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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 5 de abril de 2014

Irán de ida y vuelta: aprendiendo a perder, aprendiendo a crecer

Que pudiera ser negado de palabra y acto a la hora de solicitar la “visa on arrival” en Irán era algo con lo que contaba. No lo barruntaba, ni lo esperaba, pero sabía que, como todas las cosas que se enhebran en las repúblicas bananeras o países de regímenes paranoicos y se dejan al criterio volátil de cualquier burócrata de estrato bajo (léase oficial de aduanas), podía pasar. Incluso imaginaba que mi cara no le gustara a algún fulano de sello salvador en mano, o que mi pasaporte lleno de visados supusiera una invitación demasiado obvia para estas mentes esquizofrénicas y por ello me mandara de vuelta al avión del que acababa de salir, de vuelta a Turquía.

No obstante, lo que jamás imaginé fue lo que sucedió. Que sencillamente al apearme del avión en Kermanshah (Irán) y dirigirme a inmigración me dijeran que… ¡¡¡Allí jamás se ha tramitado una “visa on arrival”!!! Y el poli de turno, agitado por la novedad, que enseguida me ponía en contacto con la Turkish Airlines para mi deportación (en realidad no estoy seguro de que sea una deportación, porque nunca llegué a entrar oficialmente al país); y yo mostrándole la página de Star Alliance, que incluye a la Turkish, y que muestra el aeropuerto de Kermanshah como posible para obtener visado a la llegada. Increíble cómo pude llegar a Kermanshah mostrando nada más que el papel donde se cita a Kermanshah como lugar para obtener la visa. En Bilbao ni me dijeron nada, en Estambul la chica de la puerta de embarque me pidió la visa, le comenté lo del visado a la llegada, chequeó algo en el ordenador y me dio el visto bueno. Y a la llegada nada de nada. Mi gozo en un pozo. Sonreír y bajar la voz, lección asiática, para arreglar un poco el lodazal en que me había metido… o me habían metido.

De vuelta en Estambul, bronca cojonuda con el director del departamento de deportados. Que si no te dejan entrar no es problema nuestro, que si la visa es responsabilidad del viajero. A ver, a ver. Para el carro, Baldomero. ¿La visa mi responsabilidad? Sí. Yo no tengo visa en mi pasaporte, ¿verdad? Verdad. ¿Y cómo demonios he conseguido llegar a Kermanshah sin visado?, ¿por qué no se me ha denegado el acceso al avión? Silencio. Pues porque tú y yo sabemos, prosigo, que la “visa on arrival” es posible en los aeropuertos de Irán, excepto por lo visto en Kermanshah y quizás alguno más. ¿Ahora te enteras? Estáis mintiendo cuando afirmáis que es posible obtener el visado allí, la información que dais por teléfono y en la web es falsa. Y el nota erre que erre con que si el policía de inmigración no me ha dado la visa es problema mío. A ver si te enteras: a mí ningún policía de fronteras me ha denegado la visa, que entiendo sería mi responsabilidad (o mala suerte) y no podría reclamar, simplemente no había policía para denegármelo o concedérmelo porque ¡¡¡no hay oficina de “visa on arrival”!!! Y tú ya deberías saberlo, porque es difícil creer que soy el primer viajero deportado de Kermanshah por este asunto. Con el encabronamiento que tengo en ese momento paso directamente de plantear la alternativa de enlazar con otro vuelo a Teherán -una alternativa que me dio la amable gente de la Turkish en Kermanshah- porque me obliga a una escala de más de diez horas allí colgado en el aeropuerto otomano, a pasar por un Teherán que no me atrae nada y, por si fuera poco, al llegar al aeropuerto de la capital iraní no tendré reserva de hotel y lo mismo el burócrata de turno me manda, otra vez, de vuelta al avión, otra vez pasaportado a Estambul. Por no hablar de dos días prácticamente perdidos. De quedarme en Turquía pues como que no tengo moral ahora mismo, y teniendo un presupuesto justo para Irán, invertirlo en Turquía por descontado que se me quedaría corto, demasiado corto. Podría remendarlo, pero la que se me avecina por tierras americanas va a ser parda.

En fin, para qué seguir. Una experiencia y aprendizaje nuevos. Ya en Bilbao, tras diecinueve horas de aviones y aeropuertos, me esperan los Nacionales para que dé cuentas de lo sucedido (lo que me faltaba), mi maleta está desaparecida y no ha llegado (comprensible con el Cristo que tienen montado en el aeropuerto Ataturk de la capital otomana), paso a formalizar una queja (que servirá de poco, aunque agrada que tanto el joven de la oficina aérea como el oso al mando del departamento de deportados me acabaran dando la razón porque no hay por dónde agarrar el asunto), trescientos euros a la basura, un porrón de horas sin dormir y con párpados anestesiados, otros treinta euros de la primera noche de hotel en Kermanshah dilapidados, el seguro médico… Un desastre que, por otra parte, en algún momento se tenía que dar. Una puerta que se cierra y muchas que se abren. Ahora mismo lo único que me apetece es descansar, preparar unos textos para esa Sudamérica que está al caer, trazar a fondo la ruta por esas tierras y, por encima de todo, olvidarme de la puta que parió a la Turkish Airlines y al joputa mandamás iraní que pasó la información a las compañías aéreas de que Kermanshah era una opción de visado a la llegada. Irán, el sucedáneo de Yemen, puede seguir esperando.

Queda aprender, sacar de la hiel la mejor lección porque siempre en la derrota está la más mayúscula enseñanza: que los pioneros siempre se llevan las primeras y más monumentales hostias, que para el futuro ya sabré un poco mejor cómo tratar estas situaciones, que la lección ha salido cara, ¿Qué hay compañías peores que Ibirria?, que acaso ya debería haber puesto candado al cercado de repúblicas bananeras con las que conozco y no me canso de revisitar y que, en el fondo es lo mejor, el sol que alumbre por tierras del cono sur americano ya se apresta a brillar.  

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