LIBROS, DOCUMENTALES, FACEBOOK...

"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

Todos los documentales subidos a Youtube:

http://www.youtube.com/user/Botitas2006

Facebook y últimas noticias:

BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 16 de enero de 2014

La muerte a mil rupias

Sorprendentemente por triste, y tras analizarlo un buen rato encaramado a una colina repleta de pequeños santuarios shivaítas, resulta que sumaban más las lágrimas de los familiares de los difuntos que el escaso caudal del sagrado río Bagmati. En Pashupatinath, a las afueras de Katmandú, en uno de los crematorios más sagrados de los hinduistas, un diez de Enero del presente sucedía así como lo cuento. A tanto sumaban las plañideras y a tan poco debía dar como resultado el estío por falta de lluvias. Tras franquear la puerta de acceso al recinto (metafóricamente, porque se accede tras una pequeña cuesta abajo entre dos muros) el mundo, de repente, se había vuelto del revés tornándose hacia el dolor descarnado.  

Entonces a la diestra un cadáver, de los pobres, aparece envuelto en finas gasas transparentes tras las que se adivina un cuerpo femenino desnudo, de suaves rasgos. Otro más allá hacia la siniestra, de los ricos, de los que se incineran frente al famoso templo homónimo del lugar, muestra una fina mortaja de oro sobre la que se han colocado guirnaldas blanquecinas y anaranjadas caléndulas. Lloran a ambos lados desconsoladas las mujeres, hacen ademán de derrumbarse a cada paso. Todo el aire se vuelve mortecino, cargado por espeso, ahumado por necesidad, filtrado a través de cada poro, ácido, tóxico; y uno no sabe si le lloran los ojos por ello o por los desgarradores gritos como aullidos que surgen por doquier. Son tristes, siempre son tristes y envueltos en humedad los ojos de Pashupatinath. Entre cadáver y cenizas la lección humana es tan obvia, tan de esencia pura, que desprenderse de mil rupias por sufrirlo hace que a uno le ataque la duda de cuán ruin puede llegar a ser la naturaleza humana. No por caro o barato, que es lo de menos, sino por pagar por tener una décima de experiencia cara a cara con el de le guadaña. 

Sobre el cauce casi desecado unos críos han improvisado unas porterías y juegan a fútbol mientras una anciana encorvada, canosa y de chal raído entre tonos rojos y negros clásicos de la gente newari, se desvive buscando algo de valor entre los tizones que, junto a las cenizas humanas, van siendo tirados al río una vez consumado el rito. Una pulsera, un collar, un anillo… cualquier cosa puede ser escarbada y robada a las aguas tras el brío con que la vieja menea una vara que al mismo tiempo le sirve de soporte a sus piernas encanilladas. Sabe que tarde o temprano también habrá para ella una pila de troncos en rojo incandescente, y seguramente hasta es consciente del sacrilegio que significa robar en las entrañas del sagrado emblema, pero es su estómago, o el de los suyos, el que ha decidido tomar las riendas. Sin solución, debe valer más un seguro plato caliente hoy que una dudosa reencarnación pesarosa en el mañana. ¿Quién no actuaría igual? 

Un tramo más allá se apostan los falsos sadhus, tipos absurdos de gomaespuma con escrúpulos anquilosados que pululan en busca de unas rupias trocadas tras una foto del turista de turno. Monos de feria, ajenos a los sollozos que invaden en derredor. A lo lejos otros pocos fantoches de estos retozan holgazaneando en un cubículo tras un templo. Que fuman marihuana dicen, y me pasan un canuto que tras dos tiros por poco me hace llorar de la risa. Si eso es marihuana yo debo estar en la Patagonia. Otro truco para turistas que revela hasta dónde ha llegado el negocio para masacrar la fe. Bye, bye, caraduras. 

Mas a lo lejos siguen crepitando las llamas vomitando su humareda, y a un palmo los familiares compungidos se afeitan la cabeza como muestra del duelo, enfundados en ropajes níveos. Apenas se dejan un pequeño mechón como símbolo del pasado que se fue. Guardan cola uno detrás de otros, con los pómulos hinchados de lágrimas a punto de ser derramadas o recién secadas. 

En los templetes intermedios, vacíos, se postran al sol perros y gatos que asemejan espíritus reencarnados buscando un eco del ego allí presente en humano en otras vidas pasadas, como si no quisieran romper ese fino hilo que los convierte en espíritus errantes en busca de la iluminación tras un samsara o ciclo de reencarnaciones infinito. Apenas se desperezan al paso de las comitivas fúnebres, y el tañido de los lamentos parece actuar de resorte para hundir aún más su melancólica mirada, imposible de medir en su profundidad, en la nada que se dibuja en cualquier punto a sus alrededores. 

Nadie tiene valor para cruzar miradas en Pashupatinath. El anonimato se hace ley y todos, visitantes o familiares, buscan con la vista fijada en la siguiente zancada un poco de fe que no huela a marchito en este zoo turístico. Sabía de antemano que Nepal subsistía del turismo, alpino o cultural, pero nunca imagine hasta qué punto. 

Al salir la muerte sigue presente en su invisibilidad, los sadhus siguen buscando su foto por rupias y los allegados, los auténticos protagonistas de este lugar, no dejan de aullar no solo hundidos en su ánimo sino que también abochornados porque los turistas, una vez más, seguimos haciendo de turistas, sin conciencia ni respeto. 

Queréis un buen consejo: jamás visitéis Pashupatinath. Y si ya lo habéis hecho, jamáis regreséis tal y como haré yo. Jamás cometáis esa torpeza. Porque con ello estaréis profanando justo los que nos hace humanos, lo más profundo que llevamos dentro en forma de dolor por la pérdida de un ser querido y, al mismo tiempo, estaréis dando razón de ser a cuatro impresentables, turbantes y rostros coloridos cual payasos de circo que no se me merecen el más mínimo respeto. En ocasiones, en lugares puntuales, aquí, en Varanasi o, por ejemplo, en el crematorio de Wat Lung Po To en Samut Prakan cerca de Bangkok, se ve mucho más cerrando los ojos y abriendo el corazón. Ahorraréis un millar de rupias, pero ganaréis un millón de dignidad. Guías de viaje, recomendaciones de amigos o familiares, páginas web… todas os dirán dónde ir, pero ya va siendo hora de resaltar a dónde no se debe ir para, de ese modo, poder ser capaces de llegar a viajar un poco más lejos y en el camino aprender que la amplitud de la humanidad no entiende de Polaroid. 

Acabé desvelado quizás a causa de tanto café, quizás por la conciencia dolida, pensando retrotraído en Pashupatinath, corroído y lacerado por gritos y espíritus a los que el fuego devoró… En Bhubaneswar, capital del estado de Orisha (India), 02:45 A.M. del 16 de Enero de 2014

P.S. De postre las imágenes últimas de Nepal (Monasterio de Kopan, Gokarna Mahadev y Durbar Square de Katmandú) y las primeras de Orissa tras un paseo por Bhubaneswar, su capital. Sin tiempo para aburrirnos, seguimos quemando etapas tirando mañana rumbo a Puri. Robert, llegamos el 25 a la mañana a Bangkok, mándame un correo con tu hotel y una hora y ya me paso a echar esa cerveza prometida (eso si el lío por Bangkok no sube de revoluciones). Ta, a ti no te digo nada, te llamo el mismo 25 y charlamos que aún pita la tarjeta SIM thai. Íbamos a tirar para Chantabhuri (piedras, piedras y más piedras grita mi madre) pero ya estoy hasta el gorro de zafiros, rubíes y demás. El 25 con seguridad (a no ser que ésta pegue un petardazo) andaremos por allí haciendo noche en la K.T. en Inthamara, ideal para cenar ese día, ¿no? ¿Cómo lo ves? Ina, los vuelos para Sudamérica nos han subido un pico de 80 euros… la madre que me echó. Sí, sí, ya sé que es culpa mía por no cogerlos antes,pero al menos he podido cargar incienso en Delhi…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El dia 25 esta bien para cenar juntos.Me toca a mi pagar la cerveza y tu pagas la comida,ok?
En Tucatas Restaurant quereis mesa de pista o de Promenade??

A mandar!

Ta

Djembe Fola dijo...

Después de leer este post se que me arrepentiré.
No se si será por visitar Pashupatinath o por no hacerlo, por darle unas caladas a esa henna nepalí, o por no dárselas, por leer esta entrada o por no haberla leído antes... Lo que esta claro es que me arrepentiré.