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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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jueves, 23 de enero de 2014

Veinte años - El tren a Bishnupur

Hay cosas difíciles, realmente difíciles de contar. Y luego hay otras que de pura cortesía hacen que resbalen las yemas de los dedos sobre las teclas para desarrollarlas del tirón en palabras que fluyen sin cesar. Cosas que duelen y enfurecen, y cosas que enternecen y hacen que el hecho de viajar suba de calor hasta el incandescente. Cosas únicas por destructivas y cosas maravillosas. Y todas, absolutamente todas, se suceden a cada minuto en el país que mejor ayuda a comprenderse a uno mismo por dentro viajando por fuera. Todas ellas, para lo bueno y lo malo, gustando más o menos, pertenecen tanto a la gracia de India como a la rabia del viajero por estas lindes. 

Volvíamos de Cuttack… Por cierto, una vez más éste resulta ser otro sitio de esos que -afortunadamente para mí y otros pocos- han desaparecido de esa última edición de guía LP a la que, cada vez más, se le notan las cuerdas en su intento de trazar rutas indoloras y ortodoxas por masificadas, asépticas, y en aglutinar por ellas a turistas de cartón. Y es que, como me decía una turista mexicana que conocí en Jaipur, ¿a quién le interesa India pudiendo convivir con otros turistas? Para ir a mear y no echar gota, colega. Luego lo matizó en forma de triple salto mortal con tirabuzón diciendo que, claro, para dos chicas solas como eran ellas les parecía más seguro no menearse de las faldas de la turistada. Todavía me sonrío cuando lo recuerdo porque hay que tener valor (y falta de honestidad en admitir que India es solo la excusa que ayude a aparentar que se viaja) para, siendo mexicana, de Sonora para más señas, hablar de sensación de inseguridad en India. Es que tiene cojones la cosa. A lo que iba, que volvíamos de Cuttack, antigua capital de Orissa y una ciudad bastante potable, de admirar en sus talleres la filigrana de plata (Tarakasi) y de husmear para dejarnos unas perrillas en sus fantásticos bazares, cuando coincidimos en el tren con un tipo, bengalí de Kolkata. Acabábamos de subir, acomodarnos en el duro asiento forrado de escay y trocar unas rupias por dos deliciosos vasos de té masala a un chaiwallah, uno de esos tipos que se pasean tren arriba, tren abajo ofreciendo el brebaje, cuando el de Calcuta, orondo, afable y dicharachero, de esos que nada más verlos sabes que van a dar juego en larga conversación, me dirigió la palabra en torticero inglés. 

-¿Cuánto has pagado? Le has dado cincuenta y te ha devuelto veintiséis, ¿verdad?-. Asentí extrañado. -Se ha quedado con diez rupias. El té cuesta a siete, por dos catorce, y tú le has dado cincuenta, o sea que debía devolverte treinta y seis, no veintiséis-. Me encogí de hombros, resignado. Aquello era el pan nuestro de cada día. El viajero por India siempre ha de pegarse con el sistema de doble precio que, sin ser ley escrita, se le aplica en estas tierras. O se acepta o se queda uno en casa, porque no hay alternativa. 

En ese momento, para nuestra sorpresa, el tipo empezó a dar voces llamando al chaiwallah que, obviamente, se hizo el orejas y tiró para adelante. Ya volverá, me dijo el de Calcuta. Pues efectivamente, el del té acabó por regresar al cabo de unos minutos, momento en que el compañero de asiento empezó a gritarle en hindi, reclamándole nuestras diez rupias. El chaiwallah agachó la cabeza, sacó el billete de diez y me lo tendió sin mirarme a los ojos, avergonzado. Ni una palabra dejó caer ante la cascada de voces enfurecidas que le dedicaba el otro. El de Calcuta y yo, tras el cortés agradecimiento por nuestra parte, entablamos una conversación que pasó a girar sobre la falta de educación de la gente india hacia los turistas. El tipo, con semblante serio, me hizo saber los grandes esfuerzos que llevan a cabo entre muchos entes educativos para que esto cambie y se respete al turista en todos los ámbitos, pero que era muy complicado inculcar esta idea en las clases más desfavorecidas que asumían por defecto que un turista ha de pagar más por el hecho de ser extranjero y que, en definitiva, él creía que en unos veinte años, con un poco más de desarrollo educativo en todos los estratos, se llegaría a una situación no ten perversa para con los viajeros por India, más normalizada en trato personal y escala de precios. Veinte años, volvió a repetir en varias ocasiones. Yo solo escuchaba y le miraba lánguido, entre incrédulo y compasivo a ratos. Lo afirmaba con tal convicción que uno no podía menos que apiadarse de sus palabras, ocurrencias, y asentir en silencio; aunque por dentro todos los viajeros regulares por este precioso país sepamos que veinte años no es nada, que para una población de más de mil doscientos millones aún menos, que el atraco en forma de dualidad de precios para el turista es algo enraizado fuertemente en la psique india y que, ni para Dios, eso va a cambiar en tan corto plazo. Más bien al contrario, es una actitud en expansión porque de hecho ya está fuertemente implantada en otros países asiáticos e, incluso en una Myanmar que ahora se despereza en esto del turismo, esta sinrazón empieza a generalizarse cuando hace apenas unos años, cuando la tierra birmana era un país hermético y viajar por él significaba un salto a otra dimensión, esto era, sencillamente, inconcebible. Al rato empezamos a hablar de Bengala, de Bishnupur, de Darjeeling, de todos los maravillosos sitios que se esconden en una sola fracción de este inmenso país. El tipo, gran corazón en todo caso y acaso con sentimiento de culpa o deuda por lo sucedido, nos invitó a un té más cuando al parar en la antepenúltima estación camino a Puri se subió otro chaiwallah. Una vez en la costera localidad, a la hora de despedirnos, volvió a repetirme que en veinte años India sería un país completamente distinto, mucho más civilizado y honesto con sus visitantes. Sí, claro, quién sabe. Ojala… Ojala… 

Fue al día siguiente, a la hora de regresar al aeropuerto de Bhubaneswar, cuando sus palabras volvieron a resonar con eco febril en mi memoria, pero como ciclón enfurecido esta vez. Decidimos volver a la capital del estado en bus desde Puri porque se tardaba lo mismo que en tren, un par de horas, y además nos apetecía dar otra perspectiva a la ruta en esta zona de India. Al subir la parte trasera estaba bastante llena, y en la parte delantera, a mi derecha, había un tipo sentado solo con una bolsa a su lado. Traté de acercársela para hacer un hueco a la gorda, pero el notas, raudo y veloz, volvió a colocarla diciendo algo en hindi. No le di más vueltas, sencillamente supuse que ese sitio lo estaba guardando para un familiar o algún amigo… No le di importancia. Hacia la izquierda se sentaban un chico con su madre en un banco corrido de respaldo acondicionado para tres personas. El chico junto a la ventanilla, su madre en medio y la mía, a la que yo había indicado que se sentara en ese nuevo hueco, intentando acomodarse en la tercera plaza. Yo ya me había apalancado junto a una chica justo en la fila anterior. Pero resulta que la vieja no quería compañía, y le decía a la gorda que se pirara. Yo no entendía nada. Entonces el chico, el hijo, empezó a decir a su madre que dejara sentarse a la turista, que si eso se pasara ella a la ventanilla y ya se quedaba él en medio. Y la vieja, erre que erre, que ni para Dios, que la extranjera se tenía que pirar. Y yo le decía a mi madre que de allí ni se meneara, que ya se le pasaría a la abuela india el cabreo absurdo, que ya estaba su hijo intentando hacerla entrar en razón. Y en esas estábamos cuando el hijo levanta la mano y le suelta un bofetón de pánico a su madre. Increíble. ¿Estupor generalizado? Ni de coña. Allí a todo Dios parecía darle lo mismo lo sucedido, como si la mataba a palos. Yo no daba crédito, debía estar soñando. ¿Veinte años que decía el de Calcuta?, ¿cómo demonios se corrigen esas actitudes? Traté de calmar al chico diciéndole que no había problema, que se relajara porque mi madre ya se iría a buscar otro sitio al fondo. Y en esas estábamos cuando la chica con la cual me había sentado yo, en un banco para dos, se levanta para cederle el sitio a mi madre y se va a sentar donde el notas de la bolsa que amablemente le cede el sitio. ¿Cómo? ¡Si será hijo de puta el cabrón de la bolsa! O sea que para la turista está ocupado pero para la gente india no hay problema. Ya te voy a pillar. Estaba que echaba humo, y supongo que aún mucho más alterado de lo normal tras el desagradable acontecido entre hijo y madre. Dos horas después, ya en Bhubaneswar y cuando nos íbamos a bajar, el cabreo seguía ahí así que enganché por banda al hijo de puta de la bolsa. Le di un puñetazo en el hombro con una mala ostia descomunal y casi lo tiro mientras me acordaba de la puta que lo parió a voces. Le dije que a ver qué cojones pasaba, que sitio para extranjeros a su lado no hay, pero para indios sí. El tipo, dolorido y asustado, escurrió el bulto todo lo rápido que pudo porque debió notar las ganas que tenía de darle unas hostias en condiciones y, para mi sorpresa, mi actitud en esta ocasión sí que causó estupefacción en el resto del pasaje que me miraban en silencio, alucinados, sin entender nada. Eso sí, ni uno me dijo una palabra y, más bien al contrario, todos se apartaron con una cortesía inédita en nuestro caminar de salida del bus. Por lo visto putearse y sacudirse entre ellos, de hijos a padres, es normal, lo extraordinario debe ser que aparezca un tipo de tez blanca a montar lío. ¡Qué país! 

Y de esta manera a uno le toca aprender lo bueno y lo malo, la educación (o su déficit) de ciertos indios (también de este extranjero) y, especialmente, lo que significa sentirse respetado y luego discriminado en una tierra que no es la tuya por el mero hecho de ser foráneo; la rabia que, yo no podía ni imaginarlo de antemano, generó en mí. No actué bien, eso está claro, y el asunto podía haber acabado muy mal si el notas me hubiera plantado cara poniéndose farruco (aunque no tenía ni media hostia), pero, qué duda cabe, en este país, aunque uno no lo desee, no se deja de descubrir a cada circunstancia lo que yace dentro, latente. Por eso India es tan maravillosa, porque no hay ningún otro lugar en el mundo capaz de llevarte al límite y hacerte ver qué llevas oculto en el fondo de tu ser. ¿No es eso viajar?, ¿no es eso descubrir? Veinte años no es nada, aunque para muchos indios, y quizás también para mí, puedan llegar a ser un imposible si de lo que se trata es de educar en la diferencia racial o de controlar la furia, la ira que surge de la injusticia. Lo que está claro es que jamás olvidaré ese momento en que un tipo con gafas y una vieja emperrada nos hicieron ver que, en ocasiones, también los extranjeros viajando por India podemos llegar a ser considerados incluso una casta inferior a la de los parias. Ojala lleve razón aquel de Calcuta y, con el paso del tiempo, ellos aprendan a respetar a los turistas como yo deberé aprender a controlar mis instintos pese a lo exasperante que puedan ser las situaciones en este país tan inmenso en todos los aspectos. Ojala.                                   

 El tren a Bishnupur 

Hicimos una excursión de un par de días a Bishnupur, un delicioso enclave rural salpicado de un montón de templos forrados de terracota. Quizás lo mejor del viaje por genuino, por único y, en el fondo, por ser esa India rural de cuerpo a cuerpo que tanto adoro, tan alejada del bullicio y miseria de una Calcuta que vomitaba desesperación tras cada esquina. Echaba infinitamente de menos el tren tras apenas dos días de ausencia. Pero no cualquier tren, sino el tren en India. Aunque fuera para un tramo tan corto como el que enlaza Calcuta con Bishnupur, era suficiente para matar el mono y darle un rato a la tecla. La estación de Shalimar pronto quedó atrás, fuera los enfangados arrozales, todavía yermos, lucían igual que espejos purpúreos junto a los cuales solo esporádicos semilleros de color verde marino daban un punto de color. Dentro, la mayoría dormía y la minoría se entretenía en conversaciones apenas cortadas por el trajín de vendedores de té, cacahuetes o mil raciones de vegetales mezclados sobre una hoja de palma. Bengala se dibujaba así, con trasfondo de cielo en celeste azul y, a veces, tipos con piernas hundidas en el fango y espalda doblada mientras trasplantan el arroz de los semilleros a su nuevo hogar. Son tipos enjutos, marrones, vestidos apenas con una tela a modo de taparrabos. Trabajadores duros de gruesa tez curtida, áspera como el cuero virgen, forjada en mil avatares. Grupos que se pierden, parcela tras parcela, hasta donde la ocre tierra se funde con en cielo o las palmeras. Una y otra vez, una y otra vez. Hipnótico, es siempre imposible resistirse a su visión permanente, a su embrujo asociado con la brisa que rasga el pelo, filtrada entre las rejillas metálicas de las ventanas del monstruo metálico. Para el tren, baja la gente; sube la gente, arranca el tren. Chuuuu, chuuuu. Tracatractraca. Nuevas conversaciones arrancan, viejos compañeros siguen resoplando en rumores risueños tras ojos cerrados y un viajero vuelve a perder la vista en los arrozales, hechizado y ausente. 

Luego Bishnupur se desata para recodar al viajero que aún quedan lugares incorruptos y preciosos, aquí con una sucesión de templos trabajados en ladrillo o laterita y forrados con estuco o, principalmente, terracota. La gloria ya se resquebrajó, los reyes se reencarnaron y sus obras, sus restos latentes, palidecen hoy en campos estériles y agrietados en una estampa que recuerda con extremo acento a la vieja gloria del no tan lejano Bagan, en la Myanmar que se clavó con saña al corazón. Una delicia de lugar visual, arquitectónico, una explosión a nivel emocional, social. 

De vuelta al tren un par de niños improvisan al sonido rítmico de un tambor un espectáculo de malabares. Dan volteretas, se contorsionan en el pasillo. Descalzos, mostrando unas plantas de los pies renegridas que contrastan con las tintadas en rojo mejillas. Apenas tienen unos cinco años y la madre, la que agita las palmas sobre el cuero del tambor, pocos más. Luego pasan la escudilla metálica sobre la que caen monedas y billetes de diez rupias que van a parar al bolso de la chica ante la mirada golosa y traviesa de los críos. Fuera se pierde el sol con fugaces destellos anaranjados, los del taparrabo siguen como los dejé ayer, agachados sobre la madre tierra, plantón tras plantón, y dentro, ajenos a todo ello, la mayoría se dispone a dejarse caer en un nuevo duermevela, la minoría cuchichea en voz baja y otro, el de antes, el que acaba de devolver después de hojearlo el libro que le ha cedido amablemente la chica de enfrente (“The mystic masseur” de Naipaul, un clásico, buen gusto), busca desesperadamente con la mirada los campos de arroz. Esos mismos campos de arroz de la víspera, esas mismas sensaciones del ayer que solo se perciben en los trenes, de cualquier origen y a cualquier destino, de la preciosa India.


P.S. Como colofón a India (mañana rumbo a Bangkok), y por si alguien dudaba del efecto terapeútico de viajar, os dejo un breve vídeo de la gorda pasándolo en grande con los críos en Bishnupur, y eso a sus 75...
 

1 comentario:

Anónimo dijo...

hi bro
jajajajja. no si al final tendremos que ir allí a sacarte de la cárcel por manporrear a la gente jajajajaja. que el tipo haya dicho que llevará 20 años!!! pero a manporros tal vez lo rebajes a 13 o asi jejeje.
ya veo que a la vieja no le duele nada eh!!! unas compras un poco de basura por doquier y el paraiso da hasta para bailar jajajaja.

bueno disfrutad de la última semana y aprovechad el calorcito q aqui solo hay frio y lluvia, como no!!!

abrazote de esos chahis