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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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domingo, 24 de noviembre de 2013

Ok, Ok Soi Ji (¿Intro Bago? W.I.P.)

Su nombre ha de ser Ok, Ok Soi Ji. En realidad yo no sé cómo se llama porque nunca me interesó saberlo ni a él revelármelo, pero tenía cara de Ok, de haber nacido un Domingo seguro, y Soi Ji me suena como un apellido apropiado a su rostro, a familia humilde de aquel Yangon en que nació hace más treinta años. ¿Por qué no? El tipo es birmano por estereotipado, de esos de tez caoba, azabache pelo alborotado, lampiño y unos ojos de ónix que se hunden entre pómulos y barbilla angulosos, marcados en trazos finos y rectos, calcados con certeza de cualquier cuadro de Mondrian.

Le conocí en la estación de Bago. Él me conoció a mí a fuerza de ser sincero, y destacaba por dos aspectos que siempre suelen definir a quien tiene mucho que contar. Era un diablo de espabilado, se había hecho amigo del oficinista en jefe de la estación de tren en esa localidad y pululaba por allí a sus anchas, cazando a los viajeros perdidos como yo de los que sacaba sustento para él, mujer y tres hijos. Además nunca miraba a los ojos, y eso es algo que a mí me atrae porque suele indicar que tratas con un truhán, con alguien en déficit de honestidad. Y a estos es fácil tirarles de la lengua porque con unas cervezas se suelen volver locuaces y arrogantes, todo eso que en conversación franca, desinhibida por el alcohol, aporta muchos detalles a la hora de escribir sobre la gente y cultura birmana.

El caso es que recién sacudido en el andén del polvo que había atrapado en el tren, entre cabras y lacerados perros sarnosos que me olisqueaban curiosos, me vi que no tenía dólares para comprar el ticket de regreso a Yangon al cabo de unas horas; y ahí entró él rápido al quite presentándose como lo que era: un buscavidas hábil, de los de artista por bautismo de fe. Ya en la propia vieja capital tuve serios problemas porque tenía kyat, la moneda birmana, pero no tenía esos malditos dólares que piden a los extranjeros como yo para comprar billetes de tren, sea cual sea el importe. Ni diez mil kyats, diez dólares al cambio, servían para vencer la cerrazón del jefe de estación, tozudo como cualquier burócrata de un país de extremo paroxismo instaurado por una errática e irracional junta militar cuando ha tratado de aplicar leyes presuntamente lógicas; y el tipo que no dejaba de decirme que sin un par de dólares no había pasaje, que pagar en kyat era para los birmanos exclusivamente y yo turista, yo verdes de los impresos entre barras y estrellas. Finalmente fue un anciano, a la vuelta de esos cercanos cines Thamada a los que me arrastré como un mendigo, el que se apiadó de mí y me cambió de moneda birmana a dos dólares, pese a que para ello hubiera de ganarse el reproche de su mujer que no acababa de ver con buenos ojos el trueque. Después regresar corriendo a la estación de Yangon, y como quedaban apenas dos minutos para que saliera el tren, la cancela metálica que marca el acceso a los andenes en las estaciones birmanas ya había sido cerrada hacía tres; vuelta a la pelea a gritos hasta que, de improvisto, apareciera por allí un gerifalte trajeado que, viendo el circo de voces que estaba montando poniendo a los de la oficina de sinvergüenzas para arriba por no haber aceptado mis kyats de primeras, abrió la reja y me dijo que corriera al tren. Sangre española que bulle y genera vocerío siempre suele dar resultado, aunque en países budistas se puede sacar más con la calma y una sonrisa.

Indefectiblemente, una vez en Bago el problema reaparecía porque allí tampoco aceptaban kyat, y entonces lo dicho, el tal Ok, avispado, entró en escena.
-Yo te llevo a por dólares si me contratas para ver Bago-. Dijo resuelto mientras convencía al oficinista de la estación de que me fuera sacando el ticket, que ya me conseguiría él un par de pavos yanquis. 
-Suena justo-. Dije. -¿Y cuánto me vas a cobrar por pasearme unas horas?-.
-Suelen ser once mil kyat, pero te lo dejo en nueve-.
-Eso es imposible. Te puedo dar seis-.
-Siete-.
-No. Seis. Solo puedo seis. Mañana regreso a Bangkok y no me queda más dinero-. Dije mohíno pese a ser mentira. Mil kyats de diferencia no me suponían mucho, pero quería medir al chaval y su fuerza de voluntad.
-Hagamos una cosa. Si te quedas contento me das siete, de lo contrario los seis. En Myanmar se hace así-. Dijo convencido con una radiante sonrisa.
Lo pensé una décima.
-Hagamos otra cosa. Si me quedo contento te doy seis, y si no, no te doy nada. En España se hace así-. Respondí dejando caer las palabras con calma, puntualizando sílaba a sílaba. Ok rompió en una risotada. 
-He tenido clientes españoles y jamás escuche algo así. Pero me gusta tu sentido del humor-.
Me encogí de hombros, circunspecto.
-Serían españoles del sur-. Dije de repente. -Yo soy del norte-. Ok se quedo paralizado por un segundo, tratando de comprender. Y al cabo, en un calambrazo fugaz, soltó otra risotada justo antes de decirme “OK”. Que le gustaba mi sentido del humor, volvió a repetir otra vez, risueño, mientras subíamos a la grupa de una desvencijada moto china de baja cilindrada.  

-Aquello es el hospital-. Señaló a un punto que se erigía, blanco y trémulo tras el telón tórrido de canícula esteparia, en una campa desnivelada. Era una especie de edificio colonial en ele con amplias arcadas porticadas en pilares cuadrados, infectadas de grises desconchados producto de la humedad. -Allí fallecieron mi madre hace unos años y mi hermana hace unos meses. Llegaron enfermas, las tumbaron en una camilla y apareció un doctor. ¿Tenéis dinero? Nosotros que no. Y se fue. Al cabo de unas horas, o días porque no recuerdo con claridad lo de mi madre, ambas habían muerto. Allí mismo, en una camilla que podía haber sido la misma en ambos casos porque, como te digo, no recuerdo los detalles. Sin dinero no hay nada que hacer, no hay apellidos para nadie en Myanmar-. Aminoró la velocidad para que me hiciera una mejor composición de lugar y luego, sin previo aviso y como alma que lleva el diablo, aceleró de golpe tratando de dejar en el pasado las terribles vivencias. Siempre es encomiable procurar asimilar cómo conviven con la muerte en estos países de pobreza solemne. Sea el samsara, el ciclo de reencarnación budista, sea la propia naturaleza de sus gentes, el caso es que abruma hasta el congojo entender cómo aquí la vida y la muerte llegan a costar lo mismo y a hacerse compañeras de litera en desdichas. No hay nada en el mundo occidental que se le parezca, acaso México y sus gentes pueden presumir de una naturaleza similar en lo que a integración natural, incluso festiva, se hace del deceso. Pero a mí me sigue pareciendo un aspecto brutal, una faceta de profundidad tan abismal que dudo pueda llegar un día a ser comprendida y asumida en todo su sentido.

En otro momento nos vimos a la puerta de un monasterio, hablando de todo y de nada.
-Ahora tenéis un gobierno democrático-. Digo como quien no quiere la cosa, sintiéndome sucio por dejar caer el cebo ante un joven que da la sensación de, justamente, desear entrar a arramblar la frase como un Vitorino ante la vitola carmesí.
-Solo cambiaron el traje. En el fondo son los generales los que siguen gobernando. Nunca llegará la democracia, tenlo por seguro-. Lanzó unos vistazos rápidos en derredor para asegurarse que nadie le escuchaba. -Tienes pinta de ser observador. Y parece que te gusta escribir. ¿Cuántos ancianos has visto en Bago?-. Lo preguntó de un modo que me sonó bastante irónico. Me encogí de hombros haciéndome el loco, acallando el sarcasmo que deseaba brotar ante los cumplidos, pero ambos sabíamos de sobra cuál era la respuesta. -Ninguno. Nadie llega a anciano. ¿Le importa al gobierno?-. Remató sin esperar una posible contestación. Volví a encogerme de hombros y, con la lección aprendida, pasé a preguntarle de dónde había sacado esa camiseta (ajada) que llevaba del Manchester United. Ya había escuchado lo que quería escuchar, ya había certificado lo que ya sabía, pero queriendo más, masoquista que debe ser uno, súbitamente y al cabo de segundos le lancé un órdago. -Tú no crees en un futuro mejor para Myanmar, ¿verdad?-. Y repentinamente, por primera y única ocasión en todas las horas que compartimos, hizo algo similar a un intento de fijar sus ojos en los míos-. ¿Y tú?-. Respondió lacónico antes de desviar la mirada para seguir la trayectoria de una colilla de Red Ruby que lanzó suavemente a un descampado. Cuando ésta se acabó por consumir, ninguno de los dos había vuelto a abrir la boca.

A eso de las tres paramos en una beer station y saqué un par de jarras de deliciosa cerveza helada. Le di los siete mil kyat y le agradecí la charla. Luego me acompañó a la estación, se coló en el tren (imagino que otro efecto más de su compadreo con los currelas del lugar) y me indicó mi asiento. Nos dimos la mano cálidamente y, sin mirarme a los ojos, se giró para bajar del vagón y perderse en una maraña de longyis, pollos enjaulados y fardos envueltos en estraza, de matasellos ininteligibles. Las cabras y los perros, que seguían supurando pus de sus heridas, apenas habían oscilado unos metros su posición, lo justo para acomodarse en unas sombras de sol poniente que se alargaban cada vez con mayor profundidad. Recostados, dormitaban todos envueltos unos con otros, ajenos al bullicio de sube y baja que imperaba en un Expreso 32 presto a partir rumbo a su estación final, rumbo a Yangon.

P.S. Tardé entonces diez minutos de traqueteo ferroviario en escribir este texto bajo la mirada inocente de un puñado de ojillos de niños birmanos en rostros embadurnados de tanaka, hoy poco más he perdido en puntuarlo, y sin embargo me ha llevado unos días y gran esfuerzo superar un pozo de decepción, negra e infinita, para poder publicarlo desde la distancia física que me separa de Myanmar. ¿Cuántas personas birmanas, cuántos de sus muertos se han quedado sin voz, relegados al silencio, sin aparecer por esta ventana en este viaje?  

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