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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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sábado, 30 de noviembre de 2013

Retorno a las huellas del viejo Siam

Sumé a la ruta seis horas acurrucado en una camioneta de bancos corridos, recostado sobre un saco de sisal a reventar de granos de arroz. Un paisano había dejado caer a mi lado el fardo, apoyándose él sobre otro, y me encontré con un ideal colchón improvisado para tratar de recuperar un poco del sueño olvidado camino de Mae Sot. Busqué reconforto rápido en el vehículo porque Mae Sariang, a eso de las seis de la mañana y como sucede con el resto de norteñas ciudades tailandesas desvestidas de la alegría natural de sus habitantes en la alborada, es un sitio fantasmagórico, pulido por las sombras y el fresco, que invita a poco más que hacerse un nudo sobre la garganta con el krama azulado y hundir las manos en los bolsillos. En esos momentos ni siquiera los monjes buscan las ofrendas, roncando a pierna suelta los imaginaba. La carretera es infernal a nivel físico, repleta de curvas en un tobogán infinito que generan un rápido entumecimiento tras un asfalto ajado, eso donde éste se hallaba tapando al más común cenagal repleto de traqueteo en baches; y también lo es en sentido psíquico, viendo esporádicamente diluirse tras los laterales de la furgoneta los campamentos donde se hacinan refugiados birmanos que han encontrado a este lado de la frontera un Edén pacífico, bajo el abrigo de chozas con esqueleto de bambú y resecas hojas de teca por tejado. Al menos en esta latitud los militares no les tratan como carnaza, mano de obra forzosa y blanco de su genuina ira castrense, aquí abiertamente se les deja estar a su albedrío y convivir sin agobios una vez que notan que la política racial a este lado del Salween es indiferente para con ellos. Mas en el fondo la desazón inunda el alma al fondo de la renqueante camioneta, porque todos sabemos que a ellos donde les gustaría estar es en su hogar, en tierras de ese birmano estado Kayah del que nunca debieron haber salido como refugiados políticos ante el acoso Bamar para con las minorías étnicas, especialmente cruel con estas gentes, en su inmensidad Karenni o Karen Rojo. Todas las cabañas lucen apostadas sobre laderas escarbadas por el Salween, mítico y evocador río para los amantes del sudeste asiático que discurre amplificado y preñado de limo sin que nada perturbe en forma de ondas su cauce, trasladado en sensaciones visuales tal si fuera un selenita húmedo mar de la tranquilidad. De esta suerte, miméticos en imagen y frustración, se fueron perdiendo los campamentos, sus sonrisas y llantos acumulados, sus historias de raíz puramente humana, uno tras otro, uno tras otro… Desde Mae Sot (Mae Sod), y en comparación, fue un suspiro de apenas un trío de horas en cómodas furgonetas llegar al viejo Sukhothai, escala previa a Si Satchanalai.  

Supongo que no hay nada que genere tanta empatía para los que respiramos el viejo Siam por cada poro que regresar a esta primera capital Thai, hoy camposanto de engalanados vestigios ocres o estucados sobre un manto de césped impoluto. Siempre queda un recodo, un monumento desconocido por descubrir, así que modifiqué la idea de ruta previa para dar un tiempo, un trago largo, a Sukhothai.  

De recién madrugado taché del mapa los templos ya conocidos (por fortuna tuve que quitar casi todos del núcleo central) antes de echar a pedalear al alba, consciente de que la antigua capital real de Sukhothai se respira mejor a primera hora. El horizonte se dibujaba teñido de un precioso púrpura solar calcado al de los bulbos de loto, los pájaros trinaban de modo estridente y los monjes surgían salpicando el camino como puntos anaranjados que se paraban cada pocos metros para recoger la ofrenda y orar con los vecinos durante unos segundos en recogido murmullo. Todos huelen igual, a ese almizcle poderoso que lleva incienso de sándalo en la raíz. Al llegar a la entrada del recinto histórico la bruma se dispersa por todos los rincones permitiendo a estupas y estatuas de Buda surgir de la nada como islotes de un mar rizado en una panorámica sin par en todo el reino. Solo tú, la humedad que empieza a apretar llenando los brazos de brillos diamantinos, sudorosos, y hasta donde alcance la ilusión por recuperar otra página más de la memoria histórica a lomos de una montura de piñón fijo, frenos que chirriaban como plañideras de a millón, plato ondulado, ¿bielas? y una cadena oxidada, sin un gramo de grasa visto hace mil años excepto en sus eslabones.

Tras el paso por Wat Chetuphon ya llevaba un arco amplio evocando distintos periodos históricos, distintas dinastías, distintos estilos a través de moles como ese Wat Saphan Hin al que se accede a través de una calzada para gigantes, conjuntos enmarcados por las aguas de concéntricos fosos a modo de paspartús como en Wat Phra Pai Luang o la siempre ensoñadora, tríptica en esencia y críptica por su contenido, presencia de estupas impecables, revestidas de estuco o ladrillo como sucede en Wat Chedi Ngam o en Wat Chedi Si Hong respectivamente. Entonces supe que llegaba al tope, que tenía la barriga llena en sentido metafórico, que era hora de dejarlo por esta ocasión. Vencido por el abrumador calor, y con la tripa gimoteando un poco de lo suyo, me decidí a dar un último vistazo antes de romper el mapa, asimilando mentalmente esos reductos históricos aún confinados a lo etéreo, de nombre imposibles, que quedarían para otra ocasión. Sukhothai, una vez más, sellaba otro punto y seguido que invitaba, seguía invitando a más.

Esa noche fue la única de toda esta experiencia en que salí a tomar un trago en plan “Pepe El Tabernario” pero sin loro, cicatrices o pata de palo, sabiendo que mi presupuesto no daba para mojaduras en horizontal pero sí para cuatro tragos de mejunje alcohólico si el cuerpo me podía seguir garantizando la verticalidad después de los cinco que ya llevaba acumulados. Como un tiro en la sien: ni falta que hacía verticalidad alguna porque aquello duró un triste suspiro. Aterricé en un garito patético propio de tramo de nacional 120 sin luces ni fluorescentes, rodeado en segundos de un tío-tía y una señora que peinaba canas con un porte hacia mi figura tan altanero, tan fuera de contexto, que por momentos me imaginaba a mí mismo en la escena siendo el Tom Cruise de “Top Gun” trasladado por arte de magia al “Río Grande” de John Ford, del cielo a la estepa más árida en cuestión de compañía. Surrealista es poco, me quedo corto. Y triste que parezca, cariacontecido, el Adonis que debo llevar dentro decidió apurar de un par de sorbos la Leo y salir pitando del lugar, procurando no mancillar más su irrefutable honor y tan venerables recuerdos en locales apenas parecidos; deseando, eso sí, la mejor de las suertes a esa pintoresca concurrencia que empezaba a ver su local animado por unos thais, pasados tan de rosca como de tragos, que arreciaban haciendo trompos en sus rancheras Toyota.  


Llueve con fuerza cuando llego salgo para Si Satchanalai. Los últimos estertores del monzón húmedo se aplican con rabia y todo se ha transformado en una torrentera que anega hasta el último resquicio al que pueda llegar la vista. Millones de gotas golpean centenas de tejavanas metálicas que crepitan doloridas, se suman a decenas de riachuelos formados de la nada, marrones arrastrando hojarasca seca, tumultuosos gorjeando un único rumor conjunto que por momentos inunda los tímpanos. Al cesar, los picos de las escasas colinas en lontananza rasgan la malla sedosa de las nubes y se forman en las cumbres copos de algodón entre los que el celeste azul y el tímido amarillo solar pugnan por adueñarse, todo en un brutal contraste cromático con el verde montaraz. Más tarde, sin necesidad de computar el tiempo, el murmullo del agua se apaga, la bruma se hace tapiz de muselina, las gotas repican con calma sobre charcos que se evaporan con celeridad y los perros, en su inmensa mayoría rabicortos o zainos por pelaje y actitud, se vuelven a desperezar para hacerse amos y señores del lugar. Para ellos es hora de husmear qué ha acumulado la lluvia en montones de basura informe dispuesta en recodos, sumideros desbordados o pequeñas acequias; y para mí llega el momento de husmear explorando qué queda de los vestigios de un antiguo Si Satchanalai que, tras ocho años de demora, a duras penas puedo rememorar o redibujar un metro más allá, intuido a través de cada brizna de hierba, entre todo lo desordenado que se desborda en la frágil memoria de este mi sudeste asiático particular.

Fundida a partes iguales entre la maraña selvática y la historia, la ruinosa ciudad muestra estructuras de laterita carcomida aprisionadas o acordonadas entre raíces de ficus salvajes. Están dispersas, como dados lanzados al azar, sin orden ni concierto una vez que la historia o la mano del hombre borró las pisadas, las calzadas que las unían. La culpa ha de tenerla el sobrevalorado y nunca comprendido del todo monarca llamado Ramkhanghaeng, el mismo que la dejo marchitarse en el olvido porque creía, con razón, que Sukhothai imprimiría un mayor brillo como capital del primer reino Thai unificado. Y con ello todo un mundo parduzco de ramajes y piedras gastadas por el ácido torrencial diluido en la lluvia monzónica se fue transformando en un decorado fagocitado por una voraz naturaleza tropical. Así hasta nuestros días. Por eso tiene mucho de hechizo volver a desandar lo andado regresando a este viejo e incorrupto reducto de gentes e historia Thai.

La bicicleta que saqué en suerte de un puesto junto a la carretera no mejoraba en nada a la del día anterior, más bien lo contrario ya que era un ejercicio de equilibrio circense solo el poder mantenerme erguido dando pedaladas sobre un sillín que prometía reventarme la próstata. Debía parecer un funámbulo con pértiga sobre el alambre, solo que con la red más cercana y dura en forma de asfalto. Más o menos. Sin embargo los templos lo curan todo: la lluvia, la bici, el madrugón… Los penares se evaporan como el agua tras revisitar emblemas Thai como el templo rodeado de elefantes, una estupa de estilo cingalés rodeada de paquidermos de tamaño mayor al real, mutilados bien por el tiempo bien por los invasores birmanos. O el de las siete hileras de chedis, con una soberbia estupa central estucada con forma de loto y treinta y tres santuarios satélites, de estilos tan diversos como el cingalés o el birmano pagán, reflejando un compendio a escala de dedal de estilos arquitectónicos propios del sudeste asiático en los que se mezcla la laterita rasgada y el estuco añejo en tonos grises. Ambos son los dos más notables del complejo, ambos se remontan a tiempos del nombrado Ramkhanghaeng y ambos muestran trazas de un glorioso amanecer artístico tailandés que eclosionó en el soberbio Sukhothai. Pero es que aquí son todos preciosos en su decrepitud. Los templos sobre las colinas Suwankhiri o Phamon Phloeng, el brutal y ecléctico Ratanamahathat de marcado acento Jemer… es para pasarlo como un enano el poder invertir un buen puñado de horas en su contemplación y análisis histórico, imaginando qué vicisitudes tuvieron lugar entre sus muros carcomidos.

Después, de vuelta a un Sukhothai en que los habitantes parecen el doble de amables que antes gracias con seguridad a la subida emocional de Si Satchanalai, compruebo estupefacto que este país jamás dejará de encerrar sorpresas. Ni aún regresando un millón de veces se podrá acabar de dragar hasta en la última charca. Junto a la pensión donde duermo, en un batallado taller, otro pedazo de historia, un Seat 600 color limón, está siendo reparado. No doy crédito y menos aún cuando me arrimo a la parte trasera para comprobar que de corazón hace un vetusto motor Subaru metido con calzador. La dueña dice que no arranca, que problema de batería, pero me reconforto pensando que afortunadamente no he viajar hasta Loei embutido en ese cacharro. Afortunadamente. Y luego más afortunadamente porque cuando me piro puedo acertar a ver desde la ventanilla del bus renqueante y de tablones de madera por suelo rumbo a Philok, de los que a mí me gustan, como el cacharro español aparece desmontado, con un chasis vacío tal que la raspa de una sardina, y todo un millón de piezas diseminadas alrededor de un viejo perro mil padres, color canela, que no se ha meneado ni un milímetro de la sombra en que lo dejé, ajeno por completo al desaguisado. En la estación, justo antes de partir, las noticias fueron magníficas: ninguna de las tres chicas de la oficina de información sabía cómo llegar a Loei. Eso siempre implicaba que volvía al hogar, a rutas nada transitadas por los turistas. Simplemente me dijeron que fuera a Philok (lo supuesto) y me buscara allí la vida. Las acabé haciendo caso con una amplia sonrisa por bandera.  

martes, 26 de noviembre de 2013

Mae Hong Son en retrospectiva

Ya no recordaba nada de Mae Hong Son. Aunque, bien pensado, igual sí, quizá lo básico. El templo Jong Kham junto al llamado Jong Klang, ambos apostados sobre el lago, aquel otro sobre la montaña Kung Mu, alguna calle, el antro “Crossroads”; pero nada más. Me pierdo por los callejones y quiero creer saber dónde voy. Mas al cabo de unos minutos he de preguntar cómo llegar a tal o cual rincón porque más de ocho años suponen un grave desafío a cualquier memoria. Al menos sé que donde dormí en aquella ocasión, el Fern Resort, sigue casi donde lo dejé, a unos ocho kilómetros de la capital provincial en dirección a Mae Sariang. Y digo casi porque, sin embargo, yo hubiera jurado que dicho hotelito se hallaba en dirección norte, hacia Soppong y no hacia el meridional y ya perdido tras las curvas Mae Sariang desde donde acabo de llegar.

En todo caso siempre es un placer volver a rescatar del olvido vivencias añejas, encontrar una pensión potable por seis euros, rearmar, equilibrar las finanzas y sentir que la capital Kayah de Loikaw, a este paso meta mítica, descansa a apenas decenas de kilómetros tras una frontera hermética que, ojalá con el tiempo, pueda llegar a ser cruzada solo con un sencillo sello de pasaporte. En Tailandia todo sigue igual, los precios y la comodidad del día a día se vuelven imperecederos, al otro lado es donde ha arribado un ciclón que ha transformado todo lo tocado en nueva dimensión. Y cuanto más hablo con turistas recién regresados de aquellos páramos, más dudas me entran del futuro hasta llegar de hecho a pensar que aquella Myanmar que conocí ya no volverá a ser nunca jamás.

Paseo cerca del lago, con los templos de fondo en una postal perfecta del paraíso, y noto que tengo ganas, de súbito, de salir para otras latitudes. De repente me apetece regresar a Luang Prabang, o mejor a Angkor, a la jungla camboyana. Chequeo el reloj y todavía me sobran unos quince días de ruta junto a un presupuesto que al fin florece. Sopeso pros y contras: Luang Prabang pilla más cerca, es brutal de hermoso y luego ir bajando por Vang Vieng hacia Vientiane me dejará a un palmo de Nong Khai, mi destino final en una ruta cómoda e ideal; Angkor pelea con Bagan en el máximo escalón a nivel de belleza arquitectónica, pero es duro encajarlo con Nong Khai en un itinerario redondo porque, pese a que ya haya recuperado fuerzas, no olvido que la senda Jemer me obligaría a regresar a Bangkok de ida y vuelta. Dudo y pienso que, nuevamente, una moneda al aire podría ser lo que necesito. Y al cabo de un buen rato, cuando he acabado la cerveza y estoy a punto de sacar el metal que marque mi ruta, lo repienso y me convenzo de que por este año está bien de kilómetros en miles. Que con llegar a Nong Khai en suave recorrido a través de las llanuras centrales tailandesas vía Mae Sot y Si Satchanalai bastante tengo. Que India y Nepal, allá en el fondo a comienzos de 2014, me van a suponer otro esfuerzo mayúsculo y, entonces, mejor dejar todo como está viendo los ciclos de sol y luna desde una hamaca y no desde la ventanilla de un bus. Creo que este viaje he acostumbrado al cuerpo a gulusmear la comodidad demasiado pronto, demasiado pronto, y regresar a Mae Sariang como escala previa a Mae Sot suena una burrada de apetecible, lo más deseable de todo.  

domingo, 24 de noviembre de 2013

Ok, Ok Soi Ji (¿Intro Bago? W.I.P.)

Su nombre ha de ser Ok, Ok Soi Ji. En realidad yo no sé cómo se llama porque nunca me interesó saberlo ni a él revelármelo, pero tenía cara de Ok, de haber nacido un Domingo seguro, y Soi Ji me suena como un apellido apropiado a su rostro, a familia humilde de aquel Yangon en que nació hace más treinta años. ¿Por qué no? El tipo es birmano por estereotipado, de esos de tez caoba, azabache pelo alborotado, lampiño y unos ojos de ónix que se hunden entre pómulos y barbilla angulosos, marcados en trazos finos y rectos, calcados con certeza de cualquier cuadro de Mondrian.

Le conocí en la estación de Bago. Él me conoció a mí a fuerza de ser sincero, y destacaba por dos aspectos que siempre suelen definir a quien tiene mucho que contar. Era un diablo de espabilado, se había hecho amigo del oficinista en jefe de la estación de tren en esa localidad y pululaba por allí a sus anchas, cazando a los viajeros perdidos como yo de los que sacaba sustento para él, mujer y tres hijos. Además nunca miraba a los ojos, y eso es algo que a mí me atrae porque suele indicar que tratas con un truhán, con alguien en déficit de honestidad. Y a estos es fácil tirarles de la lengua porque con unas cervezas se suelen volver locuaces y arrogantes, todo eso que en conversación franca, desinhibida por el alcohol, aporta muchos detalles a la hora de escribir sobre la gente y cultura birmana.

El caso es que recién sacudido en el andén del polvo que había atrapado en el tren, entre cabras y lacerados perros sarnosos que me olisqueaban curiosos, me vi que no tenía dólares para comprar el ticket de regreso a Yangon al cabo de unas horas; y ahí entró él rápido al quite presentándose como lo que era: un buscavidas hábil, de los de artista por bautismo de fe. Ya en la propia vieja capital tuve serios problemas porque tenía kyat, la moneda birmana, pero no tenía esos malditos dólares que piden a los extranjeros como yo para comprar billetes de tren, sea cual sea el importe. Ni diez mil kyats, diez dólares al cambio, servían para vencer la cerrazón del jefe de estación, tozudo como cualquier burócrata de un país de extremo paroxismo instaurado por una errática e irracional junta militar cuando ha tratado de aplicar leyes presuntamente lógicas; y el tipo que no dejaba de decirme que sin un par de dólares no había pasaje, que pagar en kyat era para los birmanos exclusivamente y yo turista, yo verdes de los impresos entre barras y estrellas. Finalmente fue un anciano, a la vuelta de esos cercanos cines Thamada a los que me arrastré como un mendigo, el que se apiadó de mí y me cambió de moneda birmana a dos dólares, pese a que para ello hubiera de ganarse el reproche de su mujer que no acababa de ver con buenos ojos el trueque. Después regresar corriendo a la estación de Yangon, y como quedaban apenas dos minutos para que saliera el tren, la cancela metálica que marca el acceso a los andenes en las estaciones birmanas ya había sido cerrada hacía tres; vuelta a la pelea a gritos hasta que, de improvisto, apareciera por allí un gerifalte trajeado que, viendo el circo de voces que estaba montando poniendo a los de la oficina de sinvergüenzas para arriba por no haber aceptado mis kyats de primeras, abrió la reja y me dijo que corriera al tren. Sangre española que bulle y genera vocerío siempre suele dar resultado, aunque en países budistas se puede sacar más con la calma y una sonrisa.

Indefectiblemente, una vez en Bago el problema reaparecía porque allí tampoco aceptaban kyat, y entonces lo dicho, el tal Ok, avispado, entró en escena.
-Yo te llevo a por dólares si me contratas para ver Bago-. Dijo resuelto mientras convencía al oficinista de la estación de que me fuera sacando el ticket, que ya me conseguiría él un par de pavos yanquis. 
-Suena justo-. Dije. -¿Y cuánto me vas a cobrar por pasearme unas horas?-.
-Suelen ser once mil kyat, pero te lo dejo en nueve-.
-Eso es imposible. Te puedo dar seis-.
-Siete-.
-No. Seis. Solo puedo seis. Mañana regreso a Bangkok y no me queda más dinero-. Dije mohíno pese a ser mentira. Mil kyats de diferencia no me suponían mucho, pero quería medir al chaval y su fuerza de voluntad.
-Hagamos una cosa. Si te quedas contento me das siete, de lo contrario los seis. En Myanmar se hace así-. Dijo convencido con una radiante sonrisa.
Lo pensé una décima.
-Hagamos otra cosa. Si me quedo contento te doy seis, y si no, no te doy nada. En España se hace así-. Respondí dejando caer las palabras con calma, puntualizando sílaba a sílaba. Ok rompió en una risotada. 
-He tenido clientes españoles y jamás escuche algo así. Pero me gusta tu sentido del humor-.
Me encogí de hombros, circunspecto.
-Serían españoles del sur-. Dije de repente. -Yo soy del norte-. Ok se quedo paralizado por un segundo, tratando de comprender. Y al cabo, en un calambrazo fugaz, soltó otra risotada justo antes de decirme “OK”. Que le gustaba mi sentido del humor, volvió a repetir otra vez, risueño, mientras subíamos a la grupa de una desvencijada moto china de baja cilindrada.  

-Aquello es el hospital-. Señaló a un punto que se erigía, blanco y trémulo tras el telón tórrido de canícula esteparia, en una campa desnivelada. Era una especie de edificio colonial en ele con amplias arcadas porticadas en pilares cuadrados, infectadas de grises desconchados producto de la humedad. -Allí fallecieron mi madre hace unos años y mi hermana hace unos meses. Llegaron enfermas, las tumbaron en una camilla y apareció un doctor. ¿Tenéis dinero? Nosotros que no. Y se fue. Al cabo de unas horas, o días porque no recuerdo con claridad lo de mi madre, ambas habían muerto. Allí mismo, en una camilla que podía haber sido la misma en ambos casos porque, como te digo, no recuerdo los detalles. Sin dinero no hay nada que hacer, no hay apellidos para nadie en Myanmar-. Aminoró la velocidad para que me hiciera una mejor composición de lugar y luego, sin previo aviso y como alma que lleva el diablo, aceleró de golpe tratando de dejar en el pasado las terribles vivencias. Siempre es encomiable procurar asimilar cómo conviven con la muerte en estos países de pobreza solemne. Sea el samsara, el ciclo de reencarnación budista, sea la propia naturaleza de sus gentes, el caso es que abruma hasta el congojo entender cómo aquí la vida y la muerte llegan a costar lo mismo y a hacerse compañeras de litera en desdichas. No hay nada en el mundo occidental que se le parezca, acaso México y sus gentes pueden presumir de una naturaleza similar en lo que a integración natural, incluso festiva, se hace del deceso. Pero a mí me sigue pareciendo un aspecto brutal, una faceta de profundidad tan abismal que dudo pueda llegar un día a ser comprendida y asumida en todo su sentido.

En otro momento nos vimos a la puerta de un monasterio, hablando de todo y de nada.
-Ahora tenéis un gobierno democrático-. Digo como quien no quiere la cosa, sintiéndome sucio por dejar caer el cebo ante un joven que da la sensación de, justamente, desear entrar a arramblar la frase como un Vitorino ante la vitola carmesí.
-Solo cambiaron el traje. En el fondo son los generales los que siguen gobernando. Nunca llegará la democracia, tenlo por seguro-. Lanzó unos vistazos rápidos en derredor para asegurarse que nadie le escuchaba. -Tienes pinta de ser observador. Y parece que te gusta escribir. ¿Cuántos ancianos has visto en Bago?-. Lo preguntó de un modo que me sonó bastante irónico. Me encogí de hombros haciéndome el loco, acallando el sarcasmo que deseaba brotar ante los cumplidos, pero ambos sabíamos de sobra cuál era la respuesta. -Ninguno. Nadie llega a anciano. ¿Le importa al gobierno?-. Remató sin esperar una posible contestación. Volví a encogerme de hombros y, con la lección aprendida, pasé a preguntarle de dónde había sacado esa camiseta (ajada) que llevaba del Manchester United. Ya había escuchado lo que quería escuchar, ya había certificado lo que ya sabía, pero queriendo más, masoquista que debe ser uno, súbitamente y al cabo de segundos le lancé un órdago. -Tú no crees en un futuro mejor para Myanmar, ¿verdad?-. Y repentinamente, por primera y única ocasión en todas las horas que compartimos, hizo algo similar a un intento de fijar sus ojos en los míos-. ¿Y tú?-. Respondió lacónico antes de desviar la mirada para seguir la trayectoria de una colilla de Red Ruby que lanzó suavemente a un descampado. Cuando ésta se acabó por consumir, ninguno de los dos había vuelto a abrir la boca.

A eso de las tres paramos en una beer station y saqué un par de jarras de deliciosa cerveza helada. Le di los siete mil kyat y le agradecí la charla. Luego me acompañó a la estación, se coló en el tren (imagino que otro efecto más de su compadreo con los currelas del lugar) y me indicó mi asiento. Nos dimos la mano cálidamente y, sin mirarme a los ojos, se giró para bajar del vagón y perderse en una maraña de longyis, pollos enjaulados y fardos envueltos en estraza, de matasellos ininteligibles. Las cabras y los perros, que seguían supurando pus de sus heridas, apenas habían oscilado unos metros su posición, lo justo para acomodarse en unas sombras de sol poniente que se alargaban cada vez con mayor profundidad. Recostados, dormitaban todos envueltos unos con otros, ajenos al bullicio de sube y baja que imperaba en un Expreso 32 presto a partir rumbo a su estación final, rumbo a Yangon.

P.S. Tardé entonces diez minutos de traqueteo ferroviario en escribir este texto bajo la mirada inocente de un puñado de ojillos de niños birmanos en rostros embadurnados de tanaka, hoy poco más he perdido en puntuarlo, y sin embargo me ha llevado unos días y gran esfuerzo superar un pozo de decepción, negra e infinita, para poder publicarlo desde la distancia física que me separa de Myanmar. ¿Cuántas personas birmanas, cuántos de sus muertos se han quedado sin voz, relegados al silencio, sin aparecer por esta ventana en este viaje?  

sábado, 23 de noviembre de 2013

En la senda del Bua Thong

Afortunadamente nunca es tarde para la primavera en muchos rincones del viejo Siam. Llega Noviembre y con él se transforman las cunetas de la provincia de Mae Hong Son para mostrar unas flores amarillas que inundan todo el panorama, llegando incluso a matar el propio verdor selvático tropical. Es el Bua Thong, una especie de margarita gigante completamente gualda en la que los pétalos tiran a pajizo y el disco interior, conjunto de pistilo y estambre, se torna a un ocre como el del adobe gastado por sol y lluvia. Su floración es todo un fenómeno en la provincia de Mae Hong Son y se ha convertido en el equivalente Thai al Sakura japonés, cuando los cerezos florecen en la primavera nipona dando lugar al baile de olores y estampas blancas, como de copos de nieve suspendidos, que regalan las flores de dicho árbol. Aquí todos los campos se ven inundados por mantos de puntos amarillentos que caen por las laderas hasta morir en las carreteras que serpentean entre los ondulados cerros de esta agreste región del noroeste tailandés. Es un espectáculo maravilloso, una sensación sin par sentirse náufrago en ese océano solar, y hasta se llega a desear no alcanzar jamás el destino. Sencillamente quemar kilómetro tras kilómetro, observando los dispares motivos geométricos que forman las flores punteando las faldas de las colinas, ya es un viaje en sí mismo. Aunque solo fuera por eso, llegar a Mae Sariang con este inmaculado telón natural de fondo supuso una ilusión desmedida en forma de bocanada de aire fresco tras el paroxismo en vaivén de Chiang Mai.  

Luego los templos, eclécticos. Siendo birmanos en tierra Thai, siendo Thai entre refugiados birmanos. Todos lucen un precioso trabajo de mampostería y tejados repujados en latón o aluminio tal que zarcillos de parra, elemento distintivo de la arquitectura religiosa del otro lado de la frontera. Los pies descalzos vuelven a sentir el quejido de los tablones de teca recalentada y en todos gobierna el trino de los pájaros a la par con el tintineo de los rematados parasoles de estupas, como no, gualdas. Solo ellos rompen un silencio sepulcral que me envuelve para hundirme en la añoranza de las campanillas de Sandamani, en Mandalay. A veces pienso que nunca debí salir de Myanmar, y en ocasiones como éstas, cuando la mente viaja desabrida por todo lo ancho del campo de los recuerdos, creo que en realidad nunca he llegado a salir del todo de Myanmar desde aquel Julio de 2007. Eso es algo que anima y devuelve un cierto orden y sentido lógico a tantas decisiones angustiosas tomadas recientemente que, en el fondo y por otra parte, eran inevitables.  

Junto a la vera de río Yuam, Mae Sariang gana otros matices distintos. Allí se borran las finas pinceladas amarillas para dar lugar a un único brochazo pardo de trazo grueso que, como una cicatriz, se pierde en meandros por entre un mar esmeralda de vegetación que se agosta sobre el cauce, acaso temeroso de perder el suave rumor que marca la presencia líquida. El río Yuam transporta fértil limo que va dejando posar en unas veredas preñadas de cultivos y, como todos los ríos, tiene mucho de hipnótico verlo transcurrir hasta que el azabache ocaso se lleva por fundido toda la gama de colores. Solo una grulla (¿la misma de ayer?) se perfila en la orilla opuesta del río, como títere sacado del teatro de sombras Wayang Kulit pero invirtiendo los tonos, llamando a su pareja con un graznido quejoso. Pronto incluso ella sucumbe entre las sombras, y el coro de ranas, grillos y cigarras, trueno esporádico de cadencia rítmica, da fe de que la naturaleza nunca duerme. Todos los recodos son dominio de geckos con aspecto perezoso y puntos luminosos de intensidad variable se van sumando y asomando sobre el río; el puñado de bares cobra animación en charlas de decibelios in crescendo junto a una música que siempre va un par de puntos por debajo, sin molestar. Es justo entonces cuando uno lamenta, compungido, haber tardado tanto tiempo, tantos regresos, en descubrir semejante vergel pacífico. Porque a nadie debería quedarle una mínima duda: Mae Sariang es uno de los tesoros mejor guardados de tierra Thai.

Eso se confirma un día sí y otro también, hasta que finalmente resulta que uno ha olvidado, por pura narcolepsia, si venía de o si iba hacia, convencido ciegamente de que aquello es lo de menos una vez enterrado en la senda del Bua Thong, entre las arterias vívidas de un Mae Sariang que estalla en crisol colorido diurno y en similar contrapunto acústico nocturno. Y es de esa razón cierta que la profundidad de sentirse viajero solitario, de conseguir dejar resbalar con naturalidad las palabras por entre las yemas de los dedos, adquiere el añorado grado superlativo tan complejo de hallar tras miles de kilómetros, tras una brutal carga de cansancio en las piernas y, sobre todo, el cerebro.  

Una melancólica reseña (des)enamorada

Siempre hay un momento en que el viajero, pese a lo cálido de Chiang Mai y sus gentes en todos los aspectos, desea abandonar la ciudad como a una amante despechada cualquiera, meretriz barata y vilipendiada relegada al nunca jamás. Ni se busca ni conscientemente se desea, sencillamente sucede el día menos pensado. Se anhela febrilmente sentirse viajero, regresar a la ruta, quemar kilómetros una vez que las ganas y la ilusión están de regreso. E incluso pueden llegar a aborrecerse en el extremo, por momentos de desazón o decepción inherente a uno mismo gracias a inconclusas rutas birmanas, todas las infinitas últimas horas pasadas en la vieja capital del reino Lanna tecleando, mirando al infinito, haciendo nada más allá de inspirar o expirar. En ese momento es complejo asumir que la capital septentrional Thai siempre se reviste de Don, de madre solícita, de regazo cálido y acogedor, de orquídea multicolor para todos esos que nos dejamos la piel en el continente oriental, en límites meridionales o recién regresados de los occidentales. Tal debe ser su magia y poder ensoñador que solo se percibe su añoranza cuando ya no se tiene, igual que aquel amor maldito de ni contigo ni sin ti.  

Pero las despedidas siempre son esclarecedoras, y es entonces cuando uno percibe, al tiempo que la mancha de la ciudad se pierde con el rebufo y arriban las mudas horas introspectivas y de plena convicción, que todos esos ratos muertos en realidad han sido los más intensamente vividos de todos. Aunque solo sea porque uno ha podido romper la baraja y ganar tiempo de realidad al enterarse de que el hijoputa de barbas sigue a lo suyo jodiendo y desprestigiando a su país y a sus ciudadanos, de que el otro barbachivo no le va a la zaga en forma de calamidad con patas y hasta de que lo nuevo de Extremoduro se ha visto barnizado por una guerrilla cuartelaría, con Guardia Civil incluida, que es para mearse de risa… o sollozar porque ni aquellos músicos ni este teclista somos ya unos animales. Tristemente los aceitunos de verde y tricornio nunca dejaron de serlo, mal que les joda el estigma. A tanto dan de juego las horas de relax, de rememorar Wiang Kum Kam, de charlar con casa y el curro, de mercados y rascarse la barriga en un Chiang Mai que de repente ya no se percibe tras la luna trasera.  

En derredor todo allí se construye y se destruye, se deshace y se vuelve a rehacer. Florece la convicción absoluta de que tiene mucho de cliente de “Proyecto Hombre” esa meta, mucho de Gregor Samsa con ojos rasgados… casi tanto como en lo que nos convertimos los que la correteamos por sus diminutos callejones transversales. La pensión donde dormí hace unos meses ahora son suites para ejecutivos (sabe Dios qué quiere decir eso en una ciudad turística a más no poder), la pensión cerca del Wat Sisuphan que hace dos años prosperaba, hace un año era escombros y ahora luce piscina y todo tras un cartel de esos de boutique de nombre patatín o patatán. Ni que decir tiene que solo espero cenizas del garito donde dormí a pierna suelta las pasadas noches. Si hablo de Baan Tawai es igual, si hablo de los locales de la zona de Ratchadamnoen tres cuartos de lo mismo, el mismo Wat Sisuphan citado va creciendo paso a paso, Tao y el perro pelanas que agonizaba en este infierno particular parecen no haber existido jamás… Uno tiende a pensar si no será el pellejo propio acaso el único pergamino azufrado, por anclado al pasado, en toda esta historia. Y casi sin darse cuenta, cavilando, llega a la raíz del asunto, a saber por qué ama locamente esta localidad, a entender cuánto ha cambiado él a tenor de ese castillo de naipes que se muele y remuele a su alrededor. Solo por eso Chiang Mai tiene mucho de reparador efecto anestesia, de terapia aconfesional. Nunca te va a decir a dónde vas, jamás, pero siempre te va a recordar por qué eres lo que eres, por qué has sido lo que ya no eres. A veces un viajero deprimido y exhausto necesita que, sencillamente, le recuerden quién es y a dónde quiere ir; aunque en el intervalo haya vuelto a suspirar por ese Chiang Mai que se incinera a sí mismo, por ese viajero que nunca jamás volverá a ser, ya rehecho de sus cenizas cual Ave Fénix inmortal y partido rumbo a Mae Sariang.  

En el fondo solo necesitaba descansar unos días sabiendo dónde dormiría hoy, mañana y pasado, echar unos tragos, fumar unos pitillos; volver a encontrar mi brújula en el baúl de esa desmemoriada memoria, salir de la hoguera para volver a ella con coraza renovada. En el fondo, de corazón, uno sabe que jamás termina de abandonar los tendones de un Chiang Mai en cuyas esquinas se partió hasta el tuétano, aunque este nuevo bus siga quemando kilómetros rumbo a cerca de la frontera birmana uno detrás de otro, uno tras otro. Podría ser cualquier latitud porque el destino siempre es lo de menos, la idiosincrasia de Chiang Mai ha sabido recordármelo una vez más. Y reconfortado por esa certeza, como la deuda permanente en que se ha convertido, chute en vena ocasional, solo queda acurrucarme en el asiento de azul lona rajada viendo los arrozales morir en lontananza fundidos en el celeste cielo punteado de cúmulos grisáceos, sabiendo que volveré a regresar a morir en su orilla pero sin saber a ciencia cierta cuándo me lo reclamará esa piel renegrida que se me lleva a tiras…

P.S. Encontré la felicidad viendo las parduzcas y limosas aguas del río Yuam correr con ritmo pausado en el vergel que es Mae Sariang ;-) Sin prisa por alcanzar Mae Hong Son o el lejano Isan.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Wiang Kum Kam

El año de 1292 fue deplorable para las gentes del viejo reino Mon de Haripunchai. Lo habían predicho los brahmanes e incluso su propia trayectoria bélica decadente lo hacía intuir, pero nadie quiso creérselo porque quinientos años de historia no podían ser borrados de un plumazo, como si nada. Si antes fracasaron en su intento de conquista los jemeres, ¿cómo podría derrotarles el vecino norteño? Sin embargo el poderoso rey Mengrai, al mando de las hordas de Lanna y ya a las puertas de la vieja capital Mon que actualmente es llamada Lamphun, no entendía de historias y mucho menos sabía de predicciones ascéticas. Las gentes Mon eran sus enemigos naturales y la expansión de su reino, el del millón de campos de arroz, era una pura necesidad. Así, ese 1292 marcó con escarnio la caída definitiva del reino Mon a manos de gentes Thais y su postración definitiva en las páginas de la historia consumida. Lanna, el viejo y maleado reino Thai del millón de campos de arroz, sumaba más y más tierras en una expansión imparable.

Fue entonces cuando el insigne rey Mengrai decidió trasladar la capital del norteño reino de Lanna, el del millón de campos de arroz, desde Chiang Rai a una nueva localización más céntrica donde dominar sus vastas posesiones. Consultó a astrólogos y brahmanes; todos se acabaron decantando por el mismo lugar. Lo que a día de hoy queda claro es que a ingenieros no debió preguntar a ninguno, porque poco podían imaginar los metafísicos que aquel emplazamiento elegido, bautizado como Wiang Kum Kam, adolecía de una buena ubicación frente a las temidas inundaciones. El río Ping daba la vida regando arrozales y proveyendo generosos nutrientes en forma de pescado, pero su furia al desbordarse en época de monzón de lluvia resultaba catastrófica y no bastaron sino cuatro años para entender el error estratégico de aquella localización. El germen de aquella ciudad, prontamente abandonada a su suerte y olvidada por las gentes una vez que el propio reino Lanna fue sumado por las tropas invasoras birmanas, es lo que hace apenas una veintena de años jóvenes arqueólogos han destapado a apenas cinco kilómetros de lo que fue el asentamiento definitivo y más protegido de la nueva capital: la actual Chiang Mai.

Los vetustos y rectificados templos, de ladrillo ocre o gris estucado, se desparraman por una vasta área dando un ligero aroma de atemporalidad que flota entre vahos de sándalo y jazmín. Por allí nos juntamos cuatro apasionados de la historia para tratar de dar un sentido más profundo a todo nuestro enfoque sobre un reino Lanna que juega al gato y al ratón, mostrándose de un modo ocasional entre los callejones de un Chiang Mai travestido por oleadas de turistas. Al menos aquí, en Wiang Kum Kam, no se hace necesario rascar ya que su obviedad histórica aún es palpable haciendo de su visita otro hermoso entretenimiento dentro de la infinita gama de opciones culturales que encierra la septentrional capital Thai. Sin mochila ni cámara, pero fustigando la imaginación entre seres Mon y Thai, entre épicas batallas, entre dinastías de leyenda y entre reyes Thai como Mengrai o reinas Mon como Jamadevi pasaron con calma las últimas horas en la Rosa del Norte.  

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Una debilidad desconocida: Wat Sisuphan

Anoche tuve que regresar a la pensión con el agua por las rodillas, tremenda tromba de agua cayó. Y mañana Wiang Kum Kam si mi maltrecha tripa lo permite... Nunca hay prisa por salir de Chiang Mai.  

martes, 19 de noviembre de 2013

Loy Krathong en Tak y Chiang Mai

No sé muy bien por qué, pero tengo la sensación de que Chiang Mai me recibe este año de un modo hosco y poco amistoso. Chai yen, chai yen (corazón frío) pienso tras patear media docena de pensiones, todas en full, con esa inquebrantable querencia viajera de partir a otro destino que empieza a palpitar rabiosa ante la decepción. La vorágine del Loy Krathong me ha atrapado y la multitud de turistas que constantemente arriban a esta preciosa localidad norteña parece haberse citado en su totalidad justo en estas fechas. Chiang Mai se consume en frenética espiral interna mientras la mente navega de regreso al precioso festival vivido la noche pasada en Tak. Allí todo era un fondo de océano en llamas ante un enorme río Ping que refulgía con miles de krathongs arrastrando los pecados y malos deseos de miles de ciudadanos Thai. Siempre es agradable volver al calor del hogar, aunque en un determinado momento la torrencial lluvia decidiera poner fin al espectáculo en Chiang Mai, apagando las lucecitas de decenas de carrozas y sumiendo tantos corazones en desilusión. Es tiempo de recuperar ánimos y fuerzas con el adorable Loy Krathong de trasfondo, de dejar flotar río abajo tantas fatigas y penurias chinas, tanta decepción acumulada en una terriblemente cambiada tierra birmana. El krathong se marcha, con su llama titiulante, y pienso que siempre suelo diferenciar los festivales del sudeste asiático en dos clases: los de soplar alcohol por un lado y los más íntimos y religiosos por otro. Éste, afortunadamente, es de los segundos y así es muy fácil contagiarse de la espiritualidad que se multiplica a la ribera de ríos y lagos, con todas esas lucecitas flotando suavemente, hipnóticas, con tantas familias unidas en derredor de un simbólico cuenco de coco que purifique el alma…