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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 12 de febrero de 2013

W.I.P. Phetchaburi

No tenía claro si este fragmento se llegó a publicar aquí... en todo caso sigue a medias, entre bastidores. W(ork) I(n) P(rogress) (más o menos algo así como todavía en pañales) pendiente de revisiones y ampliaciones, sin rematar. Phetchaburi, un lugar excepcional con templos fuera de lo común. Por otro lado la venta de "Río Madre" va viento en popa y pronto me quedaré sin ejemplares ya que los treinta que me pudo hacer un amigo en la imprenta ya tienen dueño. Y lo mejor, casi dos centenares de euros (con seguridad más) que acabarán en cualquier monasterio de la (ahora) más necesitada que nunca Myanmar una vez que domesticaron a Aung San Suu Kyi y la bastarda junta militar se puso la careta de a un euro que ponía "Demócratas" mientras el resto del mundo capitalista aplaudía y hacía cuentas... Otro motivo, las manos nuestras y la fe compartida, para seguir creyendo no en lo que escribo, sino en un corazón de latir compartido, en que algo, un ápice acaso, se puede cambiar desde la humildad y generosidad de todos nosotros. Meses, años después del sueño de "Río Madre", volveremos todos a ayudar a la sociedad birmana sintiéndonos un poco más humanos, un poco más hermanos, un poco menos solos en tiempos de zozobra capitalista y "democrática". Y sí, al que lo piense, inconscientemente (más bien borracho sobre la mesa de un bar de corcho en la que la cerveza de dos tercios de litro valía un euro) lo escribí... pero releyéndolo conscientemente yo creo que también le he encontrado el absurdo y banal "punto Theroux" (lo de los monos y demás fauna me delata) al texto... Prometo ser más original cuando lo muela y rehaga, jejeje... No en vano jamás se me dio bien leer (ni hablar de entender) a los clásicos...   

Conmigo se había apeado otro tipo occidental. Allí estábamos uno frente al otro, en una polvorienta estación, en medio de la nada. Farfullaba constantemente a mis preguntas pero, entre dientes, pude entender que se llamaba Erik, que era belga, que también se había subido en Butterworth, que su destino era Bangkok, y que, sin embargo, estaba hasta el gorro del tren. Supongo que era el reverso de la moneda que suponía la ilusión que ejercía en mí el caballo de hierro. Sencillamente no lo soportaba más, lucía unas ojeras prominentes, pelo alborotado y aspecto pálido. Había pasado la noche sin pegar ojo, eso estaba claro. Algo más ya dijo acerca de toda esa gente que le incordiaba con sus rezos y el terrible bamboleo del tren que lo tenía insomne. Tampoco es que tuviera yo muchas ganas de compañía, pero como el belga no tenía ni la más mínima idea de dónde se encontraba, accedí a acompañarle en la búsqueda de una pensión.

Phetchaburi, hoy decrépita y abandonada, fue en su día uno de los lugares principales de descanso de la monarquía Thai. Eso partiendo de la absurda base de que los reyes, al menos los que yo conozco, puedan necesitar un descanso. De hecho juraría que la mayoría descansan toda su vida. Aún así el lugar genera un optimismo inusitado en el corazón. Luce edificios cochambrosos y un conjunto de templos diseminados que, por el contrario, podrían puntuar por encima de la media.

Buscar una pensión, cuando te has hecho en cierto modo a la vida nómada en el viejo reino de Siam, resulta sencillo. Pasamos por tres o cuatro porque no llevaba nada en mente, así de improvisada fue nuestra llegada al pueblo. Uno por desazón, y otro por azar, ambos buscábamos un lecho para descansar en medio del desierto. Erik se acomodó en una que tenía pinta mediocre, forrada de madera, una de esas que aparecen en la famosa guía para mochileros en la que, en el fondo, todas las que se anuncian se surten de los mismos retales. Dijo que le bastaba y que no soportaba más el deambular bajo el sol. Me dio la mejor excusa para aligerarme de su carga. Dije que pasaba del sitio, que habría algo un poco más coqueto más adelante, aunque tuviera que rascar el bolsillo. Cuando di con la indicada, y tal y como es menester, descargué los bártulos, comí tranquilo, y me tomé unos tragos para celebrar la llegada a casa, para relajarme. En el fondo Phetchaburi podía esperarme unas horas si ya lo había hecho el puñado de veces anteriores que pisé el país. Además los combinados en aquel bar, cargaditos y a apenas euro y medio, eran un robo. Cuando me acercaron el primer vaso de un brebaje con algo similar a ron barato, zumo de naranja y sirope de granadina, suspiré aliviado. Allí, vaso a vaso, buscaba un poco de información en mi ordenador sobre el rincón en que había aterrizado.

Al rato salté a la calle con la referencia de un par de templos, un restaurante, y una colina repleta de monos en mente. Aún lucía un cielo precioso, celeste intenso aunque perlado con diminutas nubes, y estaba firmemente convencido de que algo debía tener Phetchaburi para mí. Pero cuando caminé un rato y el sol me recordó quién mandaba en el lugar, comprendí que estaba lo suficientemente cocido y cansado, en este orden, como para olvidar los templos, tan lejanos por momentos, y esa colina que, repentinamente, se me antojaba terrible con sus cuestas empinadas e infinitas y todo ese montón de monos peludos aullando sin cesar. Frente por frente se me abrió un plan mejor. Traspase el umbral de un templo desconocido, me senté en la capilla principal, delante de la figura de Buda, recosté mi espalda en un columna lacada, y me quedé dormido. Soñé con que aún seguía en el tren, tracatracatraca, con todas esas gentes tan agradables, que éste se pasaba de largo de Bangkok y seguía, tracatracatraca, rumbo desconocido, hacia quién sabe dónde. Sacaba el hocico por la puerta entreabierta del vagón y el aire cálido me frotaba el rostro. Paraba de vez en cuando, luego sonaba un silbato y el tren, tracatracatraca, a ritmo pausado, desperezándose de una galbana atroz, volvía rumbo al infinito… Cuando desperté, aquello era historia, tenía un terrible dolor de cabeza por la resaca, y una escurridiza luna menguante me prometió que me guiaría hasta el hostal. Me estaba gustando el sopor de Phetchaburi, cerca pero aún tan lejos del bullicio de la capital.

Eran los restos de un tifón que se había formado en el mar de China meridional, al menos eso dijeron en la tele. Intentaba salir de mañana a la calle, andaba cinco minutos, y pronto tenía que resguardarme porque se desataba el diluvio. Constantemente, sin lugar a tregua. Cada vez que lo hacía las calles se inundaban, y podías ver cascadas de agua por todo lo ancho de los toldos de la calle. Caían perros y gatos, como se dice en inglés. Entonces a uno no le quedaba más remedio que tomar café y ver el agua caer y salpicar todo a su alrededor. Pasaban raudos motoristas, pertrechados con cutres chubasqueros plásticos, de esos que venden en las tiendas de los chinos a cuatro pelas. Yo también tenía uno en la mochila, lo compré en la estación de Lerma por un par de euros, pero no tenía mucha intención de estrenarlo porque Phetchaburi, en el fondo, podía seguir esperando.

Luego estaba el asunto de los monos, que resulta que no habitaban solo en la colina, sino también en buena parte de la ciudad. Aquello asemejaba a la localidad de Lopburi, famosa por sus simios. La primera vez que vi uno lo hice con el rabillo del ojo. Estaba tomando café y viendo llover, esta vez en un puesto de comida que hacía esquina en la calle de la pensión, y noté que algo se meneaba a mi lado. Casi pego un salto del susto. El mono se había arrimado a olisquear y lamer unas cascaras de Dios sabe qué, y que estaban desperdigadas a mi lado. Allí me quedé mirándolo un rato, sin saber cómo asustarlo, y encima temeroso de que se mosqueara por cualquier razón conmigo y me tirara un mordisco. No me gustan los monos. De hecho creo que es el animal asiático que peor me cae. Son ruidosos, poco higiénicos, feos, y encima todo el rato lanzan esos estridentes chillidos. Sin embargo a los turistas les gustan y los Thais, por religión, los toleran, como si todos ellos fueran la reencarnación del dios Hanuman, el que ayuda a Rama a rescatar a Sita en el Ramayana. Podía haber sido un elefante o un varano el que se plantara a mi lado, estos me caen mejor, son más fiables, menos peligrosos y, por si fuera poco, en el improbable caso de que te muerdan no creo que te puedan contagiar la rabia. Al cabo, mostrando indiferencia, el animal cruzó la carretera, se subió a un poste de luz, y haciendo equilibrios sobre los cables se piró hacia la colina. Todos los cables bailaban y chocaban entre sí. Nosotros, en occidente, vemos un poste y, como mucho, dos o tres cables. Pero en Asia son más prácticos porque levantan un poste y lo inundan de cables. Por allí pasa luz, teléfono y vete tú a saber cuántas cosas más… O quizás ninguna más, y solo ponen allí todo ese montón de cables para chulearse de la de cables que pueden llegar a juntar sin provocar un apagón o que la ciudad se incendie hasta los cimientos, que es algo que también he llegado pensar. El asunto es que siempre aparecen decenas de cables por cada poste, como haces de mies, y uno, mirándolos, llega a la convicción de que, si pudieran meter el gas y la gasolina por un cable, no dudarían en juntarlos a los ya existentes. De repente, absorto en estos pensamientos, noté que había escampado la lluvia.

En Khao Luang y Bandai-it lo pasé como un enano. Son templos en cueva, tham se dice en tailandés, y era la primera vez, por increíble que parezca, que visitaba alguno. Generalmente son anacoretas un poco subidos de vueltas los que se acomodan en una cueva de éstas, aguantan allí toda su vida, y como casi llegan al nirvana al fallecer, pues es como que el lugar adquiere algo de santo y se empieza a llenar de turistas, tailandeses o no. Colocan un montón de Budas en cualquier nicho o en hileras a ras de suelo, dejan que el polvo y la humedad hagan su trabajo, les colocan unos focos y a correr. Como iba a comprobar, el resultado final es bastante hermoso. Esa era la referencia que tenía de muchas cuevas del norte y nordeste por las que había pasado de largo en viajes anteriores. Pero ese no era el caso de estas cuevas porque, sencillamente, a lo largo de muchos años ya habían gozado de la santidad y el favor de la gente local.

Khao Luang es probablemente más interesante de cara al turista, y Bandai-it más interesante de cara a un apasionado del budismo. Quiero decir que la primera es inmensa, como una catedral gótica en la que los tubos de los órganos han sido sustituidos por brillantes estalactitas de las que caen goterones de agua, y eso agrada más a la vista y tiene más imán para sacar a paseo la cámara. Bandai-it es mucho más baja, pero más angosta y profunda, se puede pasear por ella si uno no tiene miedo de padecer tortícolis o lumbago, ni tampoco a quedar entumecido y embadurnado de moho, porque la humedad en ésta es mucho mayor y se filtra por los poros. Por el recorrido de la segunda se van abriendo salas salpicadas de imágenes sagradas que, al menos bajo mi perspectiva, dejan en la miseria a las de Khao Luang, especialmente unas figuras de blanco entre vidriado y esmaltado, trabajadas con seguridad en técnica de cloisonné. Las fotos en ésta no serán tan bellas, pero la sensación de paz e inmersión, con todos esos budas mirándote fijamente, es mucho más pronunciada. Yo, al menos, las recordaba de esa manera.

Al atardecer, como el tema iba de templos en Phetchaburi, me fui a ver unos restos jemeres en la ciudad y un templo clásico adyacente. Había almorzado en un restaurante vegetariano una deliciosa sopa de fideos de arroz con setas, tofu y brotes de soja, y sentía que tenía otra vez el cuenta revoluciones a cero. El primero, al que me acercó un dicharachero conductor, eran apenas cuatro santuarios en roca desgastada, una avanzadilla en los límites de lo que en su día fue la máxima expansión del Imperio Jemer. Hoy en día el lugar no se desmorona de milagro, y no porque los templos, de hermosa laterita porosa, no se mantengan en un aceptable estado, sino porque no hay nada más, ni bajo relieves ni nada parecido a excepción de las clásicas figuras de Buda, de época reciente, en su interior. En todo caso la laterita no es un material tan moldeable como la arenisca para trabajar los finos relieves que han tejido la gloria imperecedera de la cultura Jemer, e imagino que esa debe ser la razón para que estas construcciones presenten un perfil tan tosco y rectilíneo.

Al cabo, circunspecto por lo vivido en la primera parada, no tenía ni idea de llegar al Wat Yai. Según me dijeron en la pensión estaban cerca uno de otro, pero a saber. Pregunto a una chica con gafitas de intelectual que pulula entre los santuarios, y me responde que ni idea, que ella es de Pattalung, al sur, no lejos de la frontera malaya. Comienzo a caminar con la certeza de que alguien sabría guiarme. En tres minutos, tres de reloj, un coche me pita en la retaguardia, y al girarme veo a la misma chica a la que acababa de preguntar. Me dice que sabe dónde está el templo, que monte, que me acerca. Alucino, tan lejos de Bangkok, tan cerca del mundo, tan lejos del ruido, la negación, el abismo… la desesperación, tan cerca de Tailandia. Se lo agradezco pero, tímido de mí, me niego y sigo caminando porque un vecino me acaba de decir cómo llegar, que no está lejos. Saco el billete de tren del día anterior: Butterworth-Bangkok, cama baja 26, vagón 10, y se me dibuja un gesto de satisfacción que rompe moldes. Yo iba destino a Bangkok. Tan lejos, tan cerca. Lo hago trizas aliviado, y los restos vuelan a mi alrededor con una brisa húmeda que súbitamente arrecia. Suerte que salió el hibisco.

El cercano Wat Yai, uno de los templos principales, sí supuso otra explosión de color en mi día. El recinto estaba inundado, y una vez me deshice de una perra recién parida que se había propuesto no dejarme entrar, fui chapoteando, recorriendo un lugar que lucía espléndido. ¿Alguna vez has visto un templo Thai nevado? Pues tampoco lo verás aquí, pero el efecto de la pintura desprendida de las tejas de su salón de ordenación y sus santuarios anejos producía un aspecto muy similar. Así, con tejas blancas, madera de teca por doquier, y agua hasta los tobillos, solo había que retocar un poco la imagen, pensar en cuatro copos que caían, y dibujar un poco de hielo en los rincones sombríos. La sensación que producía en la imaginación era sobresaliente, igual que si hubiese sido trasladado a cualquier campo de Laponia en pleno Enero. Solo deslucía el encanto la presencia de jóvenes novicios que se remangaban las túnicas y, descalzos, jugaban a mojarse unos a otros en una especie de festival de año nuevo, que se celebra en Abril, adelantado. Y es que, ¿a qué críos se les ocurriría jugar en un río helado en pleno temporal de nieve, a un montón de grados bajo cero?

Regreso al hotel a lomos de un motorista, un profesor de una escuela adyacente a la pensión. El socio llevaba de paquete en la motocicleta a un amigo, pero en cuanto le pregunte, parados como estaban en un semáforo, por cómo llegar a mi pensión, le pidió al colega que bajara y me ofreció la grupa. Tan lejos, tan cerca. Intercambiamos unas palabras y le hago saber que Phetchaburi se me quedó atrás, que busco nuevos horizontes. Al llegar hago ademán de sacar la pasta y el tipo no da crédito. En Tailandia eso nunca se paga. La amistad es moneda de cambio, pero nunca en metálico. Bienvenido al reino de la gente Thai. Tan lejos, tan cerca. Hablo con mi amigo José, que vive en Bangkok, y quedo para cenar al día siguiente. Phetchaburi se me marchita en las manos, lo mismo que una flor sin fragancia. Mando un mensaje a una vieja amiga, de las de en horizontal, para vacilar. Hablo con casa, la historia de siempre en el hogar, ¿Qué una chica te quería llevar en coche?, ¿en qué cojones estás pensando? Todo vuelve a su sitio en mi desconchada alma, en las llanuras aluviales del viejo Siam...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bonito relato,como siempre.

Ta

Anónimo dijo...

Bonito relato dice el camarada anterior. Que puto coñazo. Ya me conoces sino hay tias o ladyboys son una una mierda. Pon cosas interesantes. Cochinadas o asi. Bueno camarada botas pronto nos veremos con una sanmiguel en las manos charlando y riendonos.
pd: cuando tienen la piel tio. Desde la herriko de hernani.