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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 6 de enero de 2014

Ismail

Con seguridad no mucha gente en Aurangabad sabe quién es porque no nació allí. Ni tan siquiera en los alrededores. Además en esa ciudad, como en la mayoría de las megaurbes indias, el viajero tiene la sensación constante de que nadie conoce a nadie más allá de lo que lo puede hacer un recién llegado. Ismail asemejaba apenas un musulmán venido acaso de una pequeña aldea de la cercana Gujarat. Un extraño más.

Sucede que en este país, como en todos, lo realmente importante, lo que suscita una reflexión profunda, nunca se muestra impreso en folletos o guías turísticas, Ajantas o Elloras. Todo obedece a puras leyes naturales en forma de subdesarrollo que tienden a mostrar aspectos humanos ya volatilizados en Occidente. En India, por si fuera poco, estos se suceden a borbotones y tienden a inmortalizar la gran virtud solidaria que envuelve y enhebra a todos los estratos de la sociedad hindú, pese a que en la distancia los que manejan los hilos se empeñen en hacernos creer lo contrario. Aquí la existencia lleva ecos de humanidad, es decir, nada que no debiéramos haber olvidado con tanta facilidad. Y por eso este país genera tantos odios como amores, por sus resonancias a primitivo, a las supuestas cenizas de la historia. Hablo, en definitiva, de nuestros lejanísimos orígenes de antesdeayer, de circunstancias cotidianas en la piel de esos convertidos por nuestra falta de ética en neandertales y que, en todo caso, fueron los que nos parieron… 

El tipo en cuestión, entrando en el asunto, es un mahometano de toga inmaculada a juego con su rala barba y pelo cano, ojos almendrados herencia de las gentes centro asiáticas inmigradas en época mogol al subcontinente indio, melancólicos, humildes; y unas profundas arrugas como cicatrices de navajazos al alba, de las feas, de las asestadas por y hacia desesperados en busca de sangre yugular. Conoce las calles solo porque alguien le dijo cómo se llaman y su Dios le dotó de memoria. Nunca supo entender un mapa, ni un letrero. Jamás supo leer o escribir una carta de amor, y mucho menos sentir sus manos temblar, al compás del corazón, en contacto con el papel o la pluma. Ismail es analfabeto, solo uno de los muchos que luchan por sobrevivir en estas latitudes. Pero no es como los funcionales de hoy en día, los que leen y no son capaces de entender qué leen, los que cohabitan en occidente. Él es de los de la vieja escuela, con mirada cándida y el sello de la puta, perra vida que jamás le brindó una oportunidad para ir a la escuela grabado a fuego en las entrañas. 

Tuvimos la fortuna de topar con él una mañana de las de viaje a ras de suelo, de esas oscuras por vacías en el itinerario y sin embargo plenas de luz en forma de vivencias, lo más nutritivo para el espíritu. Entregamos unos kilos de ropas en el Ashram Masouri, paseamos, tomamos unos lassis sin dejar que el calorcito del sol se escabullera de las espaldas, aproveché para afeitarme y cortarme el pelo… Aquí hora y media de sesión, como en otros tiempos: primero las lanas a tijeras, luego dos pasadas de afeitado a navaja, aloe vera, colonia barata con seguridad comprada a litros, polvos de talco, más tarde retocar patillas, más colonia y finalmente, por si fuera poco, masaje de cabeza, cuello y espaldas. ¿Y esto?, pregunté al fenómeno que me dio el repaso cuando empezó a revolverme el cuero cabelludo con la fuerza de un ciclón. Bendición de Sai Baba, dijo, ¿te suena? Escuché de él en Karnataka, respondí tirando de una memoria que regresaba a recorrer en vuelo de halcón las áridas estepas en las cercanías de Hampi, forradas a plomo de vivencias y obras humanitarias de dicho santón originario de la vecina Andhra Pradesh. El tipo, emocionado, redobló el brío mientras la gorda, sin perder ojo de todo lo sucedido, no daba crédito al cariño con que el peluquero llevaba trabajando más de una hora. En casa es ella quien me lo suele cortar a maquinilla eléctrica, tal y como quería hacer las pasadas navidades. No te molestes, le dije, vamos a Asia, allí lo entenderás. Finalmente, abrumado y ya hasta con los músculos del cuello bailando y las ideas sacudidas, hube de pedir al peluquero que parara, que era bastante; le solté un par de billetes de cien rupias en contra de mis normas habituales (el corte y afeitado lo habíamos pactado en cien, poco más de un euro) y le agradecí de corazón su esfuerzo y pasión. 

Fue al salir cuando Ismail se cruzó en el camino. Estaba ensoñador, con la mirada perdida en el infinito junto a un rickshaw descacharrado. Dijo que no sabía la dirección de nuestro hotel y humilló la mirada. Le miré estupefacto. ¿Un indio que sabe decir no? En toda India, y es motivo de curiosas anécdotas, todo Dios dice siempre que sí. Que sí cuatro, que sí cinco, que sí dos… En realidad, fuese lo que fuese, son tres, pero los indios siempre intentan ayudarte, aunque sea a base de mentirte. Y con los rickshaws es parecido ya que, quieras ir donde quieras ir, ellos siempre dirán que sí conocen el destino y la dirección pese a que para ello tengan que parar quince veces a preguntar antes de alcanzar la meta. Y paran y preguntan porque, por supuesto, entre ellos actúan igual. Quiero decir que es algo cultural, no una deferencia hacia los turistas. El conductor girará a la derecha para ver que allí no es y volverá a preguntar, por indicación girará hacia la izquierda en el siguiente cruce y volverá a suceder lo mismo; preguntará, otro indio le dirá que sí lo conoce, le indicará y seguirá perdido… vuelta a empezar. Entonces, partiendo de esta innegable realidad india, Ismail se mostraba como un perro verde en la árida espesura ocre del Decán. 

Así que no sabía la dirección. Mas de pronto asomó la gorda, que estuvo rápida en ese momento. Sacó una tarjeta de visita con la dirección del hotel porque, milagro, recordó que yo le había agenciado una nada más llegar a Aurangabad, en la recepción del mismo. Es un acto que repito a menudo, por si se pierde que coja un taxi para regresar y tal, aunque tantas veces como lo hago, tantas veces como la pierde o traspapela al cabo de un rato. Se la doy, pasan dos minutos, le pregunto por ella y, tras mirarme extrañada (¿qué tarjeta?), se encoge de hombros y dice que da igual, que ella no se a va perder. El caso es que esa vez se acordó, ítem más sabía en que bolsillo la guardaba y se la tendió al anciano conductor. Ismail la chequeó, por el anverso y por el reverso, una y dos veces. Se la devolvió a la gorda y se la quedo mirando con esa mirada envuelta en ternura capaz de derrumbar al cíclope más poderoso. No sabía leer. Y la profundidad de su mirada nacarada encerraba un universo de desdicha, miseria, desolación, pero veteada de orgullo y determinación. Era imposible no sentirse compungido ante la escena, se caía el alma a los pies. Es analfabeto, le dije a la vieja, no sabe leer. Ésta recogió la tarjeta y mientras miraba con dulzura al tipo dejo caer que era igual que la abuela Laura, también analfabeta, también maltratada por la vida, también sacrificada pese a su déficit para hacer que a día de hoy sus nietos pudiéramos ser algo en la vida. Firmaba siempre con una equis, la pobre, remató melancólica. Ismail súbitamente volvió a recoger la tarjeta y se la pasó a un tipo trajeado que se había acercado a husmear (otra costumbre muy india) qué se cocía en nuestro trío. Tenía pinta de estudiante camino de alguna de las escuelas universitarias que brotaban a cada esquina en la zona del MGM (Mahatama Gandhi Misión) donde nos hallábamos. Leyó. Hotel Panchavati. Por detrás, pareció decirle Ismail, la dirección. Volvió a leer. El tipo nos dedicó una sonrisa y se alejó mientras Ismail no dejaba de girar la cabeza de ese modo tan peculiar como hacen los indios cuando asienten o agradecen, igual que los perritos aquellos de plástico que se ponían hace años en la bandeja trasera o el salpicadero de los coches. Juro que no hay nada como la sonrisa cómplice de un analfabeto que, aun con ayuda, es capaz de “leer”. Es brutal de poderosa y reconfortante. Ismail nos recorrió con la mirada de arriba abajo, quizás agradecido de darle un trabajo, pero sobretodo dignificado. Al montar, entristecido, valoraba especialmente la sonrisa de Ismail. Y no lo hacía por él o el momento dado, sino que lo hacía por mi abuela Laura, la misma a la que muchos, yo incluido, jamás vieron sonreír. Quizá ahora todos sabemos por qué y, especialmente, somos capaces de empatizar con la soledad a que vivió abocada, con las penurias que, hambre y viudedad aparte, hubo de soportar. Para nosotros lo más sencillo, para ellos lo más maravilloso. 

Al llegar le tendí los billetes, sin levantarse se inclino de la penumbra hacia el sol y los miró bien. Anverso y reverso. Mi madre le observaba con suma atención. Anverso y reverso otra vez. Nos miramos cómplices: Ismail chequeaba el color de los billetes porque, probablemente, incluso los números se le escapaban. Ocre diez rupias, anaranjado veinte, rojizo cincuenta, y así debió aprender. Volvió a girar la cabeza en un si es, no es y sonrío con agradecimiento y humildad, quizás sabedor de la lección que, sin apenas saberlo o desearlo, impartía hacia dos extraños. 

Allí me quede viéndole perderse tras una nube pajiza gestada por la amalgama en tránsito de perros, vacas, carros y automóviles que ascendía quedamente hasta difuminarse sobre el celeste cielo. Sabiendo que, al igual que a mi abuela, no volvería a verle, preguntándome cuánta dignidad cabe en el silencio de un hombre analfabeto, pensado en el vértigo que da la deriva de nuestra sociedad, el abismo intergeneracional, el olvidar de dónde partimos. Petrificado y con las volutas del Bristol resbalando por la nariz, miraba y no veía. Solo trataba de imaginar cómo podría sobrevivir un ejemplo de tamaño calibre entre nosotros, cuántos miserables de los que visten, comen y respiran como yo no le intentarían timar con los billetes bajo la tenue luz de la luna. ¿Y a Laura? Ismail, ambos en ese sentido de tiempo y espacio, tenía su razón de ser allí, con esas gentes, las mismas que no le engañarán con el dinero jamás, las mismas cuyos valores, solidaridad y honestidad en mayúsculas, deben ayudarle a no pensar demasiado en su trágico devenir y en su no menos oscuro futuro. Un tipo ciego, mudo y sordo en la práctica, un tipo analfabeto que mira al horizonte con un poso de nostalgia capaz de convertir a quien lo sepa entender en un poco más indio, un poco más hermano, un poco más humano. Ismail y sus azares, los de tantos como él, deberían recordarnos con firmeza de dónde venimos y a dónde queremos ir, porque uno cree, entristecido, que hemos errado la senda tras tanto frenesí y santo grial como papelitos de dígitos y colores. El otro Ismail, mi abuela, dentro de cinco días hará veinticuatro años que recibió sepultura. De eso no hace tanto, e India no queda tan lejos. Y el día que no tengamos tarjeta de hotel travestida en códigos de unos y ceros, dinos, Ismail, ¿a dónde nos llevará el rickshaw que son tu recuerdo y memoria?

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