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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

viernes, 3 de enero de 2014

India edulcorada

"Siempre es un placer volver a compartir vivencias con la gente india, perderse en mil y un bazares de olores putrefactos u orgásmicos, visitar lugares hermosos, pasmarse con situaciones inimaginables solo unos segundos antes, tener el todo y perder la nada... Cambiar calor por color, color por calor... India siempre se revela como la única patria cierta del viajero impenitente. En otros lugares las emociones se cotizan en quilates, aquí se derraman a borbotones tras cada huella..." 

Que India se pega a la piel es de sobra conocido. Al poco de tomar tierra se abre la puerta del avión, se respira, e inmediatamente se toma consciencia del destino. Todo sea porque este país, amado y odiado, huele de un modo especial con ese hedor pegadizo, espeso y dulzón que te envuelve de inmediato y se agarra a la piel saturando a los poros. Se filtra por la nariz, baja rascando por la tráquea y se cuela hasta el último alvéolo para despertar el ánimo con una sacudida hasta que esa misma compuerta vuelva a cerrarse a tus espaldas. Por momentos agrada y por momentos desespera, como todo. Un renacer a cada segundo que incomoda y excita a cada paso. Y en Mumbai, por mucha fama y carácter conciliador que pueda prometer para el turista, esto no iba a ser distinto. 

La vieja urbe maratí, tan desmedida como despendolada, impulsada a lo largo de los años por hordas colonialistas europeas llegadas desde Portugal o la Pérfida Albión, respira hoy, al menos en su lado turístico agrupado en las artificiales venas callejeras de Fort o Colaba, como una India de mentiras, de trileros de bajo perfil a los que el negocio de vender el humo como petróleo les sigue yendo viento en popa. Se muestra toda esta zona meridional, alejada de slums (barrios plenos de podredumbre y vidas a céntimo), bollywoods o razón de ser autóctona, como una India hundida en azúcar, más de póster (hablando de Bollywood) que de cruda realidad. Allí los perros ya no están lisiados ni las camisas lucen lamparones ocres, ni la vida se tercia en la prisa preñada de necesidad, ni tan siquiera el pan nuestro de cada día es epopeya porque ahora parece surgir de las alcantarillas, por doquier, a diestra y siniestra. Camino de la isla Elefanta, único sitio apenas merecedor de una visita y en un barquito donde los indios peripuestos eran minoría ante la jauría turística, una guía local que parlaba italiano, con toda su candidez, me definió a Mumbai como interesante. No hermosa, tampoco vital, o deslumbrante, o vibrante, frenética. Solo interesante, luciendo al tiempo que lo soltaba con indiferencia un par de hileras de perfectos dientes nacarados tan retocados y fuera de lugar en estas tierras como un exabrupto en medio de un funeral. Preferí girar el rostro hacia la brisa salada y ocultar así el gesto de estupefacción que brotó de inmediato. “Si lo mejor que te puede decir una guía de esta ciudad es que es interesante, estamos realmente jodidos” pensé cariacontecido. La sorpresa hizo (aún más) mella y, en consecuencia, esa misma tarde hundí la desvencijada guía en el fondo de la mochila antes de enfilar a los bazares norteños, único refugio obvio para aquellos que, aturullados, no podíamos llegar jamás a concebir que este país, apenas dos años después, pudiera mostrar un rostro tan inhumano y mercantil. Si digo que Mumbai es una bala de fogueo no miento, pero tampoco si digo que es, de todo lo que yo conozco por estas latitudes, un lugar inmejorable para empezar a carburar, respirar y concienciarse de aquello que regala el subcontinente. Porque por Fort o Colaba es cómodo, está limpio y los garitos son de esos de capricho tan habituales en otras metas turísticas. Tan inmejorable y enfocado a turistas de Canon como caro ya que, nota al margen, la ciudad está tan sacada de contexto con relación a la realidad india que sus precios son lo mismo de irrisorios como ridículas las contraprestaciones. Todo vuestro, que a mí por allí ya me han visto el pelo porque, tras 60 horas de perplejidad en sus entrañas y pensarlo un rato, creo que debo ser de esos que siempre preferirán India a Mumbai. 

En Aurangabad la evolución y el progreso parecen también querer tender sus tentáculos, pero es una vana necedad ya que esto sí que recuerda, aun con matices, a lo vivido pretérito. Los perros cojean y las camisas se muestran ajadas. Las vacas se tornan dueñas del lugar o la moral y los hedores nauseabundos se filtran hasta el tuétano. La vida rural se hace mayúscula y los campos se muestran, bajo la característica tierra reseca y quebrada en terrones del Decán, forrados de campos de maíz, caña de azúcar y, trabadas hasta el corte de la bruma, extensiones en tonos pardos y verdes moteadas de espumosos copos blanquecinos: algodón. Todo en su sitio entonces. En la ruta a Ajanta los camiones transportan el oro blanco en balas aprisionadas de las que se deshilachan por momentos breves nubecillas que son barridas por el rebufo hasta las cunetas en que se apilan unas con otras. Una suerte de navidad nevada tan lejos de casa, tan cerca del corazón. Lo de las cuevas, es otra historia que mejor definirán las imágenes…

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hi bro.
Parece que han barrido la mierda y han cambiado los canes por unos mas glamurosos, jejjeje. Ya vendrá esa india q no deja indiferente, ya, de momento enfilate al garito mas próximo y brinda por un nuevo regreso. Siempre hay q celebrar las vueltas aunque el sitio se haya puesto el traje de los domingos ;-)
take care
abrazote