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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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lunes, 28 de octubre de 2013

Resumen a vuela pluma en Wuyishan

Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Miro hacia arriba y llego a creer que los miles de escaleras de la montaña Sanqing van a acabar conmigo. Suspiro resignado, admiro las moles graníticas de formas caprichosas a mi alrededor, y sigo ascendiendo cada vez con una cadencia más pausada. Una vez arriba, las gotas de sudor perlan mi frente, la camiseta y los pantalones se me pegan como una segunda piel y la mochila parece llevar una carga de varias toneladas. Un anciano, acaso otro único ser vivo en esas alturas, me mira, hierático, mientras pela un calabacín. Pienso con nostalgia que atrás quedaron los campos de té, nísperos y mandarinos que poblaban las llanuras de una ya lejana Zhejiang occidental, y suavemente me dejo caer al lado del anciano en el recoveco sombrío que ocupa. Nos regalamos una sonrisa mutua y me indica con la verdura unos escalones labrados en la piedra. “¿Es el final?” pregunto en inglés. Él se encoge de hombros, pierde la inocua mirada en el vacío y da otro mordisco al calabacín. Supongo que solo falta una decena de pasos para llegar al mirador y sonrío afortunado por haber partido de Jinsha, al pie de la montaña, a primera hora, única alternativa para evadirse del bullicio de los ciudadanos chinos. Ahora es todo para mí. Avanzo con calma los últimos escalones porque mi rodilla izquierda ya lleva un buen trecho pidiendo clemencia y, una vez en la cumbre, tiro la mochila, el dolor se esfuma y me quedo boquiabierto admirando el paisaje. No doy crédito a lo que se abre ante mí. Realmente mereció la pena, ¡vaya que sí! La bruma cubre el horizonte en los trescientos sesenta grados y de ella surgen, en capas y como islas olvidadas de un océano plateado, los picos de decenas de cordilleras coronadas por pinos de distinto tamaño y forma, nacidos de las escarpaduras, en equilibrios imposibles. El silencio, el panorama y la nervadura del horizonte fustigan la ensoñación. Absolutamente precioso. El sol que se despereza a mis espaldas crea sombras que resbalan por las paredes verticales en el precipicio ante mí para, mudo, sentarme en un risco y devorar con fruición el último plátano y otro pedazo de chocolate; absorto, pensando lo placentero de morir allí mismo, ante semejante paisaje, tan cerca de un cielo que se diluye entre las yemas de los dedos. Empiezan a bullir en mi imaginación todas esas pinturas clásicas chinas de cumbres entalladas, adornadas con pinos ocasionales. Dicen que reflejan Huangshan, la montaña amarilla que no queda lejos de aquí, en Anhui, pero yo creo que podrían reflejar también las cumbres de este Sanqingshan, quizás olvidado por poetas y pintores. La brisa que se levanta juguetea con las acículas, incapaz de hundirlas en el abismo infinito que se abre en el cañón granítico, y empiezo a pensar que todavía queda mucha montaña por recorrer.

Paso las horas en el tiovivo de los distintos senderos, observando cómo crecen los turistas con el paso del sol por un cielo de un azul cada vez más intenso. Me cruzo con ancianos transportados en palanquines rústicos de bambú, con niños ensimismados ante las caídas que regalan los senderos voladizos, con niñas de pelo recogido en quiquis con gomas de colores que, fatigadas, han de ser llevadas a reconcón a lomos de sus padres… nadie quiere perderse el tesoro que esconde la montaña Sanqing. Pierdo la mirada con muchos seres, sonrisas amargas, y trato de encontrar un gramo de su compasión que es vana porque cada uno lleva como buenamente puede su penitencia correteando por las cumbres, subiendo y bajando picos. Los abruptos desfiladeros se abren por doquier, las proporciones colosales de las murallas de granito empequeñecen el alma, las cámaras de fotos siempre encuentran un objetivo en cualquier dirección… Sanqingshan, qué duda cabe, es puro espectáculo.

Llegar al día siguiente a la provincia de Fujian, a Wuyishan, me llevó de escala por Yushan y Shangrao. Había dormido como un enano, exhausto como bajé de la montaña Sanqing, sin saber siquiera qué soñé pero convencido de que, a ciencia cierta, fue algo agradable a tenor del ánimo con que desperté. Sin embargo la naturaleza humana no entiende de porqués ni de rutas y, una vez fuera de la cama, las agujetas me volvieron a tumbar derrengado en el rocoso catre hasta que fui capaz de desentumecerme mínimamente. Pasaron las escalas fugaces para, una vez en la montaña Wuyi, apenas a ciento veinte kilómetros de mi anterior destino, encontrarme con otro paraje demoledor que me esperaba paciente igual que muchos susurros de la China oculta, almidonados entre las nubes. Busqué una pensión en la zona de hoteles procurando no reventar mi presupuesto porque, sin apenas darme cuenta, acababa de entrar en un área turística y alejada de la idiosincrasia china. De antemano sabía que en Fujian el dinero brotaba como los manantiales, que era un sitio próspero muy por encima de la media del país, pero aquello me desarmó. Toda la zona parecía sacada de cualquier lugar de occidente, de a millón el metro cuadrado: calles impecables, olor a pintura, construcciones en derredor -las ya finiquitadas impolutas-, farolas de diseño con forma de lotos abiertos, neones a mansalva, audis, hondas, toyotas… y tiendas de recuerdos donde el té y las tallas de madera, algunas de dimensiones colosales, sembraban todo aquello donde se posaran los ojos. Los yuanes cambiaban de mano con una celeridad fugaz y, rascándome la cabeza, daba gracias al cielo por haber sido capaz de sacar una habitación por apenas doce euros, cien yuanes, en un extraño tugurio que amenazaba derribo dentro de este maremágnum que promete despedazar a cualquiera de fondos tan secos como los que encierran mis bolsillos. Dolorosamente lejos quedaban los cincuenta yuanes por dormir en Yantoucun o los setenta de Sanqingshan. 

Una vez en el parque nacional, la naturaleza vuelve a lucir indómita y las jodidas escaleras se multiplican hasta el infinito. Subo miles de peldaños irregulares con suavidad, pisando acículas resecas que crujen al partirse entre una mullida hojarasca. De nuevo solo porque, afortunado de mí, allí no hay ni Dios. De hecho ni en la taquilla había nadie y me colé por el morro. Supongo que levantarse a las seis también tiene este tipo de recompensas. Arriba vuelvo a estar derrengado, extenuado, pero una vez más mereció la pena. Decenas de columnas calizas de alturas variables, tajadas por el filo de un sable invisible, hacen de pérgolas sobre las que la propia naturaleza ha trazado su ley desparramando una vegetación frondosa, en collares y diademas esmeralda, que contrastan con el intenso color cobrizo de la piedra. Es brutal de bello. Los gigantes pétreos guardan con celo el discurrir de un riachuelo en sus meandros y constantemente se abren senderos que muestran, incitantes, nuevas rutas a lo desconocido en una tentación demasiado potente como para dejarla de lado. Pero eso es demasiado para la paliza que llevo encima, así que decido hundirme en el cauce e invertir un par de horas en las barcas turísticas, no en vano la atracción número uno del área y a la que llegar será otra historia. Por lo pronto, una vez abajo, miles de chinos vociferantes desfilan ante mí fagocitando con su ajetreo mi ilusión por el lugar. Menos mal que pude vivir mis tres horas de gloria, pienso circunspecto.

Al intentar subir al bus turístico me dicen que sin “piao” (ticket) no hay tema, así que mi gozo en un pozo y me veo obligado a regresar a la taquilla. Pero justo allí mi suerte vuelve a brillar ya que me encuentro a un par de aldeanos que paseaban a media montaña y a los que encontré bajando del pico una hora antes, explicándoles que iba donde las balsas de bambú. Los tíos que no saque ticket de bus urbano ni por el forro, que pille un bus corriente, no el turístico. Y, ni cortos ni perezosos, me acompañan al apeadero, paran un bus anónimo que pasaba, le explican al conductor dónde voy y además de eso, por si todo lo anterior fuera poco, me pagan los dos yuanes del ticket para mi absoluta perplejidad y pese a mis enconados intentos de lo contrario. Desde luego muchos chinos tienen cosas adorables a menudo.

Río abajo admiro las oquedades que se abren en muros cortados al ras en ángulos de casi noventa grados. Suspiro fatigado mientras el agua helada se filtra por entre las cañas de bambú de la barca regándome los pies, y ni siquiera un corrillo de garcetas níveas me saca de mi abstracción. Sin darme cuenta, los ojos se me cierran furtivamente y al abrirlos creo que es hora del punto final a un Wuyishan que mañana se perderá tras el tren o el bus que me lleve a Nanchang, difuso tras el telón de una espesa voluta de polucionado polvo ocre.  

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Hi bro!
Muy chulas las fotos y mas aun sabiendo lo que te ha costado llegar allí a tomarlas. Pero veo q además de las fotos te llevas un buen recuerdo en el corazón. Llevalo bien abierto para q disfrutes de todo esas experiencias q te aguardan en tu viaje. Ah y tomate unas birras y un poco de comida cantonesa que estaras desfallecido con lo andado y un par de plátanos en el cuerpo ;-). No estas tan solo como parece bro, camino cerquita tuyo.Take care. Big hug

Anónimo dijo...

Hi bro
Que pasa con la estrada de hoy? es la que mas estamos esperando y tu...vete a saber por ahi tomando birras sin acordarte de los demás, jajjajjaja
Bueno, aprovecho la entrada mas reciente para ponerte esto:

zhù ni shengrì kuàilè
zhù ni shengrì kuàilè
zhù ni xìngfú zhù ni jiànkang
zhù ni qiántú guang míng zhù ni shengrì kuàilè
zhù ni shengrì kuàilè
zhù ni xìngfú zhù ni jiàn kang
you gè wennuan jiatíng

Ala, vete al bar brinda conmigo(yo haré eso en casa con un scoth whisky que tengo) y pregunta algún chinese de por esos lares que te traduzca lo arriba escrito. Hey!!! que te veo, no vale traductores, que ya son muchos años juntos. relacionate y pregunta que cuando quieres ahorrarte unos yuanes con tu carnet de estudiante no te da reparo, jejejejeje.

Que pases un dia chuli

Prost y un abrazo de esos chaaaaapas. Mooooolaaaaa

Anónimo dijo...

zorionak camarada botas desde la herriko te deseamos un feliz dia asiatico, no se si me entiendes... tenia una piel tio...
pues eso disfruta del dia de tu viaje, y espero que descojono, subistes todas esas escaleras y sacaste las fotos el mismo dia, y pudiste, no me lo creo, tio, son postales porque la ultima vez que te vi no eras precisamente un sherpa para subir tanto camarada... jejeje en fin zorionak cuidate y recuerda siempre con condon...

Anónimo dijo...

seguro que lo del pavo anónimo significa zorionak to you, happy birthday zuri, todos te deseamos:cumpleaños fyliz.
bon voyaje kun fu.
pd.llamaalagorda.

Anónimo dijo...

Pero que pasa tiu? dónde andarás liado majete!! ;-)

Me esperaba que después de la fiesta pusieras al asi como:
"er jestilo minj....a jajajajjajajaj es buy jonito en esta parte rem... vamos aqgiiiiiijjjjmmmmmmm ,,,,,," y que calleras redondo al suelo, pero que no hayas conseguido llegar al teclado....menuda fiesta, jajjajaja. ahora pon lo del firewall chino y demás historias que se te ocurran pero no traga.
Bueno pues nada esperaremos que amanezcas ;-)
take care bro