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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

sábado, 11 de enero de 2014

Gopal Ji Ka Rasta

Los monos corretean, se balancean o saltan a través de la maraña de cables como bolos malabares, acrobáticos. Las vacas pastan, basurean más bien, entre montañas de despojos de los que sacan su sustento antes de tumbarse plácidamente sobre lo que quede. La ecléctica mezcla de arquitectura indo-sarracena se muestra a cada paso como templo o fachada de propiedad privada. Los escaparates muestran piezas engarzadas de rubíes y esmeraldas de a millón. Y dándole sentido está la gente, siempre la gente, que se desparrama en un torbellino frenético para hacer del conjunto la calle que con mayor energía palpita de todo Jaipur, quién sabe si de toda India. Gopal Ji Ka Rasta, así se llama. 

Curtidas teces se afanan sobre una olla gigante, volteando leche a fuego intenso, mientras otros por detrás se deshacen en sudor colocando enormes moles graníticas sobre la nata espesa, envuelta en gasas para que pierda los últimos restos de suero. Hacen paneer, un requesón típico y delicioso de estas tierras. Lucen camisetas de tirantes tornadas al parduzco por el sudor y apagadas faldas a cuadros similares a los longyis birmanos. Todo lo necesario para refrescar y atenuar el tormento transformado en infierno. Un palmo más allá otros tipos, no menos oscuros y también de ojos carbónicos, se postran sobre una mesa, esmeril o soplete en mano, para dar forma y lustre a joyas de diseño y factura impecable. Son plateros. No comerciantes, solo plateros. Lo de unos sale a tres, lo de otros a treinta mil. La calle de asfalto agrietado se descompone a ojos vista y gatitos canela se pasean ora arriba, ora abajo, en busca de un poco de algo nutritivo. Los olores se tornan fétidos por momentos, luego se mezclan envueltos entre incienso barato, pastoso al paladar, y la estampa se graba en la memoria como aromas, sabores y visiones de una India que aquí jamás podrá ser travestida. Los locales, los templos, casi hasta las personas que miran con curiosidad al extraño son idénticas a las de 2007, a las de 2012. La magia del regreso no solo implica valorar cuánto ha cambiado un destino, sino especialmente valorar cuánto ha cambiado uno mismo. Solo por eso Gopal Ji Ka Rasta es una explosión del ayer y del hoy. Un nostálgico repaso al ayer, una premonitoria visión del mañana.

Camino con paso tardío, recreándome en el entorno, sin fijar la vista en nada porque de lo contrario sé que estaré perdido, abrumado, enfurecido, angustiado, entristecido o encorajinado todo a la vez. Solo en India puede suceder eso, incluyendo esta calle de la alegría como las que describía Lapierre en una lejana Calcuta. Tiras de turquesas enhebradas, en bruto y sin tallar, se quedan a mi diestra. Montañas de fideos a las que se arriman a olisquear chuchos lacerados a la siniestra. ¿Y aquellos del fondo, enclaustrados entre guirnaldas toronja, caléndula? Son Shiva junto a Parvati en pétreo, burlones y ajenos al zoológico humano de más acá. La voz del muecín se alza en poderosa oración para llamar a los de su credo justo en el momento en que un disminuido psíquico se arrima a saciar la sed en el puesto del aguador. La jarra es de latón dorado y el anciano, con aspecto bonachón y de mirada cándida, se apresta a inclinar la misma para saciar la sed del chaval. Lo agradece con un gorjeo y el aguador se sonríe. Todos los que pasan por allí dejan caer una, dos rupias por el servicio, pero el disminuido no ha pagado ni, por supuesto, ha sido requerido a ello. Paso unos minutos allí valorando la intensa mirada del aguador, con su bigote tupido, amostachado, y sus gorro y jersey desmangado de lana, con escote en uve, sobre la impecable camisa. Vienen y van constantemente. ¿Cuántos han desfilado por allí sin prestar atención al anciano y a su jarra dorada? Los perros, las vacas, la gente, incluso yo con anterioridad por una, dos, tres veces... todo el universo que puebla Gopal Ji Ka Rasta y del que, sin apenas ser consciente, ya formo parte. Por y para siempre.

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