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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 31 de octubre de 2013

Correteando por el norte de Jiangxi

Total, que me sobraba un día por la fuga antes de lo previsto de Wuyishan. De este modo, triste esclavo de la memoria que es uno, la cercanía del condado de Wuyuan resultaba demasiado tentadora como para no darme una vuelta y descubrir otro par de pueblitos, al igual que hiciera en 2010 con Wangkou y Xiao Likeng. Esta vez no hubo necesidad de moneda al aire para marcar mi destino, tal y como me sucedió con Phetchaburi, en Tailandia, hacía un año. Esta vez tenía claro dónde quería ver salir el sol y Luotiancun, mi teórica siguiente parada, podía esperar. Así que embarqué rumbo de regreso a Shangrao, como escala, mientras pensaba por qué demonios no podré ser yo como todos esos coleccionistas de visados que afirman, ufanamente, que regresar a los sitios es desperdiciar el tiempo. Ilusos de matriz incapaces de rascar un ápice de lo que se esconde tras las gentes de sus instantáneas. ¿Acaso existe algo más hermoso que el reencuentro con la misma sociedad que te nutrió y cuidó en el pasado? ¿Y qué decir de las mini-sociedades rurales donde el contacto se estrecha hasta el infinito? Verme de nuevo en Xiao Likeng se acababa de convertir, merced a viajar sin ataduras, en una droga demasiado potente para mi concepto ya no de viaje, sino de existencia.

Una vez en el bus desde la zona de hoteles a la estación de Wuyishan me tocó devolver la moneda en forma de dos yuanes. Todo en esta vida gira, y se pasa por todas las situaciones antes o después, solo hay que saber entender con humildad el rol que corresponde a cada momento. El caso es que se subió al bus un anciano demacrado, con aspecto de agonía perpetua, de pelo cano, castaños ojos acuosos y rostro cuarteado por unas arrugas profundas como grietas, anchas como surcos; se sentó y pasó una tarjeta monedero por un lector que, automáticamente, empezó a pitar de modo insistente la ausencia de saldo. El conductor paró en el arcén y comenzó a gritar al abuelo quien, abrumado, agachó la cabeza presa de la humillación. El resto del pasaje guardaba un sepulcral silencio, con seguridad abochornados por la escena. No entendía el porqué de aquella actitud ya que, si por algo destaca China como sociedad, es por el respeto absoluto a sus mayores, pero ahí tenía opción de devolver a Wuyishan parte de lo regalado, de poder partir en paz sin deber nada a nadie. Metí la mano al bolsillo, saqué dos billetes de un yuan que dejé caer en el poste monedero (en muchos buses internos de ciudades chinas no existe el concepto de revisor, sencillamente uno que viaja sin tarjeta electrónica deja caer el importe en estos postes, con una abertura un poco más ancha que la de una hucha, y tira millas), miré al conductor y señalé al anciano. Deuda saldada para el anciano y para mí. El conductor me miró con aspecto entre sorprendido y confuso, cerró súbitamente la boca, desembragó en segunda y partió la tartana renqueando. Se velarán las fotos, se pudrirán los vídeos, pero quedará el recuerdo de cómo una pareja de aldeanos pagaron mi peaje y cómo, apenas un día después, hube de devolver el favor a otro anónimo. Eso, la solidaridad mutua por nimia que sea, es lo que forja una ruta en cualquier latitud, el mejor viaje.

Ya en la reluciente estación de buses Wuyuan nada recuerda a lo que yo conocía. Toda la zona ha cobrado un auge desmedido, rodeada por edificios impecables que han brotado como setas, reforzando esa tristemente conocida sensación de burbuja inmobiliaria de difícil cálculo en su eclosión dados los mil trescientos millones de seres que cohabitan el país de las cinco estrellas gualdas. El día que esto reviente, lo sucedido en España serán fuegos de artificio en comparación, pienso resignado. Nada más salir, buscavidas persistentes revoloteaban en torno mío ofreciéndome transporte y alojamiento en una especie de Kuta en miniatura. Todos vociferan el nombre de una calle que había leído en la guía LP, acaso destino predilecto de espíritus con poco afán de aventura. Alucino en colores con la situación pero, sencillamente, un letrero de hotel se ilumina a mi derecha dándome el refugio perfecto. Setenta yuanes que hubiera pagado a gusto ya no por la habitación o el internet inalámbrico, sino por el mero hecho de no tener que pegarme con la jauría que se arremolinaba a pocos metros. Y de no tener que acabar en la dichosa calle, mejor ni hablo.

En el condado, fuera del hormigón, brilla una magia dispersa, desparramada por los rincones. Es aquí, en los alrededores de la ciudad, donde parece que el tiempo pasó de largo, que se perdió esta estación, y ahí radica su esencia porque muchos de los pueblitos del área aún permiten paladear con orgullo una China de a ras de suelo que en Wuyuan capital fue fagocitada en un santiamén. Quizás eso es lo que piden sus habitantes en gritos mudos, ser descubiertos, ser levemente contaminados por un mundo voraz a cuenta gotas de tres años. O igual es solo que yo lo prefiero entender así. Aquí la vida transcurre tranquila, entre acequias y riachuelos donde el agua acaricia, puliendo los riscos, y parece querer saludar a cada puente centenario con su latir pausado. Los perros dormitan en sombras, los críos pedalean en bicis oxidadas donde los cambios son pura quimera, los ancianos se arman de horcas o rastrillos para aventar o extender al sol la simiente, las respectivas enjuagan la colada entre conversaciones preñadas de sonrisas… Wuyuan, tal y como lo recordaba, aún no pereció. Aquí todo vale lo que cuesta, sin artefactos ni artimañas; y los seres lo son por lo que cuentan, no por lo que atesoran en bienes materiales. Aquí las sociedades aún se rigen por leyes puramente humanas, enraizadas en el acervo generacional, y por valores que deberían hacernos enrojecer de vergüenza por no entender, por haber dejado morir en el olvido su profundidad. Solo por ello, volver a pasear por el condado de Wuyuan tres años después me hizo volver a ser el tipo más feliz sobre la faz de la tierra. Aunque solo fuera por unas horas.

Paseé por Qinghua, Sixi y Yancun, admirando los claustros de decenas de casas, moradas de antiguos prósperos mercaderes, impregnándome de un estilo arquitectónico, el Huizhou, que me tiene hechizado. A mediodía me quedaba tiempo para la visita estrella: el regreso a Xiao Likeng. Igual a como lo dejé. Han montado una callejuela artificial en la entrada al pueblo y poderosas vigas sustentan una autopista elevada, pero el resto, lo realmente valioso que son sus gentes, ni se han despeinado tras tres años. Allí aguardaban los ancianos de chaqueta añil y gorra calada en el mismo color. Eché un par de cervezas y disfruté del momento porque poco podía imaginar el carrusel que me esperaba en las siguientes horas…

Tenía entendido que el último bus a Nanchang salía a las cinco de Wuyuan capital y para las cuatro aún andaba callejeando por Xiao Likeng, convencido de que no había problema aparente porque en bus local apenas hay veinte minutos entre ambas. El primer contratiempo surgió en que, a la salida de Xiao Likeng, no había motoristas ni buses públicos, solo esos ubicuos buses de turistas chinos en turoperador. Esperé un rato chequeando nervioso el reloj a cada minuto, esperando algún tipo de transporte, hasta que no me quedaron más huevos que parar al frutero, que volvía en su camioneta después de una jornada de venta. Era un chaval joven, lampiño como sus congéneres de nación, con una sonrisa permanente quien, ni corto ni perezoso, apiló unas cuantas barcas de fruta para hacerme un hueco, bajó la cartola posterior y me indicó que subiera. Genial, difícil imaginar modo más elegante de moverme por el condado de Wuyuan. El tío resultó ser un fitipaldi de cuidado y, en más de un par de ocasiones, me vi lanzado de un lado a otro del remolque mientras aprovechaba para hincar el diente a unas mandarinas que por aquí son toda una delicia y que bailaban de lado a lado con cada golpe de volante. Una vez que paró en el centro de Wuyuan le extendí un billete de diez yuanes, le pedí media docena de naranjas gordas -las pequeñas me habían parecido demasiado dulces- que guardé en la mochila para más tarde, y ambos nos despedimos con una sonrisa y un “xie, xie” mutuo. 

Pero así solo había solucionado medio problema porque todavía tenía que llegar a la estación, situada en unas afueras a las que llegué, cardiaco, a las cinco menos cinco ya que el motorista que me llevaba de paquete se había perdido en el trayecto. No importaba, volaron otros diez yuanes pero yo estaba a tiempo. Entré a toda leche a la estación y… no había billetes. La jodimos, tía Paca. La madre que me echó. Había estado allí a primera hora de la mañana, abordando el bus a Qinghua, y no había tenido la previsión de sacar el ticket. Todo confiado y feliz que estaba. En realidad a veces tengo la sensación de que sigo siendo un novato de cojones. Saco el mapa de la provincia de Jiangxi del baúl de la memoria y, mentalmente, localizo una escala, una ciudad importante que me pueda ir acercando a Nanchang. ¡Claro, Jingdezhen! Es una ciudad grande, aunque llegue allí a las seis y media no debería tener problemas para encontrar un bus a Nanchang, pienso convencido. Pregunto a la oficinista y, ¡bingo!, me confirma que sale uno en cinco minutos. Recojo la maleta del hotel y me piro corriendo a subirme a un bus que ya se marchaba.

Mas el conductor del bus a Jingdezhen, como sucede con la mayoría de sus colegas, no debía tener muy claro el concepto de estación de autobuses por lo que, una vez en la periferia de Jingdezhen, el tío nos expulsó a la docena de viajeros donde le salió de los mismísimos, que resultó ser donde Cristo perdió el gorro. Aquello estaba todo a oscuras, allí no había ni buses, ni estación, ni gaitas, y solo el frenesí inherente a estos ciudadanos, todo el día con prisas y correteando como hormigas de un lado para otro, me recordaba que al menos no estaba perdido en una tupida jungla tropical. Y lo hacían a base de empujones mientras yo, absorto, me decidía entre mandar al gorro Luotiancun y quedarme allí a dormir o seguir perseverando en llegar a Nanchang. Y en esas estaba cuando un tipo que paseaba por allí comenzó a dar voces. ¿Ha dicho Nanchang? Me arrimo al notas y, cuando aún no he terminado de pronunciar Nanchang, agarra mi maleta, la tira al maletero de un coche y de un empujón me lanza al asiento trasero donde esperaban otros dos fulanos, y en los asientos delanteros otros dos. Cojonudo, ya estamos todos. “Ah, claro”, pienso convencido, “este será el que nos lleva a la estación de donde salen los buses a Nanchang. Por eso el bruto ese gritaba lo de Nanchang”. Y el taxi, que resulta que era un taxi, avanza uno, dos, tres, y sigue avanzando, cinco, diez kilómetros… El taxista comenta algo con uno de los fulanos y baja la bandera del taxímetro que empieza a correr. No entiendo nada. Le toco en el hombro al chaval que conducía. ¿Y la estación? Me enseña su licencia de taxista. Sí, eso ya lo he deducido por mí mismo. ¿Y la estación? No, no, no estación. Vamos todos a Nanchang. La madre que me parió. Y ya no tiene solución. Me abrocho el cinturón después de pasarme al asiento delantero porque, al parecer, debo ser muy ancho para compartir asiento trasero con dos chinos esmirriados, y empiezo a pensar la bancarrota que acabo de montar. Y cada kilómetro el peso de la irresponsabilidad de no haber sacado el jodido billete a primera hora me azotaba con mayor fuste. Entre eso y la música tecno a toda caña de este otro conductor que trataba de emular a Alonso, tuve tiempo de murmurar todos los juramentos habidos y por haber.

Una vez en Nanchang, ya de noche cerrada, el taxímetro escupe cerca de 600 yuanes. Bueno, entre cuatro a ciento cincuenta. Pierdo un pico pero gano tiempo para Luotiancun, me digo más animado. “Y a ti, ¿Dónde te dejo?” me comenta el conductor. Hombre, pues puedes hacer como los de los buses y tirarme aquí mismo, pienso resignado. Le digo, a duras penas, que busco un hotel, que me lleve a la estación de buses… a cualquier estación de buses. Y el tipo empieza a farfullar muchas palabras de entre las que capto “sichesan meio binguan” (la estación no tiene hoteles). Empiezo a estar más que harto y noto cómo el odiómetro a lo chino ha subido ya demasiados enteros en un día. Que me deje donde le apetezca. ¿Qué te doy? Saco un par de billetes rojos de cien y el tío que no se cuanto. Que me lo repitas. Que no se cuanto… Le señalo, encabronado, el móvil. Teclear y los números los sabes, ¿verdad? 80 yuanes. No doy crédito, acabo de descubrir la inversión del siglo. Ciento setenta kilómetros por autopista de peaje y por apenas diez euros… ¡y sin necesidad de enseñar el carnet de estudiante! Recojo las vueltas, saco la maleta y me las piro a toda leche no sea que el joven se dé cuenta de que se ha olvidado un uno por delante. Y con todo lo grande que es Nanchang, tiene cojones la cosa, el tío me acaba dejando a dos calles de una estación que me es señalada por un anciano al que le enseño el pliego de papel donde otro fulano me escribió “estación de autobuses” en chino. Así, exhausto, cabreado conmigo y con el mundo, acabo tirado en una pocilga de baño compartido y paredes como de poliestireno que me dejan en cincuenta yuanes. Sin siquiera desvestirme, me tiro en el catre y antes de chascar los dedos estoy roncando. Feliz cumpleaños. 

P.S. Lo de hoy y más fotos (hoy me ha tocado conexión a carbón), para otro día… Gracias por las felicitaciones por aquí o por el caralibro. Es una gozada seguir cumpliendo veintipocos...  

lunes, 28 de octubre de 2013

Resumen a vuela pluma en Wuyishan

Inspirar, expirar. Inspirar, expirar. Miro hacia arriba y llego a creer que los miles de escaleras de la montaña Sanqing van a acabar conmigo. Suspiro resignado, admiro las moles graníticas de formas caprichosas a mi alrededor, y sigo ascendiendo cada vez con una cadencia más pausada. Una vez arriba, las gotas de sudor perlan mi frente, la camiseta y los pantalones se me pegan como una segunda piel y la mochila parece llevar una carga de varias toneladas. Un anciano, acaso otro único ser vivo en esas alturas, me mira, hierático, mientras pela un calabacín. Pienso con nostalgia que atrás quedaron los campos de té, nísperos y mandarinos que poblaban las llanuras de una ya lejana Zhejiang occidental, y suavemente me dejo caer al lado del anciano en el recoveco sombrío que ocupa. Nos regalamos una sonrisa mutua y me indica con la verdura unos escalones labrados en la piedra. “¿Es el final?” pregunto en inglés. Él se encoge de hombros, pierde la inocua mirada en el vacío y da otro mordisco al calabacín. Supongo que solo falta una decena de pasos para llegar al mirador y sonrío afortunado por haber partido de Jinsha, al pie de la montaña, a primera hora, única alternativa para evadirse del bullicio de los ciudadanos chinos. Ahora es todo para mí. Avanzo con calma los últimos escalones porque mi rodilla izquierda ya lleva un buen trecho pidiendo clemencia y, una vez en la cumbre, tiro la mochila, el dolor se esfuma y me quedo boquiabierto admirando el paisaje. No doy crédito a lo que se abre ante mí. Realmente mereció la pena, ¡vaya que sí! La bruma cubre el horizonte en los trescientos sesenta grados y de ella surgen, en capas y como islas olvidadas de un océano plateado, los picos de decenas de cordilleras coronadas por pinos de distinto tamaño y forma, nacidos de las escarpaduras, en equilibrios imposibles. El silencio, el panorama y la nervadura del horizonte fustigan la ensoñación. Absolutamente precioso. El sol que se despereza a mis espaldas crea sombras que resbalan por las paredes verticales en el precipicio ante mí para, mudo, sentarme en un risco y devorar con fruición el último plátano y otro pedazo de chocolate; absorto, pensando lo placentero de morir allí mismo, ante semejante paisaje, tan cerca de un cielo que se diluye entre las yemas de los dedos. Empiezan a bullir en mi imaginación todas esas pinturas clásicas chinas de cumbres entalladas, adornadas con pinos ocasionales. Dicen que reflejan Huangshan, la montaña amarilla que no queda lejos de aquí, en Anhui, pero yo creo que podrían reflejar también las cumbres de este Sanqingshan, quizás olvidado por poetas y pintores. La brisa que se levanta juguetea con las acículas, incapaz de hundirlas en el abismo infinito que se abre en el cañón granítico, y empiezo a pensar que todavía queda mucha montaña por recorrer.

Paso las horas en el tiovivo de los distintos senderos, observando cómo crecen los turistas con el paso del sol por un cielo de un azul cada vez más intenso. Me cruzo con ancianos transportados en palanquines rústicos de bambú, con niños ensimismados ante las caídas que regalan los senderos voladizos, con niñas de pelo recogido en quiquis con gomas de colores que, fatigadas, han de ser llevadas a reconcón a lomos de sus padres… nadie quiere perderse el tesoro que esconde la montaña Sanqing. Pierdo la mirada con muchos seres, sonrisas amargas, y trato de encontrar un gramo de su compasión que es vana porque cada uno lleva como buenamente puede su penitencia correteando por las cumbres, subiendo y bajando picos. Los abruptos desfiladeros se abren por doquier, las proporciones colosales de las murallas de granito empequeñecen el alma, las cámaras de fotos siempre encuentran un objetivo en cualquier dirección… Sanqingshan, qué duda cabe, es puro espectáculo.

Llegar al día siguiente a la provincia de Fujian, a Wuyishan, me llevó de escala por Yushan y Shangrao. Había dormido como un enano, exhausto como bajé de la montaña Sanqing, sin saber siquiera qué soñé pero convencido de que, a ciencia cierta, fue algo agradable a tenor del ánimo con que desperté. Sin embargo la naturaleza humana no entiende de porqués ni de rutas y, una vez fuera de la cama, las agujetas me volvieron a tumbar derrengado en el rocoso catre hasta que fui capaz de desentumecerme mínimamente. Pasaron las escalas fugaces para, una vez en la montaña Wuyi, apenas a ciento veinte kilómetros de mi anterior destino, encontrarme con otro paraje demoledor que me esperaba paciente igual que muchos susurros de la China oculta, almidonados entre las nubes. Busqué una pensión en la zona de hoteles procurando no reventar mi presupuesto porque, sin apenas darme cuenta, acababa de entrar en un área turística y alejada de la idiosincrasia china. De antemano sabía que en Fujian el dinero brotaba como los manantiales, que era un sitio próspero muy por encima de la media del país, pero aquello me desarmó. Toda la zona parecía sacada de cualquier lugar de occidente, de a millón el metro cuadrado: calles impecables, olor a pintura, construcciones en derredor -las ya finiquitadas impolutas-, farolas de diseño con forma de lotos abiertos, neones a mansalva, audis, hondas, toyotas… y tiendas de recuerdos donde el té y las tallas de madera, algunas de dimensiones colosales, sembraban todo aquello donde se posaran los ojos. Los yuanes cambiaban de mano con una celeridad fugaz y, rascándome la cabeza, daba gracias al cielo por haber sido capaz de sacar una habitación por apenas doce euros, cien yuanes, en un extraño tugurio que amenazaba derribo dentro de este maremágnum que promete despedazar a cualquiera de fondos tan secos como los que encierran mis bolsillos. Dolorosamente lejos quedaban los cincuenta yuanes por dormir en Yantoucun o los setenta de Sanqingshan. 

Una vez en el parque nacional, la naturaleza vuelve a lucir indómita y las jodidas escaleras se multiplican hasta el infinito. Subo miles de peldaños irregulares con suavidad, pisando acículas resecas que crujen al partirse entre una mullida hojarasca. De nuevo solo porque, afortunado de mí, allí no hay ni Dios. De hecho ni en la taquilla había nadie y me colé por el morro. Supongo que levantarse a las seis también tiene este tipo de recompensas. Arriba vuelvo a estar derrengado, extenuado, pero una vez más mereció la pena. Decenas de columnas calizas de alturas variables, tajadas por el filo de un sable invisible, hacen de pérgolas sobre las que la propia naturaleza ha trazado su ley desparramando una vegetación frondosa, en collares y diademas esmeralda, que contrastan con el intenso color cobrizo de la piedra. Es brutal de bello. Los gigantes pétreos guardan con celo el discurrir de un riachuelo en sus meandros y constantemente se abren senderos que muestran, incitantes, nuevas rutas a lo desconocido en una tentación demasiado potente como para dejarla de lado. Pero eso es demasiado para la paliza que llevo encima, así que decido hundirme en el cauce e invertir un par de horas en las barcas turísticas, no en vano la atracción número uno del área y a la que llegar será otra historia. Por lo pronto, una vez abajo, miles de chinos vociferantes desfilan ante mí fagocitando con su ajetreo mi ilusión por el lugar. Menos mal que pude vivir mis tres horas de gloria, pienso circunspecto.

Al intentar subir al bus turístico me dicen que sin “piao” (ticket) no hay tema, así que mi gozo en un pozo y me veo obligado a regresar a la taquilla. Pero justo allí mi suerte vuelve a brillar ya que me encuentro a un par de aldeanos que paseaban a media montaña y a los que encontré bajando del pico una hora antes, explicándoles que iba donde las balsas de bambú. Los tíos que no saque ticket de bus urbano ni por el forro, que pille un bus corriente, no el turístico. Y, ni cortos ni perezosos, me acompañan al apeadero, paran un bus anónimo que pasaba, le explican al conductor dónde voy y además de eso, por si todo lo anterior fuera poco, me pagan los dos yuanes del ticket para mi absoluta perplejidad y pese a mis enconados intentos de lo contrario. Desde luego muchos chinos tienen cosas adorables a menudo.

Río abajo admiro las oquedades que se abren en muros cortados al ras en ángulos de casi noventa grados. Suspiro fatigado mientras el agua helada se filtra por entre las cañas de bambú de la barca regándome los pies, y ni siquiera un corrillo de garcetas níveas me saca de mi abstracción. Sin darme cuenta, los ojos se me cierran furtivamente y al abrirlos creo que es hora del punto final a un Wuyishan que mañana se perderá tras el tren o el bus que me lleve a Nanchang, difuso tras el telón de una espesa voluta de polucionado polvo ocre.  

domingo, 27 de octubre de 2013

Mas Sanqingshan

Aprovechando que tengo una conexion como un canion (y teclado configurado en chino sin tildes ni enie)...

sábado, 26 de octubre de 2013

Sanqingshan, un lugar realmente precioso

Y, una vez más, las imágenes se quedan cortas para captar siquiera un ápice de la absolutamente hipnótica belleza de este gran desconocido (como tantos otros) del Gran Rojo. Día memorable, extenuado por los miles de escaleras ora arriba, ora abajo, pero qué duda cabe de que ha valido la pena si solo por ver las moles graníticas emerger desde la bruma en un recuerdo que perdurará por siempre en la memoria. Jiangxi, hogar también del inolvidable condado de Wuyuan visitado en 2010, es otra provincia como Hunan, como Sichuan, como Yunnan... como muchas otras, capaz de justificar una visita a China por sí sola. Mañana, rumbo a Wuyishan.  

jueves, 24 de octubre de 2013

La ribera del río Nanxi

Hay una bruma poderosa, enharinada con grumos, al paso por Hangzhou. Las torres que marcan otra ciudad inmensa apenas se muestran como esqueletos entre la sábana fantasmal que los cubre y esta ciudad, que en 2008 me pareció increíble de bella paseando por su Lago Oeste, ahora es poco más que una sombra rauda que se pierde con premura sobre el paisaje satinado en mi camino a los pueblos de la ribera del río Nanxi, hacia el sur, muy cerca de Wenzhou, capital de esta inescrutable mezcla de hormigón, acero, montañas y arrozales llamada Provincia de Zhejiang.

El paisaje se va modificando con la ruta, y la multitud de bahías que se forman en la recortada costa de Zhejiang son voladas por el novísimo tren mientras en lontananza se recorta la silueta de unas montañas de formas grotescas. La China de naturaleza y campo, la más anhelada, empieza a hacerse realidad para un viajero que trata en vano de entablar conversación por gestos con su compañero de asiento. Al llegar a Yongjia, uno se da de bruces con el río Nanxi, teñido de un azul turquesa que sobresale entre montañas de formas redondeadas, caprichosas, y traqueteando en un bus de tercera se van quemando kilómetros por la carretera que serpentea junto al cauce hasta llegar a una suerte de masa informe y gris: Yantoucun. Los chuchos pelean con las gallinas por desmadejar las bolsas de basura que aparecen por doquier, esparciendo su contenido, ajenos a la indiferencia que provoca su presencia entre unos seres grises que, como siempre, parecen vivir deprisa, en un estado de alteración permanente. Todos vuelan a mi alrededor, y yo soy solo presa furtiva de miradas ocasionales. El polvo del rebufo se arremolina en derredor y me siento sobre un escalón, cansado y agostado, una vez que la crudeza del día a día chino vuelve a golpear con la potencia de una maza. Pero eso, afortunadamente, era solo el comienzo. Porque basta callejear y rascar un poco para entender que esto no deja de ser Zhejiang y que, si te aproximas al agua, aquí siempre encontrarás algo hermoso. Fueron los pueblos de canales ayer, las bahías angostas hace un rato y la calle histórica de la localidad, la misma que luce pintoresca para hacer un arco asomándose a otro reguero, ahora. El agua y la historia, fundidos para siempre. 

Para el día siguiente quedan los estanques de los cercanos Cangpocun y Furongcun, encerrados entre templos, casas señoriales y callejas de cantos rodados. Estampas ya olvidadas en nuestro occidente se repiten a cada paso como instantáneas de museo etnográfico: el rastrillo que esparce el arroz en serillos, beldadoras manuales de madera, cribas al viento, pollos desollados al abrigo de canales, peces abiertos en canal y expuestos al sol colgando de pértigas de bambú, mujeres de riñón doblado haciendo la colada en pozas rústicas, vecinos que sacan agua de un pozo ayudados de una vara con un gancho... Allí pasan muchas últimas horas, absorto en mis pensamientos, sacando unos planos aquí y otros allá, furioso por esa extraña manía persecutoria de los chinos hacia su patrimonio histórico. Todo tiene pinta de estar de obras y, lamentablemente, la ribera del río Nanxi que puedas llegar a visitar en el futuro nada tendrá que ver con las espléndidas construcciones y el carácter rural que yo, afortunadamente, aún he tenido tiempo de compartir en sus estertores. Era esto lo que buscaba en China, una retrospectiva a lo que ya se nos ha podrido en nuestra tierra, y eso es lo que he encontrado en dosis mucho más allá de lo soñado. Agonizante y trémulo, todo tiende a perderse en los libro de historia que acumularán tanto polvo como el que ahora se adivina a cada recodo. Porque al mismo tiempo que remato este escrito una chica entra al restaurante y me da un folleto donde sale un cochazo deportivo que debe ser el sueño húmedo de muchos tipos de ojos rasgados. Ojala que ellos disfruten tanto conduciéndolo como he podido hacer yo con sus octogenarios ciudadanos en la ribera del río Nanxi. Eso será una buena señal. Lo próximo, contento y feliz con la etapa quemada, será un tiempo de parques nacionales entre la montaña Sanqing y la montaña Wuyi.  

P.S. Y antes de que se me pase, por supuesto anoche salí a por un poco de calor. Me lié con una tía dabuten y cuando estábamos en la habitación, calentitos, la tía se puso a gritar porque no le gustaba el color de mi condón. Alucinado, le pedí que se pirara y me devolviera la pasta. Me respondió que ni pa`dios, pero que llamaba a una amiga, que a la otra no le importaría. Así que aparece otra tipa que, al desnudarse, resulta ser un maromo y entonces el que se pone a dar voces soy yo, le largo hasta el marco de la puerta del hostal acordándome de su familia y el tío se me pone farruco y me empieza a golpear con su bolso barato, una mala imitación de los de Carolina Herrera. Tropiezo con un felpudo que, sin saber cómo, se había enrollado entre mis pies y me caigo a la calle dándome una ostia del siete en todo el morro con la acera. Fresquita que estaba. Yo en gallumbos, mi nariz que sangra, los perros que me ladran, los otros inquilinos que miran desde el balcón y, girando la cabeza, el chulo de la medio fulana ésta que viene, acompañado de tres colegas, con pintas de querer rematarme… ¿para qué seguir? Firmado: “Si no me veo, no me creo”, Celtas Cortos. ¿Contento, camarada? Todo tiene su tiempo y lugar, y en este viaje no van por aquí los tiros, ya te dije :-) Además mi realidad no suele ser una canción, generalmente es mucho más enrevesada que lo aquí inventado, jajaja. Enhorabuena por la victoria, gol de Iñigo Martínez he leído, juas, juas. Ya te pasaré el vídeo del partido del Athletic de Bielsa en Manchester ;-) Brother, ¡que patxa! Se agradecen los comentarios desde occidente. Ánimo con lo tuyo, que el mar está lleno de pececitos... y pececitas :-)  

miércoles, 23 de octubre de 2013

Como venía comentando

Pues eso, que el Gran Hermano Rojo, en una nueva muestra de apertura hacia el exterior, ha decidido reforzar el conocido como Gran Firewall que corta todo tipo de páginas consideradas como subversivas y/o contaminantes, entre ellas mi blog por ser de Blogger. En 2010 no fue difícil sortearlo, ahora ha costado un poco más pero todo consiste en poner interés. En fin... 

Ayer paseé por Nanxun, otro pueblo precioso mezcla de water-town al estilo de Xitang (del que os dejé un par de foticos antes) y arquitectura Huizhou (ésa clásica con paredes encaladas, gabletes exagerados y vigas y ménsulas en madera tallada). Un sitio excepcional. Ahora mismo escribo esto en un tren bala (lujo asiático con conexión a internet y todo) camino de Wenzhou de donde tiraré a los pueblos de la ribera del río Nanxi. Poco a poco. Intentaré subir unas fotos aunque dudo que pueda. Bastante tengo con poder escribir de vez en cuando.

lunes, 21 de octubre de 2013

Anclados en el pasado


En todo caso Shanghai no deja de ser una ciudad gris y abrumadora, con su pecado capital llamado frenesí desmedido. Eso es algo que se percibe nada más salir del aeropuerto, y no porque exista una parada de metro -que también- sino porque dentro de éste todo se reduce a un cementerio de elefantes, un cúmulo de espectros que teclean rápidos en sus móviles, ajenos a quienes les rodean y de los que solo se percibe su presencia por algún que otro estornudo ocasional. El metro en Shanghai es, al igual que en cualquier otra ciudad desbocada en sus parámetros, la nada. Pura practicidad, cero de humanismo. No hay ni cruces de miradas. Démosle las gracias a que ahora somos muy modernos y evolucionados (teléfonos móviles y eso). Acaso casaría mejor dar el pésame. Al llegar a la pensión el asunto cambia porque soy de los afirman que el reencuentro, el volver a revivir las vivencias, permite que un sitio y sus gentes sigan vivos en la memoria. Y el Utels de la calle Wuning para mí representaba eso tres años después. Seguía incluso la misma tipa borde detrás del mostrador, los mismos caros precios de habitación y cerveza, el mismo Wi-Fi renqueante e incluso la misma habitación y baño, ya no tan impecable tras treinta y seis meses de trote mochilero. Se había pirado, eso sí, el ambiente de jolgorio y buen rollo de los pasados días. Y tampoco veía por ningún lado al joven portugués que me invitaba, en buena onda, a la Exposición Universal porque le sobraba una entrada de las que le había regalado su jefe, allá en Changsa donde curraba. Aquella época de 2010 era plena Semana Dorada de Octubre, las vacaciones anuales que suelen disfrutar casi todos los chinos del uno al siete de dicho mes. Y esto era un hervidero de chavales, muchos de ellos dispersos por el cuero infinito que es la tierra Han, expatriados siguiendo programas de intercambio estudiantiles o prácticas laborales quienes aprovechaban los días de asueto para conocer un poco mejor a la niña mimada del imperio heredado de Mao: Shanghai. Ahora aquello era historia marchita, el billar y el futbolín palidecen amuermados y las botellas de cerveza Tsingtao, por aquel entonces escasas, se amontonan en la nevera. Igual que una cuadrilla de gatos salidos de Dios sabe dónde que se dedican a retozar en el porche de entrada. Una pareja haciéndose arrumacos por aquí, unos pocos yanquis por allá y un tipo ojeroso de pura somnolencia que se dedica a terminar de teclear este breve apunte al tiempo que trata de recordar cómo se saltó la jodida censura internauta china para poder publicar en su propio blog la última vez. Y es que, desafortunadamente, no es solo la pensión lo único que sigue anclado al pasado en estas tierras.

Todo el paisaje, al día siguiente, rezuma a industrial en mi camino a Xitang. Centenares de canales se abren plagados de millones de jacintos de agua que se arremolinan en las riberas ante el paso constante de transbordadores. Se avienen a la desesperación las aguas que se han teñido de un color parduzco, como el cieno, ante las arcadas de vómito que deben generar las factorías adivinables tras altas torres de ladrillo ocre y que vienen a morir en sus cuencas. Y hasta el reflejo del sol que se filtra en la bruma se pierde en su deceso, renegrido y sin resplandores, a través del líquido elemento. Pero Xitang es otra historia porque es poderoso. Aún caben en sus entrañas ecos olvidados de la China soñada, la misma fagocitada por esa era industrial que aquí ha estallado para reventar con sus esquirlas de acero y hormigón todo lo alcanzable a la vista, yermo desde entonces. Las casas de doble altura, con típicas fachadas de un encalado venido a gris, se adornan con linternas rojizas que cuelgan de balcones en saledizo, primorosamente labrados en madera, y el océano de tejas oscuras se suma a la panorámica para hacer ver al viajero que todo el envoltorio que le rodea puede suponer una bocanada de esa autenticidad borrada de un plumazo en Shanghai tiempo ha. Incluso las gentes son capaces, pese al carácter comercial del lugar, de mirar a los ojos y sonreír. Las barcazas para transporte del arroz de antaño -ahora turistas- siguen revestidas de unos techos fabricados con tiras de bambú, enmarcados con medias cañas, impulsadas por un remo único que sobresale en la popa y se agita suavemente de un lado a otro, como la cola de un perro que te saluda recién desperezado; otros pocos aldeanos surcan los canales, ora arriba, ora abajo, mientras dan lustre al lugar recogiendo jacintos de agua, ramas y demás porquería de origen humano. Aquello se va llenando a medida que va corriendo la mañana de seres que ríen, se fotografían y, sobre todo, compran. Porque, por si alguien no te lo ha contado, los chinos no inventaron el capitalismo, pero sí son los que más se aproximan a su estereotipo social. Caminar al sur y el placer de lo rústico preservado en jardines diminutos o museos no mucho mayores, caminar al norte y un montón de bares de tragos y karaoke… Una cerveza, ¿cincuenta yuanes? “Quizás en otra vida, majete” le digo al tipo dándole la espalda y encaminándome a la salida mientras éste me susurra que me da dos por sesenta. Hacía arriba cuesta diez el medio litro, no hay más que hablar. Y ya solo esperar la noche en un tugurio donde una anciana prepara arroz para hervir y dos aldeanos toman té verde. Buscaría luego un sitio para dormir, a primera hora de la tarde quedaba demasiada gente como para sacar un sitio por unos pocos euros. A medida que se esconda la luz y se difuminen los turistas,  lo harán con ellos las esperanzas de los hosteleros y entonces será un buen momento para husmear y seguir callejeando. No en vano era la noche, la calma, lo que me había traído a Xitang. La abuela aún seguía en cuclillas, robando de un saco gigante unos cuencos de arroz que eran vertidos en grandes ollas humeantes. Y es que, afortunadamente, esta tasca al igual que otras muchas no olvidadas, da la sensación de seguir anclada al pasado en estas tierras.

Dicen que todos los nacidos bajo el signo zodiacal del escorpión aman la noche y también el agua. Debe ser verdad, especialmente si ésta se vive en Xitang. La famosa calle con la galería cubierta alebrada al canal, la misma que hacía unas horas veía un tránsito incesante de turistas, aparecía ahora como un fantasma de sábana azabache y remates en bermejas guirnaldas que resbalaban por balcones y los portones de madera de los comercios para caer en un reflejo al cauce de los canales. Lucía precioso el lugar: precioso por bicolor, precioso por simétrico, precioso por su silencio, precioso por el rítmico vaivén de los faroles, precioso por el suave rumor del viento que agitaba las ramas como lágrimas de los sauces. Debe haber pocas cosas comparables en belleza rural a una relajada noche de lunes de Octubre en Xitang. Pero no llega al nivel de Zhenyuan, algo le falta. ¿Sería la chica que me acompañaba en el transitar por aquella localidad olvidada en Guizhou? Miro hacía dentro, suspiro, y pienso que lo único realmente cierto es que, para bien o para mal, en ocasiones incluso yo tengo la sensación de seguir anclado al pasado en estas tierras.    

P.D. A ver si puedo subir unas fotos y explicar las vueltas que he tenido que dar para salvar el jodido cortafuegos chino. De pruebas...

domingo, 13 de octubre de 2013

Un pensamiento al vuelo, una lista de canciones

Eso puede esperar hasta el próximo viernes a última hora, me aseguro a mí mismo. Sí, no van a ser más que diez minutos. ¿Y aquella vez para ir a Túnez, hace más de un decenio? ¿Cuánto podía pesar esa maleta? ¿Más de veinte kilos para una decena de días? ¡Qué duda cabe! Sorbo un trago y dejo morir la vista, a través del cristal, en un horizonte cítrico, infectado del sol que muere regando de destellos anaranjados su territorio. Por aquel entonces, seguro, yo no podía imaginar que llegaría hasta aquí pese a que aún no haya olvidado la noche encalada, remetida en salitre de Mahdia. Sigo soñando con volver a ella.  

El hacer la mochila, con las decenas de miles de kilómetros ya recorridos, vividos y empaquetados en su interior, deja justo el suficiente y mínimo espacio como para poder ser cualquier viajero, capaz de llenarla en apenas diez minutos. Pasaporte (con visados) y tarjetas de crédito. Nada más. El resto, viajando al Este, a Asia, habitualmente supone más una agradable compra o trueque surgido de la necesidad que un suplicio de carga sobre las espaldas. Así, camisetas, cuchillas de afeitar, jabones, champús… todo se alcanza a la vuelta de cualquier esquina y por una fracción de lo que cuesta en casa. Uno, pese a todo y por creerse precavido, tiende a introducir unos calzoncillos, tres camisetas o un par de vaqueros; y todo lo hace con gesto mohíno, no en vano sabedor de cómo se va forjar la ruta y sus vicisitudes. ¿Para qué demonios cargo con esto? Así pues, teniendo a buen recaudo el dinero resumido en los rectángulos plásticos de colores dorado y naranja que proveerán en los cajeros lo que he podido ahorrar estos meses, más aparte los pasaportes (con sus visados y tal), solo queda relajarse y rematar la última semana laboral, la primera de las tres que deberé emplear en la Universidad desde hoy hasta el tres de Febrero. Tiempo para soñar.  

Atrás quedaron las cábalas, lo que se ha empinado la ruta estos últimos años, el paso de veinte dólares diarios por Indochina a los treinta y cinco euros que llegarán a solicitar unos tramos chino y birmano que me van a magullar hasta el tuétano. Aún sigo con la cerveza en la siniestra mientras el sol de Octubre va dejando su epitafio en sombras que, grotescas, se alargan hasta barrer hacia la penumbra todo el panorama. Pienso que se me ha hecho duro esta vez, que algún día tantas sociedades, tantos seres ajenos junto a los sentimientos que generan dejarán de desfilar por aquí, que cada vez los destinos son más caros y mi nómina alcanza a menos. Incluso que quizá llegará un día en que tendré que replantearme demasiadas cosas. Apuro el líquido de un trago y dejo caer la cortina desde la diestra pensando que sí, que eso también llegará, que también habrá lugar a mi penitencia. Pero mientras tanto me da por volver al ordenador, subir el volumen de la música y recordar que el próximo vuelo está la vuelta de seis días y, coño, "Carpe diem" (aprovecha el momento), aún me queda en el frigorífico otra de esas San Miguel que pronto pasarán a llamarse Tsingtao.

sábado, 5 de octubre de 2013

Recorriendo Xitang

No es la primera vez que hablo de los documentales de la televisión china CCTV (inolvidable la serie sobre el Mekong "Nourished by the same river"), y por eso quiero aprovechar para recomendaros otra excepcional serie: Travelogue. Siguiendo un patrón distinto a la relacionada con el sudeste asiático, en esta ocasión maneja, desde la perspectiva de unos chavales chinos que afortunadamente hablan un inglés muy claro y sencillo, rutas y rincones del gigante asiático en muchos casos desconocidos para el turismo de masas (sin ir más lejos la ruta del Tea-Horse, sobre la que tengo pensado escribir en un futuro próximo). Hay un montonazo de vídeos en Youtube, pero para que os hagáis una idea acerca de qué trata el asunto, os dejo insertado un capítulo relacionado con el precioso pueblo de Xitang, lugar que estaré recorriendo en apenas un par de semanas :-)