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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHS0pJWmlHZ0lvZDA

"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

http://docs.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHc3NxZVk5UUM2S3M

"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

http://drive.google.com/file/d/0Bx3BulzM-UhHeHlaNXlDN09vaEk/view?usp=sharing

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BLOG LIBRE DE PUBLICIDAD Y PATROCINIOS Aquí no encontrarás espacios publicitarios, y tampoco se va a pretender "colocarte" un seguro de viajes, una agencia o un buscador de hoteles o vuelos. Por supuesto que no se te va a vender nada por puro interés comercial, ni encontrarás referencias a agencias -oficiales o no- de turismo. Aquí no se te va a recomendar dónde dormir o comer, ni siquiera cómo moverte porque gestionar todo eso en destino, compañero/a, es la pura esencia de viajar y ya lo sabes hacer tú solo/a. Yo no te voy a intentar adoctrinar, señalar el camino, robar lo vital: el placer de viajar y descubrir por ti mismo/a. Éste, después de años de recorrido, pretende seguir siendo solo un blog escrito de viajero a viajero/a; un blog de las emociones que, para lo bueno y lo malo, regalan la ruta y la convivencia en otras culturas, con otros seres; un blog donde todas y cada una de las experiencias que se cuentan se han financiado de mi bolsillo, han dibujado la más amplia sonrisa en mi rostro, han rodado por mis mejillas transformadas en lágrimas y siempre, siempre, han marcado el latido en mi corazón; un blog, en resumen, de viajero siempre en construcción que pretende ser tan honesto como respetuoso contigo. Sin engaños, sin publicidad.

jueves, 30 de mayo de 2013

Bangkok W.I.P.

Es como abrir un libro de Murakami. Uno llega, coge el libro y arranca bruscamente en la página ciento veinte, y lee… y después, abrumado, lo cierra de golpe. Nadie puede leer a Murakami, en realidad es él quien te lee a ti. El péndulo oscila de la vergüenza y la rabia a la redención y el amor, pasando por la ternura, la comprensión infinita, la sinrazón y el odio. Nadie puede leer a Murakami. Sin embargo, unos minutos después, repites la acción… y, por supuesto, el cúmulo de sensaciones vuelve a brotar. Bangkok, entonces, es como abrir un libro de Murakami. ¿Quién no ama u odia a Murakami? ¿Quién no ama u odia Bangkok?

A ver cómo lo explico… Porque Bangkok, este Bangkok, tiene ese estigma que jamás ha de poder ser desprendido. Uno de decadencia y zafias faltas de estilo. De emociones de a millón el gramo. Ha sido vilipendiada y humillada por muchos, abandonada a su suerte y azotada por una incomprensión propia de barra de bar en horas alegres. Nunca se dudo en afirmar que, en lo relativo a barrios rojos, nunca llegaría a aproximarse a la altura de la Shanghai más proxeneta. Bangkok era más miserable. Y casi tenían razón, casi. Pero, volviendo a Murakami, no debes olvidar que tu percepción es solo la magia creada por un gran escritor. Si llegas al fondo, si asumes que nada más eres un juguete en manos de la ciudad, entonces, como pasa con el escritor japonés, puedes llegar a disfrutar o, mejor aún, leer “Tokio Blues” de un tirón para terminar exclamando alborozado: ¡¡¡guauuuuuu!!!! Para Bangkok jamás dejarás de ser algo insignificante, tú y tus sentimientos que brotan de las entrañas. Cuánto antes lo asumas, antes podrás leerlo de cabo a rabo sin necesidad de abandonar sus arterias en apenas veinticuatro horas…. O un par de párrafos.

Todos estos pensamientos rondan mi cabeza mientras atravesamos un paisaje de bucólicos arrozales enfangados salpicados por hileras de chozas que, en primer plano, resumen la razón de ser de aquellos. Pero yo ni los miro, absorto en mis pensamientos sobre Bangkok, temeroso de esa fama que no por tópica, y por ello despreciable, me acongoje un poco menos aunque se desaten por doquier, en mi memoria, experiencias y anécdotas agradables vividas en muchas de sus calles, a ras de suelo. Jamás viví la ciudad en horizontal, no era mi fe, ni mi motivación allí.

Confío en esas experiencias previas y sé que debo tratar de lidiar los días en un gigante de hormigón que abruma y acelera la respiración, que podría resumirse en mil epítetos pero nunca en solo una docena. Tanto abarca Bangkok.

Conocida como Krung Thep en idioma Thai, cuando bajo del bus en la estación norte, el primer impulso es de vómito. La terminal sigue enclaustrada en esa bruma tóxica desprendida de centenares de tubos de escape de buses llegados desde, o partidos hacia. Es ese tipo de polución negruzca que se pega a la piel y amenaza con no abandonarte en todo tu tiempo por la ciudad. La camiseta se pega a la piel haciéndose uno y todo se vuelve pegajoso en ti, tal cual si hubieses caído en un gigantesco tarro de miel. Esa es la bienvenida que Bangkok regala, mas luego un taxi desde la estación supone una balsa de aceite, de frescura y resoplidos, ante el infierno dejado atrás. De allí a la pensión, situada en el barrio de Inthamara, apenas un paso y ni un par de euros en el taxímetro.  

Un día en Bangkok decidí pasarme por la zona de Khao San, la famosa calle cercana al parque Sanam Luang y al precioso conjunto de Palacio Real y el Templo del Buda Esmeralda. Es también el reducto mochilero por antonomasia. Seguramente el más conocido del mundo. Camino de allí recordaba que en el expreso 36, antes de bajarme en Phetchaburi, había un tipo joven tocado con un panamá blanco absurdo y cola de caballo. El chaval explicaba a un orondo inglés sentado frente a él, y que pisaba tierra Thai por primera vez, los tejemanejes de la sociedad Thai. No dejaba de desmadejar las excelencias del área de Khao San, de lo ecléctico y rico del ambiente o de la fantástica comida que se servía en la calle citada ya que, no en vano, él había pasado decenas de veces por allí. El tipo se las daba de entendido por haber vivido largas temporadas en tierra siamesa pero, como tristemente suele ser costumbre en muchos expatriados, cuando pasaba la chica venida del vagón restaurante, con la comida u ofreciendo bebida, él solo alzaba la voz para decir gracias en Thai. Y ni una palabra más en esa lengua. Ni tan siquiera el “mai aow” (no quiero) que se aprende apenas unas horas salido del aeropuerto. Era todo muy sintomático porque tenía toda la pinta de, como tantos otros, haber compartido boca y saliva con mujeres Thai pero no idioma. Lo curioso es que el redondo inglés, tipo ya de vuelta de todo, en un momento dado le inquirió, alargando el cuello y de ese modo discreto y en voz baja que solo saben usar los ingleses, por las prostitutas. Él había oído mucho y quería saber si había algo de cierto en ello. El tipo, que llevaba varias cervezas y acaso por ello franco y de lengua suelta como pocos, no disimulaba, y explicaba al de la cola de caballo que se sentía solo y que no le importaría probar pero, ¿cómo funcionaba el asunto en Tailandia? Yo, escribiendo mi tema aun oyendo en la distancia, ya sabía la respuesta. “Mil duros a que el idiota del sombrero le manda a la calle Sukhumvit y le dice que la tarifa por un par de horas son dos mil baht (unos cincuenta euros)” pensé sin dejar de garabatear, “a todos los expatriados les meten las gomas por ahí”. Dejé de escribir, me centré en la escena porque había que darle un poco de ambiente de redoble de tambores al asunto, y les miré descaradamente, con fingido interés. El del panamá se hizo cargo de la situación, montó un teatrillo mesándose el cabello con parsimonia, se ajusto la camiseta y, asegurándose que todos en el vagón le oíamos y prestábamos atención, empezó a hablar de la calle Sukhumvit, de Soi Nana y Soi Cowboy que están perpendiculares en Sukhumvit y de que, lo negociase como lo negociase, de dos mil baht por un polvo facturado en un par de horas ni Cristo le libraba.  

Iba meditabundo sentado en el bus, pensando en las calles Sukhumvit y Khao San, pensando en que todos tendemos a errar, a llamar con este nombre genérico de Khao San a esas zonas ubicuas y sórdidas de Asia, plagadas de supuestos mochileros y pensiones decrépitas cuando, en realidad, lo justo sería llamarlo Paharganj o Main Bazar. De hecho fue allí, en aquel reducto de Delhi cercano a la estación principal de trenes, donde se dio origen al concepto de barrio plagado de jóvenes hippies buscando un sentido a su vida y conviviendo en armonía, sin fondos pero con mucho tiempo por delante. Ellos hicieron del Paharganj un hogar, una identidad y un modelo de convivencia, un lugar donde el aspecto comercial resultara residual y otros valores más humanos crecieran poderosos. Ellos crearon el modelo imitado en Khao San cuando este área solo era un pequeño mercado de arroz. Porque lo cierto, ahondando en este tema, es que Khao San fue una derivación de gente que ya no encontraba su maná en tierras hindúes, y que abrió fronteras asociándose en tierra tailandesa en esta famosa calle. Eso, como me decía un conocido con muchas millas en la capital Thai, fue antes, ya no más, ya no más paz y amor, ahora manda el dólar y el estómago caliente, ahora es todo negocio en Khao San. Entonces, hace unas décadas, creció y creció, aglutinaba alojamiento barato y comida asequible, y era un buen lugar para retozar y dejar pasar tantas horas muertas que aparecen cuando no se tiene otro objetivo en la vida que el de vivir. Este tipo de gente generó la magia del lugar.

A día de hoy, en serio, alguien debería hacer un estudio sobre la cantidad de idiotas y situaciones estúpidas que uno puede encontrar por toda la zona. Daría para una tesis doctoral. Porque lo peor es que en origen era Khao San, pero ahora es toda la periferia, desde Soi Rambutri a Phra Athit. Todo el barrio de Banglamphu parece orbitar sobre esta calle. Todo está sometido a la ley del dólar personificado ya no en veinteañeros, sino en gente de todas las edades que uno pueda imaginar. Todo visitante en la ciudad desea conocerlo. Lo increíble es que se ha puesto de moda pese a que toda esa gente que acude pervierte su sentido original. Khao San era lo que era porque ellos y sus carteras no existían, ahora ellos existen en Khao San y es la zona la que, con ello, ha perdido su esencia, la que ha dejado de latir. La paradoja, si no fuera tan sangrante, hasta tendría su gracia. La han travestido, y ella, la calle al abrigo del dólar, se ha amoldado a esos nuevos vecinos, por decirlo de algún modo.

Y todos los fulanos allí reunidos, resoplando, escuchando algo tan tailandés como el reggae, babeando ante los cutres platos de supuesta comida Thai como si fueran objetos interestelares, pagando cinco lo que vale dos, posando y dando botecitos de alegría porque van a hacerse unas trenzas. Algo puramente Thai, ¿alguien lo duda? Agencias de viajes donde te pegan el palo a la mínima, buses exclusivos para extranjeros en los que Tailandia se diluye a través de la ventanilla, a cien kilómetros por hora, precios inflados, comida vomitiva, hedores nauseabundos… ¿One more, sir? (¿una más, señor?) y, como dices que no, el tipo que hace de camarero se te queda al lado como desafiante, como si le jodiera tu presencia. “Coño, pero si he pedido la cerveza hace cinco minutos. ¿Hay un límite de tiempo para soplar aquí o qué demonios?” pienso resignado.

En el fondo creo que es una suerte, que es mejor así. Veinteañeros deseosos de juerga para los que Tailandia es solo la excusa, expatriados al borde del infarto, sudorosos e inflados, deseosos de buen tiempo para los que Tailandia es solo la excusa, cincuentones que desfilan con la doña fotografiando todo como si la calle, fea de solemnidad, fuera un museo, deseosos de de comprar trapitos y para los que Tailandia es solo la excusa, omnipresentes tipos de ojos lascivos, buscadores y deseosos de polvo en jovencitas o, lo peor, jovencitos Thai y para los que Tailandia es solo la excusa… todos ellos podrían estar reventándome el viaje si les diera por menearse un poco a esas áreas donde Tailandia se hace cultura y población. Mejor dejarles en este teatro de sombras llamado Khao San, en ese puro artificio, en ese decorado hecho para ellos, a la imagen y semejanza de sus deseos y de su concepto de Tailandia.

Así que uno, agradecido, va, observa el zoo humano que es Khao San, esboza una sonrisa, se acuerda de la madre del camarero de la cerveza, y se pira, suspirando, al hogar donde habita, no vaya a ser que se le olvide qué le agrada y le llena. Y que siga así por muchos años, a ver si va a resultar que les empieza a dar por pensar, a todos esos tipos, que hay otra vida y otro horizonte unos kilómetros más allá.

Volví a la pensión sin más ilusión que la de partir pronto a la estación de Mochit y coger un bus a otro de esos lugares, etiquetados como ninguna parte, que tanto me aportan, que me diera razón para desgarrar otros párrafos más amenos. Cualquiera rincón perdido de esos que salen con letra casi ilegible en los mapas. Rumbo a Kamphaeng Phet.

El reloj no marcaba aún las seis de la mañana cuando salí para la estación norte, Mochit, cruzándome con las ubicuas mujeres del cuero negro, montadas en su scooter, que regresaban de algún servicio. No lo dudes, Bangkok luce, pleno de frenesí, entre humos de escape cuando todavía no ha madrugado el sol, aunque solo sea porque el sexo débil da razón a este paraíso aparente, tan vacio y hueco. No había chicas de ayer de Nacha Pop, ni princesas de Sabina entre ellas; solo la ambición y el dinero fácil que había hecho mella en sus preciosos y sonrientes rostros. Flores nocturnas que las cantaba Silvio. Flores de azahar ensartadas en guirnaldas sin fe, y brotes de sábanas alimentadas de sobras del amor. Pálidas flores desechables, frutos del antojo de bolsillos agradecidos. “Cincuenta euros bien ganados en la calle Sukhumvit, imagino. Tan fáciles resultan un inglés con sobrepeso y un idiota con Panamá y pelo recogido en cola de caballo”, pienso circunspecto.

La estación me abriga sin tapujos, como lo que es, ese reducto sudoroso de la sociedad Thai, ese crisol desvencijado que ya vivió sus años de gloria. Ahora se asemeja a algo que amenaza derribo pero, pese a todo, sigue siendo el centro de transportes del norte de la capital. Salté del taxi como escupido por un resorte y al cabo de quince minutos salía escopetado, engullido en un asiento de tercera, rumbo a mi próximo destino. Partí tarareando una melodía, deseando que ojala jamás nadie igualara a la rubia del tema de Antonio Vega, ni tampoco la clase de aquellas chicas que se me cruzaron forradas de piel, y que no eran de ayer, ni tan siquiera de hacía un rato, sino de hacía ya una eternidad. Tantos eran mis deseos de abandonar Bangkok que ya ni recordaba sus rostros ni su pelo al viento. Fuera, empezaba a llover con furia. 

miércoles, 22 de mayo de 2013

Intros de Malasia-Tailandia



Primera parte por KL, Melaka y Penang en Malasia antes de subir en el expreso 36 hasta Phetchaburi, ya en Tailandia. A continuación paso por Kamphaeng Phet y Sukhothai para finalizar en la zona fronteriza de Mae Sot-Myawaddy. Será casi una hora de duración.

 

Segunda parte por Lampang, Chiang Mai, Chiang Saen, Tachileik en Myanmar, Phrae, Nan, Chiang Khan, Khon Kaen y Ayutthaya. Introducciones aún sin comentarios. Con mucha probabilidad, tal y como comenté hace unas semanas, estarán completos y subidos antes de partir para Eslovaquia el 12 de Junio. Serán unos cincuenta minutos de duración.

lunes, 20 de mayo de 2013

Kamphaeng Phet en la memoria

Lo recordé ayer, viendo empezar a amarillear el trigo por campos de Castilla mientras volvía de Burgos...

Apenas llevaba setenta y dos horas en Kamphaeng Phet y solo sabía que adoraba los arrozales que poblaban los alrededores de la ciudad. Eso lo tenía claro. Muchos lucían tapices esmeralda, con un arroz que subía de día en día. En otros, aún vírgenes, se podía ver a algunos aldeanos pasando un arado mecánico de palas enormes. Se colocaban como si estuvieran haciendo surf al manillar del cacharro, y hacían esfuerzos gigantes por mantener la verticalidad sobre el fango mientras, en derredor, corrillos de hermosas garcetas, de un blanco níveo, se apilaban hundiendo rítmicamente el pico ante lo que surgía del rotar de las palas. En los arrozales más grandes se veían, desperdigados, pequeños grupos de patos protegidos por una red, igual que un tapiz de muselina, para que no escaparan; y rústicas cañas de bambú aparecían salpicando las riberas, con los lugareños apostados junto a ellas, en cuclillas y con un aspecto entre meditativo, ensoñador y somnoliento. Todos allí, quietos, narcotizados y en calma, viendo el trabajar de las garcetas y el navegar de los patitos tal y como lo hacía yo. El sol corría despacio por el firmamento, como si también cayera hipnotizado ante lo que se le presentaba. Juro que podría haber pasado allí una vida entera mirando la escena. Me parapetaba en cualquier sendero, tiraba la bicicleta, dejaba a un lado la mochila, y me ponía a leer o escribir. Horas y horas echaba allí. Por la mañana me recorría los vestigios históricos y, después de comer, cruzaba el puente sobre el río Ping para huir pedaleando hacia los arrozales, dirección sur. Alucinaba con los cambios de tonalidad de los arrozales, un día unos eran de verde muy intenso, al siguiente verde esmeralda, al otro verde amarillento. “Igualito que un Julio en los campos de cereal en Castilla, de un día para otro mudan el color” me repetía a mí mismo constantemente. Cuando caía el sol, los pescadores improvisados, aun con el cestaño vacío, me regalaban un cálido saludo mientras los veía marchar vereda abajo, subidos en baratas bicicletas de fabricación china.

Una tarde vi como un lugareño soltaba delante de mí unos patitos por un arrozal que ya lucía unos brotes bastante crecidos. Se quedó allí, a mi lado, viendo cómo estos surcaban las aguas. Los animales, de un tono castaño, se afanaban emocionados ante la libertad recién adquirida, y dejaban ligeras ondas sobre el agua marrón que venían a morir a nuestros pies. Le pregunté el porqué de aquella suelta. El tipo, mirándome de arriba abajo, empezó a reír con ganas y dijo algo en thai acerca de que los extranjeros no sabemos nada del cultivo del arroz. Agaché la mirada, pleno de vergüenza, porque al menos en mi caso era la pura verdad. Cuando se calmó, ya con más pausa y voz baja en el habla, tal y como acostumbran a conversar los thais, le entendí que los patos se comen los bichitos que hacen enfermar al arroz, y además, al hacer sus necesidades, generan un abono que es oro molido para la tierra. Nada de lo que hace el hombre en el cultivo de los cereales es al azar, eso no varía, pises la parte del mundo que pises, solo el clima se escapa al control. Al cabo de un rato el tipo se despidió y, al ver que yo le preguntaba qué pasaba con los patos, me dijo que no había problema, que de allí no se moverían, que ya estaban acostumbrados y que volvería mañana a recogerlos. Así que nos quedamos allí los patos, parpando esporádicamente, y yo enfrascado en un ensayo de Galeano cuyo título era algo acerca de las venas abiertas de Latinoamérica. Adoraba la paz de los arrozales de Kamphaeng Phet.

Diametralmente opuestos a los campos de arroz lucían los templos de ésta que, en origen, fue una localidad destacada del reino primer reino Thai. Era un bastión defensivo, y nada más apropiado que bautizarla como “Muro de Diamante”, que es lo que significa su nombre en Thai. A semejanza de los Jemer en Phetchaburi, los Thai también se decidieron a construir santuarios en el perímetro del lugar. Exactamente los mismos que yo me animaba a visitar. Era un pequeño paseo en bici hasta alcanzarlos, y pese a que palidecen ante la gloria de los vestigios de Sukothai, eran un bello pasatiempo para los que amamos la historia de los reinos del sudeste asiático. Todos los budas en ellos lucían un aspecto desgastado por la acidez de una lluvia que, siglo tras siglo, los había modelado y pulido hasta dejarlos más como masas pétreas informes que otra cosa. Eran una singular paradoja en comparación con los hermosos y dorados Budas que uno podía encontrar por cualquier templo moderno del lugar. Así se presentaba Kamphaeng Phet, actual reducto de labradores, abandonado por las mieles de la historia...

P.S. Que de Galeano (excepcional, irreverente y clarividente autor) y su obra irá la introducción de este capítulo es algo obvio. Yo, de mientras que recuerdo, sigo montando los vídeos de Malasia y Tailandia de a finales de 2012; los mismos que visualmente, gracias a Dios, se parecen mucho a los que en algún momento del pasado hubiera soñado con poder ver. Savia nueva, savia rememorada para un optimista corazón. 

sábado, 11 de mayo de 2013

Vídeo de México y Cuba

Llega con mucho retraso porque fue un viaje en Junio de 2012, pero finalmente está listo el vídeo de nuestro recorrido por el centro de México y por la isla de Cuba. Pasando en el periplo azteca por el Museo de Antropología del D.F. para luego recorrer Michoacán, disfrutar del mezcal en Guanajuato y descansar en Oaxaca aunque estas imágenes últimas no van en el montaje porque se estropeó la videocámara y no las tenía guardadas. Finalmente parada breve por Cienfuegos y Trinidad antes y después de hacer largas fondas en La Habana. Todo ello en poco más de sesenta minutos de recuerdos y sensaciones revividas.


miércoles, 8 de mayo de 2013

De futuro, vídeos, actualizaciones y demás...

Mañana con mucha seguridad remataré el vídeo de México-Cuba que, además, vendrá con la novedad (que se repetirá ya en los siguientes vídeos) de incorporar unos cuantos subtítulos en inglés, descriptivos de los lugares que se van viendo. Es un modo de probar algo diferente ya que, pese a que mi idea original era doblar los vídeos al inglés, finalmente lo he desechado por el inmenso curro (y tiempo) que supone doblar los textos de español a inglés. Ya me cuesta horrores ir sacando en castellano vídeos atrasados (éste de México-Cuba es de un viaje de Junio de 2012) como para andar con traducciones y demás... El caso es que trasteando con el programa de edición (Sony Vegas) he encontrado esta opción y, coño, pues más o menos he decidido probar a ver qué tal sale porque insertar unos comentarios escritos en inglés tampoco me cuesta tanto. He tenido muchas dudas a la hora de incorporar estos subtítulos porque siempre he creído y he creado los vídeos como un puro entretenimiento y de recuerdo personal, pero algún comentario y e-mails me han hecho pensar que quizás podrían servir a muchos anónimos de habla no española que han mostrado su interés en los comentarios que hago en ellos. En fin, los próximos tres o cuatro vídeos llevarán esta novedad y para más adelante ya decidiré si vuelvo al origen o los dejo así de modo definitivo.

Siguiendo con el asunto de los vídeos ya tengo casi montado el primero de Malasia-Tailandia, y la verdad es que viendo un poco los resultados creo que el paso a Alta Definición es algo que debí haber hecho antes... Este vídeo asiático, el primero de los dos que resumirán aquella ruta, luce muy chulo teniendo en cuenta que ambos serán completos en HD (a diferencia del vídeo de México-Cuba que aún en su apartado azteca está grabado en SD), y ya para futuros viajes espero funcionar con la nueva Panasonic HC-X800 que agencié en Praga y con la que aluciné grabando las últimas imágenes del vídeo que será de Croacia y República Checa (para Junio-Julio estará listo).

Un último tema (Ta, apunta) es el de los billetes de avión, como los últimos años, para el largo viaje (a ver si se convierte en clásico) de Asia allá por Octubre. En esta ocasión voy con la Qatar, pararé en Shanghai para hacer casi un mes por China (parques nacionales del Este, Fujian y un par de sitios y una buena amiga en Guizhou-Chongqing), del orden de tres semanas en Myanmar y dos semanas por Tai la primera quincena de Diciembre. Saliendo el 19 de Octubre y regresando el 12 de Diciembre contabilizará un total de 55 días. Sin embargo, Myanmar ahora mismo es una incógnita. Sé que quiero volver a Mandalay, más que un nombre aunque tanto Theroux como Somerset Maugham se hayan emperrado en lo contrario, y pasar por Loikaw y Mrauk-U; pero está el asunto turístico tan movido (por masificado y de precios inflados) por allí que no sé si al final cambiaré de ruta y dejaré el segundo libro para un poquito más adelante, cuando todo vuelva a la "normalidad" en la vieja Birmania. También cuento con que saldré fatigado de China, un país tan hermoso como complejo moverse por él y tras el que las carreteras birmanas pueden ser una tortura insufrible... Tiempo al tiempo, a ver cómo se desarrollan los próximos meses, a ver cuánto puedo ahorrar, a ver...