino o el Che, ¿se acuerdan de Allende o Jara?... Mártires de una Latinoamérica para la que nunca hubo un gramo de piedad y sí mucho de represión, muerte y desolación. ¿Cómo no voy a entender los reproches en base a mi pasaporte? El viajero siempre ha de contar con ello, porque se puede aprender mucho de lo ajeno, en eso consiste abrir una ventana al mundo; pero sobre todo se ha de interiorizar lo propio y cincelarlo en el alma, porque queramos o no somos lo que nuestros antepasados hicieron de nosotros. De ese modo, solo queda escuchar con atención y no poner un ápice de indignación, más bien comprensión y dulzura asintiendo con la cabeza pese a lo injusto que pueda parecer el convertirse en protagonista ocasional de tanta furia. 

La historia ya está escrita y grita, con firmeza y tras desolación, que los nuestros solo les dieron un idioma y una religión a cambio de humillarles y vaciarles de todo lo demás. “Cuando llegó el hombre blanco, ellos traían la cruz y nosotros teníamos la tierra. Nos dijeron que cerráramos los ojos y rezáramos al Dios en el cielo. Cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y a nosotros solo nos quedaba la cruz”. Las palabras de aquel político africano, convertidas en proverbio, han demostrado, por los siglos de los siglos, ser una cruel certeza en cualquier confín de la tierra. La más dolorosa. ¿Quieren que les cuente una anécdota a cuenta de esto? Aquí, en el mismo Sucre, hay una calle dedicada a Gabriel René-Moreno. Es una calle céntrica, cercana al parque Bolivar. Seguramente en casi todas las ciudades bolivianas este tipo tiene una calle dedicada, no en vano fue un reputado historiador nacido en Santa Cruz de la Sierra, lugar donde nació este viaje y lugar al que regresamos mañana. Incluso seguro que vosotros, viajando por estas tierras, habéis topado con una calle homónima en alguna ocasión. ¿Saben que decía este fenómeno? Decía que “el indio incaico (sic) es sombrío, asqueroso, uraño, prosternado y sórdido”. Imagínense indígenas deambulando por cualquiera de las calles que honran a semejante racista e ignorante… Ahora son un poco más bolivianos, de los de raíz, no de los importados. 

Mientras suspiro y tecleo, Ina chequea las fotos de esta lúgubre taberna teñida en rojos y un par de viejos charlan animadamente en la mesa de al lado. Nos miran de refilón y no nos dirigen la palabra. Aquí al menos no nos insultan, pienso entristecido. Son mestizos, descendientes de españoles, con rasgos no tan distintos a los nuestros… Eso será. 

P.S. Por si alguien se lo cuestiona, le respondo desde ya: no, en esta entrada no hay ni una sola línea de ficción. Pregúntenle a Ina. La realidad suele ser así de tozuda, desagradable o maravillosa.

Repaso visual a Potosí y Sucre

jueves, 22 de mayo de 2014

Viajando al corazón de Bolivia

El texto, la foto. El texto, la foto. Viajando al corazón de Bolivia con el pellejo desollado de puro impacto a través de unos textos líricos y unas fotos inmensas. Hablo de algo anónimo e inesperado como todo lo especial, de una exposición difusa solo promocionada por un cartel en escala de grises sobre un caballete en un rincón oscuro de la Casa Nacional de la Moneda, olvidada por masas de chiquillos gringos que solo se ilusionan ante la perspectiva de bajar a una mina y perpetuar con sus vanos “regalos” a unos tipos que ellos creen que se pudren si no es por su compasión. Los límites de la estupidez turística se muestran infinitos por aquí, y lo hacen porque en esta exposición se refleja claramente que Bolivia, el maravilloso estado plurinacional, afronta con ilusión, y especialmente ingresos renovados, un futuro XXI mucho mejor, alejado de esa imagen que se perpetúa a través de tours machacones para adolescentes confusos que no entienden que el sufrimiento de ayer, irremediablemente, se ha ganado un trozo de pan y un trago largo de vino para muchos bolivianos de hoy. Que aquí también llegó la era industrial. Es una exposición en apenas un ala del lugar, cuatro salas interconectadas, en la que las miradas de los ancianos brillan, saltando desde las instantáneas, con un fulgor inédito porque tal y como se apunta allí en una cita “solo encontrarás el Paititi cuando logres arrancar de tus ojos el resplandor de la codicia”. Ellos ya lo lograron, y en los estertores rememoran un mundo que ya no existe por Pulacayo, por Tarabuco, por Puesto Fernández y por otro montón de lugares dejados caer en el olvido, que nunca tendrán eco en su lenta agonía pero que siempre mostrarán una Bolivia de verdad. Un sueño en colores sepia que genera un huracán de nuevas ilusiones en la mente de cualquier viajero. Bolivia, la de verdad, se esparce en decenas de imágenes y palabras ancianas, evocadoras… ¿qué coño pinto en Potosí, arrastrado por la marea? Se habla entonces de esos tipos taimados, alemanes de ONG, que construyeron unos gallineros maravillosos en un pueblo perdido de Bolivia y consiguieron que los locales acabaran metiendo las gallinas en sus casas, yéndose ellos mismos a vivir a esos gallineros porque eran mucho mejores y confortables. También hay un punto para la sonrisa que mitigue el azoramiento. Se define después el dolor como la nada, un pueblo llamado Dolores al que nunca ir, del que jamás regresar. También hay un punto para la épica. Se descubre, al cabo, un teléfono y una anciana con la vista perdida en el horizonte y ese gesto de mesarse las manos que tanta inquietud transmite. ¿Y cuando suena? Genial. También hay un punto para la soledad y el calor de una voz amada. Pulacayo y su desconocida lucha obrera. También caben la diáspora y la añoranza de los tuyos, de los míos. ¿Cuántas cosas caben en el testimonio de esos que jamás cruzarán su mirada con los viajeros por Bolivia? Tantas cosas, tantas ilusiones, tantos sueños… Y todos obnubilados, guiados de la manita por ese Potosí tan artificial que se dibuja hoy entre montañas de zinc y antimonio; mientras algún otro, ofuscado, comprende que Bolivia susurra un futuro regreso en la senda de las arrugas y los ojos hundidos, al calor de su mayor tesoro: sus gentes. 


P.S. Los ladrones de guante blanco, los de sotana y alzacuellos, siguen pretendiendo salvar nuestra alma robándonos nuestra plata. Veinticinco dólares por filmar en el Convento de Santa Teresa. ¿Es una broma? Yo no pongo el precio, solo lo cobro. Pues devuélvame los cien bolivianos. Las extorsiones no van conmigo. El dinero regresó de la cajera a mi bolsillo y, de nuevo, rumbo a la oficina de información, como me paso en Kezmarok con la iglesia articulada, a poner una queja. No sirve, pero acalla la conciencia. Hablaba de los neo-hippies y sus negocietes, lo peor de lo peor, mas con la iglesia se dan la mano en su insaciable avaricia. Madre que los parió. Luego, cosas de la vida, la Casa Nacional de la Moneda en Potosí nos regaló esta magnífica exposición que dio que pensar y escribir…