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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 30 de noviembre de 2013

Retorno a las huellas del viejo Siam

Sumé a la ruta seis horas acurrucado en una camioneta de bancos corridos, recostado sobre un saco de sisal a reventar de granos de arroz. Un paisano había dejado caer a mi lado el fardo, apoyándose él sobre otro, y me encontré con un ideal colchón improvisado para tratar de recuperar un poco del sueño olvidado camino de Mae Sot. Busqué reconforto rápido en el vehículo porque Mae Sariang, a eso de las seis de la mañana y como sucede con el resto de norteñas ciudades tailandesas desvestidas de la alegría natural de sus habitantes en la alborada, es un sitio fantasmagórico, pulido por las sombras y el fresco, que invita a poco más que hacerse un nudo sobre la garganta con el krama azulado y hundir las manos en los bolsillos. En esos momentos ni siquiera los monjes buscan las ofrendas, roncando a pierna suelta los imaginaba. La carretera es infernal a nivel físico, repleta de curvas en un tobogán infinito que generan un rápido entumecimiento tras un asfalto ajado, eso donde éste se hallaba tapando al más común cenagal repleto de traqueteo en baches; y también lo es en sentido psíquico, viendo esporádicamente diluirse tras los laterales de la furgoneta los campamentos donde se hacinan refugiados birmanos que han encontrado a este lado de la frontera un Edén pacífico, bajo el abrigo de chozas con esqueleto de bambú y resecas hojas de teca por tejado. Al menos en esta latitud los militares no les tratan como carnaza, mano de obra forzosa y blanco de su genuina ira castrense, aquí abiertamente se les deja estar a su albedrío y convivir sin agobios una vez que notan que la política racial a este lado del Salween es indiferente para con ellos. Mas en el fondo la desazón inunda el alma al fondo de la renqueante camioneta, porque todos sabemos que a ellos donde les gustaría estar es en su hogar, en tierras de ese birmano estado Kayah del que nunca debieron haber salido como refugiados políticos ante el acoso Bamar para con las minorías étnicas, especialmente cruel con estas gentes, en su inmensidad Karenni o Karen Rojo. Todas las cabañas lucen apostadas sobre laderas escarbadas por el Salween, mítico y evocador río para los amantes del sudeste asiático que discurre amplificado y preñado de limo sin que nada perturbe en forma de ondas su cauce, trasladado en sensaciones visuales tal si fuera un selenita húmedo mar de la tranquilidad. De esta suerte, miméticos en imagen y frustración, se fueron perdiendo los campamentos, sus sonrisas y llantos acumulados, sus historias de raíz puramente humana, uno tras otro, uno tras otro… Desde Mae Sot (Mae Sod), y en comparación, fue un suspiro de apenas un trío de horas en cómodas furgonetas llegar al viejo Sukhothai, escala previa a Si Satchanalai.  

Supongo que no hay nada que genere tanta empatía para los que respiramos el viejo Siam por cada poro que regresar a esta primera capital Thai, hoy camposanto de engalanados vestigios ocres o estucados sobre un manto de césped impoluto. Siempre queda un recodo, un monumento desconocido por descubrir, así que modifiqué la idea de ruta previa para dar un tiempo, un trago largo, a Sukhothai.  

De recién madrugado taché del mapa los templos ya conocidos (por fortuna tuve que quitar casi todos del núcleo central) antes de echar a pedalear al alba, consciente de que la antigua capital real de Sukhothai se respira mejor a primera hora. El horizonte se dibujaba teñido de un precioso púrpura solar calcado al de los bulbos de loto, los pájaros trinaban de modo estridente y los monjes surgían salpicando el camino como puntos anaranjados que se paraban cada pocos metros para recoger la ofrenda y orar con los vecinos durante unos segundos en recogido murmullo. Todos huelen igual, a ese almizcle poderoso que lleva incienso de sándalo en la raíz. Al llegar a la entrada del recinto histórico la bruma se dispersa por todos los rincones permitiendo a estupas y estatuas de Buda surgir de la nada como islotes de un mar rizado en una panorámica sin par en todo el reino. Solo tú, la humedad que empieza a apretar llenando los brazos de brillos diamantinos, sudorosos, y hasta donde alcance la ilusión por recuperar otra página más de la memoria histórica a lomos de una montura de piñón fijo, frenos que chirriaban como plañideras de a millón, plato ondulado, ¿bielas? y una cadena oxidada, sin un gramo de grasa visto hace mil años excepto en sus eslabones.

Tras el paso por Wat Chetuphon ya llevaba un arco amplio evocando distintos periodos históricos, distintas dinastías, distintos estilos a través de moles como ese Wat Saphan Hin al que se accede a través de una calzada para gigantes, conjuntos enmarcados por las aguas de concéntricos fosos a modo de paspartús como en Wat Phra Pai Luang o la siempre ensoñadora, tríptica en esencia y críptica por su contenido, presencia de estupas impecables, revestidas de estuco o ladrillo como sucede en Wat Chedi Ngam o en Wat Chedi Si Hong respectivamente. Entonces supe que llegaba al tope, que tenía la barriga llena en sentido metafórico, que era hora de dejarlo por esta ocasión. Vencido por el abrumador calor, y con la tripa gimoteando un poco de lo suyo, me decidí a dar un último vistazo antes de romper el mapa, asimilando mentalmente esos reductos históricos aún confinados a lo etéreo, de nombre imposibles, que quedarían para otra ocasión. Sukhothai, una vez más, sellaba otro punto y seguido que invitaba, seguía invitando a más.

Esa noche fue la única de toda esta experiencia en que salí a tomar un trago en plan “Pepe El Tabernario” pero sin loro, cicatrices o pata de palo, sabiendo que mi presupuesto no daba para mojaduras en horizontal pero sí para cuatro tragos de mejunje alcohólico si el cuerpo me podía seguir garantizando la verticalidad después de los cinco que ya llevaba acumulados. Como un tiro en la sien: ni falta que hacía verticalidad alguna porque aquello duró un triste suspiro. Aterricé en un garito patético propio de tramo de nacional 120 sin luces ni fluorescentes, rodeado en segundos de un tío-tía y una señora que peinaba canas con un porte hacia mi figura tan altanero, tan fuera de contexto, que por momentos me imaginaba a mí mismo en la escena siendo el Tom Cruise de “Top Gun” trasladado por arte de magia al “Río Grande” de John Ford, del cielo a la estepa más árida en cuestión de compañía. Surrealista es poco, me quedo corto. Y triste que parezca, cariacontecido, el Adonis que debo llevar dentro decidió apurar de un par de sorbos la Leo y salir pitando del lugar, procurando no mancillar más su irrefutable honor y tan venerables recuerdos en locales apenas parecidos; deseando, eso sí, la mejor de las suertes a esa pintoresca concurrencia que empezaba a ver su local animado por unos thais, pasados tan de rosca como de tragos, que arreciaban haciendo trompos en sus rancheras Toyota.  


Llueve con fuerza cuando llego salgo para Si Satchanalai. Los últimos estertores del monzón húmedo se aplican con rabia y todo se ha transformado en una torrentera que anega hasta el último resquicio al que pueda llegar la vista. Millones de gotas golpean centenas de tejavanas metálicas que crepitan doloridas, se suman a decenas de riachuelos formados de la nada, marrones arrastrando hojarasca seca, tumultuosos gorjeando un único rumor conjunto que por momentos inunda los tímpanos. Al cesar, los picos de las escasas colinas en lontananza rasgan la malla sedosa de las nubes y se forman en las cumbres copos de algodón entre los que el celeste azul y el tímido amarillo solar pugnan por adueñarse, todo en un brutal contraste cromático con el verde montaraz. Más tarde, sin necesidad de computar el tiempo, el murmullo del agua se apaga, la bruma se hace tapiz de muselina, las gotas repican con calma sobre charcos que se evaporan con celeridad y los perros, en su inmensa mayoría rabicortos o zainos por pelaje y actitud, se vuelven a desperezar para hacerse amos y señores del lugar. Para ellos es hora de husmear qué ha acumulado la lluvia en montones de basura informe dispuesta en recodos, sumideros desbordados o pequeñas acequias; y para mí llega el momento de husmear explorando qué queda de los vestigios de un antiguo Si Satchanalai que, tras ocho años de demora, a duras penas puedo rememorar o redibujar un metro más allá, intuido a través de cada brizna de hierba, entre todo lo desordenado que se desborda en la frágil memoria de este mi sudeste asiático particular.

Fundida a partes iguales entre la maraña selvática y la historia, la ruinosa ciudad muestra estructuras de laterita carcomida aprisionadas o acordonadas entre raíces de ficus salvajes. Están dispersas, como dados lanzados al azar, sin orden ni concierto una vez que la historia o la mano del hombre borró las pisadas, las calzadas que las unían. La culpa ha de tenerla el sobrevalorado y nunca comprendido del todo monarca llamado Ramkhanghaeng, el mismo que la dejo marchitarse en el olvido porque creía, con razón, que Sukhothai imprimiría un mayor brillo como capital del primer reino Thai unificado. Y con ello todo un mundo parduzco de ramajes y piedras gastadas por el ácido torrencial diluido en la lluvia monzónica se fue transformando en un decorado fagocitado por una voraz naturaleza tropical. Así hasta nuestros días. Por eso tiene mucho de hechizo volver a desandar lo andado regresando a este viejo e incorrupto reducto de gentes e historia Thai.

La bicicleta que saqué en suerte de un puesto junto a la carretera no mejoraba en nada a la del día anterior, más bien lo contrario ya que era un ejercicio de equilibrio circense solo el poder mantenerme erguido dando pedaladas sobre un sillín que prometía reventarme la próstata. Debía parecer un funámbulo con pértiga sobre el alambre, solo que con la red más cercana y dura en forma de asfalto. Más o menos. Sin embargo los templos lo curan todo: la lluvia, la bici, el madrugón… Los penares se evaporan como el agua tras revisitar emblemas Thai como el templo rodeado de elefantes, una estupa de estilo cingalés rodeada de paquidermos de tamaño mayor al real, mutilados bien por el tiempo bien por los invasores birmanos. O el de las siete hileras de chedis, con una soberbia estupa central estucada con forma de loto y treinta y tres santuarios satélites, de estilos tan diversos como el cingalés o el birmano pagán, reflejando un compendio a escala de dedal de estilos arquitectónicos propios del sudeste asiático en los que se mezcla la laterita rasgada y el estuco añejo en tonos grises. Ambos son los dos más notables del complejo, ambos se remontan a tiempos del nombrado Ramkhanghaeng y ambos muestran trazas de un glorioso amanecer artístico tailandés que eclosionó en el soberbio Sukhothai. Pero es que aquí son todos preciosos en su decrepitud. Los templos sobre las colinas Suwankhiri o Phamon Phloeng, el brutal y ecléctico Ratanamahathat de marcado acento Jemer… es para pasarlo como un enano el poder invertir un buen puñado de horas en su contemplación y análisis histórico, imaginando qué vicisitudes tuvieron lugar entre sus muros carcomidos.

Después, de vuelta a un Sukhothai en que los habitantes parecen el doble de amables que antes gracias con seguridad a la subida emocional de Si Satchanalai, compruebo estupefacto que este país jamás dejará de encerrar sorpresas. Ni aún regresando un millón de veces se podrá acabar de dragar hasta en la última charca. Junto a la pensión donde duermo, en un batallado taller, otro pedazo de historia, un Seat 600 color limón, está siendo reparado. No doy crédito y menos aún cuando me arrimo a la parte trasera para comprobar que de corazón hace un vetusto motor Subaru metido con calzador. La dueña dice que no arranca, que problema de batería, pero me reconforto pensando que afortunadamente no he viajar hasta Loei embutido en ese cacharro. Afortunadamente. Y luego más afortunadamente porque cuando me piro puedo acertar a ver desde la ventanilla del bus renqueante y de tablones de madera por suelo rumbo a Philok, de los que a mí me gustan, como el cacharro español aparece desmontado, con un chasis vacío tal que la raspa de una sardina, y todo un millón de piezas diseminadas alrededor de un viejo perro mil padres, color canela, que no se ha meneado ni un milímetro de la sombra en que lo dejé, ajeno por completo al desaguisado. En la estación, justo antes de partir, las noticias fueron magníficas: ninguna de las tres chicas de la oficina de información sabía cómo llegar a Loei. Eso siempre implicaba que volvía al hogar, a rutas nada transitadas por los turistas. Simplemente me dijeron que fuera a Philok (lo supuesto) y me buscara allí la vida. Las acabé haciendo caso con una amplia sonrisa por bandera.  

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