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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 2 de noviembre de 2013

Dédalo en Guiyang

Cuando se llega a Guizhou, al sudoeste de la curtida piel maoísta, uno ha de saber que alcanzará, más pronto que tarde, la libertad de Dédalo en la provincia de las nubes eternas, que ha arribado a un sitio fuera de lo normal en la inmensidad China aunque solo sea, y es lo más obvio, porque el ambiente aquí resulta mucho más puro que en el eternamente envuelto en industrial neblina tóxica este del país. Creía firmemente al igual que Hosei, cónsul británico allá por 1889, que tenía ante mí la región más interesante a nivel geográfico y étnico del dragón asiático; y como en anteriores años solo había tenía oportunidad de vagar superficialmente por sus costuras, esta vez me comía la curiosidad por llegar a Libo, olvidado por las masas pero recomendación especial de una chica china con quien una vez tuve la fortuna de compartir unos días de ruta por el oeste de esta provincia.

Una vez en el aeropuerto de Guiyang, no había rastro de Sommens. Le mandé un par de correos electrónicos anunciándole mi llegada, invitándole a un café (o té) y unos minutos de charla tres años después, pero jamás recibí contestación. Pese a todo había sido su consejo el que me devolvía a las entrañas de Guizhou e, ilusión por bandera, llegar al sur para descubrir sus tantas veces mencionados Libo y gentes de la minoría Shui se tornaba algo prometedor en una segunda parte de viaje por China que comenzaba allí mismo, en el aeropuerto, a apenas unas decenas de kilómetros de Qingyan, próxima estación. Detrás, ocupando un lugar predilecto en la añoranza de un viajero desharrapado, habían quedado las postales perfectas, suspendidas en el tiempo, de Luotiancun y Shuinan. Sitios en los que los regueros se tornan venas y arterias para alimentar hasta saciar las fértiles tierras parduzcas de una población, quinta de los protagonistas de la larga marcha maoísta, que se marchita sobre taburetes ajados al abrigo de los claroscuros del ramaje de un alcanfor milenario. Ambas, como siamesas enhebradas por un diminuto sendero enlosado, son aldeas donde los búfalos de agua retozan o pastan, erigiéndose en puntos distantes de tonos grises sobre el hipnótico colorido de suaves ondulaciones fundidas en verde tras los tallos amarillentos, resecos, de un arroz ya segado en la más próxima planicie. Emulando a la concurrencia y junto al famoso alcanfor, yo también tomé asiento por unos minutos, disfrutando a fondo de unas últimas horas de calor solar que sabía sería nostalgia bucólica primero en Guizhou y más tarde en Chongqing, suertes de Euskadi a las que robaron Julios y Agostos.

Qingyan fue un tormento en primera instancia. La única pensión en la zona antigua estaba absurdamente sobrevalorada en precio y, fuera de esa zona, los hotelitos de cartón no querían saber nada de alojar a un laowai (extranjero). Sin alternativa y contrariado de vuelta en Guiyang, en la zona de Huaxi, la canción se repetía rítmicamente cada trescientos metros. O era un marciano caído de la profundidad sideral, o directamente me pedían la burrada de doscientos yuanes. Finalmente encontré algo por cien, aceptable, y me dediqué a pasear por la zona. Quizás no debería decir nada de Guiyang, la capital, pero el pellejo me pide por abrumadora mayoría (cuando se viaja solo la propia conciencia se convierte en multitud) que resalte en unas líneas que esta ciudad es sucia, fea, desparramada y llena de tipos que, por mucho que lo intentes, no van a gastar una décima de segundo en siquiera mirarte a los ojos. Con este panorama desolador, fatigado de pura decepción, Libo aparecía como la ansiada libertad de Dédalo que comentaba antes, siendo yo hasta entonces un Ícaro a quien Guiyang consumía las alas de plumas cosidas con cera a dentelladas, sin necesidad de mojar las primeras ni de derretir a fuego lento la segunda.

En todo caso, a la mañana siguiente Qingyan supo recompensar tanta decepción acumulada y se mostró como otro pasar de página dentro de la historia inmortal del más longevo imperio que jamás conoció el mundo. Todo acabaría hirviendo de chinos que, aliviados por el fin de semana, picoteaban igual que gallinas en los mil y un puestos donde se vendían exquisiteces (doy fe) de tofu o caramelo garrapiñado, sazonado con semillas de sésamo. Pero mucho antes, en la alborada, los edificios notables del núcleo, templos que caben en un dedal en su mayoría, aparecían solitarios y flanqueados a los cuatro puntos cardinales por arcos y puertas ornamentales en postes como brochazos de leyenda en tinta corrida, luciendo engalanados sus centurias de una historia que pude olisquear en momentos inolvidables en plena soledad gracias a, una vez más, arrancar la jornada justo cuando se despereza el sol. Mas Libo, el dorado prometido en forma de naturaleza salvaje, seguía tocando a mi puerta con insistencia y Qingyan, inevitable, me sabía apenas a entremés. Regresar cerca del oeste de Guizhou, hogar de las gentes Miao (Hmong) y Dong, con seguridad la zona más abrumadoramente bella de todo el país, hacía que el corazón palpitara furioso buscando un rayo de una fe susurrada por Sommens en la noche estrellada de Xijiang muchos meses atrás.

En la estación principal de buses de Guiyang mi pésima impresión de la localidad subió varios puntos. Aquello era un puro caos donde la basura se mostraba incluso por las rendijas y la gente parecía querer jugar a los bolos con todo lo que representáramos yo, mis pertenencias o hasta mi sombra. Incluso un crío se puso a orinar junto a mí, en medio de la estación, como si nada ante la alegría de su madre y la indiferencia de sus compatriotas. Otro escalón al odiómetro. Girar la vista en un arco de trescientos sesenta grados me dio la puntilla, alcancé el cénit en conclusión turbadora: debía salir de allí pitando. Masas de hormigón renegrido, antenas de telefonía, cristales reventados, mendigos apilando cartones o saltando sobre los contenedores de basura para rebuscar diamante entre carbón... Pero en taquilla, mi gozo en un pozo, no había buses a Libo. El chaval que me indicó el bus urbano a coger para llegar a la estación de autobuses correcta (en Guiyang, como en toda ciudad grande china, hay varias) se equivocó. Puta que lo echó. Y eso que curraba en una agencia de viajes. No se aclaran ellos como para hacerlo yo, pensaba contrariado. Así otra indicación, en este caso correcta, dio con mis huesos en un nuevo bus urbano, tercero en unas horas, camino de la terminal este de donde finalmente pude salir tras haber perdido medio día entre pitos y flautas. Juro que jamás salí de una ciudad china con una sonrisa tan amplia y con un suspiro tan prolongado. De hecho ni en India, donde las ciudades son panales gigantes en los que se sustituye la miel y la cera por polución y porquería, recuerdo haber huido con tal sensación de alivio de, por ejemplo, Delhi o Chennai, droga dura en vena donde las haya. Y en el fondo es una pena porque Guiyang tiene unos paisajes kársticos por toda su periferia que iluminarían al más desesperado, pero es que esa idiosincrasia china tan compleja y basta (eufemismo de que la mayoría son unos cochinos integrales), elevada aquí al cubo, revienta todo el escaparate para hacer de ésta una localización difícilmente vivible y mucho menos disfrutable. El sirimiri, el reencuentro con la lluvia tras dos semanas de viaje, arreciaba al enfilar la carretera rumbo a Libo dando un toque todavía más depresivo a la experiencia por la capital de Guizhou. El verano, sin lugar a dudas, nunca existió en Guiyang, y marché convencido de que, finalmente y por fortuna, un reencarnado Dédalo había podido abandonar el laberinto con los bellos recuerdos de Qingyan todavía vivos en las retinas.

P.S. ¡Que patxa, bro! ¿Has desmontado ya algún aerogenerador?, jejeje. Me alegro de que te gustara la anterior entrada, pero has de saber que en ella había bastante de lo que yo considero como “escrito-basura”. Porque como existe la “comida-basura”, mi mente también tiene un hueco para escritos estériles que no valen mucho porque hablan casi únicamente de yo, mi, mí, me, conmigo. Buena parte de ese escrito anterior es ese tipo de basura, escritura y lectura de entretiempos que no aporta casi nada aparte de unas muecas de sonrisa, que entretiene pero no nutre. Con seguridad este escrito que precede es, gustando más o menos, mucho más valioso para mí si consigue llevar al que lo lea a buscar en internet algo de, por ejemplo, Hosei, Miao o Dédalo y a aprender con ello. De eso se trata. En todo caso se agradece el comentario (xie xie :-). A ver si te llamo y charlamos. Ya en Libo, dejo unas fotitos de Luotiancun y Shuinan, las de Qingyan aún no las he volcado de la tarjeta de memoria.  

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