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"Río Madre", primer libro que resume en leyendas e historia un viaje por la antigua Indochina, disponible en el siguiente enlace:

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"Trémula Pagoda, Corazón Esmeralda", segundo libro con apuntes y vivencias de varios viajes por Tailandia, disponible en el siguiente enlace:

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"El viaje es lo de menos", selección de treinta y cuatro textos, redactados en viajes por Asia y América, que conforman el tercer libro:

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martes, 5 de febrero de 2013

W.I.P. Melaka y otra deuda

Es una sucesión de palmeras sin fin sobre un manto verde. A veces hay ríos repletos de limo, de tono castaño oscuro, que hacen juego con las hojas de palmeras marchitas y vencidas frente al poderío de los nuevos brotes. Llegan crecidos, desbordados por momentos ante el empuje de la carga. Suaves colinas tachonan el paisaje en la carretera hasta donde pueda alcanzar la vista con carteles anunciando desde partidos políticos, pasando por empresas de diversa condición y hasta el irrefrenable sentimiento patriótico nacional: Merdeka (Independencia, Libertad) se lee por todas partes. Todos los ingredientes necesarios para hacerte saber que esto es el sudeste asiático en uno de sus pedazos más prósperos. Y así, con este panorama homogéneo, hasta llegar un par de horas después a la que, sin lugar a la duda, es una de las joyas históricas de Malasia: Melaka, la antigua Malacca, bastión de portugueses primero, holandeses después, ingleses al fin en sus preciadas colonias de ultramar.

El problema estriba en que el bus desde KL para en la estación central de Melaka, aunque de central, todo sea dicho, no tiene nada. Una vez allí saco mi billete para Penang al cabo de unos días y empiezo a rumiar, al abrigo de un sol que fustiga, cómo hago para llegar a la pensión, porque uno de los azares de esta ciudad es que su estación principal dista seis kilómetros del centro urbano.

-Taxi, señor-. El tipo que lo pronuncia a mi espalda tiene una voz cantarina, aguda como un chillido molesto. Al girarme descubro a un tipo cano, desdentado y barbilampiño. Un tipo de otra época, setentón. -Voy a esta guesthouse-. Le señalo la dirección escrita en un vértice del mapa de Kuala Lumpur. -¿Y cuánto cuesta? Pensaba en coger un bus-. -Cuesta veinte ringit. No quince ni veinticinco. Es precio oficial. Pero si quieres bus, lo puedes tomar allí-. Alza el brazo hacia una especie de marquesina decolorada que luce a un par de centenas de metros. “O sea, precio oficial… eufemísticamente precio mafia” pienso apesadumbrado. -En todo caso tendrás que andar un rato. De la parada a tu pensión hay unos cuantos minutos andando-. Deja caer quedamente, sin darle importancia. Y señala al cielo mientras se gira para hacerme ver que hace calor, mucho calor. “Estoy vendido” pienso de inmediato, con la luz de alarma encendida. Por normal general, si un taxista te dice, de modo enfático y perseverante, que la conexión de bus es muy mala, que tendrás que andar mucho, que hay cuestas, que hace un calor exagerado, y todas las extravagantes ideas que siguen… entonces coge el bus, es mentira, ningún habitante de estos países pierde el tiempo en dar explicaciones tan profusas y absurdas que hasta harían palidecer a Chesterton. Es algo que nace en su cultura, si es lejos, es lejos, si es cerca, es cerca… ¿por qué darle más tipo de explicaciones? Si por algo destacan los asiáticos, todos, es por su pragmatismo. Nadie gasta saliva y esfuerzo en reseñar lo obvio… a no ser que quiera meterte las cuerdas y hacer de ti su negocio del día. Pero si lo deja caer como éste, entonces ten por seguro que andarás unos minutos, bien muchos, bien pocos… pero serán unos minutos. Y, por supuesto, el sol te puteará aún más.

Al llegar a su coche… cómo definirlo… “bueno, al menos hace juego con el tipo. Ambos son de la misma época” pienso divertido admirando el trasto del Neanderthal. Al abrir la puerta, el retrovisor cede y cae al suelo con un ruido del demonio. Se lo alcanzo y él lo recoge hosco, farfullando algo en voz baja mientras en su boca baila el único diente amarillento que le queda. Al arrancar, miro de súbito: mis brazos, mis piernas, todo se agita como presa de un Parkinson brutal. El cacharro debe llevar un motor que golpea furioso sobre los laterales y el capo, todo el chasis parece presa de un ataque de ansiedad. “En fin, seis kilómetros nada más”. A mitad de camino, ya hecho al bamboleo, el tipo se me queda mirando, que me ponga el cinto me dice, sino multa. “¿El cinto?, ¿se refiere a esto?”, agarro un cacho de correa que debe medir como 6 metros y aparece burdamente amontonada sobre un lateral junto a la puerta. Alucino. “Al menos el anclaje del chasis parece seguro” me digo mientras tiro para comprobar su fijación. El problema es que no había enganche, y daba la sensación de que nunca lo hubo, así que, como ya estaba un poco hasta el gorro, me ajusto de modo grotesco la cinta, cojo la placa de enganche y, como era lo que más cerca estaba, hago tres vueltas sobre la palanca del freno de mano y me quedo mirándole a ver por dónde salía ahora. Afortunadamente no dijo nada, creo que estaba más que acostumbrado a que todos hiciéramos lo mismo, y ya no hubo más conversación ni historias hasta llegar, brincando en la tartana, a la pensión.

A primera hora de la tarde, al pasear bajo un cielo revuelto por la zona china de Melaka, ya más calmado, fresco por la ducha y el cambio de ropas, me encuentro con una suerte de Hoi An pero en menos hermoso. Son el mismo tipo de casas, esas clásicas chinas, estrechas y de dos alturas, la misma orientación comercial, casi hasta las mismas caras… pero algo falla. Lo digo porque aquella es más hermosa que ésta. Quizás sea la falta de coloración de alegre gualda sobre las fachadas, quizás el aspecto apagado de sus gentes que se apresuran a cerrar sus negocios, una vez se han ido los turistas o quizás, lo más seguro, que el peso de la historia le ha robado descaradamente la brillante magia que ostentó en su día.

De todos modos lo cierto es que tampoco estaba aquí por su hoy, sino por su ayer. Melaka, conocida como Malacca en sus tiempos de gloria, fue parida por gentes de muy diversa condición. Primero un sultanato musulmán, aunque en origen hindú, luego hordas de portugueses la transformaron en su época del comino, el cardamomo y el clavo, y con ellos los aranceles dieron razón de ser a la población. Posteriormente los holandeses reclamaron su trozo de pastel en este enclave ya poderoso en la ruta de las especias y, finalmente, los ingleses aquí y en Penang, subieron un poco más alto el listón de la ciudad. Lo que hoy es Kuala Lumpur, la mezcolanza racial, lo distribuyó Melaka en diversos episodios de su historia. Ahí radica su grandeza y la de los vestigios que han pervivido.

Como el día se me ha escabullido, ya en esa hora en que el sol cae, pido unas cervezas en uno de los pocos tugurios abiertos, con apenas dos mesas y cuatro sillas apostadas sobre la carretera en una calleja cerrada al tráfico. Vuelvo a leer de un tirón el Siddharta de Hesse. Adoro está parábola en forma de novela, su enseñanza encerrada, el estilo ágil que impregna todos sus fragmentos, la pelea infinita en busca del conocimiento interior, la verdad que emana de convivir con el dolor inmanente al ser humano. Y hasta me sueño con poder llegar a ser algún día como Vasudeva, el barquero, con ser capaz de comprender yo también todo lo que me dice el río de la vida, tal y como creí escuchar susurrármelo al Mekong y sus gentes en unos valores y tradiciones para mi insondables, tan intensos que irremediablemente transformaron mi manera de ver la vida, mi propia vida. Tener la certeza, el mayor tesoro, de saber que se va un viajero y regresa otro en misma carne y hueso, como Siddharta y sus circunstancias en el bosque, en la ciudad y junto al río. Él partió no para conocer lo externo, sino para entender lo interno… tal y como pretendemos hacerlo muchos viajeros. Es algo que ya dijo el Buda histórico: el conocimiento está en el camino, nunca en el destino. Y, por supuesto, también sueño con poder retirarme yo también en el bosque para continuar con el aprendizaje, tal y como lo hizo Vasudeva. De hecho, pienso sonriente, sintiéndome afortunado, que ahora vivo ese apartado, que ya me estoy adentrando en uno de los vergeles que me regala la vida, que lo hago iniciando este tramo que se transforma de río Mekong a tierras malayas y tailandesas. Mi sabiduría, mi aprendizaje, por descontado que será más mundanal, pero es que debe ser que algunos no estamos preparados para alcanzar un tramo más allá en el aspecto metafísico. Al menos de momento.

Cuando amanece un nuevo día el cielo refulge su azul celeste, el sol empequeñece cualquier vestigio de vida y una película de calor húmedo brota por todos los rincones. Es exagerado, un día de perros sin una gota de lluvia. Marea y adormece solo con asomar por cualquier rincón. Pero hay una idea que no deja de rondar por mi cabeza: Istana Ke Sultana. El viejo palacio del sultán que llevo anotado como visita estrella de todo el país...

P.S. Probablemente era éste el momento de recuperar lo que se cayó de los bolsillos en Octubre aunque me atraía Chequia. Pensaba yo, dándole vueltas a una necesidad y a un deseo. ¿Solución? Entrar por Croacia unas dos semanas, cruzar en tren desde Zagreb a Ceske Budejovice y, finalmente, retozar algo más de una semana por tierras checas. Del 28 de Marzo al 19 de Abril. Confío que esta vez Croacia sea posible porque es una ruta bastante maja. Ésta es la necesidad, enquistada desde Octubre, gestada en la sala de un hospital. Porque si la vida te deja un rato en la cuneta, que sea solo para reponer fuerzas y coger carrerilla... No hay más verdad que la que afirma que uno, al final de la vida, solo se arrepiente de lo que no ha tenido valor para hacer... Agradecido a la vida, porque al perder Croacia pude ganar un hermoso viaje que alumbró textos como el que acabas de leer. Esta vez no quiero que se me pase, gracias asimismo a Any y Ta por volver a aportar cosas al blog con sus comentarios y, ya sabes camarada, prepara la ruta y procura darle un respiro a los botes de Leo que luego te sale el Songkran en Febrero, jejeje.

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