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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 23 de enero de 2014

Veinte años - El tren a Bishnupur

Hay cosas difíciles, realmente difíciles de contar. Y luego hay otras que de pura cortesía hacen que resbalen las yemas de los dedos sobre las teclas para desarrollarlas del tirón en palabras que fluyen sin cesar. Cosas que duelen y enfurecen, y cosas que enternecen y hacen que el hecho de viajar suba de calor hasta el incandescente. Cosas únicas por destructivas y cosas maravillosas. Y todas, absolutamente todas, se suceden a cada minuto en el país que mejor ayuda a comprenderse a uno mismo por dentro viajando por fuera. Todas ellas, para lo bueno y lo malo, gustando más o menos, pertenecen tanto a la gracia de India como a la rabia del viajero por estas lindes. 

Volvíamos de Cuttack… Por cierto, una vez más éste resulta ser otro sitio de esos que -afortunadamente para mí y otros pocos- han desaparecido de esa última edición de guía LP a la que, cada vez más, se le notan las cuerdas en su intento de trazar rutas indoloras y ortodoxas por masificadas, asépticas, y en aglutinar por ellas a turistas de cartón. Y es que, como me decía una turista mexicana que conocí en Jaipur, ¿a quién le interesa India pudiendo convivir con otros turistas? Para ir a mear y no echar gota, colega. Luego lo matizó en forma de triple salto mortal con tirabuzón diciendo que, claro, para dos chicas solas como eran ellas les parecía más seguro no menearse de las faldas de la turistada. Todavía me sonrío cuando lo recuerdo porque hay que tener valor (y falta de honestidad en admitir que India es solo la excusa que ayude a aparentar que se viaja) para, siendo mexicana, de Sonora para más señas, hablar de sensación de inseguridad en India. Es que tiene cojones la cosa. A lo que iba, que volvíamos de Cuttack, antigua capital de Orissa y una ciudad bastante potable, de admirar en sus talleres la filigrana de plata (Tarakasi) y de husmear para dejarnos unas perrillas en sus fantásticos bazares, cuando coincidimos en el tren con un tipo, bengalí de Kolkata. Acabábamos de subir, acomodarnos en el duro asiento forrado de escay y trocar unas rupias por dos deliciosos vasos de té masala a un chaiwallah, uno de esos tipos que se pasean tren arriba, tren abajo ofreciendo el brebaje, cuando el de Calcuta, orondo, afable y dicharachero, de esos que nada más verlos sabes que van a dar juego en larga conversación, me dirigió la palabra en torticero inglés. 

-¿Cuánto has pagado? Le has dado cincuenta y te ha devuelto veintiséis, ¿verdad?-. Asentí extrañado. -Se ha quedado con diez rupias. El té cuesta a siete, por dos catorce, y tú le has dado cincuenta, o sea que debía devolverte treinta y seis, no veintiséis-. Me encogí de hombros, resignado. Aquello era el pan nuestro de cada día. El viajero por India siempre ha de pegarse con el sistema de doble precio que, sin ser ley escrita, se le aplica en estas tierras. O se acepta o se queda uno en casa, porque no hay alternativa. 

En ese momento, para nuestra sorpresa, el tipo empezó a dar voces llamando al chaiwallah que, obviamente, se hizo el orejas y tiró para adelante. Ya volverá, me dijo el de Calcuta. Pues efectivamente, el del té acabó por regresar al cabo de unos minutos, momento en que el compañero de asiento empezó a gritarle en hindi, reclamándole nuestras diez rupias. El chaiwallah agachó la cabeza, sacó el billete de diez y me lo tendió sin mirarme a los ojos, avergonzado. Ni una palabra dejó caer ante la cascada de voces enfurecidas que le dedicaba el otro. El de Calcuta y yo, tras el cortés agradecimiento por nuestra parte, entablamos una conversación que pasó a girar sobre la falta de educación de la gente india hacia los turistas. El tipo, con semblante serio, me hizo saber los grandes esfuerzos que llevan a cabo entre muchos entes educativos para que esto cambie y se respete al turista en todos los ámbitos, pero que era muy complicado inculcar esta idea en las clases más desfavorecidas que asumían por defecto que un turista ha de pagar más por el hecho de ser extranjero y que, en definitiva, él creía que en unos veinte años, con un poco más de desarrollo educativo en todos los estratos, se llegaría a una situación no ten perversa para con los viajeros por India, más normalizada en trato personal y escala de precios. Veinte años, volvió a repetir en varias ocasiones. Yo solo escuchaba y le miraba lánguido, entre incrédulo y compasivo a ratos. Lo afirmaba con tal convicción que uno no podía menos que apiadarse de sus palabras, ocurrencias, y asentir en silencio; aunque por dentro todos los viajeros regulares por este precioso país sepamos que veinte años no es nada, que para una población de más de mil doscientos millones aún menos, que el atraco en forma de dualidad de precios para el turista es algo enraizado fuertemente en la psique india y que, ni para Dios, eso va a cambiar en tan corto plazo. Más bien al contrario, es una actitud en expansión porque de hecho ya está fuertemente implantada en otros países asiáticos e, incluso en una Myanmar que ahora se despereza en esto del turismo, esta sinrazón empieza a generalizarse cuando hace apenas unos años, cuando la tierra birmana era un país hermético y viajar por él significaba un salto a otra dimensión, esto era, sencillamente, inconcebible. Al rato empezamos a hablar de Bengala, de Bishnupur, de Darjeeling, de todos los maravillosos sitios que se esconden en una sola fracción de este inmenso país. El tipo, gran corazón en todo caso y acaso con sentimiento de culpa o deuda por lo sucedido, nos invitó a un té más cuando al parar en la antepenúltima estación camino a Puri se subió otro chaiwallah. Una vez en la costera localidad, a la hora de despedirnos, volvió a repetirme que en veinte años India sería un país completamente distinto, mucho más civilizado y honesto con sus visitantes. Sí, claro, quién sabe. Ojala… Ojala… 

Fue al día siguiente, a la hora de regresar al aeropuerto de Bhubaneswar, cuando sus palabras volvieron a resonar con eco febril en mi memoria, pero como ciclón enfurecido esta vez. Decidimos volver a la capital del estado en bus desde Puri porque se tardaba lo mismo que en tren, un par de horas, y además nos apetecía dar otra perspectiva a la ruta en esta zona de India. Al subir la parte trasera estaba bastante llena, y en la parte delantera, a mi derecha, había un tipo sentado solo con una bolsa a su lado. Traté de acercársela para hacer un hueco a la gorda, pero el notas, raudo y veloz, volvió a colocarla diciendo algo en hindi. No le di más vueltas, sencillamente supuse que ese sitio lo estaba guardando para un familiar o algún amigo… No le di importancia. Hacia la izquierda se sentaban un chico con su madre en un banco corrido de respaldo acondicionado para tres personas. El chico junto a la ventanilla, su madre en medio y la mía, a la que yo había indicado que se sentara en ese nuevo hueco, intentando acomodarse en la tercera plaza. Yo ya me había apalancado junto a una chica justo en la fila anterior. Pero resulta que la vieja no quería compañía, y le decía a la gorda que se pirara. Yo no entendía nada. Entonces el chico, el hijo, empezó a decir a su madre que dejara sentarse a la turista, que si eso se pasara ella a la ventanilla y ya se quedaba él en medio. Y la vieja, erre que erre, que ni para Dios, que la extranjera se tenía que pirar. Y yo le decía a mi madre que de allí ni se meneara, que ya se le pasaría a la abuela india el cabreo absurdo, que ya estaba su hijo intentando hacerla entrar en razón. Y en esas estábamos cuando el hijo levanta la mano y le suelta un bofetón de pánico a su madre. Increíble. ¿Estupor generalizado? Ni de coña. Allí a todo Dios parecía darle lo mismo lo sucedido, como si la mataba a palos. Yo no daba crédito, debía estar soñando. ¿Veinte años que decía el de Calcuta?, ¿cómo demonios se corrigen esas actitudes? Traté de calmar al chico diciéndole que no había problema, que se relajara porque mi madre ya se iría a buscar otro sitio al fondo. Y en esas estábamos cuando la chica con la cual me había sentado yo, en un banco para dos, se levanta para cederle el sitio a mi madre y se va a sentar donde el notas de la bolsa que amablemente le cede el sitio. ¿Cómo? ¡Si será hijo de puta el cabrón de la bolsa! O sea que para la turista está ocupado pero para la gente india no hay problema. Ya te voy a pillar. Estaba que echaba humo, y supongo que aún mucho más alterado de lo normal tras el desagradable acontecido entre hijo y madre. Dos horas después, ya en Bhubaneswar y cuando nos íbamos a bajar, el cabreo seguía ahí así que enganché por banda al hijo de puta de la bolsa. Le di un puñetazo en el hombro con una mala ostia descomunal y casi lo tiro mientras me acordaba de la puta que lo parió a voces. Le dije que a ver qué cojones pasaba, que sitio para extranjeros a su lado no hay, pero para indios sí. El tipo, dolorido y asustado, escurrió el bulto todo lo rápido que pudo porque debió notar las ganas que tenía de darle unas hostias en condiciones y, para mi sorpresa, mi actitud en esta ocasión sí que causó estupefacción en el resto del pasaje que me miraban en silencio, alucinados, sin entender nada. Eso sí, ni uno me dijo una palabra y, más bien al contrario, todos se apartaron con una cortesía inédita en nuestro caminar de salida del bus. Por lo visto putearse y sacudirse entre ellos, de hijos a padres, es normal, lo extraordinario debe ser que aparezca un tipo de tez blanca a montar lío. ¡Qué país! 

Y de esta manera a uno le toca aprender lo bueno y lo malo, la educación (o su déficit) de ciertos indios (también de este extranjero) y, especialmente, lo que significa sentirse respetado y luego discriminado en una tierra que no es la tuya por el mero hecho de ser foráneo; la rabia que, yo no podía ni imaginarlo de antemano, generó en mí. No actué bien, eso está claro, y el asunto podía haber acabado muy mal si el notas me hubiera plantado cara poniéndose farruco (aunque no tenía ni media hostia), pero, qué duda cabe, en este país, aunque uno no lo desee, no se deja de descubrir a cada circunstancia lo que yace dentro, latente. Por eso India es tan maravillosa, porque no hay ningún otro lugar en el mundo capaz de llevarte al límite y hacerte ver qué llevas oculto en el fondo de tu ser. ¿No es eso viajar?, ¿no es eso descubrir? Veinte años no es nada, aunque para muchos indios, y quizás también para mí, puedan llegar a ser un imposible si de lo que se trata es de educar en la diferencia racial o de controlar la furia, la ira que surge de la injusticia. Lo que está claro es que jamás olvidaré ese momento en que un tipo con gafas y una vieja emperrada nos hicieron ver que, en ocasiones, también los extranjeros viajando por India podemos llegar a ser considerados incluso una casta inferior a la de los parias. Ojala lleve razón aquel de Calcuta y, con el paso del tiempo, ellos aprendan a respetar a los turistas como yo deberé aprender a controlar mis instintos pese a lo exasperante que puedan ser las situaciones en este país tan inmenso en todos los aspectos. Ojala.                                   

 El tren a Bishnupur 

Hicimos una excursión de un par de días a Bishnupur, un delicioso enclave rural salpicado de un montón de templos forrados de terracota. Quizás lo mejor del viaje por genuino, por único y, en el fondo, por ser esa India rural de cuerpo a cuerpo que tanto adoro, tan alejada del bullicio y miseria de una Calcuta que vomitaba desesperación tras cada esquina. Echaba infinitamente de menos el tren tras apenas dos días de ausencia. Pero no cualquier tren, sino el tren en India. Aunque fuera para un tramo tan corto como el que enlaza Calcuta con Bishnupur, era suficiente para matar el mono y darle un rato a la tecla. La estación de Shalimar pronto quedó atrás, fuera los enfangados arrozales, todavía yermos, lucían igual que espejos purpúreos junto a los cuales solo esporádicos semilleros de color verde marino daban un punto de color. Dentro, la mayoría dormía y la minoría se entretenía en conversaciones apenas cortadas por el trajín de vendedores de té, cacahuetes o mil raciones de vegetales mezclados sobre una hoja de palma. Bengala se dibujaba así, con trasfondo de cielo en celeste azul y, a veces, tipos con piernas hundidas en el fango y espalda doblada mientras trasplantan el arroz de los semilleros a su nuevo hogar. Son tipos enjutos, marrones, vestidos apenas con una tela a modo de taparrabos. Trabajadores duros de gruesa tez curtida, áspera como el cuero virgen, forjada en mil avatares. Grupos que se pierden, parcela tras parcela, hasta donde la ocre tierra se funde con en cielo o las palmeras. Una y otra vez, una y otra vez. Hipnótico, es siempre imposible resistirse a su visión permanente, a su embrujo asociado con la brisa que rasga el pelo, filtrada entre las rejillas metálicas de las ventanas del monstruo metálico. Para el tren, baja la gente; sube la gente, arranca el tren. Chuuuu, chuuuu. Tracatractraca. Nuevas conversaciones arrancan, viejos compañeros siguen resoplando en rumores risueños tras ojos cerrados y un viajero vuelve a perder la vista en los arrozales, hechizado y ausente. 

Luego Bishnupur se desata para recodar al viajero que aún quedan lugares incorruptos y preciosos, aquí con una sucesión de templos trabajados en ladrillo o laterita y forrados con estuco o, principalmente, terracota. La gloria ya se resquebrajó, los reyes se reencarnaron y sus obras, sus restos latentes, palidecen hoy en campos estériles y agrietados en una estampa que recuerda con extremo acento a la vieja gloria del no tan lejano Bagan, en la Myanmar que se clavó con saña al corazón. Una delicia de lugar visual, arquitectónico, una explosión a nivel emocional, social. 

De vuelta al tren un par de niños improvisan al sonido rítmico de un tambor un espectáculo de malabares. Dan volteretas, se contorsionan en el pasillo. Descalzos, mostrando unas plantas de los pies renegridas que contrastan con las tintadas en rojo mejillas. Apenas tienen unos cinco años y la madre, la que agita las palmas sobre el cuero del tambor, pocos más. Luego pasan la escudilla metálica sobre la que caen monedas y billetes de diez rupias que van a parar al bolso de la chica ante la mirada golosa y traviesa de los críos. Fuera se pierde el sol con fugaces destellos anaranjados, los del taparrabo siguen como los dejé ayer, agachados sobre la madre tierra, plantón tras plantón, y dentro, ajenos a todo ello, la mayoría se dispone a dejarse caer en un nuevo duermevela, la minoría cuchichea en voz baja y otro, el de antes, el que acaba de devolver después de hojearlo el libro que le ha cedido amablemente la chica de enfrente (“The mystic masseur” de Naipaul, un clásico, buen gusto), busca desesperadamente con la mirada los campos de arroz. Esos mismos campos de arroz de la víspera, esas mismas sensaciones del ayer que solo se perciben en los trenes, de cualquier origen y a cualquier destino, de la preciosa India.


P.S. Como colofón a India (mañana rumbo a Bangkok), y por si alguien dudaba del efecto terapeútico de viajar, os dejo un breve vídeo de la gorda pasándolo en grande con los críos en Bishnupur, y eso a sus 75...
 

martes, 21 de enero de 2014

Un poco de todo

Arte Tarakasi (filigrana de plata) en Cuttack, otros pocos templos de Bhubaneswar y llegada a Kolkata (Calcuta).

sábado, 18 de enero de 2014

Konark: Un templo a la altura del sol

Se hace agradable dejar las horas morir en Orissa. Encontrar reminiscencias del sudeste asiático bien en forma de expresión escrita del lenguaje Oriya (otra clara muestra de hasta dónde ha llegado el sánscrito), bien en forma de personas y atuendos. Son tipos pausados de mirada lánguida, acogedora por defecto; también acaobados y con esa irritante costumbre india de falta de higiene (eufemismo de cochinos integrales), pero dulces y tremendamente amistosos. Imposible no sentirnos cómodos. Además por aquí, especialmente en este Templo de Surya que os dejo en imágenes, casi todos esos indios parecían tener magnetismo para con esa señora anciana que me acompaña, todos querían una foto con ella. ¿Cómo decir que no si es precisamente eso, el calor humano, lo que nutre y da sentido al hecho de viajar? Pronto rumbo a Calcuta, ni tiempo tengo de escribir entre visitas y bazares, pero echaré de menos estas tierras y me vuelvo a marchar con la sensación de deuda con sus gentes. 

Quiero dedicar esta breve e insuficiente entrada a Jorge Reverter, un gran amante de India en general y de Orissa en particular. Han sido sus palabras dejadas en Indiamike y la presencia del Templo del Sol las razones principales que han guiado mis pasos hasta esta región. Podéis maravillaros con sus fotos e incluso rascar otro poquito del gran alma india en su web.

jueves, 16 de enero de 2014

La muerte a mil rupias

Sorprendentemente por triste, y tras analizarlo un buen rato encaramado a una colina repleta de pequeños santuarios shivaítas, resulta que sumaban más las lágrimas de los familiares de los difuntos que el escaso caudal del sagrado río Bagmati. En Pashupatinath, a las afueras de Katmandú, en uno de los crematorios más sagrados de los hinduistas, un diez de Enero del presente sucedía así como lo cuento. A tanto sumaban las plañideras y a tan poco debía dar como resultado el estío por falta de lluvias. Tras franquear la puerta de acceso al recinto (metafóricamente, porque se accede tras una pequeña cuesta abajo entre dos muros) el mundo, de repente, se había vuelto del revés tornándose hacia el dolor descarnado.  

Entonces a la diestra un cadáver, de los pobres, aparece envuelto en finas gasas transparentes tras las que se adivina un cuerpo femenino desnudo, de suaves rasgos. Otro más allá hacia la siniestra, de los ricos, de los que se incineran frente al famoso templo homónimo del lugar, muestra una fina mortaja de oro sobre la que se han colocado guirnaldas blanquecinas y anaranjadas caléndulas. Lloran a ambos lados desconsoladas las mujeres, hacen ademán de derrumbarse a cada paso. Todo el aire se vuelve mortecino, cargado por espeso, ahumado por necesidad, filtrado a través de cada poro, ácido, tóxico; y uno no sabe si le lloran los ojos por ello o por los desgarradores gritos como aullidos que surgen por doquier. Son tristes, siempre son tristes y envueltos en humedad los ojos de Pashupatinath. Entre cadáver y cenizas la lección humana es tan obvia, tan de esencia pura, que desprenderse de mil rupias por sufrirlo hace que a uno le ataque la duda de cuán ruin puede llegar a ser la naturaleza humana. No por caro o barato, que es lo de menos, sino por pagar por tener una décima de experiencia cara a cara con el de le guadaña. 

Sobre el cauce casi desecado unos críos han improvisado unas porterías y juegan a fútbol mientras una anciana encorvada, canosa y de chal raído entre tonos rojos y negros clásicos de la gente newari, se desvive buscando algo de valor entre los tizones que, junto a las cenizas humanas, van siendo tirados al río una vez consumado el rito. Una pulsera, un collar, un anillo… cualquier cosa puede ser escarbada y robada a las aguas tras el brío con que la vieja menea una vara que al mismo tiempo le sirve de soporte a sus piernas encanilladas. Sabe que tarde o temprano también habrá para ella una pila de troncos en rojo incandescente, y seguramente hasta es consciente del sacrilegio que significa robar en las entrañas del sagrado emblema, pero es su estómago, o el de los suyos, el que ha decidido tomar las riendas. Sin solución, debe valer más un seguro plato caliente hoy que una dudosa reencarnación pesarosa en el mañana. ¿Quién no actuaría igual? 

Un tramo más allá se apostan los falsos sadhus, tipos absurdos de gomaespuma con escrúpulos anquilosados que pululan en busca de unas rupias trocadas tras una foto del turista de turno. Monos de feria, ajenos a los sollozos que invaden en derredor. A lo lejos otros pocos fantoches de estos retozan holgazaneando en un cubículo tras un templo. Que fuman marihuana dicen, y me pasan un canuto que tras dos tiros por poco me hace llorar de la risa. Si eso es marihuana yo debo estar en la Patagonia. Otro truco para turistas que revela hasta dónde ha llegado el negocio para masacrar la fe. Bye, bye, caraduras. 

Mas a lo lejos siguen crepitando las llamas vomitando su humareda, y a un palmo los familiares compungidos se afeitan la cabeza como muestra del duelo, enfundados en ropajes níveos. Apenas se dejan un pequeño mechón como símbolo del pasado que se fue. Guardan cola uno detrás de otros, con los pómulos hinchados de lágrimas a punto de ser derramadas o recién secadas. 

En los templetes intermedios, vacíos, se postran al sol perros y gatos que asemejan espíritus reencarnados buscando un eco del ego allí presente en humano en otras vidas pasadas, como si no quisieran romper ese fino hilo que los convierte en espíritus errantes en busca de la iluminación tras un samsara o ciclo de reencarnaciones infinito. Apenas se desperezan al paso de las comitivas fúnebres, y el tañido de los lamentos parece actuar de resorte para hundir aún más su melancólica mirada, imposible de medir en su profundidad, en la nada que se dibuja en cualquier punto a sus alrededores. 

Nadie tiene valor para cruzar miradas en Pashupatinath. El anonimato se hace ley y todos, visitantes o familiares, buscan con la vista fijada en la siguiente zancada un poco de fe que no huela a marchito en este zoo turístico. Sabía de antemano que Nepal subsistía del turismo, alpino o cultural, pero nunca imagine hasta qué punto. 

Al salir la muerte sigue presente en su invisibilidad, los sadhus siguen buscando su foto por rupias y los allegados, los auténticos protagonistas de este lugar, no dejan de aullar no solo hundidos en su ánimo sino que también abochornados porque los turistas, una vez más, seguimos haciendo de turistas, sin conciencia ni respeto. 

Queréis un buen consejo: jamás visitéis Pashupatinath. Y si ya lo habéis hecho, jamáis regreséis tal y como haré yo. Jamás cometáis esa torpeza. Porque con ello estaréis profanando justo los que nos hace humanos, lo más profundo que llevamos dentro en forma de dolor por la pérdida de un ser querido y, al mismo tiempo, estaréis dando razón de ser a cuatro impresentables, turbantes y rostros coloridos cual payasos de circo que no se me merecen el más mínimo respeto. En ocasiones, en lugares puntuales, aquí, en Varanasi o, por ejemplo, en el crematorio de Wat Lung Po To en Samut Prakan cerca de Bangkok, se ve mucho más cerrando los ojos y abriendo el corazón. Ahorraréis un millar de rupias, pero ganaréis un millón de dignidad. Guías de viaje, recomendaciones de amigos o familiares, páginas web… todas os dirán dónde ir, pero ya va siendo hora de resaltar a dónde no se debe ir para, de ese modo, poder ser capaces de llegar a viajar un poco más lejos y en el camino aprender que la amplitud de la humanidad no entiende de Polaroid. 

Acabé desvelado quizás a causa de tanto café, quizás por la conciencia dolida, pensando retrotraído en Pashupatinath, corroído y lacerado por gritos y espíritus a los que el fuego devoró… En Bhubaneswar, capital del estado de Orisha (India), 02:45 A.M. del 16 de Enero de 2014

P.S. De postre las imágenes últimas de Nepal (Monasterio de Kopan, Gokarna Mahadev y Durbar Square de Katmandú) y las primeras de Orissa tras un paseo por Bhubaneswar, su capital. Sin tiempo para aburrirnos, seguimos quemando etapas tirando mañana rumbo a Puri. Robert, llegamos el 25 a la mañana a Bangkok, mándame un correo con tu hotel y una hora y ya me paso a echar esa cerveza prometida (eso si el lío por Bangkok no sube de revoluciones). Ta, a ti no te digo nada, te llamo el mismo 25 y charlamos que aún pita la tarjeta SIM thai. Íbamos a tirar para Chantabhuri (piedras, piedras y más piedras grita mi madre) pero ya estoy hasta el gorro de zafiros, rubíes y demás. El 25 con seguridad (a no ser que ésta pegue un petardazo) andaremos por allí haciendo noche en la K.T. en Inthamara, ideal para cenar ese día, ¿no? ¿Cómo lo ves? Ina, los vuelos para Sudamérica nos han subido un pico de 80 euros… la madre que me echó. Sí, sí, ya sé que es culpa mía por no cogerlos antes,pero al menos he podido cargar incienso en Delhi…