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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Amargo reencuentro en Yangon

Trato de recordar cómo olía, qué tacto tenía. Me aflige pensar que he debido olvidar qué me transmitía la voracidad de Yangon. El avión se escora, gana altura, luego la pierde y yo me asomo a la ventanilla para descubrir cómo la ciudad se sigue construyendo sobre polución, hormigón y polvo. Una estupa aquí, otra allá, otra que hubiera apostado lo que fuera a que era la pagoda llamada Sule… Y un sinfín más que, suspirando, me niego a tratar de adivinar su nombre ni, si acaso, tan siquiera enumerar. Inútil asunto. Son francamente demasiadas. A estas alturas creo saber a qué tierra regreso, aunque lo haga atenazado por el miedo y por la incertidumbre de no saber qué me aguarda allí abajo.

Se suda en Yangon, el aire cálido azota pese a que el sol se ha teñido de malva en su deceso. Pero el externo olor dulzón, mezcla de polvo, curry e incienso ya se ha mezclado con el de la pasta Tanaka que lucían en el rostro cuatro compañeras del vuelo; entonces, ahora sí, todo Myanmar puede empezar a girar en derredor.

El viajero que no se baña en nostalgia difícilmente puede aspirar a engrandecer su alma. Es un axioma. Cuando subo al descacharrado taxi la referencia al olor se hace mayúscula, aunque solo sea porque ya recuerdo cómo huelen Myanmar y sus gentes. Es algo que se respira por los poros, distinto a todo conocido. Puedes taparte la nariz que vas a seguir percibiendo cómo el aroma se funde contigo. Y desde ese momento formas parte de una dimensión desconocida llamada sudeste asiático. ¿Es una guirnalda de jazmín la que cuelga del retrovisor interior? Ésa debe ser. Yangon, sin embargo, parece nuevo esta vez con calles limpias, coches de última generación, neones y centros comerciales, Samsung, Huawei... Se perdieron las calles ajadas, repletas de escupitajos de betel, las ratas por doquier, las aceras cuarteadas, los generadores de gasoil, las viejas furgonetas mazda de motor rectificado en varias ocasiones y millones de kilómetros. Suspiro, apesadumbrado, tratando de convencerme de que el progreso es lo mejor que les puede pasar a estas gentes que tantas penurias han pasado y de que, en el fondo, me queda la memoria en forma de fortuna por haber podido compartir los grises ayeres y, gracias a ello, la ilusión de seguir caminando por recovecos, de su mano, hacia los púrpuras mañanas.

Las características faldas multicolores puntean y se reflejan en pulidas losetas marmóreas que recubren todo, y las marcas de Tanaka se hinchan sobre mofletes que no paran de reír en alegres conversaciones. Todo un universo humano genera la chispa que otorga la vida a los monumentos. El estado natural, obvio, es la pura existencia humana en los santuarios birmanos, nada que ver con nuestras inertes catedrales. La gente se desparrama, muestra sus ofrendas a Buda, cierra los ojos, musita palabras ininteligibles, alza las palmas unidas sobre la frente, luego las retira y todos humillan la cabeza hasta que ésta besa el suelo. En derredor decenas, centenas de actos idénticos en rostros nacarados o azabachados, en seres anónimos unidos por un credo común; y todos ellos reforzados ante la respetuosidad emanada de las miradas de semejantes que charlan con una tildada pausa, un murmullo, una quietud que hipnotiza al viajero. Nada en la pagoda principal, Schwedagon, se nutre con la palabra, más bien con el silencio y la contemplación.

El imponente espectáculo de espiras doradas distrae a cada paso porque siempre hay una más maravillosa que la anterior un metro más allá. Rodear antes de que salga el sol la pagoda central, con las manos entrelazadas a la espalda, arrastrando los pies desnudos, testigo de esos humanos hechos ovillos en sus abluciones que surgen por el rabillo del ojo; fulgores níveos, áureos, resplandores ocres, turquesas, diamantinos… Un universo entero enmascarado en forma de estupas de distinta medida, más altas o discretas, pero todas rindiendo pleitesía ante la turbadora presencia de ese gigante Polifemo cuyo único ojo, parasol trabado en la cumbre y engastado de zafiros, esmeraldas y, por supuesto, rubíes de Mogoke, hace de faro y luz mística que inunda cada espíritu parido en esta nación. Y cuando la casi llena luna en su caminar quiere rozar un poco dichas agujas, éstas parecen ceder a su ímpetu dejándose acariciar para regalar claroscuros donde sentarse y meditar… o teclear. El sol, sin darse uno cuenta, ya luce su aura dorada cuando enfilo para bajar las escaleras Oeste.

Pero a la tarde esa magia es historia. Los turistas de tour-operador pululan por todos los rincones, sacan fotos a monjes molestos a medio metro de su cara, caminan buscando la foto perfecta, sin importarles nada cuándo, cómo y por qué. Esto no es lo que conocías, ¿verdad?, me pregunta Jean, un francés a quien conocí en la embajada birmana de Bangkok, cuando ambos tramitábamos el papeleo para obtener el visado y con el que he vuelto a topar. No te lo puedes ni imaginar, replico, aquí, en cien metros cuadrados de pagoda Schwedagon, hay muchísimos más turistas que todos los que vi en mis dos viajes anteriores. Y de ese modo, apesadumbrado, las dudas vuelven a surgir. ¿Tiro para Loikaw?, ¿espero otro año a ver si se acaba el boom birmano? Jean me dice que le están crujiendo, que ha tenido que soltar cincuenta dólares por noche en Yangon, que por el billete de bus a Inle le han soplado veinticinco dólares… Y te queda lo peor, le zanjo su letanía, vas a Inle en fechas del Balloon Festival en la cercana Taunggyi y te van a machacar aún más. Eso si encuentras dónde dormir. Y el sol, de nuevo sin ser consciente, se esconde con una premura igual de rápida a como se suman dudas nuevas en la miríada que ofusca mi cerebro. ¡Qué cansado estoy, por Dios!  

P.S. Día horroroso ayer, con un catarro que me tuvo tiritando toda la noche y sin poder pegar ojo. Salí a media mañana hacia la Biblioteca Nacional y todo fue de mal en peor. La colección de libros se la están llevando a la nueva biblioteca en Naypyidaw y aquello era un solar. En las librerías del centro tres cuartos de lo mismo. Un calor horrible, sudando, me dolían hasta las pestañas. Una pesadilla que rematé tirando de ibuprofeno e invirtiendo horas de vuelta en la cama. Se pone muy cuesta arriba enganchar algo de información de Myanmar dentro del propio país, así que, no queda más remedio, hay que pausar todo el asunto del libro hasta que localice datos y referencias de interés, probablemente en las infinitamente mejores bibliotecas de Bangkok (pero ya dentro de un año). Entonces podré dar la forma y rematar el contenido que tengo pensado para ese segundo libro. No obstante, contaba con ello y me había hecho a la idea de finalizar el nuevo libro ya en 2014. Ahora solo queda viajar y, al menos, trasladar al papel vivencias propias. Comienza aquí este viaje que confío me pueda acercar a rincones menos trillados de una Myanmar que ya empieza a verse, al menos en Yangon, saturada de turistas. Lo próximo: mañana Schwedagon, calcular en función de gastos hasta dónde podría alcanzar mi presupuesto y comprobar si puedo llegar a Loikaw porque, por lo pronto, ya me están poniendo pegas :-( Después de pasarme tres semanas y pico pegándome por la china rural siento que, tal y como dice una amiga mía, no tengo ya el chichi para ruidos y, además, Tailandia no deja de estar a un paso…

Hoy al menos el asunto ha mejorado. El cuerpo empieza a responder y he seguido de librerías para finalmente poder hacerme con media docena de libros que desarrollan aspectos sociales, históricos y religiosos del país. Como siempre, el que persevera nunca desespera. Hubiera deseado algo más, pero aún así estos serán un buen punto de partida en forma de lectura y análisis. Y luego, cómo no, la pagoda Schwedagon sigue regalando, incluso en esta tercera visita, emociones de profundidad abismal. Podría regresar ahora mismo a tierra Thai y lo haría con una sonrisa perfecta solo por haber podido ver (de nuevo) amanecer y anochecer en esta impresionante catedral budista, la más maravillosa y vital de todas. Por si fuera poco, Loikaw se va abriendo pese a las reticencias de agencias de viaje (¿por qué quieres ir?, si allí no va nadie. Pues precisamente por eso :-) Parece que hay una compañía que vende pasajes a extranjeros para las cerca de 16 horas de ruta. Pero esto sigue siendo Myanmar, y yo hasta que no me vea en el bus camino de la capital del estado Kayah no me lo acabaré de creer. Eso si finalmente voy que, francamente y con el depósito en reserva, aún no lo tengo claro.  

1 comentario:

Anónimo dijo...

Animo David, seguro que llegas a Loikaw!!! Por lo que dices hay que dar con las personas adecuadas en el monento adecuado para la autorizacion. Muchisima tranquilidad y mejor suerte. Lo que mosquea mucho es lo de soltar demasiado pasta.
Por lo que leo, como se esta petando de turistas y no hay demasiados alojamientos los precios suben y es dificil encontrar sin reserva alguno con precio normalito. En Loikaw seguro que no hay este problema.
Saludos, Eva