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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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sábado, 28 de septiembre de 2013

Evocando a Pierre Loti (Intro Yangon W.I.P.)


Ya desde tiempos inmemoriales, el decrépito puerto de Yangon resuena más a mafia y trapicheos con mercancías de estraperlo que a negocios bajo luz y taquígrafo. La propia naturaleza del sitio llama a ello, con contenedores carcomidos hasta el tuétano por el óxido, nubes de polución, olores de herrumbre y charcos oscuros, teñidos en su superficie por el tono multicolor que denota restos de gasoil, esos a los que se arriman a beber gatos lacerados y famélicos. Los cargueros vienen y van, perdiéndose entre sus sombras gigantes la estampa de diminutos bateles con redes prestas a faenar, claros ejemplos de sustento familiar, de un sector primario que en este país revoca a la mayor parte de sus gentes. Imaginar que siempre ha regalado la misma panorámica es tan sencillo como suponer la estampa que debió encontrarse Pierre Loti cuando arribó a estos confines, a finales del siglo XIX.

Así, nuestro protagonista se alza sobre la proa del navío en este mar almidonado que suele regalar el golfo de Martabán. Atrás quedan Calcuta y setenta y dos horas de travesía engalanada con el gris de las lluvias azotando el índico septentrional, en lontananza, aunque podrían ser mil gaviotas, solo queda un sitio para mirar; porque nada más que uno refulge y concita millones de miradas y sentimientos: la pagoda Schwedagon, el mayor prodigio del sudeste asiático en aras de esa fe común llamada budismo. El suave rumor de la embarcación rompiendo el agua como una cuña y generando regueros de suave espuma no distrae a nuestro protagonista, edulcorado en su ánimo por esa visión de dimensión etérea en la que brillos como chisporroteos surgen de la superficie de la dorada estructura con forma de campana, labrada en su cenit con miles de piedras preciosas. Incluso la brisa parece querer respetar el momento amainando su potencia hasta la calma reverencial. “¿Puede existir una visión más maravillosa?”, se pregunta Pierre a sí mismo, imaginando la colina sobre la que se asienta el santuario emergiendo de una cremosa niebla que se deforma en espirales antes de diluirse bajo el peso de unos brazos solares que anuncian el alba.

Pierre camina por las calles flanqueadas de edificios coloniales desvencijados, espectros amorfos que susurran y amenazan con devorar al intrépido francés saltando de fachadas descascarilladas en tonos azabachados. Pero éste no lo puede percibir, solo observa, envenenado como sediento ante oasis de espejismo, la imagen hipnótica del oro que recubre cada milímetro de la pagoda soñada durante tanto tiempo. Sin él saberlo, ya es peregrino budista por fe. También europeo, por genes, y eso le lleva a guarecerse del húmedo calor y confiar en que a la caída del sol será la propia fuerza emanada del templo la que hará bullir su sangre y calentará su espíritu.

Camina, brinca por las escaleras a través de la artificial cicatriz sobre la colina que da acceso a Schwedagon. El astro ya casi es historia, la brisa tórrida lo parece menos y una luna menguante empieza a brillar con timidez. Al llegar al atrio un sopor dulzón emanado de mil flores se mezcla con la imagen de fieles aceitunados practicando sus rezos, descalzos, envueltos en telas de raso. Todos ajenos al protagonista, todos buscando un gramo de piedad, todos saciándose de un más allá en forma de droga espiritual, todos embrujados bajo el manto púrpura que surge de la estupa central. Siendo inevitable no perderse en el magnetismo del lugar, Pierre se ve obligado a parpadear varias veces ante la insistencia de una vendedora de flores que le anima a compartir el ritual con la gente birmana, como uno más porque nadie es extraño en tierra birmana, a los ojos de Buda. Eso se aprende rápido. Entonces la imaginación se le pierde en veredas de infancia, en reinos de hadas y princesas, de reyes y oropeles, de castillos y palacios porque, indefectiblemente, todo lo que le rodea le invita a soñar. Tanto es el poder evocador de esa Birmania reducida en Schwedagon.

Arrastrado por la multitud de fieles, Pierre percibe la sedosa y tibia sensación de las losas de mármol a través de la planta de sus pies desnudos mientras camina alrededor de la campana central, obnubilado por la presencia constante de fulgores que llaman su atención desde cualquiera de los zarcillos metálicos que repujan los pequeños templos laterales, o por el rítmico caminar de las birmanas, entalladas en faldas de gasa tenue que prometen más de lo dejan ver. La neblina enmarañada formada por el incienso incandescente frota el rostro y los brazos desnudos antes de perderse entre la miríada de budas de latón, de oro, de alabastro, graníticos… rostros pacíficos con suaves formas, cincelados desde el corazón, que contrastan con el rictus humano del occidental. Centenas de monjes rapados, forrados en el ámbar de sus túnicas, charlan amistosamente a su lado. Son idénticos, como lajas de esquisto, se funden por mimetismo cromático con el entorno áureo y levemente miran de reojo al barbudo francés antes de sonreírse en cómplice armonía.   

Generaciones anteriores vuelan su recuerdo, birmanos anónimos cuyo sudor y creencia generaron todo este todo torrente de emociones alebradas a una estupa colosal y que, inevitablemente, se reencarnan en la miseria de unos leprosos arrinconados, pidiendo limosna. Sus manos están carcomidas, sus pies mutilados y de sus rostros caen regueros de pus mientras se adivinan unos ojillos despestañados y erráticos. El francés siente un prurito que parte de su cerebro y amenaza con extenderse por todo su cuerpo. Inquieto, trata de olvidar la estampa habiendo entendido que, pese a la belleza, un santuario siempre ha de invocar a la muerte. Aunque solo sea en eso, Birmania no deja de ser mundo conocido.

Avanza la oscuridad una vez que el sol se perdió en un abanico multicolor y las gentes se empiezan a dispersar por las bocanas de acceso, ladera abajo. Pierre, meditabundo y con mirada errática, no deja de seguir esos lugares por los que hace unos minutos paseaba una hermosa chica asemejada en su imaginación a un narciso radiante, y a lo lejos se pierde el sonido de una campana tañida con seguridad por algún monje. Su ausencia da paso a una intolerable sensación de vacío, amargura y nostalgia. Mas algo, acaso el hipnótico rumor elevado de los grupos de monjes en oración, le retiene y pide volver a circundar la inmensa pirámide central.

A la hora de partir, borracho de emociones, se levanta una fuerte corriente que envuelve en espirales las fragancias dispersas y hace titilar las llamas de unas velas, casi consumidas, que lucen por doquier con su breve aureola cítrica. Tienen un punto femenino y se hace lascivo verlas bailar, ondulándose sobre una mecha que torna del níveo al carbón por efecto caprichoso del viento. Los parasoles que adornan las agujas de las estupas más pequeñas alrededor de la central se mecen abruptamente, y de sus campanillas caen notas uniformes en cadencia irregular. Pierre sabe que será muy difícil olvidar Schwedagon, pero aún no sabe que jamás podrá dejar de escuchar y pensar en el tintineo grabado a sangre y fuego de una pagoda excepcional.  

Al día siguiente, en una brumosa mañana encalada hasta las costuras, el barco volvió rumbo a Calcuta con un Pierre Loti que no tuvo arrestos para volver la vista hacia una pagoda que ya formaba parte de su propia existencia. Schwedagon y su sugestiva atmósfera, el calor generado por sus fieles, le había robado el alma. Exactamente igual que a todos los que más una centuria después seguimos necesitando de su presencia, energía y enseñanza empírica cada cierto tiempo.


P.S. Con los visados de China e India ya en casa (el de Myanmar lo sacaré en Bangkok), descontando los días y todavía ajustando cosas porque seguramente se caerá Huangguoshu para meter alguna aldea de minoría Shui cerca de Libo. Larga se me está haciendo la espera esta vez... cada vez más hundido por responsabilidades que yo mismo me he labrado kilómetro tras kilómetro, rostro tras rostro, ilusión tras ilusión... cada vez más consciente de lo que la gente querida espera de mí, ahora y en los próximos meses.   

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me cago en la puta pared!!!

Para ver este sitio vamos a necesitar una TV plasma de 50 pulgadas!!!

Ya no te digo nada...

Saludos,Ta.